En estos días leí el artículo “Sobre un volcán” de Jesús Silva-Herzog Márquez, publicado en el número de Nexos de este mes. No puedo más que recomendar leerlo a quién le interesa una mirada sofisticada sobre lo que las campañas presidenciales de este año nos dicen sobre el país. Sin embargo, tengo algunas diferencias con el texto que quiero anotar simplemente como contribución a lo que creo será una discusión más amplia en los próximos meses.


Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Comparto el argumento central del texto de Silva-Herzog. No estamos viendo una elección más, en el sentido de un proceso electoral en donde es altamente probable que a través de la competencia electoral un nuevo gobierno surja de un partido de oposición, sino también un cambio político más profundo que puede significar una reconfiguración sustantiva de las relaciones políticas en México. También coincido en que la competencia política de estos meses no es sólo producto del arreglo electoral sino de un colapso en la autoridad de quienes hoy gobiernan. Sin embargo, la primera diferencia que tengo con su argumentación es que los riesgos posibles del cambio que describe Silva-Herzog me parecen normales en un contexto donde los gobiernos son electos por una mayoría. La segunda diferencia que tengo, a mi parecer más sustantiva, es que si los riesgos que señala efectivamente se materializan, esto se deberá menos al discurso y comportamiento de López Obrador y Morena en el corto plazo, y más a los cambios que ha habido en las últimas décadas en las formas de organización y representación en nuestra sociedad.

Silva-Herzog ve dos riesgos en el posible triunfo de López Obrador y la formación de Morena. El primero es el riesgo de la continuidad (priistas, panistas y demás pedazos de la élite sobrevivirán dentro de una nueva coalición), y el segundo es el riesgo de la hegemonía (la nueva coalición tiene la aspiración de abarcar todo el espacio político, no sólo una parte). La imagen que expresa esos riesgos es la de la formación de una suerte de viejo PRI reconstituido, y teme que en ese escenario las cosas cambien menos de lo que se espera, mientras que los espacios políticos para quienes tengan diferencias fundamentales con esa nueva coalición se reducen. Sin embargo, también me parece que su preocupación ignora la premisa más importante de lo que está sucediendo en este largo proceso electoral. Y es que a diferencia de cómo se constituyó la hegemonía del viejo PRI, lo que hoy está sucediendo se da, en términos generales, en un contexto con condiciones mínimas de democracia y libertades. Un contexto donde la hegemonía política no se construye exclusivamente con las coaliciones que se fomentan desde el poder, sino que se construye (si es que se construye) en un proceso de competencia electoral donde al final la mayoría que gobierne tendrá que ser primero una mayoría electoral. En ese sentido, mi preocupación es menor, pues tanto algún grado de continuismo como algún grado de aspiración hegemónica me parecen “normales” en un contexto donde la regla de mayoría entre iguales es el criterio que se usa para elegir gobernantes.

Muestra de ello es el hecho de que todas las campañas políticas de este periodo electoral, tienen tanto un “horizonte hegemónico” como elementos de continuidad en los discursos de los candidatos presidenciales. En el caso del Frente la coalición del PAN y PRD fue planteada como un acuerdo histórico entre la izquierda y la derecha que satura el espacio político de “el futuro” y excluye por definición a los habitantes del mundo pasado del PRI (en su discurso el PRI gobernante, y el viejo PRI reconstituido en Morena).  En el caso de la campaña del PRI, su planteamiento de inicio fue que su candidato puede abarcar la totalidad del espacio político porque no es un “político de partido”, sino un “ciudadano”, un representante del todo, con la capacidad de completar el proceso de modernización del país al que estamos destinados. Incluso en varios momentos de la campaña, tanto el PRI como el Frente han aspirado a engullirse uno al otro no sólo para sacar más votos que la coalición de Morena, sino para desterrar de una vez por todas lo que llaman “el populismo” o “el chavismo”  o “el pasado” como agentes nocivos e incompatibles con nuestra democracia. Es decir, ambas candidaturas plantean sus campañas como la posibilidad de un futuro donde es su coalición la que habita la casi totalidad del espacio político y que al hacerlo logra finalmente excluir a un grupo que se demuestra social y políticamente minoritario. En las partes integrantes de ambas coaliciones, queda también implícito que la hegemonía que constituirían incluye un alto grado de continuidad con lo existente. Uno puede estar en desacuerdo o no con estos discursos, y señalar que tienen diferencias de grado, pero mi punto que los riesgos que ve Silva-Herzog en el discurso López Obrador no es una característica exclusiva de éste. Es probablemente una característica de cualquier coalición política que compite por la mayoría.

