En agosto de 2016, luego del intento de golpe de Estado contra el gobierno de Recep Tayyip Erdogan, la escritora y física nuclear Asli Erdogan (Estambul, 1967) fue encarcelada durante casi cinco meses en la prisión de Bakirköy, Estambul, lugar que había inspirado su relato El edificio de piedra (2009), en el que una mujer recuerda su reclusión, entre torturas, sueños y espantosos gritos, al lado de mendigos, intelectuales y políticos presos. Al momento de su publicación algunos prisioneros le reprocharon su falta de realismo: “Se nota que no conoce usted la prisión”. Nadie imaginaba que esa parábola sobre el encierro, que denunciaba la situación penitenciaria en Turquía, pudiera convertirse unos años después en su destino. El 17 de agosto hombres encapuchados y con fusiles automáticos irrumpieron a voces en su domicilio, voltearon su biblioteca, requisaron sus libros sobre el tema kurdo y la condujeron a la cárcel.

A finales de diciembre de 2016, por la fuerte presión europea e internacional —entre otras cosas una carta firmada por escritores, periodistas e intelectuales del mundo entero—, Asli Erdogan pudo salir de la cárcel; se le concedió la libertad condicional. Había sido acusada de “apología y propaganda terrorista” por apoyar y presuntamente dirigir el ilegalizado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, por sus siglas en kurdo). Se le acusó también de conspirar para “dividir y destruir el Estado turco”. Este último crimen se paga con cadena perpetua según el artículo 302 del código penal. Por primera vez se le imputaba a periodistas y editores, cuando comúnmente había servido para procesar actos terroristas extremadamente sanguinarios.

Las pruebas reunidas contra la escritora fueron insuficientes; no más que sus notas de trabajo sobre la persecución kurda y el genocidio armenio y sus artículos publicados en el periódico pro kurdo Özgür Gündem. Sus referencias al Partido de los Trabajadores y su militancia en éste nunca fue probada. Las siguientes crónicas son la causa velada, simbólica, de su condena. En ellas se mezcla la denuncia social y la exigencia poética. Asli Erdogan vive actualmente exiliada en Fráncfort, por temor a que su caso pueda ser retomado por los tribunales, más ahora que el presidente afianzó sus poderes en las elecciones de junio pasado y tiene facultades para gobernar por decreto.

Álvaro Ruiz Rodilla


I. De la memoria los grandes osarios

Ya he expresado mi sentir en distintas lecturas personales, sociales, literarias, didácticas, etcétera, inspirándome de una última intuición de Shakespeare. Es cuando se defienden que los hombres revelan la verdadera naturaleza de sus rostros y de sus actos. Es con el pretexto de lavarse de sus “crímenes” que llegan a cometer los más reales y atroces de ellos.

Transformamos, en un santiamén, y con el pretexto avanzado de que era político y no jurídico, el voto de un lejano parlamento en un espejo orientado hacia las profundidades de nuestra alma. En ese espejo que aún no logramos mirar de frente, se ven las toneladas de escombros humeantes de ciudades machacadas durante meses por tanques, cadáveres anónimos, desmembrados y putrefactos, y un espeso olor de podredumbre que macera en lo más profundo del alma. Cito aquí algunas declaraciones de las “más altas figuras” del Estado: “La mentira histórica de un veredicto nulo”, “ley inmoral”, “insulto contra nuestros amados ancestros”, “los racistas del lobby armenio”, “los sicarios del Estado alemán profundo”, “traidores de sangre mezclada”. Cuando no buscamos más que las huellas de nuestra propia grandeza, y a ese heroísmo engatusador que prohíbe cualquier interrogación de los hechos y de su objetividad, la “Historia” es una terrible afrenta a las historias y a las desgracias de los individuos. Esa prodigiosa facultad de responder con la ausencia y de lavarnos las manos de los estragos, las masacres y las catástrofes que hemos perpetrado.

