En la amplitud de las incertidumbres, que hoy no son más que ayer pero tal vez sean más complicadas, existe una tendencia natural y sin duda imprescindible a revisar con mayor cuidado los métodos y dónde se encuentran los límites de los individuos para hacerse de poder. Veo también, con singular preocupación, la urgencia de pensar en la relación con el fin de ese poder. ¿Qué hacen los hombres cuando se termina? ¿Hasta dónde son capaces de llegar con tal de no perderlo?

Tanto el ascenso como el descenso de jerarquías han sido sujetos de la más alta literatura. De Edipo a gran parte de las obras de Shakespeare, pasando por Memorias de Adriano, de Yourcenar, entre los temores de los hombres está la muerte, el olvido, la inexistencia y, sobre todo, la normalidad. Al poderoso le aterra la normalidad. Sólo que poderes hay muchos y es tramposo meterlos todos en la misma frase. Está el del más fuerte, el del primitivo y natural,1 con atributos que no piden gran esfuerzo más que el soportar el peso de los años. Ninguna especie poco avanzada parece preocuparse por la debacle de la edad, pero cuando ese poder se encuentra en seres más sofisticados, la fuerza pide de otro poder con el que se intenta ejercer la perpetuidad: la política. Hasta donde alcance.


Ilustración: David Peón

Las figuras del poder se entrecruzan, van del despótico al doméstico o el del capital, de la deidad, el espiritual y el temporal.2 El de la violencia.3 Sin embargo, da la impresión de que ahora buscamos la interpretación aséptica de una pasión que por su propio estado coquetea con lo irracional, encontrándose fuera de la moralidad. El poder es un instrumento político y la política es un espacio amoral, al que se le pide no ser inmoral. En ese frágil equilibrio del lenguaje están los límites con los que se llega al poder y, más, con los que se enfrenta a su fin.

No es frecuente el gobernante que, al ver la última etapa de sus días, sienta añoranza por la vida mundana, las filas o caminos atiborrados. No imagino a ninguno que quiera recuperar su intimidad para ocuparse de las nimiedades que hacen la rutina, tramitar un documento cualquiera y pagar sus servicios. Qué intelectual poderoso quiere hacer el esfuerzo de volver a ganarse la voz o experimentar la indiferencia de la gente. Es mucha la responsabilidad, pero también la comodidad de quien se sitúa en la cumbre más alta. Cuál rico quiere volver a amasar su fortuna. Frente al pánico de una cuenta exigua, los artilugios con los que se intentarán remediar los vacíos recordarán que, ya sea dinero, fuerza, o símbolo, lo que contiene las figuras del poder siempre será una pasión que toma forma en el ejercicio político.

Entonces, para intentar entender las vías de defensa de la pasión, habrá que hacerlo primero sobre el poder mismo. Entender cuál se tiene y, desde ahí, acercarse al análisis exhaustivo de los actos con los que el poderoso buscará actuar sobre la realidad. El poder, cualquiera que se trate, sólo tiene esa función. Para bien, para mal o en la más absoluta desesperación. Y la desesperación siempre es peligrosa cuando se junta con el poder, en aras de él o en el frágil asidero al pasado.

Es probable que ya todo lo haya dicho Maquiavelo.

En la transformación aséptica de la política, olvidamos que todas las bondades y virtudes que se le reclaman al poderoso —con justa razón— son elementos secundarios. Ese que está, que quiso, que quiere presentarse a la cabeza y afirma anteponer a los demás, necesita pensar en sí antes que en esos demás. Es la retórica la que contiene las promesas del engaño con el que el reconocimiento de otros ya sea por fuerza, temor o convencimiento, terminará por engañar al que ostenta el poder. No existe el dirigente que no quiera el poder, y no hay poder que no guarde, celoso, un resquicio de la más pura individualidad. Todo esto se encierra en una obviedad, en la que la condición de obvio nunca ha sido suficiente. Si el problema es lo que se entiende por poder y lo que se hace con él, disfrazarlo de su falsa interpretación promete los peligros que acarrea la defensa de una realidad que dejó de ser para transformarse en lo que se cree que es.

El poder es nuestra relación primitiva con los demás, la política debe ser la relación positiva con la inmutabilidad primitiva. Elementos que parecen disociados se combinan. La naturaleza del poder es individual, vanidosa, placentera. Se adentra en las pasiones humanas, entonces también en sus vicios. Por eso es imposible medirla en la moralidad. Su no-primitivo descansa en las vías con la que se instrumenta. Ellas son la que se pueden juzgar.

