Quiero contar que se murió mi amigo. Ya sé que me comprometí a seguir hablando de cuando las mujeres no teníamos ni el derecho al voto. Pero eso fue antes de que muriera mi amigo. Este amigo del que tengo que decir cosas, porque sólo contando se consigue recuperar atisbos del pasado, y en el pasado es que don Lino está presente como si apenas estuviera manejando el coche en que nos llevaba a Puebla a mí y a mis hijos. Don Lino que a veces tenía dientes y a veces no, según se lo permitiera la actividad en que anduviera. Porque los de arriba no los tenía fijos y cuando le cansaban se los echaba en la bolsa hasta que se le ofrecieran otra vez. Don Lino con su intuición y su inteligencia sin pretensiones.

Ilustración: Gonzalo Tassier

—Yo veo como que usted necesita ayuda. ¿Qué querría usted? ¿Una persona útil o un chofer de portezuela? —me dijo una mañana. —Una persona útil —le respondí sin saber que en ese momento me estaba apalabrando para que alguna vez él fuera mi cómplice de andanzas varias.

Empezaré por el principio, contradiciendo, como un raro homenaje, lo que siempre fueron nuestros desordenados intercambios de palabras.

La primera casa en que un historiador y esta escribiente instalamos lo que se consideró entonces nuestro disruptivo amor libre, quedaba en la hoy célebre y empecinadamente amada colonia Condesa. No sabíamos de qué modo en ese tiempo estábamos copiando lo que ahora sucede todos los días. Dos jóvenes sin muchas ganas de pensar en el futuro que se instalan a vivir el día con día como si todo pudiera acabarse en tres semanas. En la calle de Cadereyta, número diecisiete, departamento tres, vivimos cinco años. Cuando nuestro primer hijo tenía seis meses, y como prueba de que las madres nos atarantamos al grado de perder la voluntad, la pequeña familia, que había empezado a serlo sin que así lo supiéramos, se cambió a San Jerónimo. Por entonces un paraje armonioso, pero para mi gusto y adicciones, remoto. Pasé los siguientes años con la fantasía como una necedad. Yo era de la Condesa y hasta las naranjas bajaba a comprar al mercado de Michoacán. Como toda caprichuda, me daba permiso para recrear posibilidades. Así que dejé un mensaje en el puesto de la fruta. Escribí a mano un recado diciendo: se busca casa en este rumbo. Abajo mi nombre, el teléfono de mi casa y el de mi oficina en el Museo del Chopo. Las cosas que se podían hacer. Si iba yo a fantasear, ¿por qué no comunicarlo? La respuesta de quien ahora evoco no tardó mucho.

Don Lino, que antes de nada fue una voz contundente, acudió a mi llamado como otro fantasioso. Quería enseñarme una casa.

Un niño de dos años y la panza de mi segundo embarazo me acompañaron a su encuentro. No pasamos de ver la fachada oscura de una suerte de caja de zapatos con ventanas. Yo dije que no me gustaba y él respondió que mejor así, porque el dueño no le parecía muy confiable. Él trabajaba con el dueño, pero dijo que le hubiera gustado trabajar conmigo. Sin duda a mí también me hubiera gustado contar con él y su presencia comedida, pero impensable poder pagarle ni lo que ya ganaba, ni ninguna otra cantidad. De todos modos nos quedamos al tanto uno del otro y con la confianza de que si algún día fuera posible algún arreglo, ahí en el mismo puesto le dejaría el recado. 

Tiempo después —cuánto puede caber en dos palabras—, cuando mi segunda hija tenía dos años y el primero cuatro, lo recordé como una promesa que podría cumplirse. Había yo escrito un libro que trajo su fortuna y con él una contraparte: algo llamado vértigo que me tenía muchas veces como si apenas estuviera bajándome de un tiovivo. Con todo, manejaba como una irresponsable al encuentro y la casa de doña Emma y doña Luisa, todos los sábados. La Jornada todavía estaba en nuestras vidas, así que cada cual en cada uno, en las tardes yo volvía con los niños al inalcanzable San Jerónimo y el doctor Aguilar iba al diario.

