Cuando llegué a México hace casi 42 años, la ciudad me parecía tan fascinante que me pasaba las tardes sentado en el escalón de la puerta de la pensión en que vivíamos, en la calle Medellín, simplemente para ver pasar a la gente. Antes había vivido en un pueblo chico, en Argentina. La pregunta que me he hecho desde entonces es ¿cómo puede funcionar esta metrópolis tan incomprensible en su escala y su desorden? La ciudad ha cambiado ante mis ojos y yo apenas creo haber empezado a contestar esa pregunta.

En los años ochenta, una década formativa para mí pero destructiva para el país, mi curiosidad se hizo más precisa y apocalíptica. Ya no me preguntaba sobre la estructura de la urbe tanto como sobre la sorpresa cotidiana de que no se derrumbara. Durante esa década, los pájaros caían muertos por el smog, los edificios se derrumbaban literalmente, la policía extorsionaba sin vergüenza, instituciones de considerable importancia, como las elecciones o la moneda, se iban vaciando de contenido, y el pobre de mí cargaba una navaja en el morral, como si eso me protegiera de algo.


Ilustración: Alberto Caudillo

Mi curiosidad era negativa, ¿qué era lo que impedía el colapso del orden social y permitía que cada habitante de la ciudad saliera por la mañana de su casa con la expectativa de que lo que había hecho ayer se repetiría hoy? (Debo aclarar que esta perplejidad no era causada por ninguna sustancia. Si acaso, el alcohol de los reventones semanales servía para festejar por anticipado que todo siguiera en su lugar después de la borrachera.) Supongo que por no tener una respuesta decidí estudiar historia, buscando una certeza en el primer dato que uno aprendía entonces en la carrera: las cosas pasan regularmente desde hace cientos de años. Mientras yo miraba al pasado mexicano, el presente se volvía cada vez más complicado, de una manera que la historia no parecía ayudarme a navegar.

El país no se hundió pero la catástrofe avanzó, hoy nos damos cuenta, con el ritmo lento de la historia social: desigualdad, violencia, desamparo.

Mi pregunta se refinó un poco más cuando estudié un posgrado, en los noventa: ¿qué impedía que todos los habitantes del país se atacaran mutuamente? No había leído a Hobbes todavía pero me hubiera parecido inútil su proyecto de gobierno centralizado dado que el neoliberalismo salinista era lo opuesto del Leviathan: en lugar de unificar con una sola cabeza, ponía a todos contra todos y hacía la vida más corta y brutal. Otra formulación de la pregunta (¿por qué no había más crimen del que ya ahogaba el sistema penal?) ocupó mi tesis de doctorado y mi primer libro sobre el tema. Aduje una respuesta parcial: porque las comunidades que constituían la ciudad (barrios, vecindades, familias) lo impedían activamente, negociando los conflictos y las transgresiones sin ayuda de la policía o de los jueces.

Cuando publiqué el libro en 2001 pensé que el tema caería en el olvido piadoso de las tesis de doctorado. Sin embargo, el crimen no hizo sino crecer en esa década, la pregunta siguió pidiendo respuestas, y yo tuve que seguir investigando la violencia desde una perspectiva histórica. Me impulsaba también cierta molestia causada por la industria para-académica que ya empezaba a florecer, y que a través de asesorías, reportes, artículos y think-tanks, prometía resolver la inseguridad siempre y cuando los gobernantes ya no fueran tan tontos y corruptos.

Como esa condición me parecía deliberadamente ingenua y moralista, reformulé la pregunta para quitar al estado de la ecuación: ¿cómo era posible que los habitantes de la ciudad, o de las ciudades, salieran a la calle cada mañana esperando regresar en una pieza por la noche? Nunca me tentó la respuesta cultural de los intelectuales de lo mexicano: “porque a los mexicanos no les importa la muerte”. No podría haber una hipótesis más contradictoria sobre cualquier sociedad: si a sus miembros no les importara la muerte para qué se organizarían. Hasta Hobbes estaría de acuerdo.

Lo que propuse en mi último libro es que a mediados del siglo XX muchos mexicanos adoptaron dos convicciones: 1) que para salir a la calle cada mañana había que poseer lo que llamo alfabetismo criminal, es decir, un conocimiento detallado sobre las formas, los lugares y los sujetos asociados al peligro; y 2) que las cifras enormes de asesinatos cuentan algo que le pasa a los demás. Esta última idea es profundamente autoritaria: implica que la mayoría de esos hombres jóvenes que se matan entre sí, a la vez asesinos y víctimas, se la buscaron, que su vida no tiene valor. Una formulación pesimista de este hallazgo sería que, para que la sociedad siga funcionando, es preciso que la violencia se vuelva a la vez normal y extraña.

Me resisto a aceptar que esa sea la respuesta completa; es decir, sigo sin entender por qué la gente camina por Medellín. Tal vez andan buscando, perplejos como yo, la verdadera razón por la cual la violencia ha crecido de una manera que nadie hubiera imaginado hace 40 años.

 

Pablo Piccato
Profesor de Historia en la Universidad de Columbia, Nueva York.