Si el tema que hemos sido convocados a tratar es el presente y el futuro de México y si estamos en el arranque de la carrera que decidirá quién será el presidente del país de 2018 a 2024 es prácticamente imposible que la política no lo invada todo. Sin embargo, los mexicanos están hartos de la política y de los políticos después de un quinquenio como el que hemos soportado desde diciembre de 2012. Es en este contexto en el que está iniciando la carrera mencionada. Es decir, lloverá sobre mojado de aquí a julio del año que está comenzando. Gane quien gane, millones de mexicanos volverán a depositar sus esperanzas en el ganador y, más pronto que tarde, este mostrará sus limitaciones. Se olvidarán relativamente pronto las esperanzas y las cosas seguirán, más o menos, como antes, “como siempre”.


Ilustración: Patricio Betteo

 

Entre las actitudes que más llaman la atención a cualquiera que guste de conversar con personas de ámbitos laborales variados y de estratos sociales diversos, destaca la noción que comparten muchos mexicanos de que las cosas no sólo no cambian, sino que nunca van a cambiar. La corrupción secular de nuestros políticos, de nuestros empresarios, de nuestros líderes sindicales y de buena parte de nuestra ciudadanía ha sido de tal magnitud que inhibe en la mente de los mexicanos incluso la posibilidad de imaginar que las cosas pueden mejorar.

La cuestión, me parece, es si este país puede aguantar seis años más de corrupción, incompetencia, desigualdad, clasismo, racismo, abusos, narcotráfico, violencia, secuestros, inseguridad, etcétera. Supongo que sí, pero también supongo que no. Puede ser que el gobierno que tome las riendas del país en octubre de este año pretenda solapar la corrupción que acompañó como una sombra al gobierno del presidente Peña Nieto, pero también puede ser que el vencedor decida revisar las cuentas y las arcas con cierta minuciosidad. Veremos.

Pero basta de política, no sólo porque ya se me fue casi la mitad de mi “reflexión” en ella, sino porque si para algo no sirve la ciencia política, o cualquier otra de las ciencias sociales, es para hacer predicciones. Algunos economistas piensan lo contrario. Al respecto sólo puedo decir que el libro de economía más importante de los últimos años (El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty) es, sobre todo, un libro de historia (económica, pero historia al fin). Piketty, como todo científico social o historiador que se respete, es renuente a hacer predicciones, a pesar de que las tendencias de largo plazo sobre la concentración del dinero y sobre la desigualdad que analiza en su libro podrían justificar el tipo de planteamientos apocalípticos que tanto le critica a Marx.

Ahora bien, a Piketty tampoco le gustan los cuentos de hadas, esos cuentos a los que son tan proclives los economistas estadunidenses y que no pocos en México tienden a creer por motivos que escapan a mi entendimiento. En todo caso, me temo que lo poco que voy a decir sobre el futuro del país tiene algo de cuento de hadas. Me explico. Yo no veo nada ni nadie en el horizonte (Pedro Kumamoto me parece la excepción que no confirma la regla) que me haga pensar que las cosas van a cambiar en el corto plazo. Los únicos signos de que un cambio se está fraguando los he percibido en algunos de los estudiantes universitarios que he conocido durante los últimos años (como estudiantes regulares, en conferencias o en cursos de diverso tipo, ya sea en la CDMX o en provincia). Se me dirá que este “optimismo” es ingenuo en la medida en que, cuando éramos jóvenes, a casi todos nos caracterizaba la pretensión de cambiar las cosas, pero que más adelante la vida nos fue limando este idealismo hasta hacerlo tan chato que, cuando nos dimos cuenta, de idealismo ya no tenía nada. Puede ser.

En un libro que está de moda (Manifiesto por la Historia) un historiador, David Armitage de la Universidad de Harvard, y una historiadora, Jo Guldi de la Universidad de Brown, insisten en la capacidad exclusiva del gremio de los historiadores para ver al futuro con la amplitud de miras suficiente como para diseñar las estrategias que la humanidad debe seguir si no quiere perderse entre tanta información y tanto dato. En otro lugar hice una extensa crítica de todo lo que, en mi opinión, este libro presupone, encierra y refleja. Aquí sólo quiero señalar que desde el surgimiento de las ciencias sociales y humanas como disciplinas, las predicciones de los académicos fallan una y otra y otra vez. La última muestra está a la vuelta de la esquina en términos históricos: el supuesto triunfo del liberalismo después de la desintegración de la Unión Soviética… no comment.

Me disculparán por mi solipsismo profesoral, pero el único futuro que yo veo para todos los mexicanos, no para unos cuantos, lo entreveo en la actitud crítica, el hartazgo y la conciencia social que he percibido de unos años a la fecha en decenas de estudiantes universitarios. Son poquísimos para los cientos de miles que existen en este país, sin duda, pero no tengo por qué pensar que yo he sido mucho más suertudo que otros docentes que laboran cotidianamente en las universidades mexicanas del siglo XXI.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

 

Un comentario en “El presente que nos agobia y el futuro que no llega

  1. Enrique Krauze… ¿por qué no habla ‘bien’ de ti si escribes bastante ‘bien’…? Me convence la esperanza puesta en los jóvenes -especialmente universitarios-, del mismo modo como me conquistó la solidaridad total de los millennials frente a los estragos del pasado sismo 19S-2, cuando por fortuna visité la CDMX de mayo a octubre… Felicidades