Durante muchos años, todos los meses, pasaba algunos días, dos o tres, en la ciudad de Oaxaca. Mucho de lo que más amo de mi país, y mucho de lo que más detesto, está allá en Oaxaca. La luz que han visto todos sus pintores, desde Miguel Cabrera hasta Francisco Toledo. El paisaje de los Valles, sus tonos ocres y verdes, a veces rojos, las colinas suaves y onduladas del oriente y, en el norte, la silueta inconfundible del Cerro de San Felipe. La arquitectura de la ciudad, sobre todo la de la Colonia, a la vez esplendorosa y austera, que da fe de la abundancia que trajo a la región el comercio de la grana en el siglo XVIII. Y la comida: las tetelas de frijol hechas con maíz rojo de la Mixteca, el mole negro de Los Pacos de Abasolo, las memelas con asiento de La Casa de la Abuela, las tlayudas de la calle de Libres, los tacos de lengua de res con estofado, las nieves de leche quemada con tuna que sirven en la Plaza de la Soledad, el mezcal de todos los agaves del estado: el tobalá, desde luego, pero también el papalomé, el cuixe, el arroqueño y, por supuesto, el tepestate, que huele a alcoholes de acetona. Oaxaca me encanta por todas estas razones: por su gente y por su fiesta, por su cultura y por su historia.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Pero Oaxaca también tiene mucho de lo que más detesto en mi país. Pienso ahora en la injusticia, la violencia y la corrupción. En sus calles están los muy ricos que llegan de la capital a las bodas de Santo Domingo y los muy pobres que tocan el acordeón por algunas monedas en las banquetas de la calle de Macedonio Alcalá. Los ricos son blancos y los pobres son indios. Ahí está, me parece, la explicación de la desigualdad en México. Porque no es una desigualdad de hoy ni de ayer. Otero la señaló a mediados del siglo XIX y Humboldt la vio tras el fin del siglo XVIII, cuando el país era todavía la Nueva España. ¿Por qué tanta desigualdad? Recuerdo que lo comenté con Gerardo Esquivel, allá en Oaxaca. Le dije lo que me parecía que era su causa más profunda: la irrupción violenta de una cultura y un pueblo (blanco, occidental) que no aniquiló (como en Estados Unidos o Australia) pero que sí marginó (como en Guatemala y Sudáfrica) a la otra cultura y al otro pueblo (indio, no occidental). Los países que tienen esa historia son los que padecen la desigualdad más grande, basada en la opresión de los occidentales sobre los que no son occidentales.

Junto a la injusticia: la violencia y la corrupción de una sociedad que piensa en el bien propio, inmediato, y no en la comunidad. Esto se expresa, abajo, en la violencia y el crimen y, arriba, en la corrupción. Viví en Oaxaca la violencia de los maestros, que por meses tomaron el centro de la ciudad, bloquearon carreteras, hicieron perder la escuela a los niños, rompieron y pintarrajearon todo, y provocaron la quiebra de cientos de negocios. También viví en Oaxaca la corrupción de las autoridades, visible en todas partes: en los semáforos que cambiaron sin necesidad, en la iluminación de las plazas que concesionaban una y otra vez, en las calles y las banquetas que estaban bien hechas, pero que deshacían para volver a hacer. El saldo, con todo, era bueno. En medio del horror, había espacios maravillosos, instantes perfectos.

Estoy en una parte de México. Ese es el país en el que creo que vivo. ¿Cuál es el país que veo venir?

Una vez, después de comer mole negro en Los Pacos, con un mezcal de castilla y mi cerveza Santa Helodia, viendo los muros de cantera verde del convento de Santa Catarina, me sorprendí de pronto pensando así: “Voy a extrañar todo esto cuando yo ya no esté aquí”. Fue extraño, porque lo que normalmente pienso es que todo esto no va a durar mucho tiempo, y que es mejor que yo me vaya antes para no ver el declive y el fin del mundo que conocí y amé.

 

Carlos Tello Díaz
Investigador del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM.

 

3 comentarios en “Cuando no esté aquí

  1. Oaxaca debe ser el lugar del mundo con mas topes carreteros; los hay en gran cantidad hasta en los caminos de terracería, los hay por doquier sin motivo ni razón.
    Que dice esto de la mente de sus habitantes y gobernantes?
    …y sí, la cantera verde es muy frágil y se desbarata con facilidad…

  2. Quienes si sabían que la cantera verde es frágil? los que construyeron Monte Alban…
    quienes no lo sabían? Los que construyeron la ciudad de Oaxaca.

  3. Después de leer “Porfirio Díaz: Su vida y su tiempo. La guerra 1830-1867”, la mejor ‘novela histórica’ donde no hace falta crear los personajes -si ya existen en el devenir de México-, y los diálogos resultan una fácil consecuencia de los documentos revisados… cualquiera se vuelve adicto a la pluma de Carlos Tello Díaz… Felicidades por tu narrativa tan propositiva