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En 1914 los mineros de Ludlow, Colorado, EU, estallaron en una huelga que marca una de las páginas más sombrías de la represión obrera en Estados Unidos. John Reed, cachorro dorado de la bohemia del Greenwich Village, reciente celebridad literaria por su libro Insurgent Mexico, miembro de aquella vanguardia cultural y política neoyorquina que apostó a una actividad intelectual sin géneros ni fronteras, simpatizante de las luchas sindicales que sacudían su país, viajó a Ludlow a reconstruir los hechos. Su versión de la masacre y de los extraños y volátiles acontecimientos que la precedieron, es una muestra excepcional de tensión y eficacia narrativas. La crónica que aquí ofrecemos con el título de Ludlow, forma parte de la espléndida colección de trabajos de Reed inéditos en español que Ediciones Era publicará en el próximo verano: Guerra en Paterson (y otros escritos). La misma editorial publicó recientemente una magnífica biografía de Reed, escrita por Robert Rosenstone: John Reed: un revolucionario romántico (1979). (Subtítulos de la redacción.)

Herrington, (abogado de la Compañía de Combustible y Fierro de Colorado): No sé exactamente lo que quieren decir con «libertad social». ¿Entiende usted lo que el testigo quiere decir con «libertad», Mr. Welborn?.

Mr. Welborn (presidente de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado): No lo entiendo.

Del testimonio ante el Comité Investigador del Congreso de Estados Unidos.

Llegué a Trinidad unos diez días después de la masacre de Ludlow. Cientos de mineros, grandes, de caras duras, vestidos con sus mejores galas domingueras, paseaban por la calle principal, hablaban en corrillos en las esquinas, salían y entraban del cuartel general de la huelga. Se paseaban tranquilamente, de buen humor, y se saludaban de lado a lado de la calle en lenguas extranjeras, como una multitud de granjeros que vinieran a la feria campestre. Lo más notable era que no había mujeres. Las mujeres no salieron de sus guaridas sino varios días más tarde. . .

Era un día brillante, soleado. Las tiendas y los cinematógrafos estaban abiertos; se veían autobuses, coches y rancheros en sus caballos. Los policías estaban en las esquinas, haciendo girar sus macanas; como si hace tres noches no hubiera invadido las calles una turba delincuente con rifles, preparándose para una desesperada batalla, casa por casa, con la milicia. Encumbrada por encima del pueblo, hacia el este, se alzaba la gran roca nevada de Fisher’s Peak; hacia el norte y el oeste se iniciaban las colinas escarpadas, rocosas y cubiertas de pinos achaparrados: en sus cañones se extendían los feudales pueblos carboneros, ocupados por detectives armados con ametralladoras y luces rastreadoras.

PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA

Un hombre irrumpió en el cuartel de la huelga y dijo:. «Tres recluta-esquiroles vienen por la calle. No sé si vienen para acá o. . .» Los huelguistas intentaron salir por la puerta todos al mismo tiempo. En las aceras vi que la inquietante multitud se había detenido, helada, y que todos los ojos miraban en una dirección. La vida de la ciudad estaba repentinamente paralizada. En el silencio, el traqueteo de un caballo que pasaba sonaba anormalmente fuerte.

Tres milicianos se dirigían rápidamente a la estación. Caminaban por el centro de la calle, con los ojos puestos en el suelo; bromeaban nerviosa, ruidosamente. Pasaron entre dos líneas de hombres en las aceras: dos líneas de odio. Los huelguistas no dijeron ni una palabra; ni siquiera siseaban. Sólo miraban, rígidos como perros de caza, y cuando pasaron los soldados se cerraron silenciosa e instintivamente detrás de ellos. La ciudad retenía el aliento. Los autobuses se detuvieron. No se oía nada más que las silenciosas pisadas de mil pies y las voces agudas de los milicianos. Entonces llegó el tren y lo abordaron. Nos dispersamos. La ciudad volvió de nuevo a la vida.

En el Centro de Asambleas del Comercio, donde alimentaban a las mujeres y los niños, la escuela se acababa de cerrar. Los niños cantaban una de las canciones de la huelga:

There’s a fight in Colorado for to set the miners free

From the tyrants and the money-kings and all the

powers that be;

They have trampled on the freedom that was meant for

you and me,

But Right is marching on.

Cheer, boys cheer the cause of Union,

The Colorado Miner’s Union;

Glory, glory to our Union;

Our cause is marching on.

[Hay lucha en Colorado por liberar a los mineros

De los tiranos y reyes del dinero y todos los poderes; Hollaron la libertad que debía ser para ti, para mi,

Pero la Justicia sigue adelante.

Aplaudan, muchachos, la causa sindical,

El Sindicato de Mineros de Colorado;

Gloria, gloria a nuestra unión;

Nuestra causa sigue adelante.]

En el pizarrón de la escuela, alguien había escrito: «Si un piadoso hipócrita va a hacer beneficencia, en nombre de Cristo, a Nueva York, y luego balacea mineros en Colorado, ¿dónde está la elevación espiritual? Si se esfuerza por suprimir a los esclavos blancos en Nueva York mientras fomenta condiciones favorables al tráfico en otros lugares, ¿esto qué le consigue en el `Paraíso’?»

Pregunté quién había escrito eso, y me dijeron que un doctor de Trinidad que no tenía vínculos con la unión. Esto es lo extraordinario respecto a esta huelga: que nueve de cada diez profesionistas y hombres de negocios del distrito carbonero son violentos simpatizantes de la huelga. Después de Ludlow, doctores, pastores, transportistas, farmacéuticos y granjeros se unieron pistola en mano a los huelguistas en lucha. Sus mujeres organizaron la Alianza Federal del Trabajo incluso entre mujeres cuyos maridos no son sindicalistas, para proporcionar comida, ropa y atención médica a los obreros en huelga. Son la clase de gente que normalmente forma Ligas para la Ley y el Orden en tiempos como éstos; que se consideran mejores que los trabajadores, y piensan que sus intereses están con los patrones. Muchos tenderos de Trinidad se han arruinado con la huelga. Una mujercita muy respetable esposa de un pastor -me dijo: «No veo por qué no siguen adelante, sin tregua, hasta haber matado a todos los guardias de la mina y a los de la milicia, y volado con dinamita las minas». Esto es significativo, pues esta clase es la más satisfecha.

LAS PROMESAS DE LA ESTATUA

No hay nada revolucionario en esta huelga. Los huelguistas no son socialistas, anarquistas ni sindicalistas. No quieren confiscar las minas ni destruir el sistema salarial; la democracia industrial no significa nada para ellos. Consideran al patrón casi como un dios. Humildes, pacientes y fácilmente manejables, han alcanzado tal desesperación en la miseria que ya no saben qué hacer. Llegaron a Estados Unidos deseosos de las cosas que la Estatua de la Libertad en la bahía de Nueva York parecía prometerles. Llegaron de países donde la ley es casi divinia, y aquí -pensaban- habría una ley mejor. Deseaban obedecer las leyes. Pero lo primero que descubrieron fue que el patrón, en quien confiaban, violaba insolentemente las leyes.

Para ellos, el Sindicato fue la primera promesa de felicidad y de libertad para vivir sus vidas. Les dijo que si actuaban combinadamente y se mantenían juntos, podían forzar al patrón a pagarles lo suficiente para vivir, y para trabajar sin peligro. Y en el sindicato descubrieron de golpe a miles de compañeros trabajadores que habían pasado por la lucha, y estaban ahora dispuestos a ayudarlos. Esta corriente de simpatía humana era algo absolutamente nuevo para los huelguistas de Colorado. Y como me dijo un mexicano: «Nos desesperamos íy llega un río de amistad de nuestros hermanos que no conocíamos!».

