La semana pasada presenté unos libros en Puebla. La ciudad está bellísima, se come muy bien y, contrario a mis prejuicios, la gente me pareció perfectamente afable y agradable. Tuve, además, dos encuentros inesperados… con elefantes blancos, una especie zoológica que es, por definición, rara.

Antes de adentrarme al caso, quisiera anotar unas ideas generales. El elefante blanco es un tipo de obra magna que se presenta en tres modalidades: la privada, la pública, y la privada que está construida con bienes públicos. Así, por ejemplo, el “Partenón” de Durazo fue en su tiempo ejemplo de elefante blanco privado, aunque financiado con bienes de origen público, mientras que el edificio del periódico Reforma —que imita y magnifica el estilo pionero de Durazo— pertenece a la modalidad privada. El Museo Soumaya de la Plaza Carso, por su parte, también pertenece a la especie paquidérmica privada, financiada con bienes de origen público.


Ilustración: Patricio Betteo

Hay algunas diferencias entre los ejemplares de estas subespecies. Los elefantes blancos privados comunican que, así como se ven de grandes y opulentos, sus dueños son todavía más extraordinarios. De hecho, en manos privadas, el elefante blanco suele funcionar como una especie de prótesis, cuyo lujo y bizarría es proporcional al tamaño de los complejos de su dueño. “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. El elefante blanco suele ser un monumento a todo aquello de que carece su dueño.

Por otra parte, el elefante blanco privado montado en fondos públicos a veces busca transmitir otros mensajes. Si hablara el Museo Soumaya, por ejemplo, diría: “El hombre que me mandó hacer este museo es un patriota, que le devuelve a México su fortuna en obras de arte, envueltas en un magnífico tornillo futurista de cristal y hierro”. El edificio dice eso, pero el elefante blanco sirve también para distraer la atención del público de la fortuna granjeada por Carlos Slim con el desarrollo inmobiliario realizado en “Nuevo Polanco”, que fue posible justamente por la donación del famoso elefante. De hecho, una característica del elefante blanco es que, en el acto de maravillar, distrae.

En Puebla conocí dos elefantes blancos: el Centro Cultural Universitario de la BUAP, y el Museo Internacional del Barroco. El Centro Cultural Universitario de la BUAP comparte el componente de la especulación inmobiliaria con el Museo Soumaya, pero a fin de cuentas me dio la impresión de ser un elefante bueno. Me gustó.  Finalmente, hay ahí un auditorio enorme, un teatro, una librería bellísima y en toda forma; una escuela de artes plásticas, espacios de danza y para ver cine de arte, restoranes y cafés. Al final me pareció bien que hubiera una inversión en cultura de ese tamaño, aun cuando sean evidentes los delirios faraónicos que la hicieron posible. El elefante blanco siempre nace de un delirio. Clarísimamente, esa misma inversión se hubiera podido ejercer de manera más sensata y menos grandilocuente pero, con todo, al menos el espacio cultural ahí está, y estoy seguro que gracias a que existe habrá cada vez más eventos que enriquezcan la vida de los poblanos. Lo de la BUAP es un elefante blanco, pero qué bueno que existe.

El otro elefante, el Museo Internacional del Barroco, en cambio, me produjo malestar. Se trata de un edificio que le encargaron a un arquitecto famoso, el japonés Toyo Ito, y que por lo que dicen costó más que el edificio del Guggenheim en Bilbao (seis mil millones de pesos). Sólo que el Guggenheim transformó a Bilbao, y este museo está destinado a ser visitado por un público cautivo de niños de escuela.

Para empezar, es raro que hayan ubicado a un edificio así de precioso junto al trébol de una supercarretera, evidentemente para apuntalar un complejo desarrollo inmobiliario multimillionario, donde están el Centro Comercial Angelópolis, el Tec de Monterrey y el elefante blanco de la BUAP. Es una zona inhóspita, dominada por la carretera y los estacionamientos, imposible para el peatón. Así que el barroco, que en su estética se preocupaba tanto por la escala humana y por las reglas de la proporción áurea, es celebrado en un espacio hecho a la escala del automóvil.

Adentro del museo hay una colección decepcionante. Para adquirirla aparentemente saquearon otros museos que existían antes en Puebla. Aun la colección es al final muy poca cosa comparada con el edificio. El barroco —famoso por su horror al vacío— en Puebla es celebrado con un museo vacío, donde la pobreza de la colección permanente queda mal encubierta por un conjunto interminable de audiovisuales y pantallas interactivas. Si se trata de eso, mejor navegar en casa (digo).

La desproporción entre el edificio y la colección me pareció tan exagerada que busqué artículos sobre este museo, y encontré, entre algunas más, una crítica excelente de Josué Cantorán, publicada en Horizontal, donde explica que este elefante blanco fue un negocio millonario de, entre otros, Jorge Hank Rohn y Juan Armando Hinojosa Cantú (del Grupo Higa), amantes ambos del arte del elefante blanco.

Después de ver la colección, subimos a comer al restorán del museo. Norma pidió de entrada un plato de fideo seco y le trajeron un plato grande como un lienzo con un fideo seco pequeñito, copeteado con una “espuma de queso cotija”.

Parafraseando la vieja sentencia de Marx, a veces todo lo sólido se disipa en espuma.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.