He insistido en que la mayor dificultad, y de ahí su valor, del aforismo es su proximidad con el silencio. Una frase breve, una sentencia o máxima, el epitafio, los escolios inclusive (si poseen valor literario) y en general cualquier epitafio capaz de conmover, llevan al lector a experimentar el vértigo de la caída, a la sensación de vacío y a contemplar por un instante el rostro de la muerte. La iluminación es la contraparte de lo que intento expresar: la revelación, y el entusiasmo que crea por instantes la sabiduría hacen del lector de aforismos un hipnotizado, un rehén de las palabras y de su sentido trascendental. El peligro que enfrenta todo aforismo es su condición de fantasma y la posibilidad de no decir nada: lleva en sí su propia negación. Es difícil creer que una sentencia literaria sea capaz de explicar algo y por ello es preferible pensar que se trata de un juego retórico, de un golpe al hígado o de un buen trago de vodka. En una conferencia que preparó Wittgenstein acerca de la ética y la cual dictó en 1930, dijo lo siguiente: “Carece de sentido decir que me asombro ante la existencia del mundo porque no puedo imaginármelo no siendo como es”. En esta conferencia Wittgenstein quería decirnos que una enorme cantidad de enunciados religiosos, éticos y poéticos carecen de sentido si no es el ser humano mismo quien se los otorga. Los aforismos también son invenciones o accidentes del lenguaje y no existen en realidad, sino hasta que conmueven a alguien y lo transforman o iluminan.

Ilustración: Kathia Recio

Son innumerables los escritores cuyos libros se sostienen en aforismos o fragmentos que se ocultan en las páginas de una novela formando parte de un discurso más complejo o extenso. Fernando Pessoa, Robert Walser, Albert Camus y Mark Twain, por ejemplo, son una mínima muestra de lo que afirmo. Sin embargo, hay escritores que no sobrevivirían sin su pasión aforística. François de La Rochefoucauld, E.M. Cioran o Remy de Gourmont nos revelan un mundo sólo posible si es descubierto desde la mirilla: “Para ser veraz una novela debe ser falsa”, nos dice Gourmont. ¿Y quién no ha citado de memoria alguna vez a Cioran para despertar en el otro el asombro, el desprecio o la animadversión?: “Quien no ha muerto joven merece morir”, escribió el rumano. Aforistas latinoamericanos hay un ejército y en esta página no podría siquiera nombrar a una breve cantidad de ellos. Millôr Fernandes, Nicolás Gómez Dávila, Carlos Díaz Dufoo y Juan Carvajal son algunos de ellos. En el libro Lapidario. Antología del aforismo mexicano (1869-2014) Hiram Barrios compila un importante número de aforismos, incluso de autores muy jóvenes y poco conocidos.

El mayor enemigo no sólo del aforismo, sino de la cordura y de la retórica inteligente es la publicidad que atosiga y nos vomita fango todos los días. A donde te muevas, no cesas de escuchar o leer una ocurrencia publicitaria que intenta ser ingeniosa y no es más que pura contaminación de la esfera que nos contiene. Sé que ha habido —y todavía— escritores que trabajaron en publicidad y que dieron al público un par de buenas campañas, pero son una excepción o minoría. La gran parte del cascajo publicitario es creado por personas que inventan el mundo nuevamente —porque no lo conocen o lo ignoran— y que se valen de la indefensión de sus víctimas para sepultarlos de frases y mensajes badulaques e ignominiosos. He llegado a escribir en algún libro que la comunicación es fundamentalmente ruido, y lo sigo creyendo así. Los seres humanos nos comprendemos a nuestro pesar, y además con gran esfuerzo, cuando utilizamos palabras para ello. El sentido de lo que deseamos decir es lo que rescatamos de la confusión y el mínimo acuerdo entre los conversadores. Pero la mayoría de la publicidad —hay otra que es discreta y necesaria— es sólo ruido impuesto, boñiga en la que te resbalas apenas pisas la acera, pues no conformes con ocupar un espacio y describir el producto que desean vender —ello sería lo correcto, según yo— los publicistas acuden a la metáfora, a la imaginación, al chiste y entonces sí se abre la tierra y la palabra pierde respeto y gravedad. Qué época burlesca e insustancial plena de barroquismo artificial e insultante ésta que nos ha tocado vivir. Trastocando un conocido aforismo de Cioran, diré que siendo yo testigo y víctima de la aberrante publicidad contemporánea, no creo que el ser humano vaya a desaparecer (no soy tan pesimista), sino que más bien pienso que debe desaparecer: convertirse en un aforismo mudo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.