Lo que hay

Es fácil angustiarse por la situación de México. Nunca tenemos lo que queremos, o no queremos lo que tenemos, que acaba siendo lo mismo. Ampliar la perspectiva suele ser el remedio a esta angustia que, creo, es innecesaria.

En estos momentos, usando dólares comparables, México es la economía número 11 del mundo, y mantiene una tasa de crecimiento (en la misma referencia) de cerca del 4% anual, en parte por la dinámica (2%) y en parte por una mayor capacidad de compra. En lo que va de la década, esta tasa de crecimiento es la cuarta mejor entre los doce países más grandes del mundo. La mitad norte del país (del paralelo 20 para arriba) tiene tasas de crecimiento comparables a cualquier región del mundo, mientras que la mitad sur se mantiene estancada. Importa mucho que la zona más poblada del país, Estado y Ciudad de México, lleve 30 años de crecimiento mediocre.


Ilustración: Raquel Moreno

Como el resto de América Latina, somos un país desigual y violento. Pero somos uno de los que menos respeto tiene por las leyes, y por lo tanto más casos de corrupción. Creo que se lo debemos al régimen de la Revolución, al que las leyes le estorbaban, y que tenía a la discrecionalidad como elemento determinante de la gobernabilidad.

Somos una de las democracias más jóvenes del mundo, ya que antes de 1997 es difícil encontrar un período democrático en nuestra historia que dure más allá de unos pocos meses. Tampoco es fácil localizar un momento en que la federación realmente lo haya sido, más allá de esos terribles años de 1846 a 1848 en los que se perdió la mitad del territorio. No llegamos a un cuarto de siglo con una Suprema Corte realmente autónoma. En todo esto, buena parte de América Latina nos aventaja.

En suma, un país desigual, violento, saturado de corrupción, que abruma. Pero nada de esto es novedoso, ni cayó del cielo. Es producto de nuestra historia. Y de un proceso de transformación que nos ha ido sacando del marasmo del siglo XX, por partes y a una velocidad que también desespera. En ese siglo, la corrupción era natural en el régimen, pero nadie podía quejarse de ella. La mayoría terminaba sumándose para poder funcionar. Y algo similar ocurría con el crimen, organizado y no, que nos ha acompañado en toda la vida independiente del país. Hoy discutimos y empezamos a enfrentar la corrupción. Elegimos a los gobernantes, y podemos reclamarles e insultarlos, si es necesario. Competimos globalmente, a veces incluso ganando. Es decir: no poco de lo que nos abruma se ha hecho evidente porque estamos cambiando.

Pero nuestra transformación se encima con la que ocurre a nivel global, que no es cosa menor. Las nuevas tecnologías de comunicación han destruido la capacidad gubernamental de fijar y controlar la agenda pública en todo el mundo desarrollado. Como resultado, los políticos son despreciados hoy más que nunca antes, y por ello prácticamente ninguno logra ganar una elección. Desde 2016, casi todos vienen de fuera: Trump, Macron, Kurz, Babis.

En ese entorno, nuestros sufrimientos por el cambio se potencian. El justificado rechazo a la corrupción y el enojo por la inseguridad se suman a ese desprecio universal (occidental) a los políticos. Pero es lo que hay, y no hay más.

Lo que viene

Imposible saber qué ocurrirá en la elección de 2018 y por lo mismo maginar al México de 2030 o más allá. La posibilidad de un retroceso hacia el nacionalismo revolucionario, ahora aderezado de golpismo chavista no es cero. Creo que tampoco es muy probable, pero siempre es difícil distinguir lo que se quiere de lo que puede ocurrir.

Supongamos que podemos continuar con el camino iniciado hace un cuarto de siglo. Habrá que resolver los principales retos que hoy enfrentamos.

Primero, y urgente, dotar al gobierno de los recursos necesarios para cumplir las obligaciones que le hemos encargado. No se puede aspirar a ser Dinamarca sin pagar impuestos.

Segundo, igualmente importante, exigir que se utilicen de forma honesta y eficiente. Esto quiere decir castigar a quien no lo haga, terminar con la impunidad, que es la base tanto de la corrupción como de la inseguridad.

Pero hay un tercer reto que enfrentar, en mi opinión el más importante: destruir el sistema educativo de la Revolución, hecho para igualar a todos, eliminando cualquier indicio de liderazgo y creatividad. Aunque los jóvenes mexicanos tienen una calificación promedio que nos ubica sólo debajo de Chile en América Latina, la proporción de esos jóvenes que alcanza el nivel de excelencia es prácticamente la menor en el continente.

El siglo XX fue un fracaso para México debido al régimen que utilizó como excusa la Revolución. El futuro del país pasa por terminar con los restos de ese régimen, incluyendo corrupción, violencia y un sistema de adoctrinamiento que se esconde bajo el disfraz de la educación.

 

Macario Schettino
Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

 

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