La segunda diferencia que tengo con Silva-Herzog no está centrada directamente en sus argumentos sino en los tiempos que enmarcan su análisis. Para expresar esta diferencia, voy también a hacer referencia a un artículo que publicó hace unos días Alberto J. Olvera en el El País donde expresa preocupaciones similares a las de Silva-Herzog, pero lo hace de forma más explícita y las centra directamente en el papel del liderazgo de López Obrador.

Para Olvera el principal riesgo es que un cambio de régimen lleve a la centralización del poder en la Presidencia del República debido al inminente debilitamiento del PRI y del PAN, pero también a las condiciones sociales y económicas más amplias que han sido consecuencia del “régimen neoliberal”. Estas consecuencias, paradójicamente ––como señala Olvera––, incluyen un Estado más débil que precisamente por su debilidad abre amplio espacio para la recentralización del poder. Es decir, al igual que Silva-Herzog ve una recomposición en el sistema de partidos que pueden llevar a un nuevo régimen con Morena y/o López Obrador como actor político hegemónico.

Las preocupaciones de ambos autores son acertadamente Tocquevilleanas. Lo son en el sentido de reconocer la legitimidad y virtud del proceso democrático, aunque siempre agregando una nota de alerta que advierte sobre los riesgos que implica el gobierno de las mayorías y su versión más escandalosa: “la tiranía de la mayoría”.

No descarto estos riesgos, los reconozco como consustanciales a las democracias. Pero en el caso mexicano actual soy más optimista. Creo que nuestra vida pública está habitada por una diversidad enorme de actores políticos (muchas veces invisibles desde el centro), y que con la premisa de igualdad de la democracia no sólo ha venido el riesgo de la tiranía de la mayoría, sino también la virtud de la política local como una actividad localizada territorialmente. Con esto quiero decir que aunque en una elección presidencial, e incluso en elecciones legislativas federales, un partido pueda tener una abrumadora mayoría, la diversidad de intereses que hoy se expresan de forma territorial y regional dificultan la extensión del poder central de esas instituciones mayoritarias. Ejemplo de esta diversidad me parece que son las muy distintas dinámicas electorales y políticas que le pueden dar mayoría al Movimiento Ciudadano de Enrique Alfaro en Jalisco, o que le dieron mayoría a el PAN de Javier Corral en Chihuahua, al partido Verde en Chiapas, o incluso al Bronco en Nuevo León. Todo esto sin considerar la enorme diversidad política y social que existe a nivel municipal.

Tanto los argumentos de Silva-Herzog y Olvera como los míos, incluyen un alto grado de incertidumbre si son tomados como predicciones. No sabemos aún cuál será el resultado electoral, no sabemos cuál será la reacción de las oposiciones a un nuevo gobierno, y más importante aún, no sabemos cuál será el comportamiento cotidiano de éste. Por esta razón, tal vez sea tanto o más importante pensar en cómo llegamos aquí. Es decir, cómo es que estamos ante un escenario donde se plantea como una posibilidad no sólo una alternancia electoral sino una nueva “hegemonía en formación” o un “fin del régimen”. Me parece importante hacerlo pues las características que plantean como exclusivas del lopezobradorismo son distinguibles también en las campañas de los otros dos principales contendientes y por tanto creo que son más bien producto de un proceso más largo y más amplio que el de la formación de Morena. Incluso me atrevo a decir que es un proceso de al menos 20 años.

