Voy a utilizar esta frase de Carlos Monsiváis pero con un sentido distinto. Carlos la usaba como encabezado de una serie de anécdotas y acontecimientos de nuestra vida política para hacernos reír, pero al mismo tiempo tomar conciencia de la pésima situación que estábamos viviendo los mexicanos.

Ahora estamos viviendo un periodo en que es necesario hacer un balance crítico para saber en qué punto nos encontramos. Uno de los hechos más desconcertantes es que cambiamos de régimen y ahora estamos en la construcción de una democracia, pero se trata de una democracia sin…y las consecuencias están a la vista. Partes enteras del territorio son, de hecho, controladas por el crimen organizado; la inseguridad reina en todo el territorio y las fuerzas “del orden”, incluyendo el ejército, no logran contener esta pandemia.


Ilustración: Patricio Betteo

Otro tema dominante es la corrupción como práctica generalizada y magistralmente dominada por nuestra clase política y que alcanza a las prácticas electorales. Ante éste panorama desalentador ¿hay algo qué hacer? ¿No hay nada en qué sustentar nuestro optimismo?

Sin embargo, muchos pensamos que hay elementos para fundamentar lo que podríamos llamar “factor esperanza” o factores que nos abren otras perspectivas. Suena como una expresión del campo de la fe, pero creo que se trata de reflexionar sobre la realidad que estamos viviendo para ir abriendo un camino que rompa esta especie de conjuro siniestro o de inercia histórica. José Woldenberg, quien ha sido reiteradamente tachado de optimista ciego, ha mostrado cómo nuestra democracia, de carácter fundamentalmente electoral, ha producido cambios que han ido más allá de este ámbito, por ejemplo ha hecho una realidad la división de poderes, que es una característica fundamental de cualquier democracia. Uno de ellos, no menos importante, es que ha abierto los caminos para que surjan nuevas instituciones autónomas que también cumplen una función de contrapeso. Otro elemento importante para sostener esta percepción son las encuestas que reiteradamente han mostrado que los ciudadanos mexicanos critican a los gobiernos en turno, pero siguen considerando que la democracia es la mejor forma de gobierno.

¿Y ahora en que situación nos encontramos ante las próximas elecciones de 2018?

El retorno del PRI ha sido una prueba muy interesante desde esta perspectiva; muchos de los que votaron por este partido lo hicieron pensando que se iba a reconstruir un Estado omnipresente que daría estabilidad y crecimiento económico y que controlaría los nuevos factores de inseguridad política y ciudadana. Los que votaron por él, estaban dispuestos, si era necesario, a pagar el precio de limitar o desaparecer las instituciones y las libertades que se habían conquistado. Sin embargo, después del “Pacto por México” y las reformas estructurales, que no han terminado de implementarse, el gobierno del PRI entró en una fase de estancamiento y luego de franco deterioro; la corrupción y la inseguridad se han incrementado y los esfuerzos por construir una imagen pública de avance han fracasado. Incluso el intento del PRI por restaurar el presidencialismo no ha rendido frutos y la tan pregonada disciplina partidista se ha quebrantado y a pesar de las apariencias no existe más una homogeneidad interna.

Al contrario de lo que sucedía en el periodo anterior a la transición democrática, ahora tenemos más opciones que votar por el partido que actualmente gobierna, incluso en el PRI hay tensiones internas en torno a la forma de seleccionar a los candidatos y de hecho en todos los partidos se plantea qué método puede atraer más votos, porque expresaría de mejor manera las preferencias de los ciudadanos. A partir de que se estableció la alternancia y los gobiernos divididos con las elecciones de 1997 no ha vuelto a haber hegemonía de ningún partido, por lo que eso los ha obligado a negociar y competir, que es una de las primeras características que distinguen a cualquier democracia.

Por otro lado, los derechos humanos se han extendido, particularmente importante para el ejercicio de la democracia ha sido la creciente libertad de expresión, a pesar de los obstáculos que ha enfrentado, uno de los más graves el asesinato de periodistas. Ésta libertad se ha presentado a través de la expresión directa de los ciudadanos tanto en los medios tradicionales (prensa y radio), menos en televisión donde existe un monopolio, y más aún en Internet y las redes sociales, que a pesar de sus excesos han contribuido de manera decisiva a la democratización de nuestra vida pública.

Pero, el factor más importante de los cambios, pienso que ha sido el paso de súbditos del antiguo régimen al surgimiento lento, pero constante, de la categoría de ciudadanos, que es el principal sujeto histórico de la construcción de la democracia, que se expresan en el momento de votar pero que además han conquistado formas de organización que han tenido funciones de vigilancia y expansión de las libertades y la vida política en general y que han estado en la base de las iniciativas de las principales instituciones que han surgido, así como en la constante, aunque no siempre exitosa, lucha por su autonomía.

En síntesis, las elecciones de 2018 son la ocasión para elegir el camino que nos lleve a la consolidación de nuestra incipiente y frágil democracia.

 

Julio Labastida
Doctor en sociología. Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.