No sé quién inventaría el dicho que completa la frase con “sólo difuntas”. Quien haya sido, se equivocó del tal modo que desde la Nebulosa de los muertos arrepentidos ha de sentirse confuso al ver cuántas mujeres se han unido en los últimos tiempos para hacer pública su coincidencia y trabajar por lo mismo.

No siempre se llamaron feministas quienes quisieron vivir como si las mujeres tuvieran los mismos derechos y el mismo deber ser —inteligentes, audaces, creativas— que los mejores hombres.

Acercarse al mundo y hacerlo suyo sin miedo y sin reservas fue la vocación y la voluntad de muchas mujeres juntas a lo largo del siglo XX.

No las más, nombraron feminismo a su pensamiento, pero sí tantas otras sencillamente se comportaron como tales.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Yo tuve la fortuna de vivir cerca de mujeres así. Mis tías abuelas, las tres, se casaron con hombres abusivos e inútiles y las tres dijeron hasta aquí. Se divorciaron en los veinte, época en que hacerlo era como desnudarse a media calle. Y se ganaron la vida, el destino y la manutención de sus hijos con más entusiasmo que lamentos. Es más, lamentos no hubo. Se decía en mi infancia que ellas fueron raras, pero mi madre, a la hora de ser viuda de esposo y viuda de hermana, porque ella tuvo esas dos ausencias claves casi al mismo tiempo, supo salir adelante y no dejarse ningunear ni por sus hijos. Y eso que nosotros éramos una pandilla demandante que, supongo que para su fortuna, no sentimos pena por ella. Demasiado preocupados por nuestro destino dejamos en paz el suyo. Y ella lo tomó por su cuenta sin arredro y aunque nunca se nombró feminista, en la práctica, revolucionó su vida. Su manera de pensar cambió al tiempo en que cambiaba su manera de vivir. Lo mismo que les pasó a miles de mujeres.

Yo me recuerdo desafiando cosas que di siempre por debidas: el pudor, la virginidad, el tedio. Y pasando del dicho al hecho y al contra hecho en una misma noche. También a ese desafío lo nombramos feminismo. Porque a su amparo nos sentimos acompañadas.

Pero la historia de las mujeres juntas viene de siempre. Tan de siempre y de tal modo activa que no daban los minutos ni para escribirla, ni para regodearse en sus logros. Quizás por eso yo quise escribir historias inventadas sobre realidades inequívocas. Muchas mujeres, mucho antes que nosotras, hicieron una revuelta silenciosa, pero tenaz. No se veían, de sus logros se hablaba poco, parecían efímeros o casuales, pero sus actitudes, sumadas, sin tregua, nos heredaron el mundo de libertades al que accedí en los años setenta como quien se asoma a espiar un horizonte aún entre paredes. Pero horizonte al fin.

Las mujeres que me ha tocado contar no dejaron que les pasara lo que a Emma Bovary o a Anna Karenina, encontraron caminos y huecos por los que entrever el horizonte y buscarlo. De aquellas paredes también nos hemos ido librando, aunque aparezcan otras, un laberinto de caminos hacia lo que parecía imposible, que se ha ido aclarando incluso cuando más oscuro está.

De acuerdo, muchas veces se siente que nos aprietan el cuello y nos empujan para atrás y la gente en la que confiamos sale con sus domingos siete y se alía con las peores patrañas, pero aceptemos que ya se habla de lo que no era imaginable. Que, por ejemplo, el silencio en torno al placer sexual de las mujeres como una búsqueda de la equidad ya se ha roto en buena parte del mundo.

Claro, seguimos siendo las menos y las más privilegiadas quienes hacemos con nuestra vidas, nuestros cuerpos y nuestro destino lo que mejor nos parece, pero créanme las jóvenes, y recuérdenlo las desencantadas, estamos mejor. Entre otras cosas, porque lo malo se nota más. No se niega. Se intenta derrotarlo.

Sin duda, falta mucho. A veces, incluso, falta rehacer lo que ya se había conseguido. Volver a ganarse un derecho que ya se tenía.

Me hizo pensar, en todo esto que aún no conseguimos, Marta Lamas, en enero pasado, cuando leí el recuento de todo lo que la tenía “desilusionada y confundida”, viendo para el país y el feminismo un futuro peligroso que la entristecía, pero aceptándose incapaz de dedicar su tiempo a cuidar su jardín.

Hay mucho por hacer. No van a ganarnos ni el fanatismo religioso, ni la cerrazón mental. Tampoco este juego del odio a todos los hombres y la fascinación con toda ocurrencia femenina. Es lógico el enojo con la violencia cada vez más altanera. Hay que reaccionar y pelear contra eso con más valentía que antes, pero, verás, Marta, también las jóvenes feministas que te preocupan, las que encuentran en casi todo una conspiración misógina han de aprender la importancia de los matices. La primera revista Fem, GIRE, Semillas, Debate Feminista, el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, y todo el trabajo de tantos otros grupos, de tantas mujeres aliadas, sin proyecto preciso ni siglas ni teorías, para apoyarse en lo cotidiano, que puede ser crucial, no ha sido en balde.

Hay mucho sembrado en este jardín. Aunque nos desafíe lo que no se ha podido, habrá un tiempo en el que dedicarle un día internacional a la mujer no será necesario, todos los días los tendremos tomados, para bien. Las mujeres, juntas.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

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