Laus Deo

En el nombre de Adonai Sabaoth
Señor de los ejércitos

De gravísimos peligros por el señor librado, Joseph Lumbroso de nación hebreo, de los peregrinos de la occidental India y de los cautivos, en reconocimiento de las recibidas mercedes y dones de la mano del muy alto para que sean notorias a todos los que en el santo de los santos creen y esperan sus grandes misericordias que usa con los pecadores. Despertado por el divino espíritu las puso con su vida hasta los veintiocho años de su peregrinación en orden de breve historia, y haciendo ante todas cosas con las rodillas por el suelo al Dios y universal señor de todos gracias, promete trayendo por testigo al señor de las verdades, de tratarla puntual en todo lo que aquí escribiere. Y tomando su vida de principio es de saber que nació en Benavente, villa de la Europa, en donde se crió hasta edad de doce años o trece y comenzó a deprender los rudimentos o principios de la latinidad con un su pariente Francisco López. Acabó después de estudiarla en Medina del Campo, en donde plugó a la divina misericordia de darle la luz de su conocimiento santo un día señalado, que es el que llamamos de las perdonanzas, día santo y solemne entre nosotros, diez días de la luna séptima, y como la verdad de Dios es tan clara y agradable no fue menester más que advertirle de ella su madre, hermano y hermana mayores y un primo suyo.

De la dicha villa se partió su padre con la casa toda para esta Nueva España, habiendo intentado y deseado antes pasar a Italia, en donde el verdadero Dios pudiera ser mejor servido, de todos ellos adorado y conocido, y porque los divinos juicios son incomprensibles y justos, debió de ser la mudanza de viaje y venida a esta tierra uno de los pecados que castigó en sus hijos la divina justicia, pero con gran misericordia como adelante se verá.


Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Desembarcáronle en el puerto de Tampico muy enfermo y juntamente había allí desembarcado un médico afamado y especialmente en el temor de Dios nuestro Señor que en el mismo navío había venido, el cual y Dios primero, le curó hasta que estuvo sano. En Tampico, durmiendo una noche él y su hermano mayor en una casa pequeña do tenían guardadas ciertas mercaderías que habían traído de Castilla, envió el Señor un huracán y viento espantosísimo y recio en aquel puerto que arrancaba los árboles de raíz y echó por el suelo las más de las casas de aquel pueblo. La en que Joseph y su hermano dormían dio muestras de querer caerse habiendo el fiero viento arrancado con terrible furia algunos maderos del techo que caían con tanta que les hacía meter debajo de la ropa, engañosa defensa del grande miedo. Al fin, viendo que la ruina del edificio amenazaba se levantaron, lloviendo y venteando horriblemente y como la fuerza del viento era tanta, de ninguna manera contra él pudieron abrir la puerta. Visto esto y su peligro contra el quicio al revés de como se abría y como el viento ayudaba, quiso el Señor la abrieron un poco cuanto pudieron salir de la casa, la cual dio consigo en tierra en ellos saliendo, librándolos el Señor a vista de ojos de la muerte. ¡Sea bendito su santísimo nombre!

Viniéronse a guarecer a la casa do sus padres estaban con gran recelo de que fuesen muertos y oyéndolos llamar a la puerta el amoroso padre los recibió con lágrimas, dando al Señor mil gracias y alabanzas.

De ahí a poco tiempo vino su padre a la Ciudad de México, habiendo dejado a su madre y cinco hermanas y dos hermanos en Pánuco, tierra o por mejor decir, desconsolado destierro poblado de muchos mosquitos y calor, do vivían muy pobres. Y habiendo Dios llevado de esta vida a su padre, volvió a Pánuco en donde le deparó Dios una Biblia sacra que le vendió un clérigo de allí por seis pesos, con cuya lección asidua en aquella soledad vino a conocer muchos de los divinos misterios. Y leyendo un día en el capítulo 17 del Génesis donde el Señor mandó circuncidarse a Abraham, nuestro padre santo; especialmente aquellas palabras que dicen: El ánima que fuere incircuncidada será borrada del libro de los vivientes, diole tal golpe de temor en el corazón, que sin más dilatarlo acudió a la ejecución de la divina inspiración, movido por el altísimo y por su buen ángel y así se levantó de un corredor de la casa donde estaba leyendo y dejando a un lado la sacra Biblia abierta, tomó unas tijeras de bien botos y gastados filos, y se fue sobre la barranca del río de Pánuco, donde con codicia y encendido deseo de ser escrito en el libro de la vida, que sin este sacramento santo es imposible, se selló con él y se cortó casi todo el prepucio, de manera que sólo quedó de él un poco por cortar por ser tan broncas las tijeras, pero aquí no hay que dudar sino que Dios, nuestro Señor, aceptaría el deseo según se colige del segundo libro del Paralipómenos capítulo […], donde tratando el sabio rey de Israel del buen deseo que tuvo de hacer el templo al Señor David, su santo padre, después que él lo hubo edificado el día de la dedicación santa de él, loando las verdades del Señor dijo cómo, aunque su santísima majestad le había vedado por revelación y mensaje de Natam la edificación del santo templo, le aceptaba en lugar de obra el buen deseo.

Aquí es de notar cómo desde el día que Joseph recibió este santo sello y sacramento sobre su carne, le fue armadura fuerte contra la lujuria y ayuda a la castidad, porque habiendo de antes muchas veces, como frágil pecador merecido la herida que el Señor Dios envió de muerte a Onán, hijo de nuestro padre Judá, marido segundo de Tamar, por el mismo pecado fue sobre él la divina misericordia y mediante el sacramento santo de la circuncisión y ella, fue librado de este pecado y maldad de allí adelante y en tanto socorrido del Señor, que buscando él como enfermo que siempre apetece lo dañoso y ofreciéndosele peligros de ofender a Dios, parece que milagrosamente la divina mano se los arredraba por ser infinita su misericordia. Confesemos a Dios porque es bueno y porque es sempiterna su misericordia.

Después de un año de su circuncisión fue en compañía de un su tío miserable y ciego, que era gobernador de aquella provincia por el rey de España, a unas minas recién descubiertas de ella, llevando en un pequeño libro trasladado el cuarto libro del santo limpio sacerdote y profeta Esdras, cuya lección devotísima había sido una de las principales causas de su conversión, con la cual por no tener allí la sacra Biblia se entretenía y pasaba en aquella tierra de salvajes chichimecos, en la cual faltándole un día del mes séptimo el caballo de las armas, salió a buscarle sin ellas con sólo el arcabuz, espada y daga, en otro que a dos leguas de poblado se le cansó aunque estaba bien gordo, y esto en parte tan peligrosa que otros algunos soldados habían sido muertos en ella a manos de chichimecos y junto de las casas, así que se le cansó el caballo que ni atrás ni adelante pudo andar, por lo cual, dejando la silla al pie de un árbol y puesto el freno sobre la coz del arcabuz que llevaba sobre el hombro, se quiso volver a pie al poblado y como la tierra es tan montuosa y sin camino, perdiose por haberle anochecido sin saber en dónde estaba y no con poco recelo de que cualquier bárbaro que pasase podía quitarle la vida con el primer flechazo como a hombre desarmado, aunque no de la esperanza en la divina misericordia.

No había desayunádose aquel día pero el hambre no le dio trabajo, pero sí gravísimo la sed, de tal manera que como iba antes que fuese noche caminando con tan gran sol y a pie, no hallando rastro de agua, ciego de sed cortó con la daga unas hojas de tunas espinosas llamadas nopal en lengua índica, las cuales son frescas de suyo, pero con la vehemente sed que llevaba, no acabádoles bien de quitar las espinas, las llevó a la boca y aunque le fueron de algún refrigerio por entonces, dejaron la boca y lengua lastimadas después por cerca de ocho días.

Habiéndole cogido la oscura noche, de esta suerte perdido, ayuno y sediento por verse así y desarmado en tierra de chichimecos enemigos, temiendo como es ordinario al hombre la horrible muerte, no poco se afligía. Ya en esto le habían echado menos en la villa y su tío enviado un soldado a la ciudad que estaba de allí media legua aunque de pocos vecinos, a ver si había ido a ella. Venido éste con respuesta de que no estaba allá, todos se alborotaron y mucho más su tío temiéndose no le hubiesen muerto enemigos.

Ordenaron luego de enviar a buscarle, lo cual fueron a hacer ocho o diez hombres con un capitán por dos vías, y cada cuatro llevaban consigo un trompeta. Entre los que quedaban en la villa, porque muchos le amaban, hacían las posibles diligencias en favor suyo y uno en especial hubo de quebrarse las piernas por subir a ponerle un farol sobre un árbol muy alto que en ella había. Mas como era la tierra tan montuosa el amor era de agradecerle, porque el farol no aprovechaba ni se divisaba. Estando pues Joseph con el temor y angustia que arriba queda dicho y encomendándose al Señor de todo su corazón y ánima, aumentando la necesidad y oscuridad de la noche que era mucha sus clamores, oyó las voces de una trompeta que en todo aquel montuoso valle grandemente resonaban y entendiendo cierto por aquella señal que le buscaban, se levantó en pie con ánimo alegre, habiendo primero postrádose sobre la tierra y adorado al Señor Dios. Hecho las gracias y advirtiendo bien hacia donde le tocaban, enderezó su camino para allá y habiendo andado poco trecho oyó la trompeta que los de otra cuadrilla traían por las espaldas, pero atendiendo bien hacia a donde sonaba la primera, enderezó su camino a ella hasta que oyó hablar a los compañeros que le buscaban, a los cuales llamó con voz alegre y ellos levantando las suyas en alto, pusieron piernas a los caballos y todos bajándose de ellos le cercaron y dándole cada uno muchos abrazos le subieron en uno muy lozano, dispararon sus arcabuces que era la señal que habían concertado darse en le hallando, y así en breve espacio se juntaron todos y entraron en la villa donde no fue menor el gozo de los que en ella con su tío habían quedado.

