En la actualidad la característica más notable de México es su polarización social y económica. Extremos de miseria y de opulencia se observan y se contrastan cotidianamente y en todas partes.

México es uno de los países más desiguales del mundo. Hay desigualdad entre las distintas regiones del país y, también, dentro de cada una de ellas. Entre las clases sociales y, dentro de ellas, entre los distintos grupos que las integran. Entre las personas y las familias y, dentro de la familia, entre las personas que la integran. Entre los servicios públicos que atienden el desarrollo social. Desigualdad en la distribución de la riqueza, del ingreso y en el acceso a los bienes públicos. En los últimos años se ha dejado el empleo, los salarios y el bienestar de las personas al mercado y sus bruscos cambios. La desigualdad que existe es inmensa, multifacética, lacerante, corrosiva y desestabilizadora de los tejidos sociales. Mina la cohesión social.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

México es un país extenso. Su superficie es una de las más grandes del mundo. El país tiene extensos litorales y, bien aprovechada, suficiente tierra propia para el cultivo y la ganadería. Con abundantes recursos mineros y forestales. Una población cuantiosa, con destrezas y con habilidades. Relativamente capacitada. Ello no obstante el país no prospera, ha estado prácticamente estancado en los últimos 30 años y no aprovecha de manera sustentable su riqueza.

La desigualdad ya existía en el mundo prehispánico. Se agravó durante los 300 años de subordinación a España donde, además, se fue estableciendo una desigualdad jurídica y territorial sobre la base de distinciones étnicas, raciales y de género. A lo largo del siglo XIX persistió la desigualdad, a pesar de los afanes de justicia social que animaron el movimiento por la independencia y el liberalismo compendiado en la Constitución de 1857. Con la Revolución de 1910 y la Constitución de 1917 la desigualdad disminuyó, sobre todo con el posterior reparto de la tierra y diversos programas sociales que se pusieron en práctica por el gobierno en las áreas educativa, de atención a la salud, de seguridad social y de vivienda. Con el crecimiento sostenido y acelerado de la economía, entre los años 1934 y 1982, aumentó el empleo formal, se redujo la desigualdad y también se redujo el número de pobres. Por el contrario, de 1983 a la fecha, con la política neoliberal puesta en práctica no ha habido crecimiento económico y la desigualdad o bien creció o, en el mejor de los casos, se mantuvo constante. De acuerdo con CONEVAL, en la actualidad alrededor del 50% de la población en el país vive en condiciones de pobreza o de extrema pobreza. La movilidad social ascendente, que tanto caracterizó a México, prácticamente ha cesado en estos años. Son pocas las oportunidades de salir adelante y mejorar las condiciones generales de existencia de una persona o de una familia. Parte de la juventud ha perdido esperanza de progreso.

De no cambiar la actual agenda económica y social, la desigualdad crecerá y las probabilidades de crecimiento económico se verán disminuidas. El México que vendría sería más injusto, más excluyente, más violento.

Es urgente diseñar y poner en práctica un cambio de rumbo, una nueva agenda económica y social. La que se ha tenido no ha dado buenos resultados. Son varias las propuestas que existen para modificarla, pero buena parte de los legisladores y de los partidos políticos y muchos de los medios de comunicación social se resisten a discutir, tanto la agenda prevaleciente como las diversas propuestas para cambiarla.

La nueva agenda debe organizarse en torno a una sola prioridad, la del desarrollo: combinar el crecimiento económico con la justicia social. No uno antes y después el otro. Hay que combatir la idea de que primero hay que crecer y después distribuir. Más bien de manera simultánea crecer y distribuir para que se apoyen mutuamente.

Sólo con una economía en crecimiento se pueden crear en el país los necesarios empleos formales, estables y seguros y buscar igualdad de oportunidades para todos. No hay razón alguna para pensar que, con el tiempo, los frutos del crecimiento económico se filtrarán hacia abajo, “por goteo”, beneficiando a toda la población. No tiene sentido, ni solidez plantear que primero hay que crecer y después distribuir. Por el contrario, se debe crecer distribuyendo. O lo que viene a ser lo mismo: distribuir para crecer. El quehacer político debe orientarse en esa dirección, en ese sentido. El mercado por sí solo no lo atenderá.

Ello entraña una reforma fiscal a fondo, redistributiva, que atienda tanto al gasto público, como a la forma de financiarlo. Hay que gastar más y mejor y acabar, en un plazo corto y claramente definido, con los enormes rezagos sociales. En relación al PIB, México es uno de los países que menos gasta en materia social (i.e., educación, salud, seguridad social, vivienda, nutrición). El gasto social por persona es de los más bajos de América Latina. Y también gastar mejor, de manera más coordinada entre los tres órdenes de gobierno y entre los distintos programas. Para financiar el creciente gasto público, hay que llevar a la práctica una profunda reforma tributaria redistributiva que dé los recursos suficientes en un corto plazo para combatir la desigualdad.

 

Carlos Tello Macías
Profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. Autor de varios libros, el más reciente es La revolución de los ricos.

 

Un comentario en “El México en el que vivo y en el que me gustaría vivir

  1. El crecimiento en México es muy desigual, precisamente hay zonas que si han crecido y generan riqueza y empleo, pero en el promedio México aparece muy mal.- Por que no tomar la zona norte y el bajío , ver que se ha hecho bien ahí, y tratar de implementarlo en las zonas deprimidas? Cambiar sí, pero dentro de México tenemos ejemplos de éxito.-

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