En alguno de aquellos retornos tuve que estacionarme cerca del mercado a recobrar el aliento que perdí en el tiovivo del día. Y apareció don Lino. No en vivo, con su aire de campesino irrevocable, pero sí en mi memoria. ¡Una persona útil!

Atardecía, pero era verano y la luz del mercado me recibió con todo y flores. También vendían flores en el puesto de la fruta. Volví a dejar un recado. Sólo un papel con mi nombre y mi teléfono. Don Lino aún pasaba de repente y la señora le daría mi mensaje. Dos semanas y siete mareos más tarde, llamó sus voz: “¡Seeeeñoooraaa Áaangeeeleees!”, dijo como si estuviera yo lejísimos. Así hablaba por teléfono, como en las épocas en que se decía “bueeeeno” para confirmar que se oía bien al otro lado.

Vino a mi casa y arreglamos un raro pacto. Trabajaría conmigo mientras pudiera yo pagarle. No nos pedimos ninguna referencia. Apenas y sabíamos nuestro apellido cuando yo puse en sus manos el volante de mi automóvil y media vida de mis hijos. Porque desde entonces él los libró del mal momento en que yo los hubiera estrellado contra cualquier árbol. Y así empezó nuestra amistad encerrada en la fórmula: yo cuento con usted y usted conmigo. Sin la menor duda, Lino era una persona útil. Y muy sofisticada. Porque ¿cómo no va a considerarse una sofisticación mayor el hecho de que en una sola persona cupieran tantas? No puedo enumerar en orden las muchas cosas que era capaz de hacer.

Par de conversadores, en los trayectos nos contábamos la vida. Lino era sólo siete años mayor que yo, pero para 1986 ya había vivido como veinte más. Empezó a trabajar como ayudante de albañil, cuando tenía ocho. Su padre había desaparecido poco antes —asunto por el cual no le conocí reproche—, y él quedó a cargo de su madre y de un tío. —Me pegaba harto, pero se lo agradezco, porque por eso soy quien soy. —¡Santo cielo!, don Lino ¿cómo va usted a creer que eso estaba bien?

La rabia contra aquel desconocido me dejó un rato en silencio. Entonces el coche volvió a rodar con él chiflando una cancioncita. Chiflaba como quien sigue platicando. De repente un camión repartidor de refrescos se detuvo frente a nosotros. Lo manejaba un chamaco que al conducir tal monstruo se sentía el dueño de la calle. Por el hueco que nos dejó a la izquierda, Lino metió el coche hasta quedar junto a su ventanilla. “¡Estorbo!”, le gritó para mi pasmo. Y luego seguimos el camino, como si nada. “¡Estas gentes! Se sienten más que los albañiles y no les llegan ni al calcetín. Los albañiles son personas de lo mejor que hay. A mí cuando chamaco me regalaban de su comida. Yo iba con un plátano para todo el día y como me daba vergüenza decirlo, cuando ellos sacaban sus latas de sardina con salsa y tortillas yo me iba solo para el techo. Pero luego que se dieron cuenta me invitaban siempre”.

Estas cosas contaba y mil otras. Creció en un pueblo donde luego pusieron un penal, pero Almoloya era bonito. Eso me decía. Tanto que en cuanto pudiera se iba a comprar ahí un terreno para ponerle árboles y allá morirse. Tenía cuarenta y tres años y había decidido que moriría antes de los cincuenta, porque a más viejo no quería llegar. Y cincuenta ya eran muchos años.

Antes que el terreno se compró una camioneta. Una combi de la VW. Viejísima. Estaba toda abollada y la mandó hojalatear. Pero hasta ahí. Nunca quiso pintarla. La dejó con sus resanes de manchas naranja por todas partes. Dijo que él iba a pintarla, pero un día me confesó que ya le gustaba así. “Tiene personalidad. Y para lo que la uso”, dijo sabiendo que yo sabía, por él, cosas como que para hacer una barbacoa había ido a Tlaxcala por unos chivos vivos que trajo hasta aquí. Y que luego, por más que la lavaba, pasaron varios meses antes de que se le fuera la peste “a mi pobre camioneta”.