Una gran parte de los que ahora están en huelga fueron traídos como rompehuelgas en el gran paro de 1903. Ese año, más del setenta por ciento de los mineros en el sur de Colorado hablaban inglés: eran americanos, ingleses, escoceses y galeses. Sus demandas eran prácticamente las mismas que las de ahora. Antes de eso, cada diez años, desde 1884, han habido huelgas similares. La milicia y los guardias mineros importados asesinaron desenfrenadamente, encarcelaron y deportaron del estado a cientos de mineros. Dos años antes de la huelga de 1903, seis mil hombres fueron puestos en lista negra y expulsados de las minas, a despecho de la ley estatal, pues pertenecían al sindicato. A pesar de la ley de las ocho horas, ningún hombre trabajaba menos de diez horas; y cuando los mineros salieron, el general adjunto de la milicia, Sherman Bell, suspendió el derecho de habeas corpus y exclamó: «íAl diablo con la Constitución!» Una vez rota la huelga, diez mil hombres se encontraron en la lista negra, pues los operadores hicieron un estudio cuidadoso de quienes fueron los más pacientes bajo la opresión, y deliberadamente importaron extranjeros para llenar las minas, agrupando con cuidado en cada mina a hombres de varias lenguas diferentes, que no serían capaces de organizarse. Patrullaban los campos con guardias armados, que tenían derecho a procesar y sentenciar cualquier crimen .

Ahora bien, para entender la huelga es importante la geografía del distrito sur de Colorado. Dos vías férreas corren directamente al sur, de Denver a Trinidad. Hacia el este, se extiende una vasta y llana planicie, hasta más allá de los límites con Kansas. Hacia el oeste quedan las faldas de las Montañas Rocallosas, que corren -accidentadamente- de norte a sur y más allá de ellas se encuentran los magníficos picos nevados de la cordillera de Sangre de Cristo. En los cañones que quedan entre estas faldas es donde está la mayoría de las minas, y alrededor de éstas crecen pueblos feudales -casas de trabajadores, tiendas, cantinas, edificios de las minas, escuelas y correo-, todos de propiedad privada, fortificados y patrullados como si hubiera estado de guerra.

Tres grandes compañías carboneras -la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado, la Compañía de Combustible de las Montañas Rocallosas y la Compañía de Combustible Victor American -producen el setenta y ocho por ciento del carbón del estado, y han anunciado que representan el noventa y cinco por ciento de la producción. Naturalmente, también controlan los precios y la política de todas las otras compañías carboneras del estado. De éstas, la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado produce el cuarenta por ciento de todo el carbón que se extrae, y Mr. Rockefeller posee el cuarenta por ciento de las acciones. Mr. Rockefeller controla absolutamente la política de la industria minera del carbón en Colorado. Dijo en el banquillo que confiaba totalmente en el conocimiento y la capacidad de los encargados de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado. Testificó que nada sabía de las condiciones en las cuales trabajaban los mineros, y que todo lo dejaba en manos del presidente Welbern y el director Bowers. Ellos a su vez, testificaron que nada sabían de las condiciones en las que trabajaban los mineros, pero que todo eso lo ponían en manos de sus subordinados. Ni siquiera sabían cuántas acciones tenía Mr. Rockefeller. íY aun así estos hombres se atrevían a ir al banquillo de los testigos y decir que los mineros no tenían quejas sino que eran «una familia feliz»!.

EN TODAS PARTES SE CUECEN HABAS

Se ha hablado mucho de los altos salarios que se paga a los mineros. De hecho, la mayoría de los dependientes de tiendas ganan más. A un minero del carbón, un hombre que extrae el carbón, se le pagaba por tonelada de carbón puro extraído, separado de impurezas, puesto en carros y sacado de la mina. Los operadores dan cifras esupendas sobre mineros que sacan 5 dólares al día. Pero el número promedio de días laborales al año, en Colorado, era de 191, y el salario bruto promedio de un extractor de carbón era de 2.12 dólares al día. En muchos lugares era mucho más bajo. Los hombres que tenían una «palanca» en la compañía tenían salarios más altos; de otros, se sabía que trabajaban ocho días y no ganaban el dinero suficiente para pagar su pólvora. Pues ellos mismos tienen que comprarla. Tiene que pagar un dólar mensual para cuotas médicas, y en algunos sitios, por una pierna o un brazo rotos, 10 dólares más. De cualquier modo, el doctor sólo visitaba la mina cada dos semanas o menos, y si uno lo necesitaba en otro momento tenía que pagar una visita extra.

Muchos de estos pueblos mineros eran pueblos «incorporados». El alcalde del pueblo era el superintendente de la mina. La junta directiva de la escuela estaba compuesta por funcionarios de la compañía. La única tienda del pueblo era la tienda de la compañía. Todas las casas eran de la compañía, rentadas por la compañía a los mineros. No había impuesto sobre la propiedad, y toda la propiedad pertenecía a la compañía minera…

De acuerdo con el Comisionado Estatal del Trabajo, de 1901 a 1910 el número de personas muertas en las minas de carbón de colorado, en comparación con todo el resto de Estados Unidos, era de 2 a 1; desde 1910 hasta el presente, es de 3 1/3 a 1. Se demostraba de modo concluyente que las compañías carboneras se rehusaban a tomar cualesquiera precauciones para la seguridad de sus empleados hasta que la ley no las obligara, y que incluso entonces, después de eso, se negaban a obedecer las recomendaciones del Inspector Estatal de Minas. . .

El fiscal del Condado de Las Animas dirige un negocio funerario empleado oficialmente por las compañías mineras, en el cual por lo menos dos de los funcionarios de la compañía tenían acciones no hace mucho. Sus jurados en estos grandes accidentes eran empleados de la compañía escogidos por los superintendentes mineros. En cinco años de desastres sin precedentes, sólo un veredicto del fiscal en el Condado de Las Animas acusó a la compañía. Véase, pues, que estos veredictos eran particularmente valiosos para los operadores, porque eliminaban el peligro de litigios por daños. No ha habido ningún juicio por daños, en este condado en diez años. 

Este es un ligero inicio de cómo las compañías carboneras controlan la política en los condados de Las Animas y Huérfano. Abogados distritales, alguaciles, comisionados del condado y jueces son designados de hecho en las oficinas de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado. La gente no podía designar un delegado a la convención para nombrar un juez de paz sin telefonear a Denver y pedir permiso a Cass Herrington, gerente político de la Compañía de Carbón y Hierro de Colorado. . .

Después de la huelga de 1903, los Trabajadores Mineros Unidos fueron suprimidos del lugar. En 1911, restablecieron una oficina ramal en Trinidad. Desde esa época hubo rumores de una huelga, y es sólo desde entonces que los operadores de las minas empezaron a obedecer principalmente las leyes. Pero no se corrigió la mayoría de los abusos, y los mineros se dieron cuenta de que país asegurarse de cualquier justicia permanente por parte de sus patrones, debían ser capaces de negociar colectivamente con ellos.