Ilustraciones: Erick Retana

La pregunta que no tienen ni el valor de hacer estas inteligencias que se quedan en el nivel de saber quién es el acusador y si éste puede probar lo que se propone, en suma del “usted está con o contra nosotros” es: ¿cuál es la verdad? ¿Sabemos verdaderamente quiénes son esos muertos sepultados en los cimientos de un edificio en cuyo balcón vociferamos?1

El concepto de “raza” puede ser un invento de Europa, pero es un sofisma grosero decir que nunca ha habido y que nunca habrá racismo en Turquía. (Pregúntenles de hecho a los “negros” de esta sociedad.) Darle al racismo una definición definitiva, distinguirlo del “nacionalismo” al que está ligado estrechamente, analizar el paso de un racismo “frenológico” a un racismo cultural, casi sin razas, examinar la postura de los grupos religiosos, nacionales, étnicos —y ciertamente profesionales— en la estructura jerárquica, y por tanto las relaciones entre raza, nación y clase, todo esto no puede hacerse expedito en un solo artículo de periódico. (Hace poco quise abordar el “asunto del racismo” uniéndolo al de la identidad “kurda” y “turca”, al del antisemitismo y la lucha por la igualdad de los negros, al del militarismo y la cuestión del género.)

Pues bien, aunque ambos se opongan en muchos aspectos, quiero escribir sobre las relaciones que existen entre el racismo inherente a las tesis asimilacionistas y el “racismo de rechazo” (exclusión, aniquilación, purificación), que pueden encontrarse y cohabitar. Hoy, en un país en que el Estado vocifera al grito de “bastardos de leche, bastardos de sangre”, me gustaría conocer al que ose todavía pensar que el racismo no tiene lugar de ser.

Hemos arrancado las raíces de un pueblo que vivía en estas tierras desde hacía miles de años. Hemos cometido horrores que conocen por el nombre de “Gran Catástrofe” los que los sufrieron y sobrevivieron. Tal vez no hay que juzgar el pasado a la luz de los criterios del presente, pero callándonos y haciéndonos los sordos perpetuaremos nuestro crimen original. Un oído sordo no sólo ante los acontecimientos de 1915 y de 1938, sino ante los que suceden hoy.

II. Ni aun el silencio es ya tuyo

“Cuando el dado golpeó la lápida/ cuando la pica golpeó la coraza/ cuando el ojo conoció al extranjero/ y se secó el amor/ en almas horadadas;/ cuando miras a tu alrededor y encuentras/ en torno los pies segados/ en torno las manos muertas/ en torno los ojos en tinieblas;/ cuando no resta ya ni que elijas/ la muerte que buscas como tuya […]”.2

¿No es acaso ésta la hora en que vivimos? Cuerpos arrancados, quemados, metidos en costales de cascajo, piernas, pies, miembros diseminados, apilados unos sobre otros, brazos enlazados en un último y absoluto abrazo, manos muertas que ya no son de nadie. Cuerpos humanos despedazados, almas humanas despedazadas. Ojos más muertos que los muertos. Palabras que la pasión del odio y del poder han hecho pedazos, hecho jirones. ¿Es ésta en verdad “nuestra hora”, los días por los que atravesamos? “Te toca ahora soltar un fuerte grito”,3 sigue el poema, un gran grito que no has sabido escuchar, que no escucharás. Y concluye así:

Ni aun el silencio es ya tuyo aquí donde se detuvieron las muelas del molino.4

Sobriamente, personalmente, simplemente: no quiero ser cómplice. No quiero ser cómplice de estas ráfagas de balas que se abaten sobre mujeres, niños y ancianos tratando de extirparse de los escombros, aferrados a una bandera blanca. No quiero ser cómplice de esta mandíbula completamente quemada que pertenece a un niño de doce años encontrado en un sótano. Ni de este costal de cascajo que dejan en el suelo diciendo “aquí está tu padre”, que dejan en el suelo diciendo “aquí está tu hijo”, “cerca de cinco kilos de hueso y carne”. Ni del destino atroz que le han deparado a esa madre que espera desde hace semanas frente a un hospital mientras repite “un trozo de hueso calmará mi pena”. No quiero ser cómplice del asesinato de los hombres, ni del de las palabras, es decir de la verdad.