Confesemos al Señor del universo porque es bueno, porque es eterna con los hombres su misericordia, pues él es como el santo David dice: El que encamina a los que van errados; erraron —dice— en la soledad sin camino, no hallando el de la ciudad de su morada y sobre verse perdidos aquejoles de tal manera el hambre y sed que estaban para dar el ánima. Clamaron al Señor en su tribulación y oyolos, mostroles el camino y guiolos hasta ponerlos en salvo.1 Confesemos a Adonai porque es bueno y por las maravillas que hace con los hijos de los hombres.

Estando Joseph en aquella villa a cabo ya de dos años y su madre y hermanas y hermanos en el destierro dicho de Pánuco, todos con luto y tristeza de la muerte de su padre, que como queda dicho había poco que era muerto, entendiendo según vía humana que por eso tuvieran las huérfanas más tardío remedio, habiendo procurado el ciego de su tío casarlas o ponerlas del lado con soldados y capitanes gentiles, lo cual con mucho temor del Señor mientras vivió había resistido el difunto padre, atendiendo a su santísimo mandamiento en que lo prohíbe antes de haber quitado el luto. Y pasando allí tanta pobreza que algunas de ellas anduvieron harto tiempo descalzas y bien mal vestidas, sirviendo virtuosamente a su madre en vida honesta y recogida, estando un día bien descuidadas oyeron de repente chirimías y trompetas a sus puertas, y era la causa haber llegado a su casa dos maridos que el Señor enviaba a las huérfanas, temerosos suyos y de su pueblo, ricos y llenos de bienes, muy bien aderezados y con sendas cadenas de oro al cuello, a los cuales movió para venir a hacer esta buena obra el Dios del cielo, pues a sólo casarse con las huérfanas llevando muchos vestidos y dones a ellas y a su madre, habían venido setenta leguas que hay de camino desde Pánuco a México, para donde se vinieron después de las bodas celebradas con grande gozo, no sólo de ellos y de ellas sino de los extraños, los cuales espantados del suceso y dando el parabién a la dichosa madre muchas de las gentílicas mujeres le decían: Señora y qué buena oración rezasteis, más como dijo la santa Sara: No está atada a los méritos del hombre que siempre son pocos o ningunos la divina misericordia. Y a ellos no menos les decían que habían venido a coger las rosas de entre las espinas, y a la verdad no tanto por la hermosura que era poca, cuanto por el recogimiento y honestidad que el Señor les había dado.

De ahí a pocos días se partieron para México todos juntos alabando al Señor con mucho gozo y alegría. Orphano tu eris adiutor2 dice el santo cantor, salmo 9, y en otro: pupillum et viduam suscipiet,3 bendito sea el amparador de los huérfanos y huérfanas por siempre. Las nuevas de todo esto le llegaron a Joseph estando en la dicha tierra de guerra en mucho peligro de la vida por ser los chichimecos y salvajes enemigos entre quien estaba en aquella villa muchos, y pocos los soldados que con él había. Hizo de las buenas nuevas al muy alto gracias, bañados sus ojos en lágrimas de alegría y desde que esto supo propuso de venirse a México lo más breve que pudiese, pero sintiendo esto los soldados y el alcalde mayor de aquella villa, especialmente se lo estorbaban y decían que habían de despoblar la tierra ellos si él se iba. Pero como la fuerza de Dios vence las humanas, al fin le abrió camino para su salida en tiempo y ocasión milagrosa. Alegaban aquellos vecinos y gente falta de bastimentos porque se sustentaban de los traídos de otras partes y esta era muy ordinaria por ser la tierra de guerra. Apacigüolos con dejarles una plancha de plata con qué enviasen a comprarlos y con la ayuda del Señor primero y el día que de allí salió le parecía que le había el altísimo sacado de una grave cárcel y collera; y fue así, pues muy pocos días después de su salida mataron y aún desollaron en vida los chichimecos al alcalde mayor dicho, en cuya casa él posaba y sin duda si el Señor por su misericordia no le hubiera escapado y sacado allí también muriera. ¡Sea su santo nombre glorificado para siempre!

Llegole el Dios a México con bien, en donde recibió la bendición de su amorosa madre y vio a las hermanas huérfanas por el Señor amparadas. Y en lugar de las sayas rotas, las vio cubiertas de terciopelos, joyas de oro y otras sedas en las casas de sus maridos y en ellas repartidas y amparadas las demás viudas y huérfanas. Amparados sean del Señor ellos y su santo nombre muy ensalzado solo, por todos los siglos de los siglos.

Y como de los grandes gastos hechos en el desposorio y un año después con tanta gente quedaron desgastados, aunque nunca ellos los desecharon, su hermano mayor y Joseph, deseando como era justo ganar el sustento de la pobre madre y demás hermanas, y viéndose muy pobres y sin recurso para ello se afligieron, y aunque a lo que por fuera se veía el vestido era bueno, las necesidades que pasaban eran grandes, en tanto que habiéndose ido los cuñados con sus casas a Taxco, se vio Joseph en tanta que puso a servir a un mercader de escribirle cuentas para tener un pan con qué sustentarse.

Esta pobreza por la divina bondad fue de ahí a poco remediada y estando con ella Joseph y su hermano mayor en México tuvieron noticia de un tullido hebreo, hombre ya de mayor edad que allí estaba padeciendo gravísima necesidad y trabajos, trece años había en una cama. De esta visita para que todo el mundo ame las obras de misericordia, les resultó mucho bien de Dios, cuya divina majestad les deparó allí un libro que había dejádole al tullido para consuelo suyo aquel buen licenciado Morales, que arriba fue nombrado; el cual había tenido a este tullido muchos días en su casa curándolo por ver si podía sanarlo y visto que ya al cuerpo no aprovechaba cura, le hizo un libro o medicinal emplasto para sanidad del ánima, en el cual dejó trasuntado en romance el Deuteronomio sagrado de la ley del Altísimo, y en metro compuestas otras mil bellezas, flores sacadas del rico jardín de la sacra escritura, el cual trasladaron.

Y leyendo un día ambos juntos el capítulo do están las maldiciones de la ley santísima, viendo tan cumplidas a la letra aquellas santas verdades y viéndose apartados del verdadero camino, hicieron con la ley del Señor en las manos un planto, cual suele hacer la piadosa madre sobre el hijo querido que ante sí ve muerto. De ahí a pocos días, teniendo Joseph y su mayor hermano (que en el Señor se amaban como el agua y la tierra), a su madre y hermanas en Taxco en las casas de sus yernos, vinieron a México y habiendo tenido de antes el hermano mayor de circuncidarse ardientísimo deseo, en el tiempo de la solemne pascua del pan cenceño, un día de ella por el Señor movidos se fueron ambos juntos a casa de un barbero y le alquilaron una navaja, la cual tomó el mismo hermano mayor de Joseph con sus manos e hincando ambas rodillas en el suelo se cortó el prepucio y se hizo una herida grande, poniéndose luego ambos hermanos juntos a ofrecer al Señor Dios suyo aquel hecho, alabándole y llamándole con salmos de David su siervo, y aunque mientras en esta rogativa estuvieron no se le iba la sangre, de ahí a poco sintió que se le fue saliendo, por lo cual se fueron a una casa que tenían alquilada fuera de la ciudad en despoblado de la de un tío suyo do se circuncidó. Por este pobre ser ciego, con grande temor de que los sintiese, yendo este tras ellos a traerlos a su casa vio algunos paños con sangre, por lo cual se veían en grandísimo temor y angustia. Al fin, como el tiempo era de eso, le desvelaron diciéndole que la sangre era de haberse disciplinado.

Supo de esta circuncisión una hermana de este su tío que al Señor conocía y amaba y con palabras piadosas dijo a Joseph quejándose, que porqué en aquella necesidad se habían ido a otra parte a curar al herido. La casa donde se acogieron era tan sola que no hallaron en ella para estancar la sangre algún reparo. Joseph sin saber lo que hacía, le ponía sal y vino que al pobre herido le aumentaba el dolor y trabajo, más la sangre no se estancaba. Yendo Joseph a pedir la sal a casa de un vecino diciendo que era para curar un herido, se vio en otro no pequeño aprieto, porque el que la dio decía que había él por amor de Dios de ponérsela al herido por su mano. Visto el peligro en que allí estaban, se fueron a casa de un mancebo temeroso del Señor que cerca de allí moraba, y manifestándole la necesidad con que venían y el enfermo todavía con la herida goteando sangre, los acogió con amorosísimas entrañas. Allí plugó al Señor se le estancó de ahí a poco, pero como la herida era grande y la cura no de médico, padeció el enfermo graves dolores antes que sanase, que no le fueron de poco mérito para descuento de los pecados pasados.