Los Trabajadores Mineros Unidos hicieron todo lo que pudieron para evitar la huelga. Apelaron al gobernador Ammons para que llamara a una reunión de los operadores para conferenciar con ellos en relación con las demandas de los trabajadores; los funcionarios de la compañía se negaron a reunirse con ellos y han se seguido negándose desde entonces. Luego fue convocada una convención de operadores y empleados en Trinidad, y se apeló a los empleadores para reunirse con sus hombres y escuchar sus quejas. En respuesta los operadores empeñaron a prepararse para la guerra. Pusieron en movimiento su poderosa máquina rompehuelgas: un despiadado aparato afinado por treinta años de exitosas luchas industriales. Se importaron pistoleros de Texas, Nuevo México, West Virginia y Michigan: rompehuelgas y guardias que habían tenido una larga experiencia en líos laborales, soldados de fortuna, desertores del ejército y expolicías. W. F. Reno detective en jefe de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado, reclutaba en el sótano de un hotel de Denver. A los que sabían disparar, les daba rifles y municiones y los enviaba a las minas. Fue contratada la célebra Agencia de Detectives Baldwin-Felts de rompehuelgas, y muchos de sus hombres, acusados de asesinato en otros estados fueron nombrados alguaciles en los condados sureños. Entre doce y veinte ametralladoras fueron embarcadas hacia las minas y puestas a su disposición…

HAY UN HALCÓN EN SU FUTURO

En la convención de Trinidad, el 16 de septiembre los delegados de todas las minas del distrito votaron unánimemente para llamar a huelga el 22 de septiembre. Exigían el reconocimiento del sindicato, un aumento salarial del diez por ciento, una jornada de ocho horas, pago por todo el «trabajo muerto», pesadores confiables, el derecho a comprar en la tienda que quisieran y a escoger su propio alojamiento y su doctor, observancia de las leyes mineras de Colorado y abolición del sistema de guardias…

Los Trabajadores Mineros Unidos anunciaron que establecerían colonias de tiendas de campaña para hacerse cargo de los huelguistas y, frente a la amenaza abierta de los funcionarios mineros y los guardias de que repetirían la matanza y la deportación de la huelga de 1903, empezaron a armarse…

Hubo una tormenta de nieve y cellisca el 23 de septiembre.

Hacía un frío penetrante. En la mañana, temprano, los guardias hicieron la ronda de las minas preguntando a la gente si irían o no a trabajar. Cuando se les contestaba que no, ordenaban a la gente que saliera. En Tabasco, los guardias entraron en las casas, echaron a mujeres y niños a la nieve y tiraron por tierra muebles y ropa. En Tercio, se dio a los obreros una hora para abandonar el pueblo; sus muebles fueron lanzados a la calle y fueron sacados de las minas, seguidos por los guardias que los vejaban y amenazaban con rifles. A lo largo de cincuenta millas, en las bocas de los cañones de la cordillera había grupos de hombres expulsados, mujeres con sus bebés en brazos y niños caminando en la nieve. Algunos tenían carretas; largas filas de carromatos desvencijados y carrozas, apilados con las posesiones de varias familias, rodaban por los caminos hacia la planicie abierta.

En Pryor, la Compañía había ofrecido especiales atractivos para que los mineros construyeran y poseyeran sus propias casas en terrenos de la compañía. Se les expulsó de ella y los guardias gritaron a las mujeres: «íVáyanse al demonio o las quemamos!» En West Virginia, los operadores dieron a los mineros cuatro días para irse. En Colorado fueron veinticuatro horas. Nadie estaba preparado. Fueron echados despiadadamente por el cañón, sin ropas ni muebles, y cuando mandaron carretas por sus propiedades, en varios lugares – como en Primero- no se les permitió llevárselas.

Y las tiendas no habían llegado. Afuera, en la fría planicie, bajo la nieve y la cellisca, se amontonaban cientos de refugiados: hombres, mujeres y niños, en los lugares donde sus líderes les dijeron que se reunieran. Aún no llegaban las carpas. Algunos estuvieron dos días sin refugio, cavando hoyos en la tierra y guareciéndose en ellos como animales, sin nada que comer ni que beber. Hubo una invasión frenética de almacenes de carpas en Denver, y a lo largo de la base de las faldas, en diez millas, empezaron a levantarse las colonias de tiendas, blancas sobre la nieve blanca. Era como la migración de una raza. De 13 000 mineros que trabajaban en Colorado antes de la huelga, 11 000 estaban fuera. Las colonias fueron plantadas estratégicamente en las bocas de los cañones que llevan a las minas, para observar los caminos por donde se podía llevar a los rompehuelgas. Además de la gran colonia de Ludlow, había otras en Starkville, Gray Creek, Suffield, Aguilar, Walsenburg, Forbes y otros cinco o seis lugares.

BLUES PARA MAMA JONES

«Mother» Jones(*) andaba de un lado a otro del distrito por estos días, haciendo discursos, exhortando a los huelguistas a protegerse, cuidando a los niños, ayudando a levantar tiendas y haciendo de enfermera. Los operadores, mientras tanto, clamaban por la milicia. Decían que la violencia podía estallar pronto y que Mamá Jones era una peligrosa agitadora y debía ser expulsada del estado. El Gobernador Ammons replicó que si las autoridades locales no podían manejar la huelga, ciertamente sería enviada la milicia, pero que por ningún motivo sería utilizada para permitir a los operadores importar rompehuelgas ni para intimidar a los mineros.

(*) Mary («Mamá») Jones, figura bien conocida en muchas batallas laborales, especialmente entre los mineros de West Virginia y Colorado. [Nota del editor norteamericano]

-Tengo la intención -dijo- de poner fin a los discursos incendiarios de Mamá Jones. Veré que se le trate de modo tal que no pueda hablarle al país entero como una prisionera. No se le permitirá hacer propaganda huelguística fuera del estado con el lenguaje extravagante que ha estado usando en las regiones carboneras.

Emma F. Langdon, secretaria estatal del Partido Socialista, declaró públicamente: «Si tocan uno sólo de los grises cabellos de la cabeza de Mamá Jones, lanzaré un llamado a todas las buenas mujeres de Colorado para que se organicen y marchen sobre la ciudad de Trinidad, si es necesario, para liberarla».

Desde ese día a esta parte, no se ha oído una sola palabra más del Partido Socialista de Colorado, aunque poco después Mamá Jones fue encarcelada e incomunicada durante nueve semanas en Trinidad.

El primer paso fue nombrar alguaciles a todos los guardias mineros y detectives. Los superintendentes de las minas telefonearon al sheriff para decirle cuántos alguaciles necesitaban, y el sheriff envió por correo nombramientos en blanco. Los funcionarios del sindicato pidieron al sheriff Grisham que hiciera alguaciles a unos pocos huelguistas. El contestó: «Nunca armo a las dos facciones…»

El sheriff Jeff Farr informó que los mineros habían escalado una colina de unos 150 metros de alto, sobre la mina de Oakview, y habían disparado unos mil tiros sobre los edificios. Pero los periodistas que indagaron hallaron sólo tres agujeros de bala, y eran horizontales. Un huelguista griego tuvo un altercado personal con el alguacil Bob Lee, de Segundo, célebre asesino alguna vez relacionado con los forajidos de Jesse James, y el griego disparó primero. Por todas partes los guardias mineros andaban buscando pleito. En Sopris, dinamitaron una casa de la compañía y trataron de inculpar a los huelguistas; pero, por desgracia, un hombre del complot lo denunció. Para las compañías carboneras, era caro este mantenimiento de un ejército. Querían a la milicia para que hiciera su trabajo sucio a expensas del estado. Y también las colonias de tiendas de los huelguistas interferían seriamente con la importación de trabajadores para poner las minas en marcha.

