Si hemos de creer en las verdades que pregonan las novelas que se circunscriben a la llamada “literatura del narco”, el mañana mexicano tendrá el mismo rostro crispado del presente. Será el mismo, aunque es posible que contenga también mayores dosis de psicopatía.


Ilustración: Patricio Betteo

Como he renunciado a seguir los reportes policiacos de la prensa, mi trato con cierta franja de México se ha ceñido a sus novelas y sospecho que muchas de ellas mantienen una secreta dependencia con aquellos escaparates de carne descompuesta. En esa realidad de la ficción volcada hacia la exposición de la violencia, me he topado con un sujeto apodado Matagatos, quien después de abandonar el ejército y la policía se entretiene violando y descuartizando a los niños de su barrio en Ciudad Juárez. He oído a un matón sinaloense hablando abiertamente de su oficio y de la última mujer “que me tocaba bajar y cumplí”, mientras saborea dos tacos de carne asada. He visto el cadáver colgado de una anciana, con los ojos espantosamente abiertos y saltones y con un pedazo de lengua ya negra saliendo de la boca; y he visto a un sicario tomando la cabeza de su víctima entre las manos, como si quisiera absolverlo de sus pecados, y luego soltarle un rodillazo entre los ojos que lo dobla hacia atrás y le provoca convulsiones instantáneas. He sido testigo de cómo las madres de una ranchería cercana a Chilpancingo cavan agujeros a gran distancia de sus casas para ocultar ahí a sus hijas cada vez que a lo lejos divisan un convoy de camionetas negras. Insisto: son imágenes, son figuras, que me ha dado la novela mexicana desde hace ya quince años, no los fuegos de la nota roja.

Desde el mirador de la ficción —o desde la amonestación sociológica disfrazada de impulso narrativo—, se ve un México que avanza con paso resuelto hacia una suerte de feudalización. Ya padecimos las guerras civiles, ya tuvimos un renacimiento cultural, ya creímos disfrutar el milagro económico y ya experimentamos una crisis interminable. Ahora cursaremos una era que fue patrimonio exclusivo de Europa: nuestra propia Edad Media. Los anuncios están a la vista. México será un hatajo de pequeños Estados en manos de señores al frente de ejércitos que impondrán la ley del derecho de piso y la extorsión sobre cuerpos y almas. Esa Edad Media, sin embargo, no guardará parecido alguno con la versión encantada que han imaginado las series de televisión, mucho menos con aquella, la histórica, que vio florecer el pensamiento en abadías y monasterios. Si Michel Houellebecq ha previsto una Francia de velo y orgullosamente analfabeta, por qué no pensar a México a merced de señores que administren la violencia con una trivialidad casi macabra.

La feudalización del país traerá como consecuencia un clima permanente de guerra: el señor de Torreón hará lo posible por conquistar los dominios del señor de Fresnillo y éste los de Altamira. De modo que la violencia no solo seguirá prosperando sino que reforzará las complicidades con el negocio de las armas, siempre de la mano de los avances tecnológicos.

Vaya paradoja: en la Edad Media mexicana los señores tendrán acceso a los juguetes militares que podrían ser la aspiración industrial de un programador de videojuegos en California y con tal poder en sus manos resucitarán el tiempo en cual el género humano solo veía por la supervivencia. El talento será cuestión de hacer lo que el otro ha tardado en hacer.

En cuanto al centro, es decir, en cuanto a la Ciudad de México, la nueva urbanización prefigura ya el orden físico de las estructuras sociales de mañana. Si ahora las torres inexpugnables sirven de asiento y hogar a las grandes corporaciones y a las familias privilegiadas, qué podemos esperar una vez que el estado de guerra permanente en las periferias se convierta en una amenaza cegadora para un estilo de vida que hace ascos a un lumpenaje colérico que, a fuerza de brutalidad, gobierna vastos territorios. Fuera de esas torres, el paisaje ofrecerá la visión de hordas insatisfechas y hambrientas que siguen en pie solo en virtud del tamaño de su odio. El Rascacielos de J. G. Ballard, con su lógica estamentaria de carácter vertical y sus albercas y centros de recreo a los que aspiran las bandas de borrachos y delincuentes que invaden sus pasillos, parecerá una escenografía a la Walt Disney frente a la naturaleza insular de esas torres que, como una anomalía, se elevarán sobre la Ciudad de México.

Es posible suponer que el mañana ya está hoy.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.