En el año de 778 Carlomagno puso sitio a la ciudad de Pamplona. Al cabo de tres meses de asedio sin resultado, invocó a Dios y al apóstol Santiago, les conminó a que le dijesen si era su voluntad que él conquistase la península ibérica, y los emplazó a que se lo mostrasen rindiéndole la ciudad. En ese momento las murallas de Pamplona se desmoronaron. Carlomagno fue generoso y católico en la victoria. Ordenó que se bautizara a todos los musulmanes que aceptaran convertirse —y que se matara a los demás.

El favor de Dios no estaba en duda, porque lo había llamado precisamente el apóstol Santiago. Se le había aparecido en un sueño, para pedirle que liberase la tierra de Galicia, donde estaba olvidada, desconocida, la tumba con sus restos. Por eso siguió avanzando, invicto, acompañado de señales mila-grosas (las lanzas de sus guerreros, mártires de la fe, florecían de noche). Llegó a Galicia, y descubrió el sepulcro del apóstol Santiago, abrió, conquistó y señaló el camino que habían de seguir los fieles de toda Europa, en peregrinación: el Camino de Santiago.

Ilustración: Estelí Meza

Sabemos todo eso, con detalles de exactitud conmovedora, porque está en la crónica del arzobispo de Reims, Turpin, que acompañó a Carlomagno en su campaña ibérica. Es el cuarto de los cinco libros que forman el Códice Calixtino, que incluye cartas, textos litúrgicos y sermones atribuidos al papa Calixto II, que gobernó la iglesia entre 1119 y 1124. Carlomagno conquistó, así está escrito, la península entera, desde Lugo, Orense y Braga, hasta Sevilla, Córdoba, Almería y Granada, pasando por Valencia, Toledo, Salamanca, Madrid, Burgos y Barcelona. Y se volvió a su tierra.

Al año siguiente el africano Aigolande lo reconquistó todo para el Islam, y Carlomagno tuvo que volver a la guerra. Antes de iniciar la campaña, según cuenta el arzobispo Turpin, ordenó la libertad de los siervos cuyos amos fuesen malvados, perdonó a los presos, dio dinero a los pobres, vistió a los desnudos, pacificó a los violentos, honró a los desheredados, y perdonó los pecados de todos los que se uniesen a su ejército. En una álgida entrevista con su rival, Aigolande le preguntó por qué pretendía tomar una tierra que no era suya. Católico, Carlomagno le explicó que Jesucristo había escogido a los cristianos, entre todos los pueblos, para que dominasen el mundo entero; al morir, dijo, nosotros iremos al cielo, y vosotros al infierno, y eso prueba que nuestra religión es superior.

En 1165 Carlomagno fue canonizado por el antipapa Pascual III.

Muchos otros reyes han sido santos también, muchos han recibido señales de la predilección divina. Está por ejemplo San Segismundo, rey de los burgundios, que asesinó a uno de sus hijos, pero después se convirtió al cristianismo, e hizo penitencia —y murió mártir, arrojado a un pozo junto con su esposa y sus hijos, en 523. Oswaldo de Northumbria, San Oswaldo, que llevaba la cruz como estandarte, murió guerreando contra los paganos, en la batalla de Maserfield, en 642. El emperador Otón I, restaurador del imperio carolingio, del Sacro Imperio Romano Germánico, peleó contra los húngaros en la batalla de Lechfeld, en 955, llevando consigo la lanza que había atravesado el costado de Cristo. Vajk, bautizado Esteban, rey de Hungría, fue canonizado en 1083; se sabe que disfrutaba de la protección celestial, porque tenía la Santa Lanza, que le había regalado el emperador alemán, y gracias a ella derrotó al rebelde Koppány —que fue descuartizado.

También hicieron la guerra a los paganos San Venceslao I de Bohemia, San Olaf II de Noruega, que por su crueldad fue expulsado de su reino, San Erico IX de Suecia, rey y mártir, que murió decapitado en 1161, y San Canuto IV de Dinamarca, que llevó la fe al Báltico, a Curlandia y Livonia. La mezcla de la realeza, el linaje, la guerra, la santidad y el martirio producen una clase de autoridad característica, que está en el origen de lo que llamamos Occidente —y de lo que llamamos Estado.

Es poco probable que las murallas de Pamplona se desmoronasen milagrosamente. Y hasta donde sabemos Carlomagno no llegó nunca a Santiago ni descubrió ninguna tumba. En todo caso, es seguro que el arzobispo Turpin, el del Códice Calixtino, no era el arzobispo Turpin, el compañero de Carlomagno, que había muerto casi tres siglos antes.

El códice aparece a mediados del siglo XII, cuando el arzobispo de Santiago disputaba la primacía al de Toledo. Su principal argumento era la tumba del apóstol. Y no era poca cosa que se pudiera decir que había sido descubierta por el fundador del Sacro Imperio. Gregorio VII había nombrado a Bernard de Cluny, francés, arzobispo de Toledo; Alfonso VI de Castilla se puso del lado del arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez, y secundó su entusiasmo por la peregrinación para visitar el sepulcro del apóstol. Y como por milagro apareció el relato del arzobispo Turpin. Dios escribe derecho con renglones torcidos.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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