Imagino que al buscar el control de su manada, un animal no tan desarrollado estará pensando exclusivamente en dicho control. Si para lograrlo tiene que pelear hasta terminar herido, la batalla será el proceso ineludible con el que llegará a su fin. El poder primitivo apenas ve el fin. Sólo que nuestra historia se construye de caminos.

Hemos visto pasar tantos poderosos, civilizados, que tienden a comportarse como aquel menos evolucionado, pero cuentan con las trampas de la razón.

A lo largo de la historia de la razón, si acaso eso puede existir, la frontera entre racionalidad y racionalización se ha diluido en la subjetividad de los que han esgrimido la voz con su propio objetivo, sin percatarse que la racionalización termina por oponerse a la racionalidad. La hermandad entre la política y el poder se ha desarrollado en dicha confusión. Rescato una idea trabajada ampliamente por Edgar Morin. La racionalización se trata de la justificación lógica, es el empleo coherente de argumentos que construyen una idea desde posturas y hechos que parecen certeros, cercanos a la verdad o que dan la impresión de tratarse de verdades con las que el que racionaliza intentará mostrar que tiene la razón. Todas las necedades se han hecho desde la racionalización, toda la política también. En cambio, la racionalidad es menos subjetiva. Sus argumentos no buscan la justificación, a toda costa, de la idea original, sino que son capaces de convertir esa idea y oponerse a ella. La racionalidad no depende como la racionalización de su propia lógica, sino de la lógica dura.

En esas trampas de la razón se encuentra el convencimiento del poderoso. El poder, cuya única función es actuar sobre la realidad, debe situarse en la realidad. En ella la posibilidad de actuar se traduce en influencia, motor de la vanidad. Cuando el poderoso pierde esa influencia, su primer paso es creer que todavía la tiene. Grita ante estadios vacíos, ordena sin comprobar que lo escuchan, ruega lo que antes exigía.

En el ejercicio más adecuado de la razón, el poder se deberá al reconocimiento de otros. Cuando desaparece esa relación de reconocimiento y la influencia se esfuma, viene el golpe que destruye al que una vez guiaba las esperanzas de los suyos, que era capaz de juntarlos, de dominarlos, de manipularlos. Probará la debilidad del fuerte, la del deseo. El poder es siempre un deseo, no de uno, sino que se sitúa en él, donde se banaliza, se corrompe, porque no existe más que en la aspiración de jugar con el destino, y no lo hace ni sin la existencia de otro sobre el que se es poderoso.

La perpetuidad es imposible en lo individual, ni el más poderoso llega a ella sin los demás. Ocurre en la vida y por eso edificamos la muerte. El poderoso sabe en qué termina la vida, en el poder uno simplemente se va. Los últimos esfuerzos de quien no se quiere ir son esbozos de esperanza que regresan a nuestro lado primitivo. Recuerdan al viejo simio que para permanecer al frente, al darse cuenta de que ya no tiene fuerza, recurre a alianzas con las que se protege sabiendo que sin ellos sólo le queda la soledad y en la soledad está perdido. Pensar en el fin del poder, en el del poderoso, ya sea un líder natural, una vieja estructura, un proyecto ideológico, un modelo social o uno económico, es hacerlo acerca de la supervivencia y de la oportunidad. Ese que se niega a morir, es probable que todavía cuente en su último aliento con algunos de los instrumentos con los que ejerció el poder.

La normalidad recuerda que uno se acaba, y uno siempre se acaba en soledad. El poder no le teme a su soledad, que probablemente exista. Le teme a la soledad de los comunes, la que viene cuando se termina el poder.

Me preocupa quien busca el poder, por supuesto. Me angustia quien está a punto de perderlo. Ya sea un poder real o uno espiritual. Ninguno querrá ser víctima del tiempo, como todos nosotros.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.
Twitter: @_Maruan.


1 Gorgias, Platón. Leviatán, Hobbes.

2 Política, Aristóteles. Opúsculos de filosofía social, Compte. Marx.

3 Sobre la violencia, Arendt.

 

2 comentarios en “Sobre la pérdida del poder

  1. Creo que los conceptos que manejas no son de aplicación universal, sino particular, en los países en los que EL ESTADO no ha cumplido con su responsabilidad central de EDUCAR para pensar y discernir en la( verdadera) libertad.
    A mí no me preocupa,ni ocupa, lo irreversible.
    Ni el poder, sino la felicidad de los seres humanos, no sólo de los hombres.

  2. Creo que sería muy importante revisar trabajos de antropología política… eso “primitivo” a lo que se alude carece de sustento. Una revisión a los trabajos de Pierre Clastres podrían ampliarle la mirada…