LA PRIMERA NOCHE EN LUDLOW

La más grande de estas colonias estaba en Ludlow, en el cruce de los dos caminos que van a Berwin y Tabasco, de una parte, y a Hastings y Delagua, de la otra. Había más de doscientas gentes ahí, divididas en veintiún nacionalidades, viviendo la maravillosa experiencia de saber que todos los hombres son iguales. Cuando llevaban ya dos semanas de vivir juntos, los mezquinos prejuicios raciales y malentendidos que habían sido fomentados entre ellos por las compañías carboneras empezaron a desaparecer. Los norteamericanos empezaron a descubrir que eslavos, italianos y polacos eran tan bondadosos, joviales, amorosos y valientes como ellos. Las mujeres se visitaban unas a otras, presumiendo de sus bebés y de sus hombres, llevándose pequeñas golosinas cuando estaban enfermas. Los hombres jugaban baraja y beisbol…

-Nunca tuve una buena opinión de los extranjeros antes de ir a Ludlow -decía una mujercita-. Pero ellos son como nosotros, sólo que no pueden hablar el idioma.

-Claro -repuso otra-. Yo pensaba que los griegos eran gente vulgar, ignorante, sucia. Pero en Ludlow los griegos eran por cierto unos perfectos caballeros. Ahora ya no me podrán decir nunca nada malo de un griego.

Todos empezaron a aprender el idioma de los demás. Y en la noche había un baile en la Gran Tienda: los italianos ponían la música y todas las naciones bailaban juntas. Era una verdadera fundición de pueblos. Esta gente -exhausta, golpeada, trabajadora- no había tenido tiempo de conocerse… 

Es casi imposible de creer que esta pacífica colonia estuviera amenazada de la destrucción por los guardias mineros. No eran éstos unos villanos cabales. Eran solamente temperamentos endurecidos que actuaban bajo órdenes.Y las órdenes eran que la colonia de Ludlow debía ser barrida. Se interponía en el camino de los beneficios de Mr. Rockefeller. Cuando los trabajadores empezaron a comprenderse tan bien, el fin de la explotación y del dinero sangriento se hizo visible. La colonia de Ludlow llevaba una semana de establecida cuando los pistoleros empezaron a amenazar con que bajarían por el cañón para aniquilar a sus habitantes.

Todas las visitas, los juegos y los bailes cesaron. La colonia estaba en un abyecto estado de terror. No había organización, no había líderes. Se habían conseguido diecisiete fusiles pistolas de varias clases, y muy pocas municiones. Con ello los hombres de la colonia montaban guardia sobre sus mujeres y niños en las frías y largas noches, y desde la colina de Hastings una, luz rastreadora pasaba sin cesar sobre las tiendas…

Toda la última semana de septiembre, corrientes de personas llegaron desde los cañones hasta las colonias de tiendas, con historias de cómo habían sido lanzadas de sus casas a la nieve y sus muebles rotos, y los hombres golpeados y llevados a la carretera a punta de rifle; toda esa semana, los huelguistas que iban a recoger cartas a las oficinas de correos del pueblo minero eran golpeados y balaceados, y se les negaba el derecho a transitar por los caminos vecinales. Llegaron rumores de que los colonos de Aguilar tenían terror de que los mataran y se estaban armando para protegerse. El 4 de octubre, guardias armados invadieron las calles de Old Sopris que no está en terrenos mineros, y a punta de pistola disolvieron un mitin de huelguistas en un edificio público. Por todos lados, las luces rastreadoras recorrían durante la noche las tiendas de los huelguistas; no dejaban dormir a mujeres y niños, y sacaban a los hombres veinte veces cada noche para defenderse del siempre temido ataque. El 7 de octubre el ataque llegó.

Algunos huelguistas fueron a Hastings a recoger su correo. Fueron insultados y se les impidió entrar en la oficina de correos. Cuando iban por el camino de regreso, uno de los guardias de Hastings disparó dos tiros sobre sus cabezas, cada uno de los cuales dio en tiendas de la colonia. Minutos más tarde, un automóvil en el que iba B.S. Larson, contador en jefe de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado, se detuvo en el camino cerca de las colinas. Se hicieron veinte disparos sobre las tiendas. De inmediato, la colonia hervía con los gritos de hombres furiosos. Sólo diecisiete de ellos tenían armas de fuego, pero el resto se armó con piedras, pedazos de carbón y palos, y se precipitaron hacia la llanura, sin un plan, sin líderes. Su aparición fue la señal para una descarga desde la colina de Hastings y desde una casa de piedra cerca de la boca del cañón. Las mujeres y los niños corrieron fuera de la colina y se expusieron completamente. Ante de la furiosa acometida de los huelguistas, ya medio enronquecidos, los guardias se retiraron a las colinas. Entonces se detuvo la lucha y los hombres regresaron, gastados por la rabia y jurando que subirían y balacearían Hastings esa misma noche. Pero sus líderes los disuadieron.

COINCIDENCIAS DIGNAS DE TODA SOSPECHA

A la mañana siguiente, alrededor de la hora del desayuno, alguien disparó sobre las tiendas desde un tren de carga que pasaba, y toda esa noche la luz rastreó la colina, hasta que, a las cuatro de la mañana, uno de los huelguistas la hizo pedazos de un tiro. Esa mañana, los huelguistas hicieron el paseo habitual para recoger su correo y vieron venir el tren. Algunos de ellos jugaban pelota en el campo de beisbol situado al este de la estación, cuando un tiro desde la Colina de Hastings aterrizó justo en medio de ellos. Un centenar de hombres cruzó el campo gritando para tomar sus armas, y antes de que las hallaran se iniciaron los disparos desde un puente ferroviario de acero. Los huelguistas corrieron por la vía hacia el puente. Cuarenta o cincuenta corrían sin armas, excepto sus manos desnudas, y el resto andaba desorientado, poniendo el parque equivocado en las armas de diferentes marcas y tratando de ver de dónde venía el fuego. Hicieron una barricada de carbón junto a la estación, sin saber qué más hacer, ignorantes del lugar de donde procedían los disparos. Todo ese tiempo, sonaba la fusilería desde el puente. Pero la fila delantera de los huelguistas armados avanzó hacia Weter Tank Hill y, lanzándose al campo, salieron disparando desatinadamente. De repente, alguien gritó: «íViene la milicia! íViene la milicia! íEs una trampa! íDe regreso a la colonia! íRegresen a la colonia!» Agolpándose, atropellándose, empavorecidos y disparando sobre sus hombros conforme corrían, los huelguistas remontaron la vía; pero no antes de que un ranchero llamado MacPowell, que había permanecido perfectamente neutral ante los dos bandos, fuera abatido desde el puente de acero mientras cabalgaba rumbo a su casa.

Pero los disparos desde el puente continuaban. En ese momento un tren que iba hacia el norte se detuvo en Ludlow, y Jack Marraquie, agente especial del Colorado and Southern Railroad, dijo a los reporteros que «hay un montón de alguaciles ahí, en el paso de ferrocarril, tratando de empezar algo».

Es interesante saber que la milicia estaba a bordo del tren en Trinidad una hora antes de que el fuego se iniciara, y que en el momento del primer disparo el tren partía hacia Ludlow. 

Tres huelguistas fueron heridos. Frenéticamente, esa tarde los colonos empezaron a cavar pozos para los fusileros; al arribo de la milicia a la estación de Ludlow, los guardias y alguaciles ya habían abandonado la colina y el puente, y alardeaban de haber tomado Ludlow y de que antes de anochecer tomarían la colonia de tiendas. Fue otra noche de terror para los huelguistas. Nadie durmió. Los hombres -unos doscientos- se quedaron junto a los pozos de fusileros hasta el amanecer. Sólo diecisiete estaban armados; el resto tenían cuchillos de carnicero, navajas y hachas. Pero al día siguiente los guardias regresaron a las colinas, gritando que unas de esas noches bajarían a matar a todos esos desharrapados.