También les hizo el Señor merced, después de haberlos sacado del mosquiterío y soledad de Pánuco, de depararles muchas de las santas y devotísimas oraciones con que el Señor es invocado y loado en las israelíticas sinagogas por la gente sabia y escogida de la iglesia del Señor. El medio porque su santidad les deparó y trajo a las tierras de su cautiverio este bien de las en que nuestros hermanos viven libres en lo que toca a guardar la ley del muy alto Dios sin que se les impida, fue hallarse un siervo suyo de los que vivían en la dispersión de Italia, tan pobre que no tenía remedio para sustentarse con su casa e hijos, por lo cual hecho el matalotaje del ánima y trasuntadas estas santas oraciones que digo en lenguaje portugués y castellano, se vino a peregrinar en este nuevo mundo él solo. Y contome a mí un hermano nuestro israelita, que era a la sazón vecino y mercader en México, ser el peregrino dicho tan temeroso del Señor y aborrecedor de la idolatría, que le había sucedido muchas veces verle venir huyendo hasta su tienda tan de prisa, que pensaba haberle sucedido alguna desgracia y que venía huyendo de la justicia, porque se iba a esconder a los rincones y era la causa de esta huida el oír venir por la calle aquesta más nefanda idolatría de cuantas en el mundo se han oído ni inventado, y por no arrodillarse a ella, en oyendo la campanilla que sacan estos delante del ahorcado cuando lo llevan por las calles, se acogía en la manera dicha. Así que este buen varón cuando se volvió de esta tierra para Italia dejó este don de las oraciones santas, de quien él y su mayor hermano las hubieron.

Después que el Señor por su bondad inmensa proveyó en lo más necesario que era la necesidad del ánima, no faltó su divina providencia para las corporales que pasaban, porque en espacio de un año sin tener caudal ni ordenar ellos el cómo, ni aun sabiendo imaginarlo les dio el Señor hacienda que pasaba de siete mil pesos. ¡Bendito sea para siempre jamás el que así provee a los hambrientos!

Vístose en este puesto, los hermanos determinaron irse a Italia a mejor servir al Señor Dios en la primera flota, más parecioles cosa lastimosa dejar a un hermano mayor suyo ciego y fraile dominico predicador y maestro ya en su orden, y así con ánimo fuerte y amoroso, ambos a dos hermanos se fueron a verlo a su convento que estaba junto a la cárcel de la inquisición, en el cual él a la sazón era pedagogo de los novicios, con intento de procurar traerle al conocimiento de la verdad de Dios y de su santa ley.

Y después de haberse sentado todos tres en su celda y hablado un rato, dijo Joseph4 como preguntando: Padre, ¿es así lo que algunas veces me parece que he oído, que estando el santo Moisés teniendo las tablas de la ley, le escribió el Señor Dios en ellas sus santísimos mandamientos? A esto respondió el fraile: Es así como lo decís eso, y en diciendo y haciendo tomó la Biblia sacra que tenía entre sus libros y buscó el capítulo mismo en el Éxodo y dióselo a leer a Joseph, el cual le dijo habiéndolo leído: ¡Válgame Dios, pues esto es así! Esta ley que debe ser guardada. Aquí se levantó el fraile desventurado y dijo una grande blasfemia, diciendo más que bueno era leerla más no guardarla y que aunque aquello había sido ley de Dios que ya era acabada, afirmando su sinrazón y mentira con una muy frívola semejanza de que el rey se ponía una capa y después de vieja la desechaba y daba a un paje. A esto replicó el hermano mayor que Joseph y menor que el fraile (y es de notar aquí que tenían todos tres de frente una ventana de la celda que caía hacia la huerta, por la cual se veía el cielo y el sol que iba ya declinando con sus rutilantes rayos) y dijo preguntando: ¿Esta capa de los cielos y este lucido sol desde que Dios lo crió ha se mudado, ha se por ventura envejecido? Respondió que no y díjole: Pues mucho menos se ha mudado ni se mudará la incorruptible y santa ley de Dios y su palabra y esto a vuestros mismos predicadores y letrados oímos afirmarlo y así en el mismo evangelio decís que dijo vuestro crucificado: no penséis que vine a quitar la ley ni los profetas ni sus santas y verdaderas profecías porque os digo cierto que es más fácil cosa faltar el cielo y la tierra que faltar o mudarse una jota o punto de esta santa ley.

A esto calló el triste ciego y díjoles viéndose convencido: no tratemos más de esto, y decía: bendito sea Dios que me sacó de entre vosotros. Y ambos hermanos replicaban uno de un lado y otro de otro, ¡glorificado seas nuestro Dios y Señor que no nos dejaste en la ceguera y perdición que a este miserable! Y diciendo el fraile que la suya tenía por mejor suerte concluyó Joseph con lo del salmo Non fecit taliter omni nationi,5 etc. Y como el triste ciego veía la verdad y que no podía negarla ni contradecirla, quedaba atajado y con esto se apartaron y otro día se concertaron los dos hermanos mayores en ausencia de Joseph, que estudiasen ambos algunos días y se juntasen después de ellos y que el que fuese convencido por la verdad quedase en ella, y habiendo dicho que sí, no quiso el fraile con ser letrado, y se disculpó con decir que les vedaba su ley el inquirirla ni argumentarla; que piensan los desventurados que por taparse los ojos para no ver la luz dejarán de caer en los infernales lagos. Bien se admiraba de estos el santo Isaías que dijo: ¿No son para considerar y decir por ventura es mentira esto que creo y hago? Tan atados y ciegos los tiene su pecado.

Y6 habiendo pues la flota de partirse en breve comenzaban a apercibirse de matalotaje, empero, por más bien de ellos todos, ordenó la infinita misericordia y sabiduría divina que en este tiempo prendiese la inquisición a una su hermana viuda, la cual fue acusada de un hereje, aunque de nuestra nación, a quien ella un año antes había intentado enseñar la verdad divina. Visto este suceso determinaron huirse de temor, queriendo llevar consigo a su madre y hermanas, pero bien considerado esto por hombres, algunos temerosos del señor y amigos suyos les fue imposible, por lo cual se pusieron en huida ambos hermanos, siéndoles fuerza dejar sola y en el peligro a su querida madre y hermanas. Querer yo aquí relatar el llanto triste que todos en este apartamiento hicieron no podré, porque fue más de lo que sabrán declarar mis palabras.

Después de haberse ido los hermanos, viendo cómo dejaban a sus viudas y huérfanas iban con amargos llantos, clamores y alaridos, acompañando su triste camino. Llegados al puerto quisieron embarcarse y habiendo ya fletado barco, acordáronse de cómo dejaban a su madre y hermanas desamparadas y en tan crecido peligro, y pudo tanto esta memoria, que les hizo mudar consejo y determinarse a volver Joseph a ver lo que había, quedando atrás su mayor hermano esperando el aviso que había de enviarle de lo sucedido.

Dos o tres días después de haber Joseph llegado, yendo a ver a su madre de noche porque de día no osaban verse ni estar juntos por lo que temían, queriendo sentarse a cenar, llamaron a la puerta los alguaciles porteros y escribanos de la inquisición, y habiéndosela abierto pusieron guardas en las puertas y escaleras y subieron a prender a la dichosa madre, la cual aunque herida con el fiero golpe de tan cruel enemigo, cubrió su manto con mansedumbre y llorando sus trabajos y alabando al señor Dios por ellos, fue llevada por aquellos ministros de maldición, verdugos de nuestras vidas, a la prisión oscurísima.

Viendo las dos hijas doncellas que con ella estaban que le llevaban a su madre dando tan tristes y doloridos gemidos (que a los propios enemigos, más crueles que fieras, movían a compasión) se asían de su querida madre diciendo a gritos: ¡¿A dónde nos la llevan?! Lo que la afligida madre aquí sentiría dejase a la consideración del prudente lector. Después de la haber llevado prendieron a Joseph su hijo, hallándole escondido detrás de una puerta donde el miedo de los cruelísimos tiranos le había hecho acogerse, y asiéndole con fuerzas tiránicas le llevaron a la lóbrega y oscurísima prisión aquellas bestias crueles, no diciendo ni hablando él más palabra que ¡Oh Dios descubre la verdad!

Al otro día, para hacer saber a la dichosa madre cómo habían llevado también preso a Joseph su hijo, por no ser aquella cárcel donde entra hombre ni escrito de afuera jamás, una de las hermanas doncellas puso algunas camisas de Joseph entre las de su madre, la cual en viéndola cayó luego en el aviso para su doblada aflicción y merecimiento.

La misma noche que los prendieron había llegado a México de vuelta su hermano mayor de Joseph, y enviándole a llamar para que se viesen con otro hermano más pequeño, le volvió la respuesta triste de que ya los habían llevado presos, golpe de gran aflicción, el cual recibió él como siervo del Señor Dios, postrándose en tierra y humillándose a su divina ordenación. Viendo así presa la mitad de su gente, le aconsejaban que huyese de aquella ira, más él considerándolo mejor, se estuvo quedo y buscó un aposento o cárcel voluntaria de que no salió un solo paso afuera en todo el año hasta ver lo que el Señor ordenaba de los suyos. Encerrose con la sacra Biblia y otros santos libros que el Señor allí le deparó, cuya lección con oración asidua eran sus ejercicios.

Joseph en su prisión no fue del Señor Dios suyo olvidado, antes recibió regalos y favores dignos de memoria de su misericordiosísima mano y es el Señor testigo que deseó muchas veces en aquella prisión y cárcel oscura y sola diciendo: Quién me diera en esta soledad tener la compañía de los salmos del profeta santo David, cuya lección me consolara, teniendo el cumplimiento de esto por imposible según vía humana. Mas como al omnipotente Dios nada lo sea, por ordenación santa suya trajeron en aquella sazón que Joseph tenía estos deseos, preso a aquella cárcel a un fraile francisco y es de notar que en ella aquellos jueces fieros visitan a los presos para su consuelo y para proveer sus necesidades todos o los más sábados por la tarde, no porque esta obra de misericordia nazca de ellos, pues son inhumanos y crueles, sino porque el Señor Dios Nuestro y padre de ellas es servido de dar aquel solaz a sus presos y afligidos en el su santificado día y según lo que allí se padece, no es poco el que reciben de ver abrir las puertas de su prisión y gozar de la luz el rato que tardan en barrer y limpiar las cárceles para la visita.