Además, tenía muchos otros pendientes. Ya se había hecho una casa, pero alcanzó a hacer con sus manos dos más. Primero vivía en un terreno del que se hizo, como tantos otros, porque sí. Porque ahí se puso y ahí plantó sus cuatro paredes y luego las volvió seis y luego les puso otro piso. Pero de allá lo movieron las solícitas autoridades con el conque de que justo por ahí pasaría un camino. Le propusieron un terreno con título de propiedad, más seguro, en una nueva colonia construida en parte por el gobierno y en parte con el trabajo de los vecinos. Tenía un nombre semejante acuerdo, pero en mi cabeza sólo está como la incansable labor de un hombre que todos los fines de semana ayudó a meter el drenaje, los cables de luz y la tierra sobre el camino que llevaría a la nueva casa. Vale decir que por la otra nunca pasó el camino y que la heredarán sus nietos.

Pero en ese tiempo, otra vez: el piso, las paredes, el techo, el otro piso, el patio, un árbol. Me iba contando cada paso que daba. Tenía trucos que a veces se convertían en más que justificables ataques de sueño por la mañana. Bostezaba con una naturalidad tal que era imposible decirle que eso no era correcto. Me hubiera contestado como cuando le dije que servilletas no se escribía con ce. “Señora, no llegué ni a segundo de primaria”. Y hubiera tenido, como siempre, razón.

Sigo la parábola: compraba los restos del cemento fresco a los choferes de camiones con revolvedora que iban a descargar a su casa al final del día. Y ellos le tocaban la puerta, lo mismo a las nueve que a las doce de la noche, para echar en su piso lo que les quedaba en la batea.

Don Lino tenía que apurarse a ir aplastando los restos de argamasa para que no se secaran. O eso le entendí, porque me lo contaba todo al parejo en que íbamos por la ciudad haciendo encomiendas varias. De algunas me acuerdo muy bien porque hubieran sido imposibles sin su ayuda. Una por sobre otras, las idas al mercado de Sonora para comprar las piñatas, los dulces y los trastes de peltre. Habrán sido diez veces, pero las recuerdo como si sumadas dieran cincuenta. Don Lino y yo siempre hermanábamos en los mercados. No a la salida de las tiendas en donde él, si estaba aburrido, intimaba con los policías de la puerta o con otros conductores que según me contaba eran más policías que los vestidos de tales. —Cuidan bien, traen pistolas. —Olvídelo, don Lino, usted pistola ni de chiste. —No, porque a usted no hay mucho que quitarle. Su casa está chica y su único lujo es la camioneta.

Ya para entonces teníamos la Cherokee que trajo nuestro primer infortunio en lo que a robo de autos concierne.

A las dos y media iba al colegio por mis hijos, que ya eran como sus sobrinos, más dos amigas y una maestra. Ha de haber sido por ahí del 97. No bien acababan de subirse los miembros de la expedición de regreso a la casa, cuando dos hombres con metralletas abrieron la puerta de adelante y las pusieron sobre el pecho de Lino. Empezaron los “arráncate cabrón” y todo eso que entonces era menos frecuente. “Pero antes que se bajen los chamacos”, dijo don Lino con una entereza que ninguno de ellos olvidará nunca. Alguien más los trajo hasta la casa en donde me contaron que a Lino se lo habían llevado los ladrones. Tres eternas horas después apareció mi amigo pálido como una página de papel. Lo abracé. Cómo y con cuánto cariño lo abracé. “La camioneta sí se la quedaron”, dijo. A él lo habían golpeado y lo dejaron tirado en un basurero. —Perdón, Lino —le pedí sintiéndome responsable de la desgracia. —Pero y usted ¿qué culpa tiene? —preguntó.