Dos días más tarde, tres guardias a bordo de un automóvil vaciaron sus pistolas automáticas sobre la colonia de Sopris. Cuatro días después de eso, la Compañía de Combustible y de Hierro Colorado montó una luz rastreadora y una ametralladora en la colina de Segundo. Un guardia borracho que insultó a una mujer fue severamente golpeado allí, y se misma noche la ametralladora disparó sobre el pueblo durante diez minutos. Al día siguiente, cuarenta y ocho huelguistas, que mantenían un pacífico piquete en la mina de Starkville, propiedad de James McLaughlin, cuñado del gobernador Ammons, fueron arrestados, forzados a marchar doce millas a pie entre filas dobles de guardias armados, hasta Trinidad, y arrojados en prisión.

LOS «ESPECIALES DE LA MUERTE»

Los atropellos siguieron. En Segundo, Los detectives de Baldwin-Felts invadieron el Pueblo Viejo, que no está en terrenos de la mina, y derribaron a hachazos la puerta de una casa particular, con el pretexto de buscar armas. En Aguilar, los guardias mineros allanaron el cuartel general de los huelguistas a punta de rifles; y en Walsenburg, Lou Miller – pistolero famoso con cinco asesinatos en su haber- anduvo por las calles con seis compinches armados, golpeando sindicalistas. A.C. Felts, gerente de la Agencia de Detectives Baldwin-Felts, llegó a la escena de los hechos y ordenó de inmediato la construcción de un automóvil blindado, con ametralladora montada, en la planta de acero de la Compañía de Combustible y Hierro de Colorado, en Pueblo.

Los funcionarios del sindicato intentaron demasiado, tarde conseguir armas para los huelguistas. Todas las tiendas de municiones las habían vaciado ya los operadores, de modo que el 15 de octubre -por ejemplo- los veinticinco hombres de la colonia de carpas de Forbes tenían sólo siete fusiles y seis revólveres (todos de marcas diferentes) y muy poco parque. La colonia de Forbes estaba a lo largo del camino, en la boca de un cañón que sube hasta la mina. Este lugar fue balaceado varias veces por francotiradores desde las colinas, especialmente después de que los huelguistas se negaron a permitir que los trabajadores subieran a la mina. Los hombres de la colonia se alarmaron tanto por la seguridad de sus mujeres y niños que construyeron un campo separado para ellos, a unos trescientos metros.

En la mañana del 17 de octubre, un cuerpo de jinetes armados que galopaba por el camino de Ludlow desmontó en un paso del ferrocarril cerca de la colonia. Al mismo tiempo, el automóvil blindado de Felts apareció en la dirección de Trinidad, dio una vuelta y apuntó su ametralladora directamente sobre las carpas. Azorados, aterrorizados, los huelguistas salieron, con sus pistolas, pero un guardia llamado Kennedy, más tarde oficial de la milicia, se acercó con una bandera blanca, y gritó:

-íNo pasa nada, muchachos; somos sindicalistas!

Y cuando los huelguistas bajaron sus armas, dijo: «Quiero decirles algo».

Se agruparon alrededor de él para oír lo que tenía que decirles. Y de pronto exclamó:

-íLo que quería decirles era que les vamos a dar una lección, desharrapados!

Y, bajando la bandera blanca, la aventó al suelo. Al mismo tiempo, los jinetes que habían desmontado hicieron una descarga sobre el grupo, matando instantáneamente a un hombre. Aterrorizados, los huelguistas corrieron de regreso a las tiendas; a través del campo, se dirigían a una cañada donde habían acordado ir en caso de ataque, y mientras corrían la ametralladora abrió fuego sobre ellos. Acribilló en las piernas a un niño que corría entre las carpas, y que cayó ahí mismo. Los huelguistas contestaron inmediatamente el fuego, y la batalla se prolongó de las dos de la tarde hasta el anochecer. Cada vez que el niño herido intentaba arrastrarse hacia las tiendas, la ametralladora le disparaba. Fue alcanzado no menos de nueve veces. Las tiendas fueron acribilladas y los muebles que había dentro hechos pedazos, una niña, hija de un granjero vecino, regresaba a casa de la escuela. Fue alcanzada en la cara. Al oscurecer, cesó la balacera y la partida atacante se fue, pero toda la noche los huelguistas no se aventuraron de regreso a sus tiendas.

El terror que provocó el ataque brutal de los «especiales de la muerte» casi se habían apaciguado cuando, cinco mañanas más tarde, los huelguistas se despertaron para verlos plantados en la misma posición de antes: la ametralladora asesina apuntada contra la colonia, y otras tres ametralladoras -en un radio de doscientos metros- rodeándolos completamente. Conforme el sol ascendía, hombres armados bajaban de las colinas en todas direcciones. Había más de un centenar de ellos. Bajo la cobertura de las armas, el subsheriff Zeke Martin, del condado de Las Animas, marchó hacia las carpas y ordenó a todos los hombres formar una sola fila y bajar a la vía del tren. Insultados y golpeados, fueron alineados ahí con la ametralladora de los «especiales de la muerte» apuntándoles. Entonces se inició una pesquisa de la colonia; todas las armas de los huelguistas fueron recogidas, sus baúles abiertos a golpes, sus camas hechas trizas y el dinero y la joyería robados. La casa cercana de un ranchero, veterano de la Guerra Civil, que no estaba de ningún modo relacionado con los huelguistas, fue invadida y saqueada, y su esposa amenazada de que «si seguía hospedando sindicalistas su casa no duraría mucho».

Esa misma noche, una turba de mineros enfurecidos rodeó a un detective de Baldwin-Felts en Trinidad y amenazó con lincharlo …

EL DIQUE DE LA IRA

Por estos días, los huelguistas de todas las colonias desde Starkville hasta Walsenburg habían decidido no confiar más en la buena fe o las promesas de los agentes del orden; en cambio, conseguirían armas y protegerían a sus mujeres y niños de los asaltos asesinos de los guardias mineros, de la única manera en que podían hacerlo. Fue una decisión nacida de la desesperación; algunos de ellos ni siquiera habían visto nunca una pistola, y mucho menos habían disparado, y la mayoría venían de países donde la autoridad de la ley es poco menos que divina…

Había ya amenazas diarias por carta, por teléfono, y hombres armados que desde las colinas gritaban que una de esas noches, pronto, todos los guardias de todas las minas bajarían por los cañones y destruirían las colonias de tiendas. En Ludlow, la gente de la colonia vivían en un continuo pánico. Los hombres fueron a Trinidad, rogando de esa en casa que les dieran rifles viejos pistolas herrumbrosas; cualquier cosa, de hecho, que pudiera disparar. Y en verdad fue una extraña colección de armas curiosas y obsoletas la que se reunió en la colonia. Por consejo de sus líderes, los colonos cavaron guaridas debajo de sus tiendas, donde las mujeres y los niños podían esconderse en caso de un ataque. La redoblada vigilancia nocturna, los insultos y los disparos ocasionales de los guardias mineros, las palizas a los sindicalistas cuando éstos se atrevían a salir solos de noche de la colonia, y las continuas historias sobre atropellos de los pistoleros en toda la zona, pusieron a los huelguistas en tal estado de tensión que únicamente las súplicas de sus líderes evitaron que atacaran y aniquilaran a los guardias. Devolvieron las amenazas de éstos, y cundió el terror, también, en los campamentos de las minas.

