Dividir el tiempo mexicano en sexenios nos ha hecho creer que la historia es fruto de los aciertos o desaciertos de un individuo, el presidente en turno. Contar así la historia es negar las luchas políticas que se ocultan tras de ella.

El tiempo se divide para entender, no para confundir. Por eso se habla de periodos o de épocas. Los sucesos se encadenan estableciendo un “antes de” y un “después de”. Definir esos límites desata batallas ideológicas porque cada corte temporal es una forma de interpretar.

Ilustración: Kathia Recio

En la China antigua, la historia de las dinastías se contaba así: “El gran emperador y primer soberano fue bendecido con gran vitalidad y fortuna. Su vida fue tan fecunda que tuvo varios posibles sucesores. Sin embargo, su selección falló y a partir de ese momento comenzó la marcha inexorable del declive y la decadencia. Los abusos se multiplicaron, el pueblo sufrió y se perdió la energía. Hubo intentos de restauración que llevaron a la ruina y a la anarquía, hasta que las fuerzas del universo (y la fortuna) abrieron paso a quien es hoy el segundo soberano”.

Dividir la historia por sexenios nos ha hecho caer en la misma explicación del error individual que desata catástrofes que más tarde un atribulado sucesor conjura hasta que otra vez lo abandona la fortuna. Contada así, la historia no sirve para nada. Es un eco tardío de la narración bíblica donde a Adán le siguió Noé, después Abraham, luego David.

Esa forma arcaica de hacer historia fragmenta el pasado, borra las relaciones entre la política y la cultura, entre la sociedad y la naturaleza. Nada pasa. Nada tiene peso específico real. No hay coyunturas ni decisiones, ni luchas ideológicas, ni intereses que se confrontan.

El siglo XX mexicano no se puede entender fuera del contexto de lo que sucedió en el mundo.

¿Acaso no hubo relación entre la caída del régimen de Díaz y el cambio de época que derrumbó monarquías con la Primera Guerra Mundial?

¿Es posible explicar los acontecimientos de 1929-1947 sin considerar la turbulencia ideológico-política que asoció a Hitler con Musolini y sentó a negociar a Stalin y a Churchill?

 ¿Podríamos entender la historia de los trabajadores mexicanos sin el Nuevo Trato que se pactó en Estados Unidos?

El crecimiento de los años 1945-1964 no fue sólo nuestro, sino parte del gran crecimiento de la posguerra. La Guerra Fría y los movimientos de liberación nacional imprimieron su huella en la ambigüedad del discurso político mexicano que tuvo que combinar una condena a las “ideas exóticas” con la exaltación del nacionalismo revolucionario.

La crisis mundial de 1976-1982 tuvo efectos tardíos entre nosotros por la coyuntura favorable del alza de los precios del petróleo, pero terminó arrastrándonos.

¿Cómo podríamos dejar de analizar las implicaciones que tuvo para nuestro país, la gran transformación científica y tecnológica de las dos últimas décadas?

En la época de los transgénicos, ¿qué pasará con el maíz y con el campo? En el mundo real de nuestros días, ¿cuáles son los márgenes que puede aprovechar un país como el nuestro?

Nuestra generación ha sido testigo de lo que pasó con los ríos, los bosques y las selvas, no sólo en México sino en el mundo. En ese contexto de cambios profundos es donde debemos ubicar lo que ha cambiado y no ha cambiado en nuestra vida política para medir su profundidad, su novedad. Su realidad, su lógica y su sentido.

Por eso es lamentable que sigamos contando la historia de México por sexenios, porque es una forma simple de enmascarar la realidad. Porque nos mantiene atrapados en el voluntarismo más atroz, dependientes de una sola voluntad política que todo lo resuelve, lo decide, lo dificulta, lo permite o lo prohíbe. Es una manera demasiado simple de ver las cosas. Crea una ilusión de continuidad política falsa y construye un Estado imaginario capaz de sobrevivir a cualquier crisis, de componerse y recomponerse y resurgir siempre idéntico a sí mismo.

La historia de un solo actor termina siendo un catálogo de días, una agenda sin propósito. No da lugar a otros acontecimientos ni deja escuchar otras voces, ni permite que uno se entere de los problemas de otros. El resultado de esa forma de pensar el pasado ha sido empobrecer el debate sobre el presente y anular la reflexión sobre el futuro. Refuerza también una cultura autoritaria que no sabe resolver desacuerdos pero sí los condena. Es una manera de pensar que apoya la idea de que las figuras individuales tienen más peso que las normas y los valores.

Contar la historia por sexenios nos ha llevado al conformismo y a la confusión. Hemos aprendido una historia artificial, inexistente, que no nos ayuda a entender la realidad. Lo peor de todo es que nos ha hecho perder la visión de largo plazo y la idea de país con futuro.

Texto publicado en la edición de agosto de 1999.

 

Alejandra Moreno Toscano
Historiadora. Tuvo a su cargo la Coordinación de la Autoridad del Centro Histórico de 2007 a 2015.