El mañana en México suele ser un lugar donde se guardan los fragmentos de los deseos que se estrellaron contra la realidad. Es el cementerio de los proyectos fallidos. De esas ruinas emana la melancolía que alguna vez sirvió para delinear el perfil de la identidad nacional pero que hoy es la expresión del desaliento que sufre un sector de las clases medias y buena parte de la intelectualidad. Este desencanto parece chocar frontalmente con el ánimo de la mayor parte de la población que, si hemos de creer en las encuestas, no vive sumida en las horas negras del pesimismo. Aún los sectores más pobres parecen librarse de estos sentimientos de derrota, aunque sin duda sufren intensamente los rigores de la miseria. Quienes más sufren el desencanto son los que se ilusionaron con la democracia entendida erróneamente como la sanadora casi automática de los grandes males que sufre el país. No han comprendido que la democracia no es un mecanismo de superación inmediata de la pobreza, el atraso y la corrupción. Estas desilusiones son muy conocidas desde que Tocqueville en el siglo XIX descubrió asombrado la peculiar melancolía que en Estados Unidos se extendía ante el fracaso de la democracia por alcanzar la igualdad para todos.


Ilustración: Alberto Caudillo

Es una inquietante paradoja que muchos mexicanos, ante la cercanía de las elecciones de 2018, comprueben que es imposible vaticinar con certeza el desenlace político y al mismo tiempo estén convencidos de que la democracia no funciona en nuestro país. Durante decenios México vivió en la certidumbre de que en todas las elecciones ganaría el partido oficial que encarnaba el nacionalismo revolucionario y pretendía representar la auténtica identidad de los mexicanos. La única inseguridad política durante el antiguo régimen consistía en la niebla que rodeaba a los “tapados”, los altos funcionarios que aspiraban a la presidencia y a las gubernaturas. Pero ese misterio interesaba solamente a una minoría. Cuando llegó la sana incertidumbre democrática, cundió la desilusión.

Hoy estamos en México ante la presencia de tres grandes configuraciones políticas que aspiran a la presidencia: el PRI que oscila entre lo antiguo y lo moderno, los partidos de Por México al Frente y el populismo de Morena. No es posible tener certeza del desenlace electoral. Todo dependerá de hacia dónde se decante el partido en el gobierno y de si cristaliza con éxito el nuevo Frente de oposición. La coyuntura política es muy interesante y reveladora. El momento político debería ser apasionante, pues está preñado de sorpresas. ¿Volverá a ganar el PRI? ¿Triunfará por fin López Obrador? ¿Vencerá el experimento del Frente?

Pero las pasiones dominantes parecen ser el mal humor, el resentimiento y la desilusión. Habría que explorar estos sentimientos y tratar de entender a qué se deben. Creo que en parte provienen de la extendida actitud antipolítica que menosprecia a los partidos, a la élite política y al sistema democrático. Esta actitud tiene diversos orígenes. Una fuente de desasosiego emana de los sindicatos que se enfrentan a la pérdida creciente de su influencia y a su marginación; este malestar también procede de las organizaciones populares que formaban la clientela incorporada al viejo sistema autoritario, como las que tenían su base en el campesinado, y que están retrocediendo y volviéndose superfluas. También es notable el desasosiego de grandes sectores de las clases medias ante la corrupción que corroe a las instituciones políticas, judiciales y policiales. La zozobra se expande como consecuencia de esa terrible putrefacción social que es el narcotráfico, con toda la extrema violencia que desencadena. Hay que agregar el malestar impulsado por los partidos y líderes políticos perdedores que no aceptan sus derrotas y que derraman su amargura en la sociedad.

Los ejemplos de los sentimientos de frustración son innumerables, desde los sindicatos de petroleros y maestros hasta los espectáculos sinestros de corrupción policiaca en Iguala y en tantos otros lugares. Se agregan los malhumorados políticos que no aceptan sus derrotas y con ello estimulan las actitudes antipolíticas que siembran en los votantes una gran desconfianza, una suspicacia que acaba dañando a sus propios instigadores. Hay que sumar la presencia a veces iracunda y con frecuencia triste de las corrientes infrarrealistas, como las he llamado, que fluyen por debajo de la realidad, a veces por canales subterráneos, pero que en ocasiones hacen erupción en vigorosos brotes de descontento. Son corrientes de izquierda antisistémica como los militantes y simpatizantes del EZLN o de otros grupos con vocación guerrillera, que son muy sensibles a los extendidos males sociales y a la brutalidad de la policía. Reaccionan también contra la deriva priista de partidos de izquierda.

Así se van abriendo las extensas grietas del desencanto. De ellas surgen los aires enrarecidos de la sospecha y la duda. Las burocracias políticas tienen muchas dificultades para enfrentarse a estos humores que emanan de la descomposición de vastas porciones del gobierno y de las instituciones. Sin embargo, no todo el territorio político está contaminado por estos efluvios malolientes. Una gran parte de la población es ajena a esta zozobra debido a que tiene otras inquietudes. En muchos casos la preocupación por sobrevivir, por trabajar y por ascender socialmente predomina sobre los sentimientos de desengaño político, pues una masa social muy grande no esta siquiera interesada en el funcionamiento del sistema político y poco le importan las elecciones. A veces nos olvidamos de que las inquietudes políticas están poco extendidas en México. Otros problemas son más agobiantes y para muchos la imagen del mañana no incluye la cara adusta o los discursos aburridos de los lideres políticos.

 

Roger Bartra
Escritor y antropólogo. Investigador emérito de la UNAM. Su más reciente libro es Historias de salvajes.

 

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