Las primeras hojas de la col
son gruesas como suelas nuevas,
más rotundas que las blasfemias,
más compactas que las corazas,
con fibras como las maromas.

Como rústico regimiento
de plurales armaduras,
protegen el cogollo
–suave como la seda—
de toda suerte de infortunios,
de toda suerte de tormentas.

Para poder ver el cogollo,
arranqué la primera hoja.
Y enseguida se derramaron
unas lágrimas de rocío.
Fui quitando nuevas hojas
como quien quita unas vendas,
y se me abrió de repente
un curioso laberinto.

Se enterneció el repollo
y lloró como un ser vivo,
hundiendo al punto entre mis manos
su afligida cabeza.

 

Fuente: Novella Matvéieva (1934). En: Medio siglo de poesía rusa soviética. Traducción de José Santacreu. Editorial Cuarto Mundo, Buenos Aires, 1974.


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