El presente es malo e incierto, pero esto no es novedoso. A determinada edad, para cualquiera con dos dedos de frente la palabra “hoy” vira en hartazgo, decepción y maledicencia, acaso por eso hace mucho me refugié en el pasado. Lo que me desvela y sorprende es la fuerte sensación de peligro, vivo y presente, del social, del grueso y violento, que vengo cargando. Quizá es lo que producen décadas del vicio de leer el pasado y de un indebido nomadismo entre Chicago, Ciudad de México y Barcelona. Me pueden los tres lugares, los tres pasados, quisiera que no, pero me pueden. No sé, pero temo, en serio, con un temor que sólo había aprendido, no sentido, al leer actores históricos hablando del fin de una u otra época de paz más o menos larga. Hace tiempo que no sé si me he dedicado a estudiar guerra y paz en el pasado por el presente o si hoy me puede tanto el presente por leer tantos peligros del pasado. No lo sé. Lo que sé es que mi miedo presente, tan cargado de lecciones de pasado, y mi obsesión por el pasado, tan viciado por mi temor presente, no me deja imaginar grandes futuros. Sabiendo las cosas horribles y complicadas, en México, Estados Unidos o España, no puedo dejar de pensar que serán mucho peores y, entonces, “posponer” se me ha vuelto un sinónimo aceptable de futuro.


Ilustración: Adrián Pérez

México, Estados Unidos y España, es una perogrullada decirlo, están a punto de dejar de ser lo que han sido por el último medio siglo. Sólo tengo la ilusión de que el aterrizaje sea lento y que no acabe con todo. Es poca, pero es ilusión. Porque los peligros son muchos y por segundo. En cualquier momento puede suceder un atentado terrorista importante en suelo estadounidense. Recuérdese: antes de 9/11, George Bush, le petit, no era nadie; después, fue el commander in chief del conmigo o enemigo. Con el tuitero mayor, Donald Trump, de commander in chief, el mundo estaría muy cerca de la perdición. Ahora bien, si en el futuro cercano Tump termina o no su mandato es secundario. El mal está hecho. De pasar, lo importante será el cómo. Irónicamente, Trump tiene que durar lo suficiente para que su salida dé para el desprestigio en grande de la política, los extremos de pureza e impureza, dando lugar a un gran acuerdo —sucio, complejo, inclusive feo, pero nada de simpleza ideológica o de mercado.

A su vez, en México los riesgos ya se materializaron hace tiempo. A como están las cosas, López Obrador o cualquiera no sería mucho peor que Peña Nieto o Trump. El verdadero peligro nacional ya lo tenemos: la violencia y el despanzurramiento del tejido político y social a nivel local y regional. Si la bola crece, el riesgo de seria inestabilidad y violencia desbordaría la simplicidad analítica que vamos manteniendo. Y el riesgo es muy mexicano y muy estadunidense; las consecuencias también.

¿Qué tiene que suceder para que los gobiernos mexicanos y estadounidenses enfrenten este tremendo riesgo conjunta, activa y urgentemente cual lo que es, un reto a la sobrevivencia mutua? No sé; en tanto, en Estados Unidos hablan de muros y de prepararse para expulsar la mexicanada que se les venga; en México el tema es la grilla mezquina de turno y la política de Estado frente a Estados Unidos se reduce a que el canciller es cuate del yerno de Trump. Lo peor es que la guerra es tuiteable, pero es invivible. La paz es vivible, pero ¿para qué tuitearla?

¿Y Cataluña, pàtria del meu cor? Ah, yo, historiador mala leche, confieso que tenía guardadas mis esperancitas en el medio de mi profundo descreimiento, y eran dos stories de presente que me ayudaban a enseñar el pasado como algo más que el reinado de “La ley de Herodes”. Eran la España post-1975 y la Unión Europea. Ahora, no comments. Imaginen la decepción. A mí las banderas, todas, me dan diarrea, miedo. Cataluña y España van entrando en el infierno y Mefisto —que es la historia sin conciencia de sí misma, en automático— se frota las manos.

Hoy parece que es normal que pocas sociedades aguanten 40 años de paz, prosperidad y crecimiento de derechos democráticos. Lo extraño es que no se amenaza tirar todo por la borda por la revolución de la igualdad o la del fin del capitalismo o por la democracia contra la dictadura. No. Se arriesga todo por banderas, porque unos quieren ser, bueno, pues lo que ya son: libres, prósperos, europeos, vamos, como son, pero en presentación “república catalana”; otros quieren ser ibídem, pero como comunidad autónoma del reino de España; otros quieren lo que ya tienen pero creen que Cataluña es España, otros ibídem pero que Cataluña es de España, otros ibídem pero que España roba a Cataluña. En fin, todos quieren lo que ya tienen, ese no es el problema; se trata de tentar al inconsciente ibérico —ese que no es otra cosa que caos y violencia— pues por “feelings, oh, oh, oh feelings…”.

Del futuro cercano espérese más de lo mismo. Es decir, à la recherche du temps perdu, Historia, la de siempre, here comes your old friend: Spain.

Del futuro, pues, espero que se tarde en llegar.

 

Mauricio Tenorio
Historiador. Samuel N. Harper Professor of History, The University of Chicago; profesor asociado en el CIDE. Autor, entre otros, de Maldita lengua (Madrid, La Huerta Grande, 2016); y ‘I Speak of the City’: Mexico City at the Turn of the Twentieth Century (Chicago, University of Chicago Press, 2012).