Viniendo pues un sábado santo a este efecto, visitaron primero al fraile dicho y preguntándole si tenía necesidad alguna, les dijo que sólo la tenía de un breviario para consolarse en su cárcel, rezando como solía el oficio divino. De allí vinieron a visitar a Joseph y hallándole muy flaco y triste, ordenaron de darle al dicho fraile por compañero y fue así que el mismo sábado santo lo trajeron al aposento y cárcel de Joseph, mandándole que no le descubriese que era fraile. Después de los dos presos haberse comunicado un rato y alegrado de la junta y compañía, el mismo sábado al principio de la noche vino el alcaide con el breviario en las manos y abriendo la puerta de la cárcel lo dio al compañero de Joseph, el cual con sumo gozo y alegría de ver que el Señor Dios suyo había enviádole por aquella orden lo que deseaba tanto, que era tener por donde rezar los salmos como solía, hizo al muy alto Dios las gracias por esta merced tan señalada. Confesemos al señor Adonai porque es bueno y máximo y porque es eterna su misericordia, pues con una mano castiga y con mil nos hace misericordia. Bien se ve por la obra cumplido lo que el santo David después de sus corrimientos y peregrinaciones dijo: Secundum multitudinem Dolorum meorun consolationes tuae laetificaverunt animan meam.7

Esto así sucedido estando en su prisión Joseph, do por entonces vivía muy afligido y angustiado, tuvo del eterno Dios particulares consuelos en aquella cárcel y agonía y estos comunicados por la mayor parte en sueños y de noche, porque acostándose una en aquella cárcel con grandísima tristeza y habiendo pasado el día antes en ayuno y oración, luego que se acostó oyó entre sueños una voz que le decía: Esfuérzate y consuélate, que los santos Job y Jeremías oran por vosotros validísimamente, con lo cual quedó muy consolado por unos días, al cabo de los cuales vio otro sueño, que por lo sucedido después, parece fue divina y vera revelación. Veía estar una redoma de vidrio muy tapada y envuelta por de fuera, llena del dulcísimo licor de la sabiduría divina, la cual a pocos es descubierta, y oía que mandaba el Señor al santo Salomón y le decía: Toma una cuchara e hínchela de ese licor y dásela a beber a ese muchacho. Y luego lo ponía por obra el rey sabio y le dio por su mano y echó en la boca una cuchara llena de aquel licor dulcísimo, con cuya bebida quedaba muy consolado, lo cual haber sucedido así probará con verdad lo que adelante escribiremos, como podrá notarse.

Durando todavía la prisión de Joseph y de su madre, viéndose en poder de tan crueles bestias, el miedo les hacía ocultarse y negar su naturaleza y no confesar en público ser guardadores de la santísima ley del Señor Dios, porque ha llegado a términos nuestro mal y trabajo que al que la confiesa y protesta queman estos herejes en fuego vivo con grandísimas crueldades, a cuya causa el temor les hacía negarlo. Y para averiguar esto, llamaron un viernes de mañana a audiencia a la madre de Joseph, como ya otras muchas veces lo habían hecho. Veíala Joseph llevar y traer por un agujero muy pequeño que él y su compañero en el umbral de la puerta de su cárcel con dos huesos de carnero habían hecho.

Viendo pues los tiranos que todavía negaba, determinan de darle tormento y trajeron a la mansa cordera para este efecto, bajando los jueces inicuos por delante y su escribano y alcaide y portero, teniendo el verdugo en el aposento del tormento con una mortaja y capirote blanco, cubierto desde la cabeza hasta los pies. Mandaron luego desnudar a la paciente oveja para tender sus carnes honestas sobre el burro del tormento, que atando sus brazos y piernas a él y retorciendo en las argollas de hierro los mecates cruelísimamente, la apretaban haciéndole dar dolorosísimos gemidos, los cuales todos estaba oyendo, hincado de rodillas en su cárcel Joseph, que fue para él el día de mayor aflicción y amargura que todos los pasados.

Mas no le faltó en él el divino consuelo venido de la mano del Señor, ¡sea bendito su santísimo nombre para siempre!, que permitió que en medio de aquel día de aflicción le llevó, estando asentado junto a la puerta de su cárcel, tantito el sueño, que los otros días si un momento se dormía quedaba con melancolía y desmayo, el cual en aquel día no le dio y así como se hubo adormecido, vio que enviaba el Señor a un hombre señalado en la virtud de la paciencia, temeroso suyo y de su nación, el cual traía una grande y hermosísima batata en las manos, la cual le mostraba diciendo: mire qué hermosa y bella fruta. A lo cual respondía Joseph: Por cierto sí. Y dándosela a oler y bendiciendo al Señor que todo lo cría, le dijo: Bien huele por cierto. Y partiola por medio y díjole: Ahora huele mejor. Y fuele declarado el sueño y dicho: Tu madre estando entera antes de ser encarcelada y partida con tormentos bien olía, fruta era de buen olor ante el Señor, más ahora que está partida con tormentos da mejor olor de paciencia ante el Señor. Con esto despertó y quedó tan consolado. ¡Cuánto sea adorado y engrandecido el altísimo Dios que así consuela a sus afligidos!

Estando en la prisión dicha, con el trabajo aumentado de no poder orar y ayunar como solía por la ocasión del compañero, con ayuda del Señor Dios suyo, fue este allí en la misma cárcel alumbrado y convertido al verdadero Dios y a su santa ley y fue este el medio que el Señor tomó para remedio de aquella alma y bien y consuelo de Joseph. Tenían una cruz de palo en su cárcel a la cual se arrodillaba y hacía sus oraciones el pobre ciego y tomándola en la mano estando sentados cerca de la candela, puso a la llama de ella la cruz o horca diciendo: Válgame Dios, si yo dejara ahora quemar esta cruz como cualquier otro palo se quemara. A estas palabras respondió Joseph y le dijo: Ahí veréis en que tenéis vuestra confianza. De aquí fueron tratando largo más de ocho días, hasta que el pobre ciego vino al conocimiento de la divina verdad, con el cual grandísimamente se alegraba y cantaba himnos y loores al Señor y en especial aquel de magnus dominus et laudabilis nimis; y en romance decía: Grande es el señor, digno de alabar, pues quiso alumbrar a mí, pecador. Y con esto bailaba y daba gracias al criador por haberle hecho tan señalada merced de darle su santísimo conocimiento, lo cual fue ordenado así por el Dios altísimo, no sólo para la salvación de aquel pobre, sino también para consuelo y alivio de Joseph, porque en todo lo que allí podían guardaban la ley del sumo Dios con buen cuidado y se encomendaban a su divina majestad.

Y estando un día Joseph contándole algunas de las sagradas historias, que él con grandísima codicia y devoción oía, dijo: ¡Oh quién me diera haber sido alumbrado en la verdad de Dios fuera de esta cárcel, y caído en ella estando en los monasterios que solía en donde tienen librerías abiertas con la sagrada escritura y otros muchos buenos libros! A esto replicó Joseph diciéndole: ¿Qué abiertas tienen para todos las librerías? Díjole: sí, abiertas y los libros para que el uso y lección de ellos sea común a todos. Dijo Joseph (lo cual para loor del altísimo y de su santa misericordia se advierta para adelante) ¡Oh quién me diera en una de esas! lo cual le cumplió el señor con no pequeño milagro, como adelante se verá.

El tiempo que duró la cárcel de allí adelante, con la luz que dio el altísimo a su compañero, vivió muy consolado. Pasabanseles los días en contarle Joseph muchas de las sagradas historias, las cuales el compañero oía con grandísima codicia y devoción, e imprimiósele tan en el ánima a este buen extranjero la verdad de la luz divina, como si toda su vida hubiera sido criado en ella y enseñado por fieles padres, porque con ser tan recién convertido aburrió la comida del tocino y manteca de él y las demás cosas por la ley santa del altísimo vedadas tan de veras, que con padecer hambre no poca, algunas veces en aquella dura cárcel en les trayendo tocino con longaniza u otra alguna comida vedada, la enterraban Joseph y él de conformidad y cuando esta ocasión se les ofrecía, decían: Vamos a hacer el sacrificio, que era enterrar la tal comida y no comerla, ofreciendo al señor aquella hambre con el salmo de miserere mei. Esto era más ordinario los viernes a medio día que los otros, porque toda la comida que estos herejes comen entonces es manchada. Procedió en fin de tal manera que mereció después ser confesor de Dios verdadero y de su ley santísima y casi la corona de mártir, como adelante contaré.