 

Por culpa de problemas que exceden mis fuerzas no pude enviar mi texto para el día que dije. Esta semana, persistí escribiendo, aun tarde, aunque fuera muy poco, aun con el costo de usurpar un lugar que le pertenece a otros. Para la libertad de pensamiento y de expresión (palabras rápidamente sujetas a la ironía), el 22 de abril fue un día “crítico”, para no ser maleducada. El día de la audiencia preliminar de Can Dündar5 y de otros cuatro universitarios detenidos y juzgados, en el palacio de justicia de Çağlayan. Los tribunales son lugares fríos y siniestros, nos ofrecen el espectáculo de una prisión gigantesca de la que nadie jamás escapa, de una balanza cuya injusticia vuelve pesados ambos platos. Pero atrás, para los que entran por la puerta de los condenados. Cuando pasas el umbral, toda la oscuridad del mundo se abate sobre ti. Cuando la presión y la oscuridad aumentan, debemos aprender de solidaridad. Voy a concluir con estas palabras que nos envió Meral Camci6 de la cárcel el 1 de abril.

Ustedes en el exterior y nosotros en el interior, ¡sigamos luchando! Parecería que eso debe durar, pero avanzaremos piedra por piedra. Llegará el día en que para nosotros, para las fuerzas del trabajo y de la democracia, y para todos los pueblos, la paz, la igualdad y la libertad dejarán de ser una reivindicación para convertirse en una verdad. En el exterior como en el interior, no estamos solos.

Con toda mi solidaridad y con todo mi amor…

 

Publicado tarde por problemas que exceden mis fuerzas, mi texto del 22 de abril empezaba con las palabras de Séferis, con el mismo título:

Cuando el dado golpeó la lápida/ cuando la pica golpeó la coraza/ cuando el ojo conoció al extranjero/ y se secó el amor/ en almas horadadas;/ cuando miras a tu alrededor y encuentras/ en torno los pies segados/ en torno las manos muertas/ en torno los ojos en tinieblas;/ cuando no resta ya ni que elijas/ la muerte que buscas como tuya […].

¿Y nosotros? Nosotros, testigos desamparados de estos días de horror, de esta barbarie sin igual, cuando intentamos penetrar con la mirada esta oscuridad a la que nuestro ojo no ha sabido acostumbrarse y que nos rodea por todas partes. Las tumbas, los muertos hombro con hombro, jóvenes muertos alineados bajo letreros de madera en los que solamente un número hace las veces de inscripción. Cuerpos humanos etiquetados con prisa, metidos en costales de cascajo. Huesos humanos disueltos, quemados, pies arrancados, piernas cercenadas… Brazos de niñas inseparablemente unidos unos a otros, enlazados en un último y absoluto abrazo. Manos sin dueño tendidas hacia los últimos segundos de la vida. Cuerpos despedazados, como sepultados bajo los cimientos de otra época.7 Almas despedazadas, palabras en jirones, ojos más muertos que los muertos. Y el único resto de un niño, de una infancia que duró doce años: el hueso ennegrecido de una mandíbula, quemado hasta la desintegración, que yace en la entrada de un sótano impregnado con el olor de cuerpos quemados vivos. Hueso del cráneo, duro y sólido, plantándole cara a su propia vanidad, como un símbolo de ese silencio negro que nos rodea. Y que sigue hablando en nombre de todo lo que se perdió, en nombre de todos nosotros, mientras callamos. “Te toca ahora soltar un fuerte grito”, sigue el poema, un fuerte grito extraviado que no has sabido escuchar, que no escucharás.

Un verso de la segunda ghymnopedia: “estas piedras las levanté cuando pude/ estas piedras las amé cuando pude/ estas piedras, mi destino”.8 Y el final del poema: “Ni aun el silencio es ya tuyo/ aquí donde se detuvieron las muelas del molino”.

