¿Dónde estamos como sociedad y parte activa de la comunidad internacional? ¿Hacia dónde se dirigen nuestros pasos, como Estado nacional y componente de una futura, más generosa y menos veleidosa, globalización? Estos dos paquetes de cuestiones forman mi horizonte, me obligan a referirme al pasado más o menos cercano y no me dejan en paz en cuanto a lo que pueda venir en el futuro próximo, al que todavía pueda pretender pertenecer.

Estamos en el vórtice de un cambio de época que resume y potencia los formidables cambios que definieron la era que habría arrancado con el desplome de la URSS, el fin de la Guerra Fría y el despunte acelerado de una interdependencia comercial y financiera, económica y hasta política: la globalización del mundo con un mercado mundial unificado y una democracia liberal expandida por el orbe. No ocurrió así.


Ilustración: Patricio Betteo

Esa época habría empezado al calor de otra gran crisis, articulada por las mutaciones petroleras y el desafío estructural lanzado por el Tercer Mundo, ocurrida en los años setenta del siglo XX y de la cual emergería la fórmula neoliberal que desde entonces ha dominado el mundo y el pensamiento. La revolución de los ricos, a decir de Carlos Tello.

Hoy, en la secuela de una crisis que parece haber sido más grave que una “gran recesión”, vivimos un interregno o una transición que ha sido dolorosa pero que puede serlo todavía más si los conflictos bélicos avanzan, las sociedades se fracturan y la economía no logra recuperarse de manera generalizada.

Europa resiente la violencia de una geopolítica del Medio Oriente de diseño arcano y colonial; sus habitantes ven con angustia un tránsito demográfico dominado por el envejecimiento y la migración, portador de acentuados acorralamientos a sus identidades y expectativas civilizatorias, hasta hace poco firmemente aferradas al gran proyecto de la Unión Europea.

Sólo en Asia despuntan proyectos hegemónicos con cimientos más o menos sólidos en la población, la producción y la innovación, pero sus dos gigantes distan mucho de haber fincado las bases de una reproducción duradera de su cohesión social con posibilidades de dar paso a regímenes políticos de participación amplia e intercambio democrático.

Desde nuestro “Extremo Occidente”, como lo llamara Alain Rouquié, sufrimos el malestar en la democracia que puede volverse malestar con la democracia, desprecio de sus virtudes y promesas, y hasta ruptura de las normas construidas en estos años de abandono de las dictaduras y adopción entusiasta del código democrático y su Estado de derecho. La economía registra deslices, recesiones y caídas; el bienestar y la equidad son endebles. La hora de la igualdad propugnada por la CEPAL sigue en reserva.

El mundo es ancho pero no ajeno. Se trata de una manera irónica de homenajear al poeta Paz y sentirnos “contemporáneos de todos los hombres”. El cambio estructural globalizador, dirigido a erigir una economía abierta y de mercado no devino crecimiento alto y sostenido de la economía, y la asociación norteamericana —vista ayer como la cereza del pastel— vive hoy horas de angustia y amenaza mercantilista autoritaria; la redistribución social se desparramó en altas cuotas de pobreza, vulnerabilidad y mal empleo, precario y peor pagado.

Las condiciones sociales y políticas son frágiles. Así, son incapaces de absorber una ola masiva de reclamo democrático que, como divisa principal, tuviera la protección social generalizada y el abatimiento sostenido de la desigualdad económica y social. Reclamos que resumiría virtuosamente una versión moderna de la solidaridad y la fraternidad. Ambas suponen la existencia de un Estado social y democrático cuya reforma se ha pospuesto sine die desde que su necesidad se hizo parte del discurso político democrático a fines del siglo XX.

Transición política inconclusa y cambio económico sin traducción social efectiva y justiciera, debido a su escaso y veleidoso dinamismo y la debilidad institucional del Estado, forman la encrucijada que la sociedad mexicana tiene que sortear si quiere un futuro habitable y próspero. Capaz de superar los retos de su nueva transición, que ya empezó, hacia una demografía madura, dominada por adultos mayores, cuya pobreza no puede sobrellevarse con cargo al esfuerzo individual o los fondos ahorrados.

De aquí que pugne por una renovada recuperación de aquellos “sentimientos de la nación” que el cura Morelos nos legara y que los liberales sociales y los revolucionarios que los siguieron buscaron hacer realidad a través de la política, la cultura y un Estado democrático.

 

Rolando Cordera Campos
Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Entre sus libros: Crónicas de la adversidad y Políticas sociales al fin del milenio. Descentralización, diseño y gestión.

 

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