Crecí jugando en la calle todas las tardes después de hacer la tarea. Los niños de la cuadra nos juntábamos y si no era la bicicleta lo que nos apasionaba, eran los patines o “el bote”, “uno, dos, tres por mí”. No conocíamos el miedo, nadie nos cuidaba. Éramos felices jugando matatenas con piedritas. Entrábamos y salíamos de las casas, que permanecían con la puerta abierta, como si nada. Íbamos por un suéter o las canicas o una pelota o los trompos. Los niños de ahora no gozan de esa libertad ni pueden salir solos. Los padres viven estresados, miedosos, preocupados. Los niños chiquitos andan en la calle con una correa como si fueran cachorros.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Hace unos días, un vecino picó las llantas de un coche sólo porque se estacionó en su barda. No en la entrada de su casa. No. Pegado a la barda. Vivimos un mundo hostil, peligroso, sin educación y sin respeto por el otro. Hemos olvidado principios fundamentales que hacían la convivencia pacífica, grata. Todo el mundo saludaba en la calle. Te cruzaras con quien te cruzaras: “Buenos días”; “buenas tardes”. Y como si fuera poco, nos movemos en un mundo en que los pobres son cada vez más pobres, donde no hay justicia y el más tonto sabe saltarse las leyes. A mí me asaltaron, y me dio más miedo la Delegación que el robo. ¿Qué puedo sentir? Desesperanza, tristeza, impotencia. ¿Habrá manera de cambiar? En los países más avanzados, te obligan al cambio: si no separas la basura, te multan. Si cruzas una calle donde está prohibido, te multan… Te obligan a participar en el cuidado del medio ambiente, en la civilidad.

Acabo de leer en el periódico un largo artículo sobre la educación, de Olga Sanmartín. No me equivoco, ahora los niños no tienen una idea que se acerque a la nuestra de la autoridad. No respetan a los maestros, por la sencilla razón de que tampoco los padres lo hacen, y porque entre los padres y los niños tampoco hay respeto. Vi a una mamá moqueteando a su hijita como de siete años, a la entrada de una primaria a la que yo iba a leer. Y me pasó lo del dicho: “Si te metes de redentor…”. En la escuela me dijeron que había profesores especiales para niños maltratados. Así, con normalidad. Como si fuera natural.

Entre los cambios que se propusieron en la Cumbre Mundial de la Educación en Qatar, para un mundo en que los niños la pasan pegados al celular o a la computadora, y quienes, no lo saben pero están condenados a vivir peor que sus papás, está la enseñanza del civismo, la lectura, aprender a escuchar, las Tecnologías de la Información y la Comunicación, los límites, la ética… ¿Podremos realmente generar ese cambio? Debería ser obligatorio el servicio social, el dar un poco de nosotros mismos a los demás.

Yo siento que vivo un mundo en crisis general: económica, de valores, justicia, paz, corrupción, inseguridad, pobreza. Estamos acabando con el medio ambiente. ¿Qué más?

Vivo donde no hay respeto por el otro, donde la gente amanece prendida a las redes sociales y, paradójicamente, no conoce lo más sencillo: la comunicación de persona a persona, de grupo. Y tengo la sensación de que los adultos ya no podemos salvarnos; pero tal vez, si nos ponemos a trabajar para los niños de ahora logremos hacer mejores seres humanos.

No soy optimista, he perdido la esperanza en el México de mañana. Lo siento. Quisiera decir que vendrán tiempos mejores, pero lo dudo, sinceramente lo dudo. El año que viene tendremos elecciones y sé que van a estar difíciles. ¿En manos de quién iremos a parar? ¿Se irá a respetar el resultado de las elecciones gane quién gane? No sé. Acabo de ver a Héctor Díaz Polanco (saludos) en un video, diciendo que está en la dirigencia de Morena, suspirar porque lleguemos a ser como Venezuela. Que México se integre a la revolución Bolivariana… ¿Pues que no ve? ¿No lee? Está difícil lo que nos espera, no hay tela fina para cortar. Yo deseo un cambio para bien de todos, en libertad, democracia, respetuoso de las leyes, de los derechos humanos, honrado. ¿Es mucho pedir? Un cambio que castigue la corrupción, que aliente el trabajo no sólo por el bien de México sino del planeta. ¿Es mucho pedir?

Y no he querido hablar del narcotráfico y sus efectos. No todo se lo podemos dejar al gobierno para un cambio. Nosotros tenemos que propiciar ese cambio. Pero no veo que la gente esté consciente de lo que nos espera. La gente parece ver para sí misma: riega la calle, tira la basura, da mordida. Gane quien gane, que sea para el bien de México, de nuestros hijos, de nuestros nietos.

 

Silvia Molina
Escritora. Su más reciente libro es Matamoros. El resplandor en la batalla.

 

Un comentario en “Peor que los papás

  1. Yo también he perdido la esperanza, cada noticia, cada día me agrede, siento que es un golpe seco en el rostro enterarme de un Duarte, un X más ladrón y uno más corrupto que el anterior, hago lo mío como madre en casa y en mi espacio laboral, con la intensión de ir sumando un día más de ingreso para sobrellevar la insatisfecha economía que nos devora, retumban en mis pensamientos los comentarios de los medios que atisban por momentos en mi mente el empezar a creer que TODOS incluyendo a “ya sabes quien” son parte de la sopa que nos tocará tragar en otra elección.

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