¿Cuándo fue la última vez que se invirtió seriamente en la reflexión sobre y construcción de una imagen de nuestro país? La respuesta es reveladora.

1. Hubo esfuerzos de creación de imagen nacional durante el Porfiriato, claro, resumidos en libros como México a través de los siglos y México: su evolución social, cuyas propuestas se plasmaron en el aparato institucional del naciente Estado mexicano.

2. Hubo la gran producción que inició con el movimiento de los muralistas en los años veinte y que llegó a su zenit con la inauguración del Museo Nacional de Antropología en 1964. Fue la poderosa carga de la iconografía revolucionaria y modernista, figurada en la didáctica del muralismo de Diego Rivera, y en las labores de la Secretaría de Educación Pública.

El ocaso de esta gran ola ocurrió durante los años ochenta, a manos de un movimiento amplio, aunque difuso, orientado a mostrar, frecuentemente a través de la sociometría, que México ya no correspondía a la imagen de México.


Ilustración: Patricio Betteo

3. La última inversión importante en la imagen de México sucedió durante el sexenio de Salinas de Gortari, aunque se dio no tanto para generar una idea de comunidad nacional como para “vender” a México en Estados Unidos, como parte indispensable del esfuerzo para promover el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Por esto el lugar en que se realizó la intervención no fue ya la Ciudad de México, sino Nueva York, alrededor de la magna exposición Mexico: Splendors of Thirty Centuries, y de una serie de muestras paralelas que la acompañaron.

Dada la finalidad de este esfuerzo varias de las innovaciones realizadas para esta tercera ola vinieron guiadas por los gustos que imperaban entonces en Nueva York —manifiestos, por ejemplo, en la nueva fama de Frida Kahlo, y en la caída relativa de la de Diego Rivera, y en el descubrimiento de la estética postmodernista “neo-mexicana”, por encima del modernismo de la generación de “La Ruptura”, apuntalada por la política cultural del Estado mexicano.

Así, tanto para bien como para mal la inversión en imagen se entendió ante todo como un esfuerzo por colocar a México en los mercados mundiales, antes que como un esfuerzo de reflexión o movilización colectiva de la comunidad nacional. Por esta razón, también, al día de hoy en varios estados de la federación se ha subordinado a la cultura al turismo, incluso en el organigrama del propio gobierno: la “cultura nacional” pasó del reino de la SEP al de la Secretaría de Turismo.

4. Contra esta tendencia Guillermo Bonfil publicó en 1987 México profundo, libro que buscaba afirmar la pervivencia del México imaginado después de la Revolución, aunque con una nueva carga indianista, mucho más militante. La imagen de país propuesta por Bonfil sirvió para organizar una reacción política contra la globalización, pero tenía también serios problemas conceptuales de origen. Bonfil hablaba de una polaridad entre lo que él llamaba el “México profundo” y el “México imaginario”, expresión que utilizaba en su acepción de “irreal”, pero que resultó estar mucho más profundamente arraigada de lo que ese autor alcanzó a entrever. 

El resultado de la pujanza de la globalización fue la segmentación del país, sí, sólo que no entre un México de matriz cultural comunitaria e indígena contra uno extranjerizante y capitalista, sino entre un México (capitalista) que se consolidó con el TLCAN y otro que quedó profundamente vulnerado por ese tratado y arrojado a un capitalismo depredador.

Quizá un ejemplo paradigmático de este proceso de bifurcación sea el de las supercarreteras que se empezaron a construir como símbolo de la integración mexicana a “Norteamérica”: autopistas privadas, carísimas, que conectan puntos estratégicos del país, sin salidas y entradas a lo largo de la ruta.1

Los grandes proyectos carreteros de antes —pienso, por ejemplo, en la Carretera Panamericana— eran federales, y servían para articular a cada pueblo que atravesaban, tanto al mercado como al Estado. La supercarretera México-Acapulco, en cambio, separa a los polos de desarrollo que integra de todas las localidades que existen entre un polo y el otro. Así, en lugar de difundir los beneficios del capital en forma dendrítica, como antes, la supercarretera une a polos progresivamente “encastillados” y deja a los demás afuera.

En las ciudades también se han dado desarrollos por el estilo: inversiones gigantes en edificios de lujo, oficinas, y centros comerciales —en Santa Fe, por ejemplo— casi sin inversión paralela alguna en calles, banquetas, plazas públicas o transporte público.

El resultado de esta forma de desarrollo no fue la reiteración de una división ancestral entre un “México profundo” y un “México imaginario”, neocolonial, sino que resultó una división entre lo que podríamos llamar un “México encastillado” y un “México vulnerable” o, incluso, un “México criminalizable”, que para acceder a algunos de los bienes que abundan en el otro eje termina orientándose a actividades capitalistas depredadoras, ya sean del medio ambiente, de su patrimonio colectivo o aun de sus propios cuerpos.

Por todo esto, imaginar México hoy es una tarea necesaria y hasta urgente, ya no para crear una imagen de “Marca País”, sino para forjar alternativas colectivas viables para el México vulnerable y para sacar de su cerco al México encastillado.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Este texto corresponde a una conferencia dictada en el seminario “México 2018: La responsabilidad del porvenir”, organizada por el IDIC, el Instituto de Investigaciones Jurídicas (UNAM) y El Colegio de México en el Club de Industriales, Ciudad de México, el 9 de marzo 2018.


1 Agradezco una conversación con el doctor Carlos Heredia sobre esta temática, para el caso de Michoacán.