Después de haberlos sacado de la cárcel, con las penitencias y hábitos que suelen poner en semejantes casos por la guarda de la ley de Dios los enemigos de ella, querían los inquisidores apartar a la madre de Joseph de sus hijas e hijo, poniendo a cada una de por sí en un monasterio encerradas con las idólatras, do pasaran con tal compañía, doblado trabajo que el de antes. Y estorbó el señor por su infinita misericordia, permitiendo que diese el mismo inquisidor parte de esta determinación a uno de los cuñados de Joseph, que fue Jorge de Almeida, en cuya boca el señor se puso para que le dijese: Señor, mírese bien eso antes que se haga y adviértase que mujeres son, codiciosas de saber y fáciles y que podría venir un daño notable a todas las monjas que fuese muy dificultoso de remediar. Con esto le dio al enemigo en el corazón tal vuelco, que mudó propósito y movido por el señor en lugar de la cárcel perpetua en que a los que así salen ponen, les dieron una casa a todas juntas por beneficio del altísimo Dios. A Joseph pusieron en un hospital apartado de ellas, haciéndole sacristán de los ídolos, en donde le afligían no poco y ocupaban en otros servicios como era barrer, lo cual hacía regando primero el suelo con muchas lágrimas. Más el Señor Dios suyo, como en todos los demás aprietos le acudió, con infinita misericordia lo hizo en éste teniendo ya Joseph por imposible el volver a la compañía de su madre y hermanas y sin saber él pedirlo, ordenó el altísimo Dios, cuando más afligido estaba, que habiendo de ir uno de sus cuñados a Taxco y quedar solas su madre y hermanas, fue a pedir al inquisidor en merced que dejasen a Joseph en compañía de ellas mientras él iba y venía. Éste fue principio que tomó el altísimo para sacar a Joseph de su cautividad segunda, que por forzarle en ella a comer de los manjares vedados, vivía muy lloroso y tan desconsolado ¡Cuánto sea el altísimo ensalzado que así les socorrió en todos sus aprietos!

Venido a la compañía de su madre y hermanas, halló que por los grandes miedos que los enemigos les ponían y por consejo malo de algunos amigos, compraban y comían de los manjares de las gentes por la ley de Dios vedados, lo cual estorbó luego Joseph con el favor divino, poniéndoles por delante el ejemplo de los santos que antes consintieron ser hechos pedazos en los crueles tormentos que comer cosa vedada por el señor, ni aún fingir que la comían. Y como los corazones estaban con su Dios y Señor, aunque por el temor hacían estas cosas, fue poco menester para estorbarlas, porque con muchas lágrimas y temor se convirtieron a su Dios y Señor y desecharon todas estas inmundicias y comidas, lo cual fue para su bien.

Llegado el tiempo en que Joseph había de volverse a su hospital do servía, vino a ver a su madre un anciano fraile, hombre de mucha virtud, a quien había encomendado el inquisidor que los confesase y mirase por ellos, al cual rogó con grande instancia que le alcanzase licencia para que Joseph se quedase en su compañía y de las hermanas, lo cual alcanzó con cargo que estuviese de día en un colegio de indios que el dicho padre regía, el cual le dio cargo de enseñar a algunos de ellos la gramática y de ayudarle a escribir así cartas como sermones, y fue tanta la gracia que el Señor Dios suyo dio a Joseph con éste que le amaba y quería extrañamente, no solo a él sino a toda su gente, y como les habían quitado los lobos carniceros sus haciendas y ellos quedado en pobreza, éste de su mismo plato y mesa todos los días de esta vida los regalaba, y así por su mano como por la de los enemigos los sustentó el señor más de cuatro años y medio en el lago con no pequeño milagro y obrar este el altísimo señor con Daniel, que era inocente y santo.

No debe admirar tanto como verlo usar al señor con gente tan pecadora y miserable, y porque se noten las misericordias del señor, es de notar que para le cumplir su divina majestad a Joseph el deseo bueno que había tenido diciendo a su compañero que estaba preso ¿Quién me diera en una de esas librerías? ordenó que este fraile le diese una llave de la celda en que tenía todos sus libros en el colegio dicho, quedándose él con la otra, lo cual no hacía con ninguno de sus compañeros frailes, y porque esta merced del señor fuese más colmada de la mano de su liberalísima magnificencia, no había cuatro meses que Joseph allí estaba cuando ordenó que el fraile mismo comprase la Glosa de Lira,8 declaración de la sagrada biblia en cuatro grandes cuerpos de la librería de un gran predicador de su orden que había muerto, y cuando se los trajeron, le vino él mismo como a pedir las albricias a Joseph, diciéndole: ¡Oh qué ricas cosas traemos a nuestro colegio! De los cuales dones del muy alto Dios, Joseph con gran cuidado se aprovechaba, porque al tiempo que el fraile se iba a comer y todos los colegiales a sus casas, se quedaba él con las llaves del colegio dentro de él encerrado, leyendo y trasuntando al romance muchas cosas de la biblia sagrada en que iba recogiendo matalotaje para el ánima, temiéndose de la cárcel y adversidad de que el señor le escapó con muchos milagros.

También el tiempo que le sobraba después de la lección de los estudiantes, le ocupaba el fraile en sacarle las moralidades de Oleastro sobre el Pentateuco,9 en orden y tablas por el alfabeto, el cual ejercicio era tan conforme a su inclinación y buen deseo, que si diera por él la sangre no lo pagaba. ¡Sea el señor bendito y ensalzado, que así ayuda a los buenos deseos! En este libro le descubrió el señor los santos trece artículos y fundamentos de nuestra fe y religión, cosa no sabida ni oída en las tierras de cautiverio.

Aconteciole a Joseph un día ir como solía los otros a abrir la celda del fraile con la llave que tenía, para proseguir en el traslado de las santas profecías y darle en el corazón que venía el fraile, parece que por aviso del Señor Dios, y volver a cerrar con este recelo diciendo entre sí: Si el fraile viene ahora es señal cierta de que el señor me avisó y está conmigo. Y no haber acabado este pensamiento de pasársele, cuando vio al fraile venir entrando. ¡Sea el señor bendito y alabado!

Andaba Joseph allí con grandísimo deseo de tener una pileta o fuente de agua para bañarse, diciendo entre sí: Si en este colegio tuviera yo este bien no me faltaba otro alguno. Y andando con este deseo Joseph, ordenó el señor bendito por su infinita misericordia que un fraile lego hortelano, que era más curioso que los otros que en la huerta de aquel convento habían estado, echase menos también el agua que solía entrar en ella y despiértale el señor en este mismo tiempo para que hiciese con el guardián que fuese a hacer aderezar el caño y a traerla por donde Joseph lo deseaba. ¡Bendito sea el Señor Dios que sólo es bueno, porque es eterna su misericordia!

Habiendo Joseph con su madre y hermanas salido de la cárcel y visto su hermano mayor ya el suceso de todos ellos, ordenó de ponerse en camino, habiendo el señor hecho por él antes que saliese de la casa donde estaban no pequeño milagro. Tenía en aquella casa o cárcel voluntaria un amigo israelita que era el que tenía la llave de la puerta y el que compraba la comida y entraba y salía. Vino por aquellos barrios a esta sazón y después de haberle llamado a pregones la Inquisición, un alguacil que muy bien le conocía, a prender un amancebado de que tuvo noticia estaba en la casa, pared en medio de la del hermano mayor de Joseph, y no lo hallando pensó que por las paredes se había saltado a ella, por lo cual dijo al compañero israelita que le abriese la puerta porque quería entrar a buscar el huido en ella, y aunque jurándole muchos juramen de que allí no estaba, procuró disuadirle la entrada. No pudo, mas quiso el señor que no fue tan breve que primero no tuviese lugar de entrar el compañero por ser de noche a avisar al hermano mayor de Joseph que se escondiese debajo de una escalera que en la casa estaba.

Puesto allí, entró el alguacil a buscar al otro y después de haber buscado toda la casa, ya que se iban saliendo (para que se noten los milagros del Señor Dios y cómo es guardado el que Dios guarda) llegando el alguacil a la escalera do el hermano mayor de Joseph estaba escondido, díjole uno de sus corchetes: Señor busquemos debajo de esta escalera, y respondiole movido por el señor: déjalo que no se había el otro de meter ahí, y con esto se salieron afuera y el hermano mayor de Joseph se salió de la escalera y se fue a otro aposento de los buscados. No hubo bien salídose de allí, cuando le dio voluntad al alguacil que estaba a la entrada de la puerta y se iba de volver a entrar diciendo: Dame en el corazón que está el que buscamos debajo de la escalera que no quise mirar y vuelvo a verlo. Y entró a buscarla cuando ya el guardado por el señor se había salido, y así se fue satisfecho quedando libre el que el señor del mundo había librado ¡Sea su santísimo nombre para siempre de siempres ensalzado!

Partiose pues de México una noche el hermano mayor de Joseph con el otro más pequeño, con grande recelo de ser cogidos por la Inquisición y con determinación de morir por el señor si le cogían, y fue con ellos el compañero dicho. Habiéndose partido, vino de ahí a poco nueva a Joseph que los habían traído presos, con la cual lloró lágrimas vivas y se vio con su madre y hermanas en grandísima tristeza y desconsuelo. Mas como su buen Dios y Señor los iba guiando y guardando, la verdad era que habiendo ido a paz y a salvo, cerca de cuatrocientas leguas por tierra, llegaron al puerto de Caballos (así llamado), en donde con no pequeño milagro hallaron surto un navío, cuyo capitán era también hebreo y primo del compañero que llevaban, el cual los llevó de allí camino de España con grandísimos regalos.

Después de Joseph haber pasado algunos días de aflicción y lloro, le envío el Señor Dios nuevas alegres de que no habían sido presas y de que la buena mercadería había a puerto de salvamento llegado. ¡Confesemos y adoremos a Adonai porque es bueno y máximo! ¡Demos gloria a su nombre santo porque es eterna su misericordia!

El uno de los cuñados se partió para la China estando preso Joseph y su madre y hermanas, y el otro quedó en México; y después de haber salido de la prisión oscura les hizo no menos regalos que a ella les había enviado, que fueron muchos, por lo cual y porque es Dios bueno que ninguna obra buena deja sin premio y porque él mientras vivió su madre le fue hijo muy obediente, obró Dios con él un no pequeño milagro enderezado no sólo para su bien, sino mucho más para el de Joseph y de su madre y hermanas. Parece que después de ellos salidos de su cárcel la Inquisición le buscaba a él, aunque de parte de ella el portero le llamó una vez, puso piernas a su caballo y no quiso ir. Indignados de esto los inquisidores dieron a un escribano de Taxco una provisión para le prender, con la cual iba este muy ufano y hacía grandes diligencias por haberle.