Para Tocqueville, uno de los obstáculos para la concentración del poder son los cuerpos y asociaciones intermedias que se establecen entre el ciudadano en tanto individuo y el Estado tanto autoridad central. La ausencia de estas organizaciones intermedias, que frecuentemente llamamos organizaciones de la sociedad civil, es lo que a los ojos de Tocqueville permitió la centralización en Francia pre y post-revolucionaria. Es también ante la presencia de estas asociaciones y cuerpos que la democracia estadounidense del siglo XIX ––decía–– no sucumbía por completo al poder del centro político pese a vivir bajo la regla de mayoría.

En nuestro país, el lamento sobre lo pequeña que ha resultado la sociedad civil organizada después de la transición ha sido largo. Este lamento suele hacer cuentas por descarte, en donde llama “sociedad civil” solo a un conjunto pequeño de asociaciones, y convierte por default a otras organizaciones en parte de la “sociedad política” del Estado o en una representación del atraso indeseable de la sociedad existente.

Una muestra de este conteo por descarte fue la breve disputa entre López Obrador y algunas organizaciones civiles y cámaras empresariales provocada por su declaración: “le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil”.  Como parte del conflicto, del lado de algunas organizaciones no hubo matiz en su respuesta, no se entendió de forma crítica la acotación que significa decir “lo que llaman”, y se escribieron sendos artículos de periódicos dando clases de filosofía política para decir que si López Obrador desconfía de la sociedad civil (ya sin el “lo que llaman”), entonces desconfía de todos los ciudadanos. Pero más revelador aún fue un desplegado publicado unos días después donde se argumentó que “Mucho de lo que ha cambiado México fue primero exigencia y propuesta de la sociedad civil” (todo en mayúsculas), el cual fue firmado por organizaciones patronales y organizaciones especializadas en “lenguaje experto” para incidir en las decisiones públicas. Sintomáticamente en la lista de organizaciones firmantes del desplegado las únicas organizaciones que representan intereses concretos de personas a través de la participación colectiva, son las organizaciones patronales. Entre los firmantes no hay sindicatos de trabajadores u otras organizaciones que denotan participación colectiva, no hay organizaciones (excepto las patronales) que tengan capítulos o sucursales fuera de la Ciudad de México.

La escasa presencia de organizaciones y colectivos en esta campaña, más allá de los partidos políticos mismos, las cámaras empresariales, y las organizaciones de incidencia experta es tal, que incluso los partidos políticos rehuyen de ser vistos como partidos. En el caso de Morena, éste quiere ser visto como un “movimiento”, que no una organización, y el PAN y PRD disputaron al inicio de la campaña con el PRI la palabra “ciudadano”, pues uno reclama ser un “Frente Ciudadano”, mientras que el otro quería registrarse como “Meade, Ciudadano por México”. En este ciclo electoral quedaron ya desterrados casi por completo los llamados y manifestaciones de organizaciones obreras o campesinas, urbanas y rurales, excepto cuando han sido invocadas como elementos indeseables de la democracia. Ese ha sido el caso del discurso dominante en medios de comunicación con respecto a policías comunitarias de Guerrero, las autodefensas de Michoacán, el sindicato Minero, las comunidades indígenas, el sindicato petrolero, y los distintos sindicatos magisteriales. En esta campaña ya no hemos visto la marcha de siglas que para quienes vivimos los años ochenta y noventa eran parte central de la vida política: CROC, CTM, SNTSS, CT, CNC, CCC, UNORCA, CAP, SME, UNT, y un largo etcétera.

Sé que para muchos lectores de este texto la desaparición de hecho de estas viejas organizaciones sindicales, campesinas e indígenas es por sí solo una buena noticia. Sin embargo, lo que estoy tratando de señalar es que esas organizaciones, nos gustaran o no, eran parte de una forma u otra de la “sociedad civil” (pero no de “lo que llaman la sociedad civil”). Unas con más vínculos con el gobierno que otras, unas más corruptas que otras, unas más autoritarias que otras, pero que al fin y al cabo eran mecanismos de representación y de control de político que estaban presentes en buena parte del territorio nacional. Eran, no la caricatura virtuosa de las asociaciones voluntarias que describe Tocqueville, pero sí organizaciones hechas por personas con poco poder individual a las que se tenía reconocer y con las que se tenía que acordar y negociar. Organizaciones que no tenían un papel simple de representar ideas o una agenda, como los  grupos de cabildeo, sino organizaciones que tenían vínculos políticos, intereses abundantes y contradictorios, formas de participación, y canales de comunicación desde el nivel hiperlocal hasta el centro federal.

