Según demuestran ejemplos antiguos y modernos, los delfines son voluptuosos e inclinados al amor. Hanse ha visto delfines enamorados en diferentes puntos, entre otros, en el mar Puteolano, en tiempos de los primeros Césares, según refiere Apión, y cerca de Neupacta algunos siglos antes, según atestigua Teofrasto. El amor de estos delfines no tenía por objeto seres de su especie, sino que les dominaba pasión extraordinariamente viva y que tenía algo de humana, por niños hermosos que habían visto en barcas o en la playa. Citaré un pasaje del sabio Apión, tomado de su Egipciacos, en el que refiere cómo se enamoró un delfín de un niño que, impresionado por sus muestras de ternura, acudía con frecuencia a jugar con él y, atreviéndose a cabalgar en su dorso, lo dirigía a su capricho en medio de las olas. He aquí el relato: “Yo mismo he visto”, dice, “cerca de Dicearquia, un delfín que amaba a un joven llamado Jacinto. En cuanto oía su voz, acudía transportado de amor: llegado cerca de la orilla, le recibía sobre su dorso, replegando las puntas de sus aletas, por temor de herir aquel cuerpo delicado, objeto de sus deseos; y el niño, a caballo sobre él, prolongaba sus carreras hasta doscientos estadios dentro del mar. De Roma y de toda Italia acudían para ver al delfín, trocado por Venus en dócil corcel”. No es menos maravilloso lo que añade enseguida Apión: “El niño”, dice, “cayó enfermo y murió; y el delfín, después de haber venido muchas veces a la playa acostumbrada sin encontrarlo, cuando ordinariamente lo esperaba en la orilla del agua, fue acometido de tan vivo dolor, que perdió la vida. Habiéndole encontrado muerto sobre la arena personas que conocían la historia de su amor, le llevaron junto al niño que le había inspirado pasión tan tierna, y le sepultaron en la misma tumba”.

 

Fuente: Aulio Gelio (s. II), Noches Áticas, Editorial Porrúa, Sepan Cuantos 712, México, 1999.