En tanto imaginado, me enfrento a un México roto. La idea de México ha perdido tracción emocional como referente simbólico capaz de imprimirle sentido y propósito al colectivo que denominamos “México”. Contribuyó a ello el desgaste progresivo del proyecto nacionalista de la posrevolución y su entierro final a manos del TLCAN. De esa invención compuesta por Diego Rivera y Vasconcelos, por la tríada PRI=EstadoMexicano=México, por definirnos en contraposición a los gringos, por María Félix y Pedro Infante que se resumía en lo de como México no hay dos. Los cerca de 30 años de medirnos contra un ideal imposible (Estados Unidos, Dinamarca, you name it) que no tiene nada que ver con lo que somos o pudiéramos ser, han contribuido mucho también a la fractura que nos recorre y al disgusto profundo que últimamente nos produce mirarnos al espejo.


Ilustración: Belén García Monroy

En lo tangible y cotidiano, experimento un país más desigual y descarnadamente injusto que nunca; uno escalofriantemente violento, y uno en el que el cinismo y la ceguera lateral se han vuelto epidémicos. Las élites mexicanas, como siempre, medrando con los activos y el trabajo de todos, sólo que ahora con voracidad inaudita y sin recato o nobleza alguna. Muchos de los ricos y las clases medias más acomodadas instalados en la frustración repetida de no vivir en el gabacho, mientras disfrutan las mieles de ejércitos de servidores de bajo costo y lamentan la “pérdida de valores” que vive el país. Las clases medias de a pie demandando legítimamente que sus impuestos se traduzcan en servicios públicos mínimamente funcionales, y, junto con amplios sectores sociales, asqueadas por la corrupción escandalosa y exenta ya, sobre todo, de cualquier pudor. Los pobres bregando cada minuto con las injusticias rampantes de un país que los celebra en leyes y discursos, al tiempo que los margina, pisotea y exprime sistemáticamente en cada trámite, en cada esquina, en cada día (o no) de raya o de quincena.

Veo a nuestros políticos enredados en un laberinto de complicidades insondable, hermanados por el único pacto que les queda y, simultáneamente, los inutiliza para trabajar por el bienestar colectivo: el de la impunidad. Un gobierno que opera correctamente en unos cuantos bolsones tecnocráticos, sobre todo para beneficio de una minoría con privilegios de vértigo. En lo general, sin embargo, veo un gobierno cuyo trabajo central consiste y ha consistido siempre en organizar la desigualdad orillado por la desconcentración del poder político, la hiperconcentración del poder económico y el desmadejamiento de las viejas estructuras corporativas y clientelares a enfocarse en la producción de gobernabilidad mínima (cada día más precaria y fragmentaria) a un costo en vidas y en recursos progresivamente mayor.

En suma, vivo hoy a México como una pirámide desgarrada que cercena posibilidades, talentos y potencias un día sí y otro también. En la cima: soberbia y negligencia; abajo: apuro y lucha por la supervivencia; y en el medio: frustración y enojo en aumento. En el conjunto: desamparo, pérdida de brújula y fibra moral, coraje contra lo que nos devuelve el espejo, angustia frente a un futuro incierto percibido como más allá de nuestro control, desperdicio a raudales de nuestras riquezas diversas y obstáculos insalvables para producir más y repartirlas mejor.

Atisbo o quiero atisbar posibilidades distintas en el horizonte.

Conjeturo en los abrazos continuos y apretados que nos damos, un país que se abraza. Quiero ver en esos abrazos entrañables una colectividad posible que se vertebra y deja de odiarse por no ser lo que no puede ser y por saberse (en el fuero íntimo) en falta mortal por cometer y permitir, a diario, tanta atrocidad y despropósito los unos para con los otros.

Imagino en la sonrisa cariñosa de la cajera de una farmacia un país en el que las mujeres no viven con miedo. Un país en el que los pobres y los ricos no sean, inevitablemente, herederos, respectivamente, de pobres y ricos. Un país en el que el hijo de la cajera consigue saber que lo que quiere ser en la vida es director de orquesta y logra hacerlo realidad.

Conjeturo en los chicos mexicanos que ganan cada vez más concursos internacionales de robótica un México potente, seguro, azotado y medio caótico que, en lugar de encadenar a cada a uno a su origen, se vuelve trampolín de muchos brazos para que todos sean lo que pueden ser con su puro empeño, creatividad y trabajo.

Entreveo en las fracturas al interior de la élite política y del enojo del sector privado más grande contra el gobierno actual ranuritas de oportunidad para un cambio de fondo. Para una transformación audaz, gradual y sostenida hacia un orden político, económico y social más incluyente y menos injusto. Para la construcción de un país en el que quepamos y podamos todos.

 

Blanca Heredia
Profesora-Investigadora del CIDE y coordinadora general del Programa Interdisciplinario sobre Política y Prácticas Educativas (PIPE).

 

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