El 26 de octubre el dique de la ira se rompió. Durante varios días los colonos de Ludlow habían estado esperando un ataque, y el lugar contaba, día y noche, con piquetes de centinelas armados. La mañana del sábado, el día veinticinco, algunos huelguistas que habían andado cerca de la estación del ferrocarril informaron sobre la llegada de una nueva luz rastreadora que remplazaría a la que había sido balaceada el día nueve. Varios hombres exclamaron que no debía permitirse que otra vez fuera instalada para espiarlos, pero los líderes de la huelga insitieron en que no se interfiriera con la luz. Así que la dejaron en paz. Hacia la tarde, sonó el teléfono y una voz dijo: «Hablo desde Hastings. Miren hacia allá. Una gran cuadrilla ha salido de aquí a caballo para empezar algo, y muchos más se van a esconder en la boca del cañón para caer sobre ustedes cuando suene el primer tiro». Casi en el mismo minuto, uno de los centinelas llegó corriendo:

-íYa vienen! íLos alguaciles vienen cabalgando por el cañón, y son un montón!

Los hombres en el campo empezaron a correr por sus armas.

-íNo peleen! -gritaban los líderes-, íes un truco! íEstán intentando iniciar algo!

-íBueno, pues entonces van a tenerlo! -respondían los hombres.

-No vienen por nosotros -aducía alguien-. Déjenlos, muchachos. Vienen a llevarse esa nueva luz rastreadora de regreso a Hastings.

-No, no es cierto -gritó un hombre-. No voy a tener esa luz rastreadora sobre mi tienda toda la noche. íVamos, muchachos! 

Y mientras dudaban ahí, sin decidirse a atacar, el asunto se resolvió por ellos. Veinte hombres armados y a caballo aparecieron por el camino del cañón, cabalgando hacia el depósito. De súbito, uno alzó pausadamente su rifle y disparó. Los huelguistas salieron de la colonia hacia el paso del ferrocarril y el arroyo, para distraer el fuego de los guardias de la colonia, y empezaron a disparar conforme corrían. De inmediato, las fuerzas de reserva que habían estado escondidas en el cañón salieron a la luz, y se inició una batalla que duró hasta el anochecer. Menores en número y en capacidad de fuego, los huelguistas se retiraron lentamente hacia el este y el norte, deteniéndose en el puente de la C. and S. Steel. De ahí trataron de desalojarlos los guardias, cuando cayó la oscuridad; éstos se retiraron en la noche hacia las colinas y algunos huelguistas los siguieron. Esa noche, casi el cuerpo entero de los huelguistas tomó las colinas. Hacia la mañana del domingo, el día veintiséis, la mina de Tabasco fue sitiada por mineros armados, atrincherados en la punta de las colinas. Esa noche corrieron rumores por las tiendas de siete mil mineros de que, al fin, los muchachos habían atrapado a los guardias donde los querían, en Ludlow; y toda la noche, los hombres exploraron el campo, caminando en ocasiones cuarenta kilómetros con sus armas al hombro.

Los guardias telefonearon a Trinidad para pedir ayuda. Ese día, dos trenes fueron enganchados en Trinidad para llevar alguaciles y soldados como refuerzo a Tabasco, pero en ambas ocasiones la tripulación del tren se rehusó a transportarlo. Treinta y seis alguaciles de Walsenburg fueron llevados apresuradamente a Trinidad en un tren especial, disparando, al pasar, sobre las tiendas de Ludlow, y fueron nombrados de inmediato sheriffs del Condado de Las Animas en el Hotel Colorado.

Pero los huelguistas, sin organización ni liderazgo, pronto se cansaron de la batalla y regresaron a la colina, a través de la llanura, cantando y gritando con el júbilo de la victoria. Hubo un gran banquete y baile esa noche, en el cual se divirtieron todos los visitantes, y los guerreros contaron sus historias con gran jactancia y adulación. Pero en mitad de las festividades llegaron noticias de que los guardias estaban montando una ametralladora en un vagón y venían por el cañón. El baile terminó entre el pánico, y nadie durmió en toda la noche. Sin embargo, en la llanura, ningún bando disparó un solo tiro hasta el amanecer, aunque el fuego casual del rifle en las colinas indicaba que algunas de las bandas nómadas estaban todavía «venadeando» a los guardias.

Pero en la mañana todo empezó de nuevo, con descargas desde las colinas. Al mismo tiempo, llegó información autorizada desde Trinidad, por teléfono, acerca del arribo de un tren bindado de tres carros de acero equipados con ametralladoras, como el que fue llevado a través de Cabin Creek para tirotear las tiendas de huelguistas en West Virginia, el año pasado. Quinientos hombres atravesaron la llanura para esperar ese tren; no prestaron atención a los disparos desde las colinas. Y cuando el tren llegó a un kilómetro de Ludlow, lo recibió tal andanada de disparos que se vio forzado a regresar a la mina de Forbes.

SALUDOS A LA GUARDIA NACIONAL

Una tormenta de nieve desde el noroeste empañó el mundo esa noche. Y en la oscuridad, alrededor de setecientos huelguistas abandonaron sus tiendas y se dirigieron a las colinas. Antes del amanecer del día veintiocho, abrieron fuego cerrado sobre Berwind y Hastings, y mataron a más de diez guardias mineros y alguaciles. Más y más cerrados se hacían sus disparos; más y más feroz era su fuego. Se cortaron alambres de telégrafo y teléfono y se destacó una partida con órdenes de volar la vía del ferrocarril que sube a Ludlow. En Tabasco, también, los huelguistas empujaron a los guardias y sus familias hasta la boca de la mina. Si se les hubiera permitido terminar lo que tan ferozmente habían iniciado, no cabe duda de que los guardias de esas tres minas habrían sido muertos. Pero a través de la tormenta llegaron corriendo mensajes desde la colina de Ludlow.

-Paren la pelea -ordenaron- y regresen rápido a las tiendas. íEl gobernador ha llamado a la Guardia Nacional! Así que regresaron por las colinas y a través de la llanura, discutiendo esta nueva complicación. ¿Qué significaba? ¿Serían neutrales los soldados? ¿Se desarmaría a los huelguistas? ¿Se les daría protección contra los pistoleros? Los que habían estado en otras grandes huelgas estaban mortalmente asustados. Pero los líderes los tranquilizaron por el momento, y esa noche los hombres de las otras colonias se fueron a casa, y los hombres de Ludlow entregaron sus armas a sus líderes para que pudieran mostrárselas a los soldados en la mañana. Pero la mañana llegó y los soldados no, ni noticias de ellos. Al mismo tiempo, llamó un hombre desde Trinidad para decir que siete automóviles con alguaciles armados a bordo habían salido para Ludlow, jurando vengar el ataque a Hastings y a Berwind. Y conforme avanzaba el día, otros y peores rumores se multiplicaron.

-íEstamos perdidos! -exclamaban-. Los soldados vienen a quitarnos nuestros rifles. Nos van a fusilar. Es lo que siempre hacen en las huelgas. Y antes, van a venir los guardias por la noche. Debemos sacar a las mujeres y a los niños.

Así pues, las esposas e hijos fueron puestos en el tren de Trinidad y los hombres se quedaron en el campamento vacío.

-Vamos a demostrarles que somos hombres. Vamos a vengarnos de los guardias mineros antes de que los soldados vengan y nos maten. Vamos a darles una buena pelea.

Entonces sólo había una pequeña partida armada, no más de un centenar de hombres. Sin plan ni líderes, se aventuraron en la tormenta antes del amanecer; pero los guardias ya estaban alerta, y sobrepasaban en número, con mucho, a los huelguistas. Hacia las siete de la mañana, los mineros regresaron cansados y se echaron al suelo a dormir.

-El cuento de la milicia era sólo un truco para dejarnos desprotegidos -decían-. No van a venir los soldados. íDénnos todas las armas y el parque y aquí esperaremos a los guardias!

