La pregunta que viene a mi mente parece sencilla de expresar: ¿existe todavía un país llamado México? Es una pregunta que puede responderse de una gran diversidad de maneras, mas ello no le resta oportunidad ni valor. Se trata de una pregunta que, sobre todo, expresa un desasosiego individual, el cuestionamiento de alguien que pone en duda la existencia de una entidad social o comunidad a la que desea pertenecer. Si una parte de mí es contundente cuando me dice que mi patria es la lengua en la que escribo, mis libros, mis amigos y las personas que he amado; otra, en cambio, insiste en darle un lugar a la tradición que me ha alimentado durante buena parte de la vida y al deseo de pertenecer a una tierra capaz de darme refugio. Un país o una tierra que se revele como el lugar en donde yo desearía morir. Estoy cierto de que existen preguntas que no deberían hacerse porque carecen de sentido y detonan, al ser exclamadas, los más extravagantes relatos o argumentos. Y, a pesar de ello, preguntarse o dudar de la existencia de un país denota en sí no sólo una coartada o trampa más del lenguaje o del afán humano de conocimiento, sino que, en esencia, devela una íntima desconfianza hacia el futuro que se aproxima.


Ilustración: Kathia Recio

No es verdad que el pesimista lleve ventaja a otros en relación a los asuntos humanos éticos más importantes. El hecho de que su gimnasia consista en un prepararse para lo que él considera un desastre inevitable —en este caso la ausencia de casa o país— no significa que sea incapaz de sufrir la tragedia, ni de que su vida se mantenga firme ante los accidentes fatídicos que él se empeña en aguardar con paciencia. Me anima el recordar la sentencia de Albert Camus, en La caída, cuando escribe: “Desgraciadamente después de cierta edad somos responsables de nuestro propio rostro”. Una sentencia de tal estatura alude a la responsabilidad individual y me invita a no culpar de mis penurias o de mi desaliento sólo a la desventura social. Sin embargo, el hecho de que un pesimista vea el mañana como la mera continuación de un agravio original no le impide llevar a cabo la crítica de su tiempo, ya sea por mera convicción u orgullo: a cierta edad un país también es responsable de su apariencia.

Ponerse los guantes aun ante la imposibilidad de ganar la batalla o de hacer germinar la tierra es un acto de pura voluntad. No miento un ápice cuando confieso que una zozobra amarga, acompañada de un serio escepticismo, me atrapa cuando intento imaginar para México un destino más amable. ¿Por qué? Veo poco probable el advenimiento o edificación de un futuro en el que la justicia —en todos sus órdenes—, la libertad individual y el bienestar social sean en verdad posibles. Es, claro, mi experiencia la que habla. No se puede juzgar desde ningún lugar, ya que no somos dioses ni poseemos la capacidad de salir completamente de nosotros mismos a la hora de criticar, de ofrecer juicios sobre el mundo, o de presentir la tragedia.

Permítanme describir algunas nociones que sepultan mi optimismo a la hora de pensar en un mejor futuro para México.

La globalización no es un humanismo, sino sólo un negocio sin fronteras. El concepto de democracia se ha erosionado a tal grado que deja de ser comprensión de la diferencia o del bien común —procuración del bienestar general— y se transforma en pretexto para continuar con la corrupción política y la anómala distribución de la riqueza.

Tampoco encuentro a una población de individuos reflexivos capaces de urdir comunidad; más bien veo, en su gran mayoría, a clientes, espectadores y atunes atrapados en redes que no fueron diseñadas por ellos, sino para ellos: el amansamiento y desaparición del individuo, de la conversación entre diferentes, impide que la noción de país tenga ya un sentido confiable. Sospecho que la representación pública o política tampoco posee en México un lugar o una coherencia reconocibles: los legisladores, señalaría David Hume, no están hoy al tanto de su importancia técnica en la creación de horizontes humanos respirables.

No he querido ofrecer aquí argumentos rebatibles, ni certezas carentes de fisuras. Algunos escritores debemos mantenernos lejos de los dogmas, de las soluciones únicas y dedicarnos a construir puentes entre el lenguaje y la experiencia individual; al fin y al cabo la figura o función del escritor comienza a nublarse en esta época poblada en general por seres domesticados y sin memoria.

Recuerdo que, cuando cursaba la preparatoria, un libro me lanzó de lleno a la literatura: Las buenas conciencias, de Carlos Fuentes. En el ocaso de la obra, el joven personaje y centro de la novela, Jaime Ceballos, es confrontado por un religioso que le pregunta si acaso el auto escarnio, la laceración continua o su incapacidad de perdonar el agravio, cambiarán en algo la naturaleza humana. Ya desde aquella lectura yo mismo presentía que la batalla social se hallaba perdida y que, no obstante, obtendría de esa derrota alguna clase de vitalidad, un impulso ciego para continuar en esta insólita búsqueda de un lugar habitable.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.