Una noche de octubre de 2004 tres hombres se reunieron con un notable profesor de Harvard, conocido por haber escrito una biografía de otro hombre notable: Isaiah Berlin. Le hicieron una extraña proposición: ¿desearía ser primer ministro de su país? El profesor en cuestión era Michael Ignatieff, un conocido internacionalista e intelectual público canadiense. Ignatieff, entonces cincuentón, había escrito toda su vida sobre política (El honor del guerrero, El mal menor, etcétera). De buena pluma y cabeza sensata, Ignatieff, sin embargo, carecía de un ápice de experiencia política. Sus credenciales eran sus ideas y sus libros. Su imagen pública era la de un cosmopolita liberal, no un patriota canadiense. No sólo eso, durante 30 años había vivido y hecho su carrera académica fuera de su país natal: en Oxford, Harvard. ¿Por qué los “hombres de negro” —como los llama Ignatieff en Fuego y cenizas (Taurus, 2014),  su memoria de su fugaz paso por la política— creían que el profesor podía ser la tabla de salvación del emproblemado Partido Liberal (PL) de Canadá? El PL había sido durante décadas el partido dominante de ese país, pero a principios de la segunda década del siglo estaba anquilosado y un nuevo tipo de políticos conservadores, liderados por el infausto Stephen Harper, los había desplazado del poder. A algunas cabezas creativas se les ocurrió que la solución a la crisis era traer a un outsider, un hombre prestigiado y ajeno a los conflictos facciosos. Y ahí, en Boston, a tiro de piedra, estaba el biógrafo ilustre de Sir Isaiah Berlin. Ignatieff relata que la proposición le sorprendió, pero no tanto. Hacía ya tiempo que miraba los toros desde la barrera con creciente insatisfacción. Deseaba ser actor, no espectador del gran teatro de la política. Lo hacía, diría después, por vocación y no fundamentalmente por ambición. Ignatieff entiende la vocación a la manera de Max Weber: un deseo de vivir para la política, no de la política. Entender por qué deseaba meterse en las aguas turbias que había mirado por décadas detrás del microscopio le llevó mucho tiempo, pero al final logró comprender cabalmente que para él la vocación política significaba servir a la gente común. Por eso Ignatieff aceptó la propuesta de los hombres de negro y un año después de la reunión hizo sus maletas, renunció a Harvard y regresó a su país de origen a competir por un escaño en el Parlamento. Así comenzó un viaje de cinco años que lo llevaría a convertirse primero en parlamentario, después en dirigente del Partido Liberal y finalmente a contender por el poder en una elección histórica que resultó catastrófica para su partido y para él mismo: no sólo no sería primer ministro sino que perdió su escaño en el Parlamento y su puesto como líder del partido. Los conservadores habían desplegado en su contra una efectiva campaña negativa en la que lo presentaban como un mero visitante en su patria. Dos años después de la derrota regresó a su viejo puesto en Harvard y, poco tiempo después, se marchó a Budapest como presidente de la Universidad Centro Europea. Al parecer los conservadores tenían razón: Ignatieff sólo estaba de paso.

Ilustración: Belén García Monroy

El producto de esa derrota fue un libro autobiográfico, que debería ser lectura obligada para cualquier profesor que quiera adentrarse en las aguas turbias de la política de verdad. Ignatieff tenía una preparación teórica envidiable: por años había enseñado los clásicos: Cicerón, Maquiavelo, Burke, Tocqueville, etcétera. Cuando sus alumnos lo interrogaban sobre el significado de la Fortuna en El Príncipe, Ignatieff explicaba diligentemente que para Maquiavelo la política no es una ciencia, sino el “intento incesante de personas voluntariosas por adaptarse a lo que la fortuna les arroja en su camino. Sus habilidades básicas pueden aprenderse, pero no pueden enseñarse”.  Al cabo de unos años Ignatieff aprendió, a su vez, otra valiosa lección: “había enseñado a Maquiavelo, pero no lo había entendido”. Había creído que podía controlar los tiempos de la política, cuando eran los tiempos de la política los que lo controlaban a él. Ese es el tipo de engreimiento que los griegos llamaban hybris. En efecto, “lo que llamamos suerte en la política es realmente un don para tomar la medida del tiempo, para saber cuándo golpear y cuándo aguardar una mejor oportunidad”. El timing es una de las muchas cosas de las que carecen los profesores metidos a políticos. El propio Ignatieff no supo reconocer la oportunidad cuando la tuvo frente a él: como líder del Partido Liberal pudo hacer una desagradable alianza con la izquierda y los independentistas de Québec para darle un golpe mortal al gobierno tambaleante de Harper y erigirse como primer ministro. No lo hizo y su error sólo fortaleció a los conservadores. Si Ignatieff hubiera sido mejor político tal vez los mexicanos no habríamos padecido la imposición de la visa canadiense durante varios años.

Fuego y cenizas es una valiosa meditación sobre la derrota política, pero también es un llamado a la cautela para todos aquellos académicos ingenuos que creen que sus conocimientos teóricos les confieren instrumentos confiables de navegación en las aguas turbulentas de la política. Esto no sólo es así para quienes sonríen a los votantes, sino para los que acompañan y facilitan a los políticos en sus luchas por el poder. Sus viajes, como los de Gulliver, a menudo acaban en naufragios. Ojalá al final nos cuenten, como Ignatieff, qué sacaron de todo eso.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

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