La invención de nuevas técnicas y medios ha tenido siempre uno de dos efectos: o extingue las tecnologías anteriormente existentes, como el correo electrónico extinguió el fax, o bien provoca una especialización en los nichos de uso que ocupa la vieja tecnología. La invención de la imprenta no acabó con la técnica del manuscrito, pero sí modificó el lugar que ella ocupaba: gracias a la imprenta el manuscrito se transformó en un medio de comunicación más bien íntimo o, al menos, preliminar, frente al impreso, que llegó a ser la escritura pública por excelencia. Así, el impreso llegó a ser visto como un manuscrito corregido y definitivo, terminado por siempre jamás, en tanto que el manuscrito se volvió signo sea de lo provisional o de lo íntimo.

Ilustración: Patricio Betteo

Partiendo de estos ejemplos podemos preguntarnos por el efecto que han tenido las llamadas redes sociales —montadas sobre plataformas como Facebook, WhatsApp o Twitter— en los periódicos, vistos como espacios informativos y de discusión pública. Cuando comenzaban las redes sociales parecía bien posible que los periódicos se extinguirían por completo: la prensa tradicional entró en una crisis económica profunda, quizá no tan distinta de la que sufrieron, en su tiempo, los copistas e ilustradores de manuscritos al momento en que se difundió la imprenta, o los arrieros a la llegada del ferrocarril. Cerraron muchos periódicos, y aun las instituciones más venerables han resentido presiones de mercado que las llevan a buscar nuevas estrategias para cobrar la producción y circulación de noticias. Sin embargo, pasado ya algún tiempo desde que se inventaron las redes sociales, hoy pareciera que el destino del periódico no será la extinción, exactamente, sino la especialización.

Hoy muchísima gente lectora de noticias no entra jamás en contacto directo con los periódicos. A veces ni siquiera sabe leerlos. Sin embargo, esa misma gente a veces lee noticias que provienen de los periódicos, a través de Facebook, por ejemplo. En casos así, la red social funciona como un filtro, que echa a circular información que pueda ser de interés para esa red, incluidas las notas que provengan de la prensa, sin necesidad de conocer al periódico mismo, y evitando así tanto su sesgo ideológico como cualquier familiaridad con los estándares y criterios editoriales de quienes los fabrican. Al interior de cada red social la información que proviene de periódicos compite o suplementa a otras informaciones, que provienen de otras tantas fuentes, como por ejemplo, de las experiencias vividas por participantes en la red social, rumores, memes, falsas noticias, etcétera. Por esto, la noticia periodística se codea cotidianamente, ya no con las otras noticias que componen a un periódico, sino con escritos e imágenes que provienen de una amplia gama de fuentes, la mayor parte de las cuales no se ajustan a los criterios profesionales del gremio periodístico (para bien o para mal).

En un ambiente así, ¿qué es lo que puede enseñar el periódico como objeto, más allá del valor de sus notas sueltas? ¿Tiene el periódico todavía papel pedagógico? Una respuesta evidente está, justamente, en la capacidad que tienen los periódicos de hacer lucir el valor de las técnicas tradicionales de la formación periódistica, así como el valor que tiene el trabajo editorial, que busca redondear la información diaria. Es lo que ha estado sucediendo en algunos medios, que han invertido y profundizado en la investigación periodística como marca que los separa del rumor constante de las redes sociales y de las falsas noticias que circulan en ellas.

Otra dimensión, menos comentada quizá, es el potencial pedagógico que tiene el periódico como ejemplo de discusión pública democrática, juntando en sus páginas editoriales a escritores con puntos de vista y formaciones deliberadamente contrastantes. Además, en teoría al menos, el periódico no tendría por qué prestarse a publicar cualquier babosada, como sí tienen que hacer, por su naturaleza misma, las redes sociales. En vez, el periódico como tecnología permite la posibilidad de imponer un criterio editorial elevado: “All the news that’s fit to print” —toda la noticia que merece ser impresa— es el lema del New York Times. Ello implica el empoderamiento de un equipo editorial que decida a diario lo que sí y lo que no merece ser impreso.

Con todo, varios de nuestros periódicos en línea, pongo de ejemplo a El Universal y Excélsior, aunque no son los únicos, abdican a este aspecto de su función pedagógica al adoptar la práctica de publicar cualquier comentario proveniente de los lectores, sin someterlos a un filtro editorial alguno. El resultado es que esos periódicos publican, a diario, una letanía anónima de insultos, comentarios racistas, sexistas o clasistas, en el espacio mismo del periódico. Sin embargo, si el periódico como institución pretende sobrevivir a las redes sociales tendrá que hacerlo elevándose por encima de ellas, como un faro que diariamente aclare la diferencia entre una noticia investigada y un rumor, y entre el debate respetuoso de ideas y el intercambio de insultos o insinuaciones ad hominem.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.