Hemos entrado al siglo XXI de manera precipitada como si una locomotora abriera brecha a la confusión que arrastra el país. A lo largo de la vía, se acomoda un inmenso arsenal de palabras para nombrar los gobiernos, la vida política y social, las carencias y los errores, y nos perdemos en ellas porque aparece ante nuestros ojos el signo de la violencia con mayúscula. Todo México es un desconcierto, cada ciudadano siente que algo se ha roto, en estos últimos 25 años, que no podrá ser reparado, y es lo que están registrando la crónica, el arte y la literatura en una moda a veces exacerbada. Alguien dijo que somos los libros que leemos, pero yo pienso con Joan Didion que somos el paisaje en que crecimos, porque antes de los libros estuvo la tierra en que nacimos, los cielos y los árboles, los ríos o las playas, los cerros o las cañadas, los rascacielos, multifamiliares o condominios que nos rodearon.


Ilustración: Alberto Caudillo

La palabra que no miente es la del poeta pero no siempre los poetas dicen la verdad; a veces se equivocan o meten la pata (¿Ezra Pound el más visible?), y sin embargo, la poesía es género libre y herramienta sólida para los tiempos que corren en que el miedo nos acosa, día y noche, en todas partes, pero principalmente donde vivo, en la que fue la región más transparente del aire, donde lo único transparente es la inseguridad, el signo que nos define. También soy vecino de Tepoztlán y cuando estoy ahí y en la noche oscura oigo un ruido extraño, lo relaciono de inmediato con el delincuente que nos asalta, con el asesino que viene gratuitamente a cobrarse lo que piensa que le deben la sociedad, el gobierno, su madre o sus fantasmas. Se arrastra por las paredes del sueño y cuando amanece y veo la luz, descubro que estamos vivos, contentos de ver un día más. Entonces sé que voy a tomar un libro y a disfrutar de la paz augusta del campo; viene el día y sus rutinas o sus sorpresas, se disuelve en el crepúsculo que se lo lleva, y en la noche siento de nuevo al miedo volar cerca y atraparme. Es además un miedo imponderable, a veces abstracto y que surge de la corrupción galopante y de la impunidad sin remedio que nos asedia. ¿Cuándo perdimos el rumbo? ¿Cuándo lo vamos a recobrar?

De hoy en adelante ya el país no me interesa porque tengo la impresión de que delira, de que se ha desquebrajado; el futuro es una utopía, pero bastaría recordar la corrupción a galope que muestra Balzac en Las ilusiones perdidas para saber que tendremos que esperar dos siglos. El arte es la única herramienta que nos permite “adivinar” otro cielo, otra vida pública, otra orilla; la vida de hoy se centra en un diccionario rico en vocablos de alcurnia: extorsión y crimen. El vocabulario que pondera a diario la prensa, novelas y cuentos, videos y documentales produce una sensación de que todo está perdido o carece de sentido. Nuestro reino es el del crimen gratuito. “Madero y su mirada que nadie/ contestó por qué me matan”. La realidad parece ficción.

En la provincia frecuentada en la infancia veía tranquilidad y futuro, en la de hoy me asaltan sensaciones de impotencia y de desafío creadas por la red del narcotráfico y de la delincuencia: Veracruz, “rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar”, en 2017 es un “rinconcito” donde hacen sus demostraciones obscenas Los Zetas con los decapitados. Mi cartografía del miedo me lleva a Tabasco, y nada ni nadie es capaz de entender dónde quedó el pantano silencioso, la ceiba alumbrando el cielo; la magia de la poesía de Pellicer, Gorostiza y José Carlos Becerra se diluye en la cruda verdad de la violencia que ensombrece la vida cotidiana. Leo “Todo se inauguraba ante mis ojos./ Todo era abrir el cielo a todas horas”, que escribió Pellicer; “anda putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo”, le contestó Gorostiza; y Becerra juntó las voces de los dos: “Volveré a surgir el día que rompa los vidrios de mi muerte!”. En la ola de oscuridad y de zozobra que a ratos azota al estado olmeca, las palabras de sus vates parecen rodar por el suelo, pero también pueden ser el aislante indispensable para no pensar el Mal. Nuestro futuro lo escriben los redactores de un texto que inventa y recrea la vida de hoy por el medio que escoja el artista. Yo, como profesor universitario, observador de “los hechos”, veo el suburbio, los enfermos, los elementos que le dan fisonomía —una fisonomía patológica— a la ciudad. “He aquí la ciudad, el nombre mismo del Avatar,/ el personaje enterrado en su máscara y su clarividencia”.

 

Álvaro Ruiz Abreu
Escritor, biógrafo y profesor de la UAM-Xochimilco. Su último libro es La esfera de las rutas: el viaje poético de Pellicer (2014).