Al concluir 2017, el PRI, el partido en el poder y el más antiguo de México —88 años de existencia—, que ha mantenido en sus manos la presidencia de México por 76 años y el control político ininterrumpido de varios estados desde 1929, decidió nombrar como candidato a la presidencia a un personaje que nunca ha ocupado un puesto de elección popular y cuya mejor carta de presentación ante una sociedad profundamente agraviada por la insensibilidad, incapacidad y deshonestidad de su clase política, es ¡no ser miembro del partido que lo postula! El PRI es un partido, según registros oficiales, con 5 millones 44 mil 528 miembros registrados, de los cuales miles han pasado largos años en el cursus honorum que se requiere para llegar a ser considerado priista bona fide. El que no haya uno solo dentro de ese universo de políticos profesionales que sea considerado como presentable ante los electores, habla volúmenes del estado en que se encuentra el sistema político mexicano, la sociedad dominada por ese sistema y sus opciones para el futuro predecible.


Ilustración: Izak Peón

Un punto de partida para pensar el mañana, sea el personal o el colectivo, es revisitar el ayer: lo que fue y lo que pudo haber sido como biografía personal o del país. En realidad no es necesario remontarse muy lejos en la historia mexicana para entender lo esencial de un presente que marcha por un rumbo que, según los sondeos de opinión, resulta inaceptable para el 85% de los ciudadanos.

Para imaginar y comprender el peso de la influencia del pasado sobre el presente y el futuro del país, hay que aquilatar los enormes obstáculos que un México que aún no cuajaba como nación, debió de enfrentar al inicio de su vida como entidad política soberana. En 1813 el proyecto de José María Morelos —el más notable de los líderes insurgentes, surgido de los márgenes de la sociedad—, propuso usar la libertad, cuando se ganase, para dejar atrás la esencia de la condición colonial: la explotación de la América española por una élite peninsular que no se identificaba con el bienestar y destino colectivos. La gran tarea histórica de la rebelión debería ser no sólo hacer de México una nación soberana sino justa y para ello debería hacer efectiva la igualdad legal y, sobre todo, cerrar el abismo entre sus extremos de riqueza y pobreza.

El proyecto planteado por Morelos no cristalizó. Los lazos con España sí se cortaron, pero la colonización interna no solo persistió, sino que se ahondó y tras 1848 la hegemonía norteamericana hizo de la soberanía mexicana una condición muy relativa. En el siglo XX, la Revolución mexicana retomó el empeño de superar el pasado y dar forma a un futuro menos brutal y más digno, pero esa gran movilización social consumió su energía antes, mucho antes, de asegurar su meta.

Finalmente, el siglo XX terminó por perfeccionar el crudo autoritarismo del Porfiriato al encuadrarlo en un gran partido de Estado y hacer efectiva la no reelección, pero no la demanda maderista del “sufragio efectivo”. El México oligárquico volvió a emerger al punto que al cumplirse el centenario del triunfo de la Revolución, en un país con 121 millones de habitantes, cuatro familias acumulan una riqueza equivalente al 8.4% del PIB. Al problema histórico de desigualdad y su inevitable acompañante, la pobreza, el 43.6% de la población mexicana está clasificada como pobre. A las características anteriores se le ha sumado en los últimos años una violencia de gran brutalidad y en ascenso (si en 2007 se registraron 8 homicidios por cien mil habitantes hoy son 20) más una corrupción y una impunidad que ha llegado a niveles sorprendentes. Veracruz es el caso extremo, donde los auditores encontraron que en un sexenio se desviaron más de 60 mil millones de pesos.

La legitimidad y la confianza en la justicia, en las instituciones políticas y en el rumbo general del país hoy son casi inexistentes, salvo para el puñado de beneficiados. Entonces ¿cómo imaginar el futuro?

En 1947, en un ensayo que causó gran escozor en la clase política, Daniel Cosío Villegas argumento que México experimentaba una gran crisis que, finalmente, más que política, era moral. Hoy se puede usar ese argumento y con más fuerza y razón. Cosío afirmó que, en la desesperación, la dirigencia mexicana podría buscar la salvación entregándose a Estados Unidos. Hoy, eso ya se intentó y no resolvió nada.

Si el futuro mexicano es sólo una prolongación del presente, entonces será la reafirmación del fracaso histórico. Si finalmente se logra el quiebre de esas tendencias de siglos, se abrirá la posibilidad de superar la herencia histórica. El que eso se logre, dependerá de la presión de la parte menos conformista de la sociedad, de la inteligencia de los dirigentes y también, como lo advirtiera Maquiavelo, de la fortuna.

 

Lorenzo Meyer
Profesor Emérito de El Colegio de México.

 

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