Progreso. Usamos sin dificultad la palabra, no así dominamos el concepto.

Sabemos que cuando alguien está quieto, fumando, parece que está concentrando, pensando, quién sabe por qué el humo del cigarro sugiere meditación. Aunque, claro, sabemos que es muy raro, rarísimo, que la gente se ponga a pensar, pensar, lo que se llama pensar.

Dejé de fumar hace años, cuando estaba en Nueva York. He entendido esta emancipación como claro progreso personal, pero entonces por qué miro al fumador solitario con marcada envidia.


Ilustración: Jonathan Rosas

—¿Una máquina?, ¿para qué la quiere?, me pregunta una señora de mediana edad y buen parecer, que luego voy a saber es viuda de un militar.

—Pues, para escribir.

—¿No prefiere una computadora, es mucho mejor?

—No.

—¿No la sabe usar?

—Así es, no sé usarla, y soy torpe, incapaz de aprender.

—Ah no, qué torpe ni qué nada. Yo le voy a enseñar a usarla, ya verá, es muy fácil.

¿Fácil?, no sabía la señora lo que decía en tratándose de mi incapacidad mecánica. Estoy becado en el Wilson Center, en Washington D.C., habitando en una casa vieja e ilustre, con mi mujer, mis hijos y Luisita, la casa es de tiempos de la Revolución Americana, situada en Georgetown.

Transcurre más de medio año en el Wilson Center, he avanzado, pero poco, en el uso de la computadora, así que sigo escribiendo la novela que me comprometí a escribir, llamada después La destrucción de todas las cosas, a mano y pluma en un cuaderno. Tengo que admitir que algo adelanté en las diarias prácticas en el ordenador, pero progresaba con exasperante lentitud, pese al invencible entusiasmo de mi maestra.

Y así seguí muchos años: escribía a mano, eso sí, con envidiable caligrafía, y luego vaciaba a la máquina de escribir. Este reiterado cuanto paleontológico proceder lo perdí en una prisa. Fuimos invitados a llevar una obra a París para dos actores, sin escenografía, pero la obra no sólo no estaba montada, sino no estaba escrita. Así que me apuré y escribí la obra directamente en la computadora, sin pasar por el escrito a mano. La obra se llamó “La Caja”, y la escribí navegando ceñido al viento de Arthur Gordon Pym y sus ilustres tribulaciones, y lo malo fue que ya no tuve elegantes manuscritos qué conservar.

Mi contribución al progreso de la humanidad ha sido, creo, modestísima. En cambio he sufrido con paciencia las frecuentes intrusiones del progreso en mi vida práctica.

Por ejemplo: estoy esperando a Guita, mi mujer, reclinado en la salpicadera de un automóvil en la Plaza del Carmen en San Ángel. La plaza es chiquita situada frente al convento de las momias del mismo nombre en Avenida Revolución.

Inesperadamente aparece un recuerdo seguido de una suave melancolía: fui aquí dichoso, de niño, cuando estudiaba pintura con una maestra americana, llamada Gemma, en una casita en un rincón la plaza. Ahí capté por primera vez, en un dibujo, la fuerza y hermosura del arte de Jackson Pollock.

En aquellos tiempos no se veía en la plaza un solo automóvil ni estacionado ni circulando. En cambio la plaza que ahora veo está anegada de autos, unos estacionados, hasta en tercera fila, otros desplazándose por un carril, en hilera, despacio, uno a uno, en fila india como elefantes viejos. Y se registra la presencia de personajes que antes no se veían por aquí: solemnes empleados del llamado valet parking, ágiles franeleros, un merenguero extemporáneo que parece avergonzado de existir.

En la plaza hay también una tienda que expende la  llamada comida orgánica, un teatro, exitoso, cuatro restaurantes en forma, id est, con capitán de meseros, una tortería elegante con recomendables tortas de chile relleno. Cruzando la placita, del otro lado, se ven negocios más modestos, varias fondas, café, tienditas, relojería y así.

El progreso de la zona no es deliberado. “El progreso es anterior a la mentalidad progresista”, señala Gabriel Zaid, experto en estas cosas.

San Ángel, el viejo y virreinal barrio, se ha reducido a un atajo de los coches que huyen de los embotellamientos en las anchas avenida, y consumatum est, aquí terminó ya no la placidez del barrio, sino la mera supervivencia.

Aquí, aunque no lo creas, inopinada y bruscamente desaparece limpiamente de la pantalla de la computadora la mitad que ya llevaba yo escrita. Busco y rebusco en la pinche máquina y nada, no lo puedo recobrar. Maldigo mi ineptitud, recurro a Guita, muy hábil en estas cosas. Ella emprende el rescate, tampoco lo logra. Llama por teléfono a unos amigos que viven en North Carolina y lo saben todo. Pero tampoco lo logran. ¿Qué hacemos? No se me ocurre nada, así que, hasta aquí llego yo, tú que gozas de mi confianza, añádele lo que buenamente quieras de tu propia experiencia en estas adversidades, y ten salud.

 

Hugo Hiriart
Escritor, dramaturgo y ensayista. Ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 y Premio Mazatlán de Literatura 2011. Ha publicado, entre otros títulos: El arte de perdurar, Disertaciones sobre las telarañas y Galaor.