Las enfermedades crónicas son una invención reciente, invención no siempre bienvenida. Quienes las viven con dignidad y con calidad suficiente aprecian los logros de la medicina; quienes sufren y no cuentan con elementos para gozar el día a día, sea por la gravedad de la enfermedad o por pobreza, no valoran las conquistas médicas: muchos preferirían morir. El día a día de las enfermedades crónicas, con frecuencia, aplasta la vida, ahuyenta la libido. “La muerte vale más que la vida”, es una frase de un enfermo postrado en cama durante cinco años y dependiente de otros para no morir (o para morir poco a poco).

Recordemos. La esperanza de vida en el siglo XIX variaba entre 30 y 40 años, mientras que en las primeras décadas del siglo XX oscilaba entre 50 y 65. En la actualidad, en los países ricos, la expectativa de vida rebasa los 80 años. Hay una relación directamente proporcional entre mayor edad y mayor número de enfermedades. Las décadas acumuladas se deben a avances tan poco estimados como la intubación del agua y los inmensos logros de la medicina.


Ilustración: Kathia Recio

La medicina moderna semeja a Jano, el dios de los dos rostros y de las puertas abiertas y cerradas; para algunos, Jano representa a una persona que manifiesta aspectos muy disímiles entre sí. Quienes padecen enfermedades crónicas y no tienen cómo afrontarlas, prefieren cerrar las puertas y terminar; quienes usufructúan los beneficios de la medicina moderna buscan mantener abiertas las puertas y continuar. Medicina y sociedad, dos caras, dos realidades: el progreso incluye y excluye.

La definición del Hastings Center, señera institución estadunidense dedicada a bioética, permite entender el problema: “Las enfermedades crónicas afectan diversos órganos y producen pérdida significativa de la función y, en algunos casos, discapacidad; generalmente evolucionan con lentitud y conllevan debilidad progresiva”. Agrego a la definición: muchos enfermos crónicos son viejos y pobres, binomio siniestro cuando se habla de patología. En la actualidad muchos sistemas de salud se encuentran rebasados por los gastos que implican las enfermedades crónicas. Diálisis para enfermos crónicos víctimas de daño renal; apoyo respiratorio para quienes sufren enfermedades pulmonares irreversibles; prótesis de diversas índoles para obesos y, entre otros ejemplos, medicamentos cada vez más costosos para personas con problemas cardiacos, con niveles elevados de colesterol o con depresiones crónicas. Los insumos necesarios para ayudar a esos enfermos son inmensos. En países como el nuestro, donde los números de enfermos obesos y con diabetes mellitus ocupan los primeros lugares en el mundo, el Estado, primero victimario (roba demasiado), se convierte en víctima: imposible subvencionar a la población pobre y enferma (paréntesis obligado: quizás nuestros políticos habrían robado menos si hubiesen sabido los gastos necesarios para afrontar males asociados a la miseria, i.e., diabetes mellitus, sobrepeso).

Las enfermedades crónicas son un evento político y social. Político por lo ya expresado y social por la frecuente indiferencia y hostilidad comunitaria, fenómenos que, a su vez, agravan la situación humana y moral de los enfermos crónicos por sentirse humillados, estigmatizados y marginados. Los eventos previos devienen baja autoestima. La baja autoestima, en cualquier condición, y en salud en particular, es ave de mal agüero. La depresión detiene, “oxida la vida”: los enfermos se cuidan menos, dejan de interesarse por ellos y por el mundo; el círculo de las enfermedades crónicas es complejo: entre mayor sea la tristeza, mayor el descuido. Los enfermos que no se cuidan empeoran la dinámica familiar. Entre más cruda la enfermedad, mayor marginación y más gastos, entre mayor el descuido, peores las repercusiones médicas. Muchos enfermos, lo dicen sin decirlo, se sienten escupidos por la sociedad.

La longevidad es bienvenida. Si bien las enfermedades crónicas son inevitables, no lo es el cuidado de la salud y la prevención durante la etapa adulta. La medicina moderna, como Jano, tiene dos caras. Una con puertas abiertas, otra con puertas cerradas.

Los avances médicos han tendido una suerte de trampa involuntaria: se vive más (no siempre mejor) y se padece más conforme pasan los años. Disminuir el peso de las enfermedades crónicas es indispensable. Salvo los países muy ricos, ningún Estado puede afrontar los gastos secundarios a males crónicos. En países como México los enfermos crónicos son una carga económica imposible de manejar. La trampa, en nuestro caso tiene dos caras: la longevidad, logro de la medicina, y la pobreza, legado de la corrupción y de los desmedidos hurtos.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.