Y en este tiempo mismo que le buscaba, envío el Señor Dios un toro que allí corrían, el cual embistió con éste tan fieramente que le mató a cornadas antes que lo dejase en la misma puerta de su casa, con lo cual hizo el Señor Dios de Israel que quedase libre y le movió el corazón para que se fuese a España en demanda de la libertad de Joseph y su gente, y esto con tan firme propósito que por mandado del gran Dios y Señor del universo estuvo tres años y medio en procurarla, hasta que con su divina ayuda la alcanzó y envió por el señor movido y ayudado.

El otro cuñado de Joseph, ya entiendo que he dicho cómo estando él y su madre y hermanos presos se partió para la China, de donde para remedio de su mujer y de una niña que dejaba, lo trajo el señor no con falta de milagros porque tuvo allá muchos trabajos y prisiones, por haberle el gobernador de China enviado por Dios primero y por odio que le tenía a Macan con su nao, en donde por ser de los vecinos aquel trato por merced del rey, e ir él a tomarle de tierras de Nueva España, le prendieron y tomaron la nao y hacienda toda y con prisiones lo enviaban a la India, de donde si allá lo llevaban, parece según vía humana que fuera imposible verlo más su mujer, aunque al Señor Dios nada lo es, cuya santísima majestad le dio orden para limar las prisiones y acogerse de la nao una noche y túvole un amigo suyo debajo de un altar a donde le llevaba de comer, y hasta que se partieron los navíos que enviaban a la India. Y aunque después le prendieron y molestaron, al fin Dios le soltó y sacó de estos trances y de otros aún más peligrosos que tuvo en Manila, causados de grande odio que el gobernador de aquella isla le había cobrado por ocasiones que aquí dejo de decir por abreviar y porque mi intento no es sino escribir los inmensos beneficios y misericordias que el Señor Dios de Israel hizo a Joseph y toda su gente, pues porque el cuñado viniese para amparo de su mujer e hija, le libró de que aquel le quitase la vida injustamente, que pudiera como juez, y cuando menos pensaron lo trajo con su nao a puerto de salvamento, estando aún Joseph con su madre y hermanas cautivo, que fue para ellos grandísimo consuelo, particularmente para su hija y mujer, venido de la divina mano. ¡Sea por este y por todos el Señor Dios de Israel muy bendito y adorado!

Tenía Joseph cuando le prendieron, como se ha ya dicho, dos hermanas doncellas y la más pequeña pusieron en la casa del secreto de la Inquisición, a la cual enseñó el señor para alabanza suya, de tal manera que ni amenazándola con tormentos, ni por otra alguna vía pudieron sacarle cosa que les aprovechase y dañase a los otros, porque de la boca de los niños que maman saca Dios alabanza para confundir al enemigo y vengador, pues habiendo estado allí más de dos años y apartada de la compañía de su madre y hermanas, érales causa de grandísimo desconsuelo y aflicción y la que sentían cuando algún día la traía el alcaide a verlas cuando veían llevarla, especialmente la amorosa madre era cosa lastimosísima. Pedían al Señor Dios suyo con grandes ansias fuese servido de librarla y traerla a su compañía y sea su santísimo nombre adorado, que en el tiempo oportuno los oyó por su infinita misericordia, porque yendo al cabo de dos años a quitar las penitencias la hermana mayor casada y la doncella por ser ya cumplido el tiempo de ellas, les dio Dios del cielo gracia en los ojos de los inquisidores para que se la diesen y entregasen a la hermana mayor doncella, al tiempo que ella iba a hincar las rodillas para pedírsela como su madre se lo había mandado, así que el liberalísimo dador las envío a todas tres juntas libres y llenas de alegría a casa de su madre, donde fue tan grande la que todos tuvieron. ¡Cuánto sea el Dios del cielo bendito y adorado! a quien por el beneficio recibido hicieron muchas gracias todos juntos.

Pasado ya un año de su cautiverio supo Joseph del alcaide de la misma inquisición, cómo habían vuelto a traer preso a ella al fraile que arriba dije que le habían dado por compañero, por haber hecho un ídolo pedazos en las galeras do le habían echado, por lo cual se veía Joseph en grandísimo temor de que este le hiciese daño, aunque con gran confianza en el señor de que había de escaparle. Y fue tal el milagro que Dios nuestro Señor obró por él en este instante, que no sería justo callarlo, ni las alabanzas que se deben a tan alto y soberano guardador, cuya majestad ensalzada reveló en un sueño a su madre una noche lo que después aconteció verdaderamente. Veía que el inquisidor le tiraba a Joseph una estocada, pero que la espada con que le tiraba estaba envainada, porque la había envainado el señor y sea su santísimo nombre ensalzado. Ello sucedió así porque habiéndole preguntado al dicho fraile su compañero que quién le había enseñado, dijo a los inquisidores que uno que le habían ellos dado los años pasados en aquella cárcel, en lo cual se vio claro que ya que él dijo aquello no tuvo intento de que Joseph quedara salvo, pero salvóle su bendito Dios y Señor y envainó la espada, ordenando que luego le preguntasen si le había enseñado después o antes de su confesión y que él dijese que antes y con esto le libró el señor de aquella durísima y oscura prisión ¡Sea su santísimo nombre eternamente ensalzado! Amén.

De más de esto, el compañero de Joseph confesó aquella vez al Dios del cielo delante de los tiranos, con tan valeroso ánimo cuanto no se ha visto semejante cosa en hombre de extraña nación en estos tiempos, pues después de haberles contado y dicho proezas del Señor Dios y de su santísima ley, dijo esta: Yo creo y confieso es la verdadera y los demás son embustes y engaños del demonio, y esto bien lo entiende el rey y los perros inquisidores, más enduréceles Dios nuestro Señor como hizo a faraón, para en llegando el día de su santo juicio determinado tomar la venganza de ellos por entero; y aunque por esto le pusieron en grandes aprietos y aflicciones, pasole Dios nuestro Señor por ellos con loable paciencia y fe ¡Sea bendito su santísimo nombre para siempre! Amén.

A cabo ya de tres años y medio del cautiverio de Joseph y de su madre y hermanas, sucedió que por ser una de ellas muy particularmente enemiga de los ídolos e idolatrías de estos ciegos malaventurados, un día de sábado del señor que ellos celebraban una fiesta suya, rogole la hermana doncella a su hermano Joseph, por amor del señor la llevase a visitar a otra hermana del pueblo israelítico y del señor, temerosa por evitar en aquel santo día aquella gran ofensa que se ofrecía y poder pasarlo más en servicio del Señor Dios, para lo cual tomó ella un librito en que Joseph había trasuntado muchas cosas de la sagrada escritura, con otras en confirmación y declaración de la verdad de Dios nuestro Señor y de su santa ley no poco escudriñadas y escritas por Joseph y su hermano mayor. Tenía también allí trasuntados en romance todos los salmos y otras santas oraciones, tesoro muy estimado de él y de ellas.

Al fin, para rezar en él aquel santo día lo llevó metido en su seno y yendo al esclarecer de él muy contentos y dando alabanzas al Señor Dios, permitió su santa majestad para evidencia de sus misericordias que se le cayese del pecho sin sentirlo en una calle pública y no menos pasajera. Cuando la pobre doncella sintió que el libro se le había perdido quedó cortada y con el corazón caído, en tanto que no pudo encubrir la pena que sentía volviendo por los mismos pasos que había ido en busca de la joya perdida, de la cual no hallaron rastro grande ni pequeño, con la cual turbación se volvieron a su casa Joseph y sus dos hermanas, y no fue menor la que recibieron su madre y las demás y todos juntos tan grande dolor y sobresalto, cuanto de caso tan grave puede imaginarse, por les ir en ello a todos no menos que la vida y lo que más con ella solemos estimar.

Apercibiéronse, dándose ya por presos y aún muertos y del temor que concibieron sino fuera por perder las ánimas por no venir a tan crueles manos como las de los enemigos que temían, se las quitaran ellos con las mismas suyas. Al fin, cada hora estaban esperando las de su prisión, con tanto temor y amargura. ¡Cuánto sea bendito y ensalzado el inmenso y verdadero Señor Dios!, que en ello los socorrió con su acostumbrada misericordia.

Cada hombre que llamaba a la puerta les parecía que eran los ministros nefarios10 de la Inquisición y que venían a prenderlos, y así estaban a todas horas cercados de miedo y temblor. Compraban a miedo el aceite entendiendo no poder acabarlo y ni más ni menos los demás mantenimientos.

En este tiempo de estos temores permitió el altísimo para engrandecerse, que el corregidor de la ciudad visitando las tiendas y panaderos a aquella sazón y halló en casa de uno mucho pan falto y que no tenía el peso cumplido, por lo cual sabiendo ya de la necesidad que su madre de Joseph y hermanas con el pasaban, quedándose el corregidor allí envío un almotacén11 con vara, con los dos canastos de pan y como estaban en temor tan grande, vínoles a decir la india que los servía que estaba la justicia a la puerta con lo cual quedaron tan perturbados y con los corazones tan caídos, cuanto no sabré encarecer. Ninguna osaba ir abajo a abrir la puerta temiendo el golpe, que volvió el Señor Dios en misericordia. Al fin, con no pequeño temor, bajaron y cuando pensaron que iban a peligro de prisión, hallaron que el corregidor, o por mejor decir el Señor Dios todo poderoso, les enviaba con aquel alguacil los dos cestos llenos de pan en limosna, con los cuales les hinchó el señor las cajas de la bendición suya, y tuvieron pan para más de ocho días y en todos los temores les sucedía de esta manera, porque es el Señor Dios testigo que herido de ellos, solía Joseph estar haciendo agujeros en las medias noches imaginando escapar por ellos o salirse cuando viniesen a prenderle. Más aquí se verifica cuán en vano son las trazas del hombre, si no las confirma el Señor Dios y que si su divina majestad no guarda la ciudad, en vano trabaja el que quiere guardarla.

