El arresto es una manera fulminante y sorprendente de arrojar, precipitar, trasplantar de un estado a otro. Corriendo felices o arrastrándonos desdichados por la larga y tortuosa calle de nuestra vida, pasamos junto a vallas, vallas y más vallas de madera podrida, tapias de arcilla, cercas de ladrillo, de hormigón, de hierro. No nos paramos a pensar qué podía haber detrás de ellas. No intentamos elevar la mirada ni el pensamiento por encima de las mismas, pese a que, precisamente allí, empezaba el país del Gulag, tan cerquita, a dos metros de nosotros. Y tampoco nos percatamos del sinfín de puertas y portezuelas, bien ajustadas y disimuladas, que había en aquellas vallas. Todas aquellas puertas estaban preparadas para nosotros, y he aquí que, de pronto, se abrió rápidamente una, la fatal, y cuatro blancas manos masculinas, que no sabían del trabajo físico, pero llenas de energía, nos agarraron por las piernas, por los brazos, por el cuello, por la gorra, por las orejas; nos arrastraron como un fardo y se cerró para siempre, detrás de nosotros, la puerta, la puerta de nuestra vida anterior.

Y nada más. Queda usted detenido. Y por toda respuesta, sólo se le ocurrirá balar como un borrego: “¿Yo-ó-ó? ¿Por qué-é-é?”. Esto es el arresto: un fogonazo cegador y un golpe que relegan el presente al pasado, mientras lo imposible se hace totalmente presente. Y eso es todo. Y no logrará usted entender nada más ni en la primera hora ni en el primer día. Y en su desesperación, incluso verá resplandecer una luna parecida a un juguete de niño, a un decorado de circo: “Es un error. Se va a aclarar”. Todo lo demás, lo que constituye la imagen tradicional y hasta literaria del arresto, se acumulará y ordenará no en su memoria turbada, sino en la memoria de la familia y sus vecinos.

Es un estridente timbrazo nocturno o un violento repicar en la puerta. Es la arrogante entrada de los agentes que penetran en su casa sin limpiarse las botas. Es el testigo ocular que, asustado, permanece tras ellos. (¿Para qué se necesita el testigo? La víctima no se atreve a plantearse preguntas, y los agentes no recuerdan para qué sirve el testigo, pero su presencia está prevista en las instrucciones; y él permanecerá en vela toda la noche, para firmar a la madrugada. El testigo, arrancado de la cama, también sufre: una noche sí y otra también, ha de colaborar en la detención de sus vecinos y conocidos.)

El arresto tradicional es, además, las temblorosas manos que preparan las cosas del detenido: una muda de ropa, una pastilla de jabón, algo de comer; pero nadie sabe qué debe ni qué puede llevarse; y mientras, los agentes dan prisas y cortan los preparativos: “No hace falta nada. Allí le darán de comer. Allí hace calor”. (Todo es mentira. Dan prisa para meter miedo.)

El arresto tradicional es también, cuando se han llevado al pobre hombre, la brutalidad, durante muchas horas en la casa, de una fuerza intrusa, ruda y aplastante. Es arrancar, tirar y apartar violentamente de las paredes los armarios, abrir cajones, desparramar su contenido, apilarlo, pisotearlo. Durante el registro no hay nada sagrado. Cuando detuvieron a Inoshin, maquinista de tren, había en el cuarto un ataúd con un pequeñito, que acababa de morir. Era su hijo. Los juristas volcaron el féretro, apartaron el cadáver y buscaron también dentro de la caja. Sacan a los enfermos de las camas y les quitan las vendas de las heridas. […]

Los arrestos nocturnos ofrecen también la ventaja de que ni los habitantes de las casas vecinas ni de las calles de la ciudad saben a cuántos se han llevado en una noche. Alarman a los vecinos próximos, pero los lejanos ni se enteran, como si no hubieran estado. Sobre el mismo asfalto sobre el que, de noche, circularon las furgones celulares, durante el día marcha la nueva generación con banderas y flores, entonando cantos venturosos.

Pero los agentes que sólo se dedican a detener, para quienes el horror de los arrestados resulta desagradable y embarazoso, tienen un concepto mucho más amplio de su misión. Poseen una gran teoría; no seamos ingenuos pensando que no la tienen. La “arrestonomía” es parte importante del curso de “carcelorogía” y se asienta en una sólida teoría social. Según distintos conceptos, los arrestos se clasifican en: nocturnos y diurnos, en su domicilio, en el trabajo y en viaje; por primera y segunda vez; por separado y en grupo. Los arrestos se distinguen según el grado de sorpresa requerido para llevarlos a cabo, según el grado de eventual resistencia (pero, en decenas de millones de casos, la resistencia no se esperaba y no la hubo). Las detenciones se diferencias por la seriedad del registro; según se requiera o no hacer una lista de lo confiscado, sellar las habitaciones, detener después del marido a la mujer y meter a los niños en una guardería, deportar al resto de la familia, o mandar a los viejos también a un campo de concentración.

No se crea, los arrestos son muy variados en sus formas. La húngara Irma Mendel, en una ocasión consiguió en la Komintern (en 1926) dos entradas para el Teatro Bolshoi. La cortejaba el juez de instrucción Kleguel y ella lo invitó. Disfrutaron muy cariñosamente del espectáculo y, al final, él la llevó… derechito a la Lubianka. Y si un soleado día de junio de 1927, en la calle Kuznetski Most, la bella Ana Skripnikova, de rostro carnoso y rubia trenza, cuando acababa de comprar tela azul para un vestido, un joven petimetre la subió a un coche (el chofer ya sabía de qué se trataba y se enfurruñó: estos miembros de la policía no pagan); sepan que no es una cita amorosa, sino un arresto: sólo les queda torcer hacia la Lubianka y entrar en las negras fauces del portón.

 

Fuente: Alexander Solyenitzin, Archipiélago Gulag. Traducción de L. R, Martínez. Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1974.


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