El 4 de febrero de 1738 fue ahorcado en Stuttgart el antiguo consejero del duque de Würtenberg, Joseph ben Issachar Süsskind Oppenheimer. Asistieron a la ejecución alrededor de 15 mil personas. El cadáver de Oppenheimer fue exhibido en una jaula, para escarmiento de todos. La historia del judío Süss tuvo una larga posteridad.

Oppenheimer era de familia judía, de Heidelberg, y había sido comerciante y prestamista, financiero, exitoso en ese espacio intermedio de prebendas, monopolios y concesiones, entre lo público y lo privado, en que fue cobrando forma el Estado moderno. Su momento llegó de manera inesperada, cuando Carlos Alejandro heredó el ducado de Würtenberg, en 1733. Privado del duque, Oppenheimer fue representante suyo en Frankfurt, después consejero en la corte de Stuttgart, responsable de los asuntos financieros, encargado de la acuñación de moneda y de la recaudación de impuestos. Nada para hacerlo muy popular.

Ilustración: Estelí Meza

Su caída fue igual de súbita. Sólo cuatro años más tarde, en marzo de 1737, el duque Carlos Alejandro murió repentinamente, víctima de una embolia. La noche misma de su muerte Oppenheimer fue detenido y encerrado en prisión, acusado de “graves crímenes”.

El comité inquisitorial trabajó durante 10 meses para integrar el expediente. No porque hubiese información masiva sobre los crímenes de Oppenheimer, sino porque no había ninguna. Era un hombre rico, poderoso, no muy devoto, aficionado al lujo —poco más. Los magistrados interrogaron a todos quienes habían estado cerca del consejero en algún momento, a sus colaboradores, a su familia, antiguos conocidos de la comunidad judía, detuvieron a algunos, investigaron a otros, los amenazaron, al propio Oppenheimer fue necesario someterlo a tortura para que ofreciese respuestas satisfactorias.

Los investigadores sabían con seguridad que el judío Süss era culpable —era un secreto a voces. A partir de eso, tenían que inferir los hechos concretos. Sabían que había traicionado al duque, que lo había engañado, que se había enriquecido a costa del tesoro público, y eso les permitía deducir los delitos que debía haber cometido. Pero necesitaban que alguien ofreciese una corroboración. A veces lo conseguían: Mordechai Schlöss, por ejemplo, del gueto de Frankfurt, influyente en la corte de Würtenberg antes del ascenso de Oppenheimer, pudo decir a los inquisidores que éste sin duda engañaba al duque, falsificando las cuentas —él no había sido testigo de ninguna operación así, pero estaba seguro. Para Philip Friedrich Jäger, el más enérgico de los magistrados, tenía importancia especialísima la vida sexual del acusado (en una ocasión fue por su cuenta a la casa del secretario de gobierno Faber para interrogar a su esposa, Christina Dorothea Faberin, que en otro tiempo había tenido relación con Süss —para Jäger, eso sólo podía significar una cosa).

Al final se consiguió elaborar un voluminoso informe que sin mucha información concreta, acusaba a Oppenheimer de prepotencia y corrupción, y de excesos abominables, con insinuaciones que lo incluían casi todo, del incesto a la traición y la brujería. La horca se levantó sobre un cadalso de 10 metros de altura, completamente pintado de rojo.

Es un ejemplo de antisemitismo para libro de texto: el encono desproporcionado, el repertorio de las acusaciones, el entusiasmo popular. Pero no es sólo eso.

Pocos años antes había habido un proceso parecido en Würtenberg. Fue como sigue. Para reconciliarse con su esposa e intentar que le diese un heredero, el duque Eberhard Ludwig rompió con su amante, Christina Wilhelmina Grävenitz-Würben. El 15 de octubre de 1731 ordenó que se le arrestara, acusada de graves crímenes y excesos abominables que tocaba investigar a un comité inquisitorial. Los magistrados fueron integrando un aparatoso expediente, largo, inconcreto, en que había acusaciones de bigamia, adulterio, perjurio, fraude y atentados de lesa majestad. No pudieron completar su trabajo, que hubiera sido un extraordinario éxito profesional, porque Eberhard Ludwig murió antes de que terminase el procedimiento, y su sucesor, Carlos Alejandro, cerró el caso a cambio de 350 mil florines.

No cuesta mucho ver la configuración. A pocos años de distancia, son dos procesos políticos contra extranjeros que han ascendido en la corte, acusados en particular de corrupción, de graves delitos económicos y sexuales. En los dos casos los miembros del tribunal pertenecen al estamento de notables (Ehrbarkeit) de Würtenberg, de donde salían tradicionalmente los consejeros de los duques, hasta que éstos comenzaron a preferir a los extranjeros. Los nombres son los mismos: Schöpf, Harpprecht, Gabler, von Gaisberg y, desde luego, Philipp Friedrich Jäger, que ejerció de fiscal en el caso Grävenitz, y vio interrumpida su carrera cuando Carlos Alejandro negoció el final del proceso —a través de su representante, Joseph Süsskind Oppenheimer.

La insidiosa, inagotable capacidad de violencia del antisemitismo resulta seguramente de esa condición plástica, que lo convierte en argamasa para toda clase de materiales.

En 1940 Viet Harlan estrenó en Alemania la película El judío Süss. Por su colaboración con el aparato de propaganda fue procesado como criminal de guerra en 1945.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.