Aconteciole a Joseph en este mismo tiempo tener otra ocasión gravísima de temor y fue que permitiéndolo así el altísimo Dios acertaron a encontrarse sobre los asientos en el puerto de Ulúa los oficiales del rey y el alguacil mayor de la Inquisición, sobre cuál había de tener primer asiento; sobre lo cual vino a México el comisario de la Inquisición que allí asiste, que era a la sazón fraile francisco, el cual como tal se vino a posar en México al convento de Santiago que es de su orden, hasta negociar.

Acaeció en este mismo tiempo que un hermano del inquisidor habiendo sabido que Joseph escribía y trasladaba algunos lugares comunes y sermones para los frailes franciscos, rogó al inquisidor su hermano le mandase por orden del fraile viejo, con quien en el colegio estaba, trasladar para él un cartapacio de un fraile docto de su orden, dominico, y esto trataba el dicho comisario sin que lo supiese Joseph a quien envío a llamar éste cuando estaba en el mayor fervor de sus temores, porque habían conchabado él y el hermano del inquisidor le enviase un billete de letra de Joseph, para ver si le contentaba para el efecto de trasladar su cartapacio.

Viniéronle pues a llamar a medio día de parte de un fraile con quien él no conversaba, aunque le querían y amaban mucho y trataban todos los del convento. Preguntó Joseph, no sin temor y grande recelo al mozo que le llamaba: ¿Quién está con el padre fray Cristóbal? Respondiole: Está con el comisario de la Inquisición, que es mi señor. A la cual voz se le cayó el corazón de temor, recelándose que por vía de aquel le llamaban para llevarlo preso.

En fin, hubo de ir y sabe el Señor Dios cómo y cuán cercado de temores, y hallolos en la portería de su convento, en la cual dijo fray Cristóbal al comisario: Helo aquí, que hasta en aquello parece que le confirmaban su temerosa imaginación. El comisario dijo entonces: subamos a la celda, y subidos, para más confirmación de sus temores, le mandó tomar tinta y papel para le escribir un billete en su nombre y como Joseph sabía que sabía él muy bien escribir recelose mucho más, imaginando cómo era cosa verosímil que le mandaba escribirlo para cotejar la letra de él con la del libro que se les había perdido, con lo cual se veía en las mayores amarguras y temblores que pueden imaginarse.

Al fin, después del billete escrito, despidieron a Joseph, el cual se vino para casa con las ansias que el Señor Dios remedió y así deseaba huirse y esconderse, más para mayor bien suyo se lo estorbó el señor. Aquella noche se le pasó la mitad de ella en hacer agujeros por los corrales con intento, si viniesen a prenderle, de huirse por ellos, mas en estas y otras ocasiones experimentó bien el dicho verdadero del profeta David, que: Si el Señor no guarda la casa, en balde vela el que la guarda, y si el Señor no edifica la ciudad en balde vela el que quiere edificarla.12

De ahí a poco supo la causa por qué el comisario dicho de la inquisición le mandó a escribir aquel billete, de que Joseph se temió tanto, y fue porque el fraile hermano del inquisidor había sabido que Joseph trasladaba algunos papeles y sermones a los frailes franciscos, y tenía él un cartapacio que un grande predicador de su orden le había prestado, el cual deseaba mucho que le trasladasen y para ver la letra que Joseph hacía, rogó al comisario le enviase un billete escrito por mano de él para hacer que se lo trasladase, el cual visto rogó al inquisidor su hermano mandase que Joseph lo hiciese, por lo cual enviaron el libro al fraile viejo con quien estaba para que lo trasladase Joseph, el cual vístose libre del temor que sospechaba hizo al señor las gracias y no dejó de afligirse de ver que con aquel libro y la ocupación de escribirlo tendría menos tiempo para se dar al servicio de su Señor y Dios y a la oración como solía.

Y de lo que él entonces tenía por penoso, tomó el Señor Dios medio para su consuelo y principio de su libertad, porque sin él saber cómo ni de qué manera plugó al Señor Dios suyo comenzar a dársela en medio de sus temores. Mas antes que diga él cómo se la dio el señor, diré un milagro que con él usó el Dios altísimo en lo que toca a este libro.

Tuvo en este ínter Joseph nuevas por cartas de su cuñado, de que estaba alcanzada su libertad en iusos derecho y que por falta de cuantos que se habían de dar en Madrid no enviaba los despachos con este aviso. Mas por esconderse de lo que temía que por procurarlos, tomó por intercesor al hermano del inquisidor, cuyo cartapacio trasladaba para que se le diese licencia para poder salir a procurar alguna limosna para su libertad, la cual por mandado del Señor Dios que todo lo gobierna, le dieron por seis meses. Queriendo pues gozar de ella Joseph, estorbábaselo el libro que trasladaba y había concertado ya con el fraile viejo, su confesor y rector del colegio, que pagándolo él mandase que entre cuatro escribientes indios lo acabasen, el cual le prometió lo haría así. Empero, para más evidencia de las misericordias del altísimo, permitió que este fraile viejo mudase propósito y se le endureciese el corazón con Joseph, cosa no sucedida hasta allí, y así por esto le dijo al otro día con grande rencor y enojo: No os habéis de ir ni es justo hasta que acabéis de trasladar el cartapacio del inquisidor, bueno es que habiendo os dado licencia hagáis ahora burla y lo dejéis. Y si hubiera Joseph de acabar el cartapacio por su mano eran pocos los seis meses de la licencia por lo cual, como cautivo no le respondía nada, sino con humilde corazón lloraba su trabajo y lo que le dilataban el no poder esconderse.

En este mismo día y hora que Joseph se vio tan amargo y que el fraile se le mostró tan encrudecido, envío el Señor Dios dos pajes del inquisidor por el cartapacio para que lo llevasen de la manera y en el punto que estaba, de mandado del fraile su hermano, porque se iba el predicador que se lo había prestado para la Puebla. Al fin lo llevaron, lo cual visto por el otro fraile del colegio, bien considerando el caso quedó pasmado, y movido por el Señor Dios volvió a favorecer a Joseph como de antes.

Sabido que le habían dado licencia para salir a pedir limosna, movió el Señor Dios el corazón del provincial de los frailes franciscos para que sin haberle Joseph hablado, dijese a sus frailes que le dijesen que si él quería acudir a eso, que él le daría una patente para toda la provincia muy favorable, con que en todos sus conventos le acudiesen y favoreciesen, la cual le dio de la misma manera que él quiso notarla. Tras este, movió el Señor Dios el corazón del provisor para que le diese como le dio a Joseph, cincuenta cartas muy favorables como él las quiso ordenar.

Ante el gobernador del arzobispado le dio el altísimo gracia para que le diese la licencia sin límite de tiempo, y como todo iba ordenado por su divina mano, movió al provincial de los frailes agustinos para que también le diese otra carta de mucho favor para todos los conventos de su orden. Intentó también Joseph carta del virrey y tenía por imposible el haberla, más como no haya cosa que lo sea al todo poderoso Dios que lo guiaba, luego que en nombre de Joseph y su madre y hermanas se la pidió su confesor, no sólo dio una, sino veinticinco, con las cuales y con el favor del Señor Dios suyo delante, salió Joseph de México y de su carcelería después de haber pasado en ella cuatro años de angustia y aflicción y en medio de ella copiosísimos favores del muy alto, cuya divina majestad le daba gracia en todas las partes a donde iba y cierto, no sin notable milagro, movía a los mismos enemigos a que le diesen y cargasen de sus bienes dineros, gallinas, quesos, maíz y otras cosas de que volvía lleno a la casa de su cautiverio, en la cual todavía estaba su madre y hermanas.

En todos los conventos a donde llegaba le aposentaban y ofrecían comida. Empero, Joseph no olvidado de la ley y mandato de su Señor Dios no la aceptaba por no mancharse, diciéndoles que había ya comido y así le sucedía muchas veces dejada la compañía y mesa de los abominados, irse a comer su pan entre los brutos teniendo por mejor comerlo entre los caballos con limpieza que sin ella en las mesas de los enemigos regalados.

A cabo de dos meses de la primera salida volvió Joseph con bien a casa de su madre y hermanas, aunque todavía con las reliquias de los temores dichos en el corazón, de si habría aparecido el libro y le buscarían para prenderle por eso, por lo cual no se atrevió a irse a casa de su madre hasta saberlo y fuese a casa de la hermana mayor casada, que la tenía ya aparte con su marido e hija, a la cual preguntó si había algo de nuevo, y como la misericordia del altísimo le llevaba por este camino de temores, permitió que no le faltase ocasión de tenerlos para su mayor bien, porque allí supo cómo ido él, había llegado a casa de su madre un hombre a preguntar por él, diciendo que era paje del alguacil mayor de la inquisición, lo cual tenía a su madre y hermanas con grandísimo sobresalto y a él se le causó no pequeño, y tomando consigo parecer si se escondería, vino a determinar el señor que no, dándole osadía para que pareciese y se fuese a casa de su madre.

