Lo vaticinó él mismo: iría muriendo de arriba abajo. Primero la cabeza, después el resto. Una mañana, caminando con un grupo de amigos, Jonathan Swift le dijo al poeta Edward Young mientras se detenía, fijo como estatua, ante un viejo olmo: “seré como ese árbol, iré muriendo desde arriba”. Empezaba a perder la memoria y anticipaba su demencia. Sus últimos poemas condensan la ferocidad de su misantropía. En uno de ellos imagina el día del Juicio. Dios, fastidiado con su criatura, se despide de ella con desprecio. El todopoderoso se siente aliviado y no se toma la molestia, siquiera, de pronunciar el veredicto. En otro que titula “El lugar de los malditos”, hace catálogo de los oficios condenables: malditos poetas, malditos críticos, malditos pillos, malditos senadores sobornados, malditas prostitutas esclavizadas, malditos abogados y jueces, malditos caballeros y galanes, malditos espías y mentirosos, malditos villanos, malditos curas y consejeros. “Soy la sombra de una sombra de una sombra, etc., etc., etc.”, le confesaba a un amigo. Tan terrible fue la descomposición de su cabeza que empezaba a descuidar la ortografía.

El retratista de nuestra locura terminaría loco. Había cultivado bien su amargura. Estaba convencido de que la felicidad consistía en estar bien engañado. Es feliz quien acepta la mentira plácidamente. Sabía que no podía disfrutar de esa alegría. Era incapaz de voltear la cara e ignorar la estupidez, la superstición, la arbitrariedad, la necedad. Podía, eso sí, reírse de ellas. Lo hacía torciendo las palabras: diciendo algo para comunicar otra cosa. El genio de la ironía compartía una receta para cocinar niños como solución a la pobreza de Irlanda. Con buenos cálculos, impecables silogismos y los condimentos adecuados se puede preparar un guiso delicioso que sea, al mismo tiempo, socialmente benéfico. Si somos tratados como bestias, por qué no mejor ser apreciados como una delicia gastronómica.


Ilustración: Adrián Pérez

Se dedicó a la meticulosa demolición de nuestras vanidades. Si lo recordamos como el héroe de la sátira es porque defendió mejor que nadie la moral de la burla. La ridiculización se basta a sí misma. No hay sátira constructiva. No tiene por qué ser edificante ni esforzarse en el bosquejo del remedio. La sátira es el arte de la destrucción. El burlón se deleita en las ruinas sin pretender el diseño de un nuevo edificio. Cualquier empeño por cultivar razón, belleza, sabiduría es ocioso. La sátira nos pone en contacto con nuestra irremediable miseria y nos vacuna así contra la infección de los ideales. El genio que Harold Bloom veía en él era por eso el más saludable correctivo a nuestra propensión quimérica, el veneno más eficaz contra el entusiasmo.

Estaba lleno de manías, de ascos y de temores. Era un excéntrico sospechoso que se cambiaba a diario los calzones. Desconfiaba de la fruta y de los gatos, se carcajeaba con chistes escatológicos, sentía fascinación por los locos. Sus sátiras se nutrieron de un intenso odio por la humanidad. Era un odio contra la especie y sus tribus. Contra el absurdo de nuestras ceremonias y mitos. Sabía que la piel más hermosa es, ante una lupa, horrible. Siempre seremos el insecto del otro, el monstruo del otro. Por eso quiso bañarnos en ácido. Burlarse de nuestra irremediable ridiculez. Pero detrás de ese odio vivo y venenoso rondaba una discreta simpatía. Lo explicó bien en una carta que le envió a Alexander Pope al poner punto final a Los viajes de Gulliver. No busco entretener al mundo, quiero contrariarlo, le dice. Swift quiere fastidiarnos, ser incómodo, irritante. Le interesa pellizcar a quienes reposan cómodamente en la nata de sus prejuicios. Si usted está pensando en el mundo, le dice a Pope, hágame el favor de darle un golpe de mi parte. Y hacía entonces la distinción crucial:

Siempre he odiado las naciones, profesiones y comunidades en su conjunto; todo mi amor es para los individuos. Odio a la tribu de los abogados pero amo al asesor Fulano o al juez Mengano; lo mismo diría de los médicos (no hablaré de mis colegas), de los soldados, de los ingleses, los escoceses, los franceses y el resto. Pero, ante todo, odio a ese animal llamado hombre, aunque amo de todo corazón a Juan, a Pedro, a Tomás. Así me he regido desde hace muchos años (pero no se lo digas a nadie), y así seguiré hasta el final. He reunido materiales para un tratado que demostrará la falsedad de la definición del animale rationale y mostrando que sólo debemos hablar de un rationis capax. Sobre este sólido fundamento de misantropía (aunque no a la manera de Timón) se levanta el edificio entero de mis Viajes. No alcanzaré la paz hasta que todos los hombres honestos compartan mi opinión. Deberás, en consecuencia, abrazarla de inmediato y convencer a todos los que merezcan respeto. El asunto es tan claro que no admite controversia. Te apuesto cien libras que tú y yo estamos de acuerdo en este punto.

El hombre no es el ser que piensa, es el animal que se olvida de pensar. Ideales, naciones, oficios: abstracciones detestables. Y sin embargo, desafiando la entelequia de la humanidad, hay hombres y hay mujeres.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.