Tal vez la muestra más concreta de la desaparición forzosa e inercial de estas organizaciones, se puede ver en la estrepitosa reducción del número de huelgas que hay en México. En la primera mitad de los años noventa hubo en promedio 459 huelgas de jurisdicción local al año, mientras que en la primera mitad de esta década hubo en promedio 57 huelgas. Esta simple comparación no es suficiente para determinar si hay menos huelgas porque hay menos sindicatos, o hay menos sindicatos que representen los intereses de los trabajadores (Descarto como explicación que no haya razones para hacer demandas laborales, pues es bien sabido el estancamiento de los salarios en México, la violación de derechos laborales, y las muchas razones por las cuales puede haber trabajadores inconformes). Lo que sí nos dicen estos datos es que al menos la forma de organización sindical se ha vuelto menos útil para representar demandas laborales o incluso demandas políticas.

Es esta debilidad o reducción de la presencia de organizaciones intermedias lo que me hace pensar que los riesgos que señalan Silva-Herzog y Olvera no son parte de un fenómeno reciente o electoral. Son parte de un proceso que ha ido acompañado de demandas cada vez más potentes por estandarizar, unificar, y centralizar leyes e instrumentos estatales. Un proceso que ha implicado el repliegue territorial de las organizaciones que antes existían, y cuyo vacíos hoy son ocupados notablemente por organizaciones que viven de ejercer violencia. Un proceso acompañado también por un discurso político que ha satanizado la organización de grupos de la sociedad, excepto cuando se trata de cámaras empresariales u organizaciones de incidencia experta.

Por eso contesto a la pregunta que hice, diciendo que hemos llegado aquí como consecuencia de la “desorganización” activa de la sociedad civil, de la supresión explícita de los asociaciones y cuerpos intermedios. Una desorganización que sobre todo ha afectado a las partes estructuralmente más débiles de la sociedad, pero no a los privilegiados de las desigualdades que existen, quienes nos hemos podido mantener organizados.

Es por estas razones que mi diferencia con Silva-Herzog tiene que ver con los tiempos que considera en su análisis. Si queremos entender mejor qué está pasando en el país, necesitamos ver plazos más amplios que el que nos da el calendario electoral. Sobre todo porque temo que si los pronósticos de Silva-Herzog y Olvera se hacen realidad y el poder se centraliza aún más y se construye una nueva hegemonía, habrá quien vea en las campañas electorales las causas y no los síntomas de lo que suceda.  Por eso lo importante no será ver el día antes de las campañas electorales y el día después de ellas para saber qué pasó. Habrá que ir ––como hizo Tocqueville para entender los efectos de la Revolución Francesa––unas cuántas décadas hacia atrás para así evitar la ilusión de que un nuevo orden, para bien o para mal, se fundó simplemente con la toma de la Bastilla.

 

Andrés Lajous

 

2 comentarios en “¿Riesgos del lopezobradorismo o riesgos de la democracia?

  1. Muy ilustrativa la forma de enfocar a la “sociedad civil”, siempre ignorada pero siempre invocada para legitimar a los gobiernos. Buen artículo. Saludos .

  2. De acuerdo a algunas mediciones, México junto con Haití tienen el nivel de part. ciudadana más bajo del mundo 3.5% en contraste con el 18% de Costa Rica-Uruguay, 87% Dinamarca. En México la mitad de ese 3.5% es vía sindicatos o gremios muy cercanos al gobierno. Por tanto hay dos noticias: Hablar de la necesidad o influencia de la S.C. es hoy y en un futuro cercano hasta ocioso y la buena noticia es que ante este nivel y vacio, dos personas bien organizadas puede hacer mucho, como Coparmex nos ha enseñado…