A finales del año pasado conocí a un personaje. No es sencillo “conocer” a “nuevas” personas, aunque uno se encuentre con miles de ellas a lo largo del tiempo. Le llamaré Tibor, debido a su afición a los libros de Tibor Fischer, el escritor inglés de ascendencia húngara y autor de novelas como El coleccionista de coleccionistas, Bajo el culo del sapo y Filosofía a mano armada; esta última obra, por cierto, causó una impresión duradera y crucial en mí (si tuviera que compararla a otra novela contemporánea sería con Una investigación filosófica, del escocés Philip Kerr, aunque la de Fischer es de mayor profundidad, sentido del humor y envergadura). En fin, conocí a Tibor a fines del año pasado en una cantina de la colonia Roma. Él no soportaría que revelara su verdadero nombre, pues el solo hecho de que éste apareciera en letra impresa le resultaría, según me comentó, de una vulgaridad insoportable. Aficionado en su juventud a la filosofía y atormentado por una curiosidad innecesaria, Tibor está seguro de que, puestos a pensar o a reflexionar a fondo, nadie posee una sola vida, así que cuando escucha a alguien referirse a lo bien o a lo mal que le ha ido en la vida, cree que lo más sensato es no prestarle demasiada atención y mucho menos involucrarse (o de plano ponerse a cantar canciones de Javier Solís). ¿Cómo puede haber llegado a tales extremos la ingenuidad del ser humano? Llamar “vida” a esa acumulación dispar, accidental y despatarrada de experiencias ocurridas en un determinado lapso de tiempo le parece, a Tibor, un gesto natural y comprensible, pero de ninguna manera él se encuentra dispuesto a entrometerse en una discusión al respecto. Las cosas o hechos suceden y uno se empecina en dotarlos de algún significado o de un mito que los sostenga.


Ilustración: Kathia Recio

Tibor me confesó que en ocasiones, y sobre todo cuando el clima es frío, se pone de buen humor y enarbola un proyecto serio: por ejemplo, se convence de que cada frase expresada por él debe ser perfecta. Él ve así las cosas: “Si me desnudo, todas mis imperfecciones saltarán a la vista; mis pectorales casi derramados, mi abdomen en furiosa pelea con la gravedad, y mis muslos flacos y tristones”. En cambio, las palabras que empuja su lengua al aire podrían ser elegidas por él mismo y ser consideradas bellas por quien quisiera escucharlas. ¿Qué más podría ofrecer a los otros? ¿Salami? ¿Butifarras? No, sería un gesto muy costoso. Una frase gentil dirigida a un viejo que camina lentamente o a una niña que retoza en la calle tendrían que modificar en algo el mundo que los contiene: no puede, en realidad, hacerse nada más. Sin embargo, ¿queda todavía alguno capaz de apreciar las consecuencias de su esfuerzo solitario? No, definitivamente no —afirma Tibor— y eso lo hace decaer profundamente. “¡Patanes!, ¿qué los conmueve ahora? ¿Un héroe deportivo? ¿Un nuevo teléfono? ¿El gran negocio?”.

Los últimos esfuerzos de Tibor por expresar “belleza” morirán eclipsados a falta de alguien capaz de reconocerlos. Todos los días escuchamos manchas humanas repetir la palabra “güey” cada cinco segundos. Güey, güey, güey, güey. Según Tibor, el mundo no se ha venido abajo, ni fracasado, nada más que dicho mundo (la totalidad de las experiencias posibles para un individuo determinado) es sólo continuación de una imaginación voraz y misteriosa. Las palabras amables y honestas han perdido importancia en esta época, dice Tibor; y cuando —en tiempos de calor— él se hace consciente de soledad semejante, entonces toma una posición contraria a la suya misma y deja de preocuparse por causar buena impresión; se olvida de poner atención desmedida en sus palabras; se limita a lo obvio y necesario. A la chingada con los arenques y las marsopas, los juglares y todos aquellos objetos que ha acumulado en su mente con el propósito de obsequiarlos a los demás. A lo largo de dos meses Tibor y yo nos encontramos tres o cuatro veces, sin hacer cita, en la Villa de Sarria y charlamos hasta que nuestros anfitriones nos invitaban a marcharnos. Esta breve anécdota vivida en realidad me dice hasta qué punto un pensamiento estrafalario como el de Tibor llega a poseer alguna clase de sentido —“Si es absurdo, entonces es verdadero” (Tertuliano)—, y también me indica que el esfuerzo llevado a cabo por algunas personas con el propósito de crear belleza, prudencia, conocimiento o arte requiere de otros seres capaces de apreciar tales expresiones o creaciones de sentido. Tibor da por hecho que esos seres se han marchado y ello aumenta su soledad. Yo, por otra parte, no creo que se hayan marchado, sólo que es más difícil encontrarlos en esta jungla de comunicación y barbarie.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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