La noche del 4 de mayo de 1840 intentaron huir de Buenos Aires Isidro Oliden, Francisco Lynch, José María Riglos y Carlos Mason, amenazados por el gobierno de Juan Manuel de Rosas. A punto de embarcarse, fueron asaltados por una banda armada, bajo las órdenes del jefe de la policía, Ciriaco Cuitiño. Todos fueron degollados, como solía hacer La Mazorca. El episodio aparece en el primer capítulo de Amalia, de José Mármol. La medida completa del terror está en las páginas siguientes, ya no en la calle, sino insidiosamente filtrado dentro las casas, donde el Restaurador de las leyes, el Padre de los pobres, tenía una red de espías: negros, mulatos, dispuestos a denunciar a sus patrones.


Ilustración: Estelí Meza

Es poco probable que existiera una red semejante, tampoco hacía falta. Pero la idea sirve para retratar el régimen de Rosas: la gente decente de Buenos Aires tenía miedo de la servidumbre. Y el caudillo era el intermediario en esa relación.

La imagen de Juan Manuel de Rosas está ya perfilada en su primera aparición en Buenos Aires, en 1820. Es un estanciero hecho al trabajo del campo, no a la vida de los salones, es autoritario, exigente, concienzudo, anticuado, suspicaz. Pero sobre todo se presenta acompañado de sus gauchos, y eso es lo que lo señala. Porque los gauchos son la expresión inmediata de la barbarie, la que espantaba a Sarmiento, a Mármol. Y la que cultivaba deliberadamente Rosas. Para denigrarlo, sus enemigos lo llamaban “el señor de las pampas” —ningún otro mote le hubiera servido mejor para presentarse como caudillo popular.

Aparte de imponer el orden, el suyo, no hay un programa del rosismo: unos cuantos eslóganes servían como ideología, no hacía falta más. Defendió el libre comercio que favorecía a los estancieros hasta 1835, impuso entonces un arancel proteccionista, y poco después volvió otra vez al libre comercio. No era religioso, pero entendía la importancia política de la religión, de llevar como divisa “Religión o muerte”, y de tratar a sus adversarios de herejes, ateos. Y sobre todo creía en la necesidad de mantener el orden: jerárquico, riguroso. Es paradójico que para eso necesitara un lenguaje cargado de violencia, y del amago permanente del poder popular como recurso de intimidación.

Rosas siempre cuidó su relación con las clases populares: con sus peones, con los negros, mulatos, con los pobres, los gauchos. Durante la campaña del desierto, en 1835, escribía a su esposa, Encarnación Ezcurra: “Ya has visto lo que vale la amistad de los pobres y por ello cuánto importa sostenerla… Escríbeles con frecuencia, mándales cualquier regalo… Digo lo mismo respecto a las madres y mujeres de los pardos y morenos que son fieles”. Un detalle iluminador, dos líneas más allá: “A los amigos fieles que te hayan servido déjalos que jueguen al billar en casa…”. Es decir, admitirlos en la intimidad. De eso estaba hecha la autoridad de Rosas.

En la práctica, no cambió la situación de los gauchos, si no fue para empeorar. Se mantuvieron las leyes contra desertores, vagos y maleantes que los orillaban a contratarse como peones en las estancias. Incluso se aplicaron con más energía. Pero Rosas era un gaucho, o casi —uno de ellos. Pensaba que había una comunidad natural de intereses entre los estancieros y sus peones. Las anécdotas que circulaban sobre él, y da lo mismo que fuesen ciertas o no, lo hacían un hombre de campo: sufrido, valiente, leal, que imponía castigos severísimos, pero exigía que se le administrasen a él mismo exactamente igual.

Tampoco favoreció mucho a los negros. De hecho, en su tiempo revivió el tráfico de esclavos. Aparte del contrabando desde Brasil, Rosas autorizó que se vendiese a los esclavos importados por extranjeros “para permitir a los infortunados hijos de África experimentar los beneficios de la civilización”. Pero también asistía a los candombes, daba dinero a las sociedades africanas (Nación Banguela, Sociedad Conga), y formó un cuerpo de milicia de negros y mulatos, la negrada federal. En las fiestas de mayo de 1838, en la Plaza de la Victoria, el número principal fue un baile de las sociedades africanas. Esa afrenta para la buena sociedad porteña daba pie para imaginar una red de sirvientes delatores.

En 1835 se hizo a Rosas depositario de “la suma del poder público”, con la autorización de un plebiscito prácticamente unánime: la voz del pueblo. Años antes se había formado la Sociedad Popular Restauradora, la militancia rosista, con La Mazorca como brazo armado —policías, matones, milicianos. Sobre el nombre se ha dicho que era una deformación del grito “¡más horca!”, también que la mazorca era un símbolo de unidad o que se usaba como instrumento de tortura. La oscuridad en torno suyo servía para que la violencia pudiera atribuirse a la indignación del pueblo: selectiva, bien dirigida contra sus enemigos —y que se supiera que sólo Rosas podía mantenerla a raya.

En 1973, para celebrar el retorno de Perón se adornaron las calles de Buenos Aires con la efigie de don Juan Manuel de Rosas.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.