Y esperaron el fin, con fría desesperanza.

Pero en la mañana del día treinta y uno, el tren con las tropas llegó a un punto a tres millas al norte de Ludlow, donde se detuvo: el general Chase se dirigió a la colina de Ludlow bajo una bandera de tregua. Informó a los líderes de la colonia que las órdenes del gobernador Ammons eran de desarmar a ambos lados, para preservar la paz, y que la milicia no se usaría para ayudar a los funcionarios mineros atraer rompehuelgas ni para intimidar a los huelguistas.

Los líderes comunicaron estas promesas a los hombres, quienes, jubilosos de que terminara el reino del terror, depusieron sus armas de buen grado para que fueran entregadas a la milicia, y alegremente mandaron traer a sus mujeres y niños. Tan aliviados y agradecidos estaban con los soldados que planearon una magnífica recepción.

A pedido de los huelguistas, la milicia entró en Ludlow en uniforme de gala. La colonia entera de Ludlow en sus mejores galas domingueras atravesó kilómetro y medio de planicie nevada y soleada, rumbo al este, para encontrarse con los soldados. Al frente, bailaban unos mil niños, reunidos de todas las colonias, vestidos de blanco y cantando la canción de la huelga. Una banda doble de metales venía después, y luego mil doscientos hombres y mujeres con banderas norteamericanas. Formaban dos líneas densas, joviales, a través de las cuales la Guardia Nacional -muy complacida- marchó hacia el lugar donde acamparía.

EL GENERAL HACE HONOR A SU APELLIDO

Chase estableció su cuartel general en Ludlow; el campamento de la milicia estaba al otro lado de las vías del ferrocarril de la colonia de tiendas de Ludlow, y entre ésta y las minas. Chase anunció que el desarme de los dos bandos se iniciaría de inmediato, y para probar su buena fe a los huelguistas desarmó primero a los guardias mineros. Luego pidió sus armas a los huelguistas. Estos entregaron más de treinta y dos: dos tercios de las armas de fuego de la colonia. La razón por la cual el resto no se entregó era un rumor desde Trinidad de que los rifles que les habían quitado a los huelguistas de allá habían sido entregados a los guardias de las minas de Sopris y Segundo.

– Sí – dijo el capitán al mando de la milicia en Trinidad en respuesta a una pregunta de los líderes huelguistas-, se los entregué. Miren, no tenemos soldados suficientes en el campo para proteger estas minas, y allá sus compañeros están muy inquietos, según se me dice.

También llegaron rumores desde Aguilar de que las armas recogidas a los guardias mineros y a los detectives de Baldwin-Felts les habían sido devueltas por la misma razón. Poco después, las armas de Ludlow fueron entregadas a los guardias de Delagua, Hastings, Berwind y Tabasco. Pero los huelguistas no protestaron por ello.

Las relaciones entre los soldados de Ludlow y la milicia eran muy amistosas. Grupos de soldados y mineros jugaban beisbol en la nieve e iban juntos a cazar conejos. Los huelguistas dieron un baile para la milicia en la Gran Tienda, y los soldados visitaron las diferentes tiendas y compartieron lavida de la colonia. Siempre eran bienvenidos a cenar. Los huelguistas, también, circulaban libremente por el campamento de la milicia. Entre los mineros había algunos griegos y montenegrinos que habían peleado en la Guerra de los Balcanes. Algunas veces los oficiales de la milicia los dejaban tomar armas y ejercitarse y se sorprendían de su habilidad.

Pero este estado de cosas duraría solamente unas dos semanas. El principal argumento de los funcionarios mineros para pedir a la milicia era que muchos de los huelguistas de las colonias aceptarían de buena gana regresar al trabajo si se les aseguraba protección; los funcionarios afirmaban que en cuanto la milicia entrara en el campo, habría una avalancha de huelguistas de regreso a las minas. Pero nada de esto sucedió a la llegada de la Guardia Nacional. Apenas si desertó algún hombre. Así que los funcionarios tuvieron que usar otras tácticas.

La actitud de la milicia cambió repentinamente. El general Chase, sin ninguna advertencia, anunció que los huelguistas de Ludlow estaban escondiendo armas y debían entregarlas todas en un plazo de veinticuatro horas. Se ordenó a los soldados no acercarse a la colonia. El 12 de noviembre la milicia y los guardias mineros, juntos, hicieron de súbito una pesquisa de armas ocultas en las casas de los huelguistas en Old Segundo. Rompieron baúles y robaron dinero y joyas. De Trinidad llegó el rumor de que tres de los más notorios guardias de la Baldwin-Felts habían sido enrolados como soldados estatales. El general Chase empezó a hacer sus rondas en un automóvil de la compañía de Combustible y Hierro de Colorado. Se le dijo a los huelguistas que se mantuvieran lejos de la estación del ferrocarril y de los caminos públicos, para que no hubiera choques entre ellos y los rompehuelgas que irían a trabajar en las minas.

UN CAÑONAZO EN DÓLARES

No había presupuesto estatal para pagar a la Guardia Nacional. Los funcionarios del carbón se ofrecieron a financiarla, pero el gobernador Ammons decidió que «no era lo propio». Sin embargo, permitió que la Denver Clearing House (Banco de Liquidación de Denver), a través de su presidente, Mr. Mitchell, pagara por adelantado 250 000 dólares, y esa era una manera indirecta de permitir que las compañías carboneras compraran a la milicia, pues Mr. Mitchell es el mismo presidente del Banco Nacional de Denver que amenazó con cancelar los préstamos de Mr. Hayden, presidente de la Juniper Coal Company, si entraba en arreglos con el sindicato.

Pronto empezó a hacerse evidente el curso que la milicia intentaba seguir. Aunque la ley marcial no se había declarado, y de hecho nunca se declaró, el general Chase lanzó, en Trinidad, una proclama para crear «el Distrito Militar de Colorado», con él mismo al mando, y anunció que se harían «prisioneros militares» y se los pondría disposición de la milicia a sus órdenes. El primero de estos «prisioneros militares» fue un minero que abordó a un soldado en las calles de Trinidad y le preguntó dónde podía unirse al sindicato…

Chase inició abiertamente una campaña de tiranía e intimidación. Tal como en pasadas huelgas, siguieron arrestos masivos, y grupos de treinta y cinco a cien hombres y mujeres fueron arrojados a la cárcel, de una sola vez, sin cargos, y mantenidos ahí indefinidamente como «prisioneros militares». Se arrestó a huelguistas que iban a la oficina de correos de Ludlow a recoger sus cartas. Los sindicalistas a quienes se sorprendía hablando con esquiroles fueron macaneados y encarcelados. Adolph Germer, organizador socialista de los Trabajadores Mineros Unidos, fue puesto bajo arresto cuando bajaba el tren de Walsenburg, y la señora Germer fue insultada en su propia casa por oficiales borrachos. Los guardias mineros, envalentonados por el abierto favor de la milicia, iniciaron de nuevo su interrumpida labor de provocar líos. La noche del 15 de noviembre, hicieron varias descargas sobre las casas de los huelguistas de Picton. Un soldado prohibió a la señora Radlich ir por sus cartas a la oficina de correos de Ludlow, y cuando ella le contestó en tono desafiante él la arrojó al suelo con un golpe de culata. El teniente Linderfelt detuvo a un muchacho de diecisiete años en la estación de Ludlow, lo acusó de asustar a los caballos de los soldados y lo golpeó a puñetazos hasta que el muchacho no pudo ya caminar.

