La escritura es un estorbo para el orador, decía, con cierta tristeza, Alexis de Tocqueville. Lo había descubierto al tomar la tribuna como diputado y darse cuenta que no provocaba efecto alguno en la asamblea. No es que le faltaran aplausos. Sus colegas lo elogiaban: reconocían que en sus discursos había miga: ideas, buen juicio, atrevimiento, lucidez de visionario. La más aguda inteligencia política discurriendo sobre las convulsiones del día: ¡Dormimos sobre un volcán!, advertía. Pero los aplausos que le tributaban eran fríos. Sus palabras no eran resorte para las piernas. Tocqueville se daba cuenta: su voz era emocionalmente impotente. Por eso registró en sus cuadernos que nada hay tan distinto a un buen discurso que un buen capítulo. Escritura y oratoria: profesiones enemigas.

Nadie en estas tierras ha visto tan claro ese abismo de expresiones como Julio Torri quien dedicó precisamente un ensayito a comparar al artista con el orador. Torri era un cultivador de pizcas, un admirador de la página no escrita, un amante del ingenio estéril. “Soy el más estéril de tus amigos”, le confiesa —o más bien, le presume— a Alfonso Reyes en una carta. Llamaba a los escritores a librarse de la presión de los marchantes y acariciar esa obra que se proyecta y no se ejecuta, deleitarse con los libros que “nacieron en una noche de insomnio y murieron al día siguiente con el primer albor”. A los hombres callados les recomendaba escribir un prólogo bajo la condición de que no escriban el libro. De ese cariño por la brevedad se nutren sus ensayos cortos. “El ensayo corto ahuyenta de nosotros la tentación de agotar el tema, de decirlo desatentadamente todo de una vez”. Idea ligera: evocación: “Mientras menos acentuada sea la pauta que se impone a la corriente loca de nuestros pensamientos, más rica y de más vivos colores será la visión que urdan nuestras facultades imaginativas”.

Ilustración: Adrián Pérez

El ensayo etéreo siente horror a las explicaciones. El desarrollo de la idea es una sumisión al auditorio, un puente. Y Torri abominaba los puentes. Prefería el brinco. No se esmeraba mucho en conectar con sus alumnos cuando impartía clase. Hablaba bajito y siempre en el mismo tono. Henrique González Casanova lo recuerda como un maestro “deliberadamente aburrido”. Se esforzaba en adormecer al auditorio. Jaime García Terrés, alumno suyo en Mascarones, recuerda la dificultad para conservar el interés durante la exposición. El profesor se dedicaba a ahuyentar a la clientela. “Su voz era un monótono susurro interrumpido de trecho en trecho por baladíes referencias que su mano escribía en el pizarrón y nada de lo que proponía despertaba a sus auditores del sueño protector que empezaba a invadirnos durante los primeros minutos de cada exposición”.

Como escribió Guillermo Sheridan, Julio Torri fue un escritor rarísimo: no era vanidoso. Tal vez la inmodestia se asomaba en él al advertir el efecto que provocaban sus lecciones. Sabía que pocos podían aburrir como él. Ver que alguien cabeceaba en el salón de clase habrá sido, para él, un trofeo. Había logrado su cometido: arrullar al público hasta el ronquido. Con sus exposiciones soporíficas, Torri mataba a ese actor que se apodera de todo maestro. No estaba dispuesto a participar en el teatro. Abortar al orador era una forma de afirmarse vitalmente. Resistir la vanidad del teorizante, oponerse a la ostentación del exégeta, rechazar las trampas del carisma. Aniquilar a quien, por capitulación pedagógica, se convierte en esclavo de su auditorio. En el salón de clase ponía en práctica el odio que lo definiría. En la antipatía por la oratoria se funda su literatura de lo escaso. “Permitidme que dé rienda suelta a la antipatía que experimento por las sensibilidades ruidosas, por las naturalezas comunicativas y plebeyas, por esas gentes que obran siempre en nombre de causas vanas y altisonantes”.

Los oradores eran personajes poseídos por una vanidad sumisa. Vanidad que, en el fondo, era dependiente de una aprobación instantánea. Cuánta inseguridad revela su pedantería. Ningún arte puede haber en su oficio. Si acaso, una técnica eficaz pero indigna para provocar la risa, para pescar el aplauso, para suscitar indignación. El orador se entregaba a la búsqueda del más miserable de los éxitos: el aplauso inmediato. El orador de Torri era por ello incapaz de reconocer y engendrar arte. Puede decirse que es igualmente incapaz de pensamiento porque discurre en frases, nunca en ideas.

En el último párrafo de su Almanaque de las horas retrata al orador de cuerpo entero:

Un tipo. Lo que solía afirmar era falso las más veces, cuando no trivial. Su dialéctica especiosa; su énfasis, innecesario; patente su ignorancia de todo. Pero… ¡qué tono de voz estupendo!, ¡qué porte tan científico! Nunca se vio en sabio auténtico mejor estilo, mayor aplomo, superior actitud, más noble seguridad.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.