A la memoria de Rafael Tovar y de Teresa,
incansable defensor del patrimonio
cultural mexicano.

El frío hálito de la muerte soplaba ya en el húmedo calabozo del Tribunal de la Santa Inquisición. Sin poder dormir, el joven reo Luis de Carvajal aguardaba su sentencia. Toda la noche había estado cavilando sobre su trágico destino y por fin, al filo del alba, con una oración hizo trizas el silencio sepulcral de la mazmorra, cuyo eco fue llenando paulatinamente el espacio. Puesto de hinojos mirando al oriente, hacia Jerusalén, pronunció con gran fervor la siguiente plegaria:

Testigo eres tú de que mi corazón no adora a los ídolos y que aunque por miedo me arrodillo a ellos, que conozco y digo en mi corazón que a ti solo Adonai IA se debe la adoración. Dios santísimo de Abraham en quien espiritualmente me recreo, oye las voces de tus afligidos y llorosos. Dios sobre todos poderosísimo. Líbranos Adonai de mano de estos malvados hombres que nos quieren apartar de tu santísima ley y religión y líbranos de este temor y asegúranos enviando los reales de tu ángel santo en guarda nuestra, IA, nuestro fuerte redimidor. Amén.

Según su propio testimonio, ya antes Adonai lo había librado de gravísimos peligros. Ahora, a los 29 años cumplidos y 16 de servicio incondicional hacia el verdadero Dios, Carvajal se acercaba de manera inexorable al punto final de su vida y a la última etapa del largo peregrinar que en pos de una tierra prometida había iniciado con estertóreo llanto un lejano día de 1567 en la villa de Benavente en Portugal. Mientras lo anterior acontecía, a unas cuantas calles de distancia por el rumbo de la catedral de la capital novohispana, se afinaban los últimos detalles para el gran Auto de Fe que habría de celebrarse justo en ese día: 8 de diciembre, segundo domingo de adviento de 1596 y día de La limpia concepción de Nuestra Señora la Virgen María. Desde las primeras horas de la madrugada la muchedumbre observaba con curiosidad cómo en la gran Plaza Mayor, frente a las casas de gobierno, se levantaba la gradería y el entablado, imponente y lujoso armatoste que sería el escenario de aquella trágica festividad y lugar a donde habrían de llegar los penitenciados.


Ilustración: Ricardo Figueroa

En el convento de Santo Domingo los “Defensores del Señor” se preparaban para castigar a aquellos renegados que habían alzado la voz contra su fe. La hora señalada había llegado. Así lo anunciaba el chillido producido por los goznes de los batientes de las gruesas puertas al abrir las mazmorras de cada uno de los acusados, que con rostro demacrado y paso cansino tomaron el lugar que les correspondía en la tétrica procesión que habría de llevarlos al encuentro de su destino. Allá, miles de espectadores se enfilaban hacia el lugar para desbordarse a lo largo de la calle de Santo Domingo y a lo ancho de la Plaza Mayor. Todo mundo buscaba asegurarse el mejor de los espacios para observar con morbo aquel espectáculo pregonado desde varios días atrás con estruendosa sonoridad de trompetas y atabales, al grado que no faltaron los pleitos y los empellones entre los asistentes.

Uno a uno los 68 reos arrastraron esa mañana sus pesados y ajados cuerpos hacia el entablado. Entre aquella comitiva espectral, cómplices del mismo penar, se encontraban en hilera bígamos, hechiceras, blasfemos, fornicarios, reconciliados y finalmente los judaizantes, algunos de los cuales serían relajados ante el fulminante brazo de la justicia secular. A este grupo se adscribían doña Francisca de Carvajal y sus hijos Isabel, Catalina, Leonor y Luis, este último conocido también por el nombre de Joseph Lumbroso, el mismo que lastimosamente imploraba el auxilio de Adonai al principio de este relato, esperando a que su mano obrara el nuevo milagro que habría de salvarlos de un trágico porvenir. Compartirían idéntico destino su gran amigo Manuel de Lucena y otros personajes llamados Manuel Díaz, Beatriz Enríquez de Payba y su hijo Diego. Todos portaban coroza y sambenito, vestimentas infamantes adornadas con volutas de fuego y pequeños demonios de aspecto repugnante, cuyo objetivo principal era imponer una fuerte advertencia de lo que pudiera ocurrirle a todo aquel que intentara profesar abierta o veladamente la ley de Moisés. Lumbroso llevaba además una dura mordaza en la boca, pues ante la intempestiva torvedad de su ánimo levantaba numerosas blasfemias contra todo aquello que oliera a cristianismo, especialmente contra la virgen María y el santísimo señor Jesucristo.

Al llegar a la Plaza Mayor poco a poco los penitenciados tomaron el lugar que les correspondía en el infame tablado. Entretanto, lastimosas injurias surcaban el viento: ¡Perro judío! ¡Judizuelos rateros! Y ¡Rabí, gran perro! Tales eran sólo algunas de las fuertes voces que, aunadas a las penetrantes miradas infligidas por la muchedumbre sobre ellos, les provocaban el mayor oprobio que jamás hubiesen sentido en su ser. Los que habrían de fungir como jueces, prelados de alta dignidad y otros funcionarios reales también ocupaban sus puestos flanqueando los lugares de honor que esperaban la llegada de las máximas autoridades del virreinato de la Nueva España. Vestido de gran gala hizo su aparición el virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey con su séquito de pajes y criados. También apareció el fiscal Martos de Bohorques, junto con los inquisidores don Alonso de Peralta y Lobo Guerrero, cuyos apellidos eran más que adecuados para el puesto que desempeñaba en el Santo Oficio.