Y cuál no sería el tono de su voz que por primera vez en mi vida creí semejante cosa. Sentirme culpable de todo lo malo que pasara en mi mundo dejó de ser mi deber. Don Lino nunca supo el alcance de su absolución.

Veinte años y muchas conversaciones después, seguíamos siendo amigos. Nunca dejamos de platicar. Hace como diez tuvo que irse porque ya era hora. Había terminado la casa de Almoloya y debía descansar. Tenía diabetes. Y sesenta y tres años.

Me visitaba a cada tanto. Siempre con alguna historia y siempre llevándose una. Cuando no podía venir me llamaba por teléfono. Y ahora mismo, mientras esto les cuento, me lastima la pura certeza de que no volveré a oírlo del otro lado de la línea exorcizando el aire con su voz indulgente: ¡Seeeeñoooraaa Áaangeeeleees!, decía, y era como si un roble agitara sus ramas.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

18 comentarios en “Elegía para un roble

  1. Arcángeles querida, tu pluma está cortada de tal modo que los recuerdos fluyen de ella como el agua mana de la piedra. Gracias por estas lecciones de sencillez y de sabiduría que nos impartes como quien no quiere la cosa, como quien lave (se decía en mi vieja España),.

  2. No me queda más que adherirme a lo dicho por nuestro buen amigo Bada. Qué otra cosa podría añadir yo… Se me ocurre que puedo añadir que siempre es un inmenso placer leerte.
    Besos

  3. Excelente artículo. Como todo lo que Ángeles escribe .Ya siento que conoci a Don Lino y también lo aprecio.

  4. Como ya lo expresaron aquí. Me encanta leerla y conocer a tantas personas por medio de sus palabras que las hacen aparecer en nuestros corazones. Así este señor, que se levanta tan alto y fuerte; en efecto, todo un roble. Mis condolencias.

  5. Su memoria prodigiosa, su memoria intacta le hace un hermoso homenaje a Don Lino que voló a otro plano. ¡Que bonita manera de despedirlo!

  6. Hermoso recuerdo que ha compartido con su público, comparto l tristeza que deja una ausencia pero tiene usted la satisfacción de poder rendirle homenaje a su ser querido, gracias por compartir y he aprendido que no tenemos que responsabilizarnos de lo malo qué pasa a nuestro derredor, gracias

  7. Ángeles querida, te leo y como siempre, parece que me estás platicando (para que los españoles me entiendan: charlando). Esta despedida que les has hecho a Don Lino y que muy bien se lo merece, me renueva el espíritu por saber que debe todavía a personas como él. Qué suerte, la de los dos, de haberse encontrado y convivido tantos años. Terminé tu relato conociendo y queriendo a Don Lino. Gracias por compartirlo con nosotros los lectores que te seguimos por donde quiera que escribas.

  8. Sra. Angeles,muchas gracias por tan hermosas palabras y tuve el placer de estar en dos ocasiones presente con mi abuelo y ver que su cariño fue real.
    Saludos.

  9. Querida Ángeles, como siempre, como todo lo que escribes entra al corazón y deleita el espíritu y los que somos ya mayores hacemos un link de cada frase tuya que nos remonta de lo tuyo, lo de ustedes, a lo mío lo de mis tiempos, con este relato maravilloso he sentido ganas de llorar, estando en mi trabajo sólo me he dado permiso de respirar hondo, no soy llorona, pero últimamente los recuerdos me aprietan la garganta y me exprime los ojos, hay lagrimas, dulces, amargas, saladas y ácidas, es curioso, y fisiológócamente su componente es el mismo. Este relato es tan tierno, conocí a Don Lino, varias veces por la generosidad de ustedes a través de Doña Emma me llevó al aeropuerto, y un caballero con anécdotas de la ruta que tomaba, me encantaba y me transmitía una seguridad y bienestar que endulzaba la tristeza de alejarme de Av. México #
    Un abrazo grande y cariñoso.

  10. Muchas gracias, Rumeri y Daniel, gracias por lo que nos cuentan. Qué bueno que existan, porque ya tengo que entregar el otro texto y aún no lo empiezo.

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