No sólo nuestros muertos, sino nuestra propia muerte nos ha sido confiscada. Así con más fuerza acorralan nuestras pequeñas vidas únicas en los sótanos. Si queman, acorralan y riegan de gasolina todo lo que podemos llamar o darle el sentido de “vida”. Si hacen estallar con armas largas la bóveda de nuestros sueños, si las salvas de bala despedazan las palabras que forma la sangre de los milenios. Si no somos ya capaces de gritar ni de escuchar un solo grito. Si ni aun el silencio es ya nuestro.

 

¡Cuántos éramos el viernes en Çağlayan! No estábamos tan solos como creíamos, ¡como decíamos! Los bailes, los tambores, los cantos, y hasta un Bella Ciao que después de habernos desconcertado al principio, sin afectar mucho a los jóvenes, acabó siendo coreado. Debemos seguir las Veladas por la Libertad: este año que pasa, no menos de ocho corresponsales y doce periodistas de la agencia DIHA han sido detenidos, cuatro periodistas han sido asesinados, cientos de averiguaciones y juicios se han abierto. Caímos al rango 151 de los 180 países en la lista por la libertad de prensa que estableció Reporteros sin Fronteras, estamos en una situación todavía más grave que muchos países de Asia o de África.

Defender la libertad y la paz, no el crimen ni el heroísmo, es nuestro deber. Más que defenderlos, restaurar el significado sagrado que estas palabras han perdido. Hasta donde podamos. En cuanto a no ser cómplices de estos crímenes, más que un derecho y un deber, se trata del sentido mismo de nuestra existencia. Esta es la “piedra” que levantamos y amamos hasta donde podamos, nuestro destino.

III. Antigua noche

Sin conminación, sin advertencia, se ha hecho la sombra, en una tarde banal de septiembre, el cielo de pronto se ha oscurecido, antes de tiempo. Como la crecida de un río negro venido de tierras lejanas, hinchado por las aguas del torrente, y que ha ahogado todo en el limo, los torbellinos, la masacre. La noche parece un puño gigante que estrecha su presión sobre la ciudad petrificada, tomándola en las tenazas de un sueño que se parece al coma. Duro y sin desgaste como el metal. Noche de tormenta. Una brisa malvada se abisma en las calles de la ciudad desde las alturas, avienta atropelladamente los desechos, las bolsas, las historias de los hombres, barre ciegamente los últimos colores del verano. El pálido resplandor de la luna envuelve las siluetas de los árboles, corriendo sobre los tejados como dedos sobre las teclas de un acordeón que gime, deslizándose entre las tumbas de los cementerios. Atrincherada tras sus ventanas, sus persianas, sus párpados, la ciudad hesita un murmullo adormecido. En el torbellino rugiente, en el gran olvido donde teme extraviar sus palabras y sus sueños. Y si se aferra al alba, también teme perderla.

Mecidiyeköy, una noche de domingo. Los helicópteros se han ido, los vigías por primera vez silenciosos. Observo la ciudad desde un valle como un nido entre los cementerios católicos, ortodoxos y musulmanes. Observo el barrio rodeado de rascacielos, invariablemente gris y poblado de sombras, asfixiándose como una estación de autobuses, donde los viñedos y las moreras no subsisten más que como nombres de calles. El espacio cargado de tierra y de lluvia, de olor a gas y a incendio. Las nubes de tormenta se funden en el horizonte y lo envuelven como un ejército de acorazados. Hacen subir de las entrañas de la memoria el prurito de una vida que ha pasado sin ser vivida, de todos esos días que se han quedado en letra muerta, ignorados, suspendidos en falso. Antiguas noches, infinitas, infranqueables noches del fin. Inmensas sombras temblorosas enlazan los muros, el resplandor vaporoso de la luna busca titubeante su camino entre las tumbas, y toca con sus dedos transparentes una melodía toda silencio, que suena unas veces como un réquiem, otras como una canción de amor, pero siempre inacabada.