Frente a ellos fue leída la sentencia de cada uno de los acusados. Como si una pesada losa cayera sobre sus cabezas, los miembros de la familia Carvajal escucharon la suya con estoicismo junto a los insultos que el vulgo les espetaba con desprecio: ¡Judaizantes! ¡Relapsos!, ¡Impenitentes!, ¡Fictos! ¡Confitentes! ¡Simulados!; expresiones que configuraban los horribles delitos que toda una sociedad les imputaba y cuya práctica irremediablemente los llevaría a perecer ese día en la hoguera, luminoso y ardiente cadalso donde su alma habría de purificarse de todo mal para estar en “carrera de salvación eterna”.

Pero sin lugar a dudas fue Luis quien recibió las acusaciones más severas, pues además de las ya mencionadas se aunaron las de dogmatista y guía de la ley de Moisés, a más de la de haber escrito de su puño y letra numerosos librillos con oraciones hebraicas, testimonio tangible e innegable de su culpabilidad. Con tan pesadas faltas algunos lo llegaron a considerar el hombre más duro, perverso, herético, blasfemo y mayor enemigo de Jesucristo que jamás hubiesen conocido; circunstancia que agravó su situación y que llevaron a fray Alonso de Contreras, su confesor, a no cejar en su heroico intento de convertir al cristianismo a tan descarriada alma. Para conseguirlo, el sacerdote acompañó a Lumbroso durante todo el camino que tardó en arribar a la media naranja o quemadero, que para ese momento ya se hallaba dispuesto en el ángulo noroeste de la Alameda Central de la Ciudad de México, instándolo en todo momento a que abjurase de la ley de Moisés y aceptara la verdadera fe.

¿Quién era Luis Carvajal? ¿Por qué su familia y él eran juzgados tan severamente? ¿Cuál era la razón de todo el encono vertido sobre sus pobres almas? En las siguientes páginas aparecen las memorias que Carvajal escribió en tres cuadernillos, para que sea él mismo quien dé respuesta a estas interrogantes y en extenso narre los sucesos que lo marcaron desde su primera infancia hasta su trágica muerte.

Antes de dar paso a la voz de Joseph Lumbroso, es necesario contar la fascinante historia de estos manuscritos.

 

Los tres pequeños cuadernillos escritos por Luis de Carvajal se mantuvieron durante siglos anexados al segundo proceso que el Tribunal del Santo Oficio implementó en su contra. Lamentablemente en 1932 fueron sustraídos ilegalmente del Archivo General de la Nación por Jacob Nachbin, un profesor de origen judío proveniente de Chicago, Illinois, que había sido invitado por la UNAM para impartir algunos cursos de verano. A partir de esa fecha y durante 84 años nada se supo de ellos.

Fue hasta el 21 de junio de 2016 que salieron nuevamente a la luz, cuando la casa Swann Galleries de Nueva York los anunció dentro de su subasta de impresos y manuscritos americanos. A partir de ese momento se conjuntaron dos situaciones para repatriar este patrimonio cultural mexicano: la filantropía de Leonard L. Milberg, un afamado coleccionista norteamericano y la acción conjunta organizada por la Secretaría de Cultura de México, encabezada en ese momento por Rafael Tovar y de Teresa, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Secretaría de Relaciones Exteriores, a través de su consulado en Nueva York. Después de certificar la autenticidad de los manuscritos y de demostrar que se trataba de patrimonio cultural mexicano ilegalmente sustraído de nuestro país, las autoridades de cultura buscaron la mejor solución para su recuperación.

Los complicados trámites de repatriación que hubiesen llevado años se lograron apresurar gracias a la buena voluntad de L. Milberg, quien decidió adquirir los documentos para donarlos posteriormente a nuestro país. Para ello, únicamente solicitó la autorización de mostrarlos en la exposición The First Jewish Americans: Freedom and Culture in the New World; que se obsequiara una copia digital de ellos a la Universidad de Princeton y a la sinagoga judía de Nueva York y que la donación fuera realizada a nombre de su amigo Rafael Kalach, empresario mexicano. Así fue como en marzo de 2017 fueron entregados los manuscritos al embajador Diego Gómez Pickering, cónsul general de México en Nueva York y traídos hasta nuestro país por quien esto escribe. Actualmente los tres cuadernillos de Luis de Carvajal “el mozo” se encuentran resguardados en la bóveda de seguridad de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

Hay que decir, finalmente, que la sentencia de Lumbroso sólo se cumplió a medias, pues si bien es cierto que de su cuerpo sólo quedaron cenizas, su memoria se perpetuó y sigue presente después de cuatro siglos. Trascendió para recordarnos que entre los hombres siempre existirá una enorme pluralidad de pensamientos, expresiones e identidades culturales y religiosas, y que el respeto mutuo siempre será indispensable para asegurar el devenir de la humanidad. Después de todo, cada uno de nosotros podría ser ante una cultura distinta, un Luis de Carvajal, un alumbrado.

Para saber más:

González Obregón, Luis, Procesos de Luis de Carvajal (El Mozo), Talleres Gráficos de la Nación, México, 1935.

Liebman, Seymour B., The Enlightened. The Writings of Luis de Carvajal, El Mozo (translated, edited and with an Introduction by Seymour B. Liebman), 1967.

Martínez del Río, Pablo, Alumbrado, Porrúa, México, 1937.

Toro, Alfonso, La familia Carvajal, Editorial Patria, México, 1944.

 

Baltazar Brito Guadarrama
Especialista en códices mesoamericanos, paleografía novohispana y bibliografía mexicana. Actualmente dirige la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

 

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