Y al fin se vino a ver cómo aquella había sido tentación de temor permitida y ordenada por el muy alto Dios como las demás, para que él tuviese en la memoria todas aquellas mercedes y supiese más estimar la de su libertad que después el Señor Dios le hizo, ya que Joseph había recogido más de ochocientos cincuenta pesos de limosnas de mano de los mismos bárbaros gentiles (que el Señor Dios de Israel alumbre y traiga a su santo conocimiento, para que de todas sus creaturas sea adorado y servido) a los cuáles movía la su poderosa mano, para le hacer estas limosnas tan de voluntad en las más de las partes que se echaba bien de ver que del señor venía.

Le llegó nueva a Joseph y a su madre cómo el cuñado que ya dije había el señor escapado con milagro para este efecto, les había alcanzado ya con el favor del todo poderoso su habilitación y libertad y esta nueva les llegó otra vez a tiempo que sirvió como celestial medicina para su madre de Joseph, que con el regocijo de ella la resucitó el señor de una enfermedad que la tuvo en el punto de la muerte. Las provisiones de la libertad vinieron en la primera flota que fue la que llegó a esta Nueva España por septiembre del año del 94 y llegaron a tiempo, que ya el Señor Dios había dado a Joseph de limosnas lo que era necesario para pagar el precio de ella, más antes que diga cómo por mano y merced del señor les fueron quitados los hábitos, es justo que no calle dos notables enfermedades que el señor dio a las dos hermanas doncellas de Joseph para misericordiosísimo castigo de ellos todos, porque como frágiles pecadores, siempre en esta vida hemos menester del pan y del palo, que es aquello porque el santo profeta regalaba al Señor Dios cuando dijo: virga tua et baculus tuus ipsa me consalata sunt.13

A la doncella le dio un mal de garganta a manera de esquinencia que le duró más de ocho meses y prosiguió hasta después del Señor Dios los libertar. De curas que le hicieron, vino sobre el otro mal a quedar tullida y por haberle dado lancetadas por adentro en la garganta le estorbaron el hablar, en tanto que los primeros meses no se le entendía cosa que decía sino con gran dificultad, más ni entonces faltó a la paciente enferma el divino consuelo y reparo, porque fue el señor servido de abrir el entendimiento a su hermana, la que casó con Jorge de Almeida, para que le entendiese todo cuanto hablaba y así el médico y cirujano y todos los demás se servían de ella como de intérprete para entender a la enferma, a quien sane la infinita misericordia del Señor Dios, pues todavía lo está.

A la otra hermana mayor doncella le dio el altísimo Dios y Señor nuestro otra gravísima y no menos peligrosa enfermedad de locura, causada de grandes melancolías, con la cual no sólo estuvo y está hoy en muy temido peligro su vida, sino las de todos los demás si no provee el que nunca en los otros trances y aprietos los ha desamparado, como espera firmemente que lo hará, porque con la locura ha echado delante de los idólatras los ídolos que en casa tenían por las ventanas y quebrádolos y sobre esto ha hecho y dicho cosas de cuyo temor y peligro sólo nuestro Dios y Señor nos podrá escapar para gloria de su dulcísimo nombre. Es tal la locura de esta pobre moza, que de día y de noche habla sin cesar y a vuelta de pocos disparates de locura dice muchas verdades descubiertas a los frailes e idólatras que la vienen a ver. Por curarla de este mal le dieron dos médicos doctores diez cauterios de fuego14 en el vientre, cuyo dolor y rabias le puso tanta furia que ha sido merced de Dios no haber muerto a su madre con cosas que le ha tirado y a las demás hermanas, y es tal el trabajo que con ella padecen que hasta a los extraños causa lástima y compasión, de la cual movidos muchos de ellos lloran con tantas lágrimas su mal, como si fueran próximos hermanos y allegados, y con todos estos aprietos esperan en el muy alto Dios que los ha de sacar en paz y llevarlos a donde en reconocimiento de todas estas mercedes y misericordias le ofrezcan entre sus siervos sacrificio de alabanzas en honra y gloria de su santísimo nombre.

La libertad de Joseph y de su madre y hermana había llegado en la flota que entró en el puerto de la Nueva España por septiembre de 94 y porque siempre nuestro Señor Dios los ha llevado por el camino que suele llevar a sus siervos regalados, ordenó que cuatro días antes que les llegaran las nuevas de ella, viniese un jueves por la tarde a seis días de octubre del mismo año, el portero de la Inquisición a llamarlas de mandado de los inquisidores, con lo cual se vieron en el más amargo aprieto que puede imaginarse, llorándose ya por presas y entregadas al crudelísimo enemigo.

Mas quiso el Señor Dios por su gran misericordia que el llamamiento fue para reedificarlas en un dicho que habían ante ellos declarado, de que Jacob Lumbroso hermano menor de Joseph (cuya estatua ellos querían hacer quemar) era conocedor y guardador de la ley santísima del muy alto, hecho lo cual, las enviaron a su casa y celebraron el gozo de esta misericordia y libramiento con himnos y cánticos al Señor Dios.

De ahí a cuatro días, que fue lunes 10 de octubre, les llegó la provisión de la libertad, que fue una de las grandes mercedes y beneficios mayores que gente peregrina y pecadora ha recibido del señor y fue tanto el gozo que con ella tuvieron, que hasta los mismos extraños daban loores a Dios, diciendo con alegría de verles tan gran consuelo. Decían: ¡Bendito sea el Señor Dios que se compadeció de vosotros y de tan gran trabajo y aflicción os ha librado! Y porque convino así no se les quitaron luego los hábitos hasta que movió Dios a un vecino rico a que los fiase en 850 pesos, por los cuales habiendo pagado luego 420 de los que Joseph había recogido de limosna, les esperaron ocho meses y con esto, lunes 24 de octubre de 94 años por mandado del muy alto Dios les fueron quitados los hábitos, obrando el señor en el mismo día por Joseph un grande milagro, cual fue venir un hereje de nuestro mismo linaje en el mismo instante que Joseph iba a que le quitasen el hábito a acusar a un hermano suyo y juntamente con él a Manuel de Lucena, por haber querido encaminarle y alumbrarle en el conocimiento del Señor Dios. Cuando esto pasó se halló Joseph en la casa de Lucena, donde fue aunque no en presencia de él.

Había ido Joseph entonces a Pachuca al efecto arriba dicho de recoger alguna limosna y fue el Señor Dios servido que de ahí a ocho días de la acusación, prendió la Inquisición a los dichos y el hereje que los acusó dijo que Joseph se había hallado en la misma casa. No le prendieron porque le quiso escapar con no poco milagro el muy alto y poderoso Señor Dios. ¡A su santísimo nombre sea dada eterna gloria y alabanza! Amén.

Y porque el camino por do el Señor Dios los ha llevado ha sido lleno de misericordias y con sólo el blandísimo azote de temores permitió que de ahí a ocho días, el siguiente lunes, tuvieron otro de los más graves que nunca tuvieron, de que el Señor Dios por su infinita misericordia los sacó dentro de dos horas. No se escribe el qué fue y cómo por ahora, el que esto ha escrito todavía en tierras de cautiverio, aunque en vísperas de salir con la ayuda y favor del altísimo y fuertísimo Adonai, Dios de Israel, de uno de los mayores y más peligroso cautiverio que gente de nuestra nación ha padecido, do por singularísima bondad del Señor Dios nuestro, vive él y los suyos con no menor peligro que estuvo el santo Daniel metido en el lago de leones, cerrándoles a éstos que los cercan el todo poderoso con milagro grande, las crueles bocas con que si Dios Nuestro Señor no lo estorbara, los despedazaran.

Por lo cual, humillo mi corazón, adoro y glorifico a su santísimo nombre y confieso que es bueno y máximo y que es eterna su misericordia, la cual nos valga y a todo Israel. Amén.

 


1 Este pasaje se encuentra en el Salmo 107: 4.

2 Orphano tu eris adjutor significa: Tú eres el amparo del huérfano. Salmo X, 14, Libro de los salmos p, 16.

3 Significa: Amparará al huérfano y a la viuda. Salmo CXLVI, 9. La Sagrada Biblia, Madrid 1834, Imprenta de D. Miguel de Burgos, p. 193.

4 Nota: El texto continúa en los márgenes de las fojas 7r, 7v y 8r; para regresar posteriormente a la foja 6v.

5 Salmo CXLVII, significa: No lo ha practicado así con las demás naciones, Los salmos de David y cánticos sagrados, Madrid, 1802, p. 465.

6 Se reanuda el texto en foja 6v.

7 Significa: Siempre habéis proporcionado vuestro
auxilio a mis necesidades, y vuestros alegres consuelos a mis dolores. Los Salmos de David y cánticos sagrados, Imprenta de Raymundo Martí, Salmo XCIII, p. 309.

8 El autor es Nicolás Lira, el libro se llama: Postillas en antiguo y nuevo testamento.

9 Se refiere a la obra de Gerónimo Oleastro, la cual se intitula: Hyeronimi al Oleastro Comment in Mosis Pentateucum, Lisboa, 1556, en folio. Este personaje fue un dominico portugués del siglo XVI, enviado por Juan III al Concilio de Trento, a su vuelta rehusó el obispado y murió en 1563.

10 Persona que es malvada.

11 Almotacén: hombre encargado de contrastar las
pesas y medidas en la península Ibérica musulmana.

12 Salmo 127:1.

13 Significa: Tu vara y tu bastón me infunden confianza. Salmo 23.

14 Cauterización por medio de hierro candente.