Se parecen, como los renglones de un libro de cuentas, las calles de Mecidiyeköy, esas calles que vuelven día y noche a la boca de quienes las surcan. Mi calle, en pendiente y polvosa, da a una pequeña plaza muy concurrida. A esta hora de la noche se amontonan vendedores ambulantes y gente sin techo, los que van a trabajar o regresan la atraviesan sin demorarse, albañiles, asistentes, carteros, agentes de seguridad, operarios de almacén, personal de limpieza. Los que al alba recogen los desechos de la enorme ciudad, los que limpian las banquetas, las fachadas, los anuncios publicitarios. Toda la noche se transporta harina o pan fresco, cemento y escudillas de hierro blanco.

Se oye hablar kurdo, árabe, bambara, frente a la entrada de un vendedor de relojes senegalés, un florista rumano y un refugiado sirio inventan una lengua común y delirante, en torno a un plato de arroz que devoran con un hambre de lo más real. En esta plaza sin nombre encontrarán té caliente y sándwiches de albóndigas hasta el alba, y luego, al levantarse el día, obreros que hacen cola para encontrar un trabajo diurno. Justo en frente, pintada por los verdaderos habitantes de la plaza, una inscripción cubre todo el muro, una frase dedicada a los que sueñan despiertos a lo alto de las torres: “La vida a veces va más allá de los sueños”. Detrás de esta inscripción se levanta una torre maléfica de treinta pisos, que todo Turquía conoce. Torre que en esta noche antigua, la más antigua de todas, un grito como jamás se ha escuchado, un grito que se imprime profundamente en el sueño más apacible. Una voz que no se parece a ninguna más, la de los últimos minutos de la existencia, su melodía inacabada. ¿Los sueños pueden ir más allá de la muerte? Una pregunta que la noche de tormenta ha traído hasta nosotros desde la noche de los tiempos. “La cólera del pobre/ tiene dos ríos contra muchos mares/ […] / tiene un acero contra dos puñales”.9

 

Traducción de Álvaro Ruiz Rodilla.

© Asli Erdogan
Novelista y periodista turca formada en física nuclear. Entre sus novelas destaca El edificio de piedra.

A partir de la traducción del turco al francés de Julien Lapeyre de Chabannes, en Asli Erdogan, Même le silence n’est plus à toi, Arles, Actes Sud, enero de 2017, 174 pp.


1 Como se verá, las alusiones directas o indirectas a Séferis abundan. En este caso se trata de un verso de “Micenas”: “Cuerpos sumidos en los cimientos/ del otro tiempo […]”.

2 Yorgos Séferis, “Santorini”, Ghymnopedia, 1935. Tomaremos las versiones directas del griego de Miguel Castillo Didier, helenista y traductor de la poesía griega del siglo XX.

3 Este verso es difícilmente reconocible en el poema. Ignoramos a qué traducción tuvo acceso la misma Erdogan. Nos basamos aquí en la traducción del francés, directa del turco, de este verso (el traductor del francés hace lo mismo). En todo caso, puede remitir a: “escuchando un aullido/ así sea del lobo el aullido/ tu derecho”.

4 Verso final del poema largo Ghymnopedia, pertenece a la segunda parte o segundo poema: “Micenas”.

5 Periodista, redactor del periódico Cumhuriyet, detenido luego de haber divulgado información relativa a la venta de armas del gobierno turco a los combatientes del ejército islamista del ISIS.

6 Universitario turco detenido en Estambul el 1 de abril de 2016, acusado de “propaganda terrorista”, por su apoyo a la causa kurda.

7 Vuelve la alusión, esta vez más directa, al verso de Séferis de la nota 1.

8 Versos de “Micenas”.

9 César Vallejo, Poemas póstumos, “La cólera que quiebra al hombre en niños”. En distintas variaciones que lo resuelven, “La cólera del pobre” es el verso que cierra las cuatro estrofas del poema. En este caso se trata del final de la segunda y de la tercera estrofas.