ESQUIROLES, DE IMPORTACIÓN Y POR LA FUERZA

Pero incluso estas medidas no eran lo bastante violentas para los operadores. Algunos periodistas oyeron en el congreso del estado a un grupo de funcionarios denostrar al gobernador Ammons.

– Usted, maldito cobarde -decían-, no le vamos a aguantar esto por mucho tiempo. íTiene que hacer algo, y pronto, si no se las verá con nosotros!

Y la encarnación misma de la voluntad del pueblo del soberano estado de Colorado contestaba:

– No sean tan duros conmigo, caballeros, íLo estoy haciendo tan rápido como pueblo

Poco después de eso, el general Chase lanzó otra proclama garantizando protección a todos aquellos hombres que quisieran ir a trabajar a las minas; anunció que pretendía establecer un tribunal militar secreto para juzgar y sentenciar a todos los infractores de las leyes por él promulgadas en tanto el comandante del Distrito Militar de Colorado. Creo que esa misma noche algún huelguista, enfurecido por la intolerable insolencia del detective Belcher de Baldwin-Felts, le disparó y lo mató en las calles de Trinidad. Treinta y cinco prisioneros militares fueron amontonados en las malolientes celdas de la cárcel del condado y mantenidos ahí de manera indefinida sin comida, agua o calefacción adecuadas. Cinco de ellos fueron llevados ante el tribunal militar y acusados de asesinato, y cuando no confesaban eran torturados. Durante cinco días y cinco noches les arrojaron agua helada, y los pinchaban con bayonetas y los mancaneaban para que no pudiera dormir. Al final de ese primer periodo un italiano llamado Zancanelli se quebró y firmó una «confesión», escrita por los oficiales militares, que posteriormente repudió y que, por supuesto, se demostró que era falsa.

El sindicato hizo un último intento desesperado por juntar a operadores y huelguistas en una conferencia, pero aquéllos rechazaron absolutamente prestar atención al llamado. El general Chase anunció que la paciencia de la milicia estaba colmada. Los huelguistas descubrieron con sorpresa que un tren con varios centenares de rompehuelgas había sido llevado al estado y escoltado por la milicia hasta las minas. Se lo reclamaron a Chase, y éste admitió que el gobernador Ammons había modificado privadamente, por teléfono, su orden contra la importación de rompehuelgas. Esto fue lo primero que los huelguistas supieron sobre el asunto.

Entonces empezó el acarreo de miles de trabajadores desde el este. Se les aseguraba a los obreros que no había huelga en Colorado. Se les prometía transporte gratis y salarios altos. Algunos fueron contratados para trabajar en las minas de carbón, y otros fueron embaucados para ir al oeste con el cebo de la tierra.

Algunos de ellos eran sindicalistas. Pocos querían ser «esquiroles». Pero se les dijo que no les permitirían irse hasta que hubieran pagado con trabajo su transporte y su hospedaje. En Primero, un italiano que trató de escapar por la vía del ferrocarril fue tiroteado por la espalda y muerto. Otro, en Tabasco, fue asesinado porque se rehusó a ir a trabajar. Y aquellos que sí querían quedarse con sus trabajos fueron forzados a trabajar gratis durante semanas. A un hombre, que tenía algún dinero, que pagó su transporte en efectivo, trabajó veinte días y estaba acreditado en los libros de la compañía con carbón por valor de 3.50 dólares diarios, se le dijo a la vuelta de ese tiempo que sólo había ganado cincuenta centavos. La milicia actuaba bajo las órdenes de los superintendentes mineros; se negaba a permitir que nadie sin un «salvoconducto» de la compañía partiera. Había que tener un pase para entrar y salir de los campamentos mineros.

Cientos de rompehuelgas escaparon de noche por las colinas, entre la nieve, y buscaron protección y refugio en las colonias de carpas de los huelguistas, donde se les dieron derechos sindicales y una tienda donde vivir…

DIVERSIÓN DE LA SOLDADESCA

Los desórdenes y la brutalidad de los soldados aumentaban. Dos soldados borrachos, uno de ellos oficial, invadieron la casa de un ranchero mientras éste y su esposa estaban fuera, hicieron proposiciones deshonestas a dos niñitos, rompieron baúles para abrirlos y robaron todo lo que había de valor. Aunque se presentó una queja no fueron castigados. En la colonia de Pryor, un huelguista croata llamado Andrew Colnar escribió una carta a uno de sus compatriotas, que era rompehuelgas, pidiéndole que se uniera al sindicato. La milicia arrestó a Colnar, lo llevó al campamento y lo puso a cavar un hoyo en la tierra bajo la vigilancia de guardias armados. Le dijeron que estaba cavando su propia tumba y que sería fusilado al amanecer. Asombrado y aterrado, el pobre hombre pidió que se le permitiera ver a su familia por última vez. Le dijeron que no podía, y que si no cavaba su propia tumba sería fusilado inmediatamente. Colnar se desvaneció en el hoyo que había cavado y cuando recobró el sentido fue golpeado e injuriado.

Este parece haber sido uno de los pasatiempos favoritos de la milicia. Tom Ivanitch, un polaco, fue sacado a empellones del tren en Ludlow de camino a Trinidad y se le dijo que cavara su tumba. No había cargos contra él (los soldados dijeron que lo hicieron por diversión) pero se le permitió escribir su última carta; es ésta:

Querida esposa:

Mis mejores saludos de tu esposo a ti y a mi hijo y a la hermana Mary y a la pequeña Kate y a mi hermano Joe. Estoy bajo arresto y no soy culpable y hoy he de cavar mi propia tumba. Esta será mi última carta, querida esposa. Vean por mis hijos, tú y mi hermano Joe. Yo ya no existiré a menos que Dios me ayude. Con este mundo en que los hombres tienen que morir inocentes y yacer en la tierra y Dios bendiga la tierra donde yaceré. Estamos cavando la tumba entre las tiendas y la calle. Querida esposa y hermano Joe, les digo que vean por mis niños. Mis mejores saludos a ti y a los niños y al hermano Joe y a la suegra y a la cuñada Mary Smiljimie y a todos los vivos. Si no voy esta noche a Trinidad y veo a los jefes y veo si algo se puede hacer por nosotros. Yo creo que será demasiado tarde. No sé qué más escribir, para decir adiós para siempre. Ahora veo que habré de entrar en la tumba. Dios haga justicia. Tengo $5 para ponerlos en la carta si alguien no se los roba. Tengo $23.30 en Domenic Smircich. Estaba escrito en un libro. Que Joe se encargue de todo. Mis mejores saludos a todos los que conozco si todavía están vivos.

Tu esposo

Tom Ivanitch

Estoy triste, mi corazón está roto esperando el último minuto. Cuando tengas el dinero de la sociedad para los niños divídelos equitativamente.

Y hay otra carta de un italiano que estuvo en la misma faena: 

Querida Louisa:

Mis mejores saludos a mi pobre Carlo. Esta es la última carta que escribo. Es todo lo que tengo que decir. Tristeza. Adiós, adiós.

MILITARES Y CABALLEROS CONTRA MUJERES

El 23 de enero, las mujeres y los niños de los huelguistas desfilaron en Trinidad para protestar contra el encarcelamiento de Mamá Jones, que estaba entonces en el Hospital San Rafael. Desfilaron bastante alegres, cantando y riéndose, hasta que dieron vuelta hacia la calle principal. Ahí, repentinamente, un cuerpo de caballería militar bloqueaba el camino.

íVáyanse a sus casas! -gritaron-. íDisuélvanse! íRegresen! íRegresen! íNo pueden pasar por aquí!

Las mujeres se detuvieron, indecisas; luego avanzaron, y el cuerpo de caballería avanzó lentamente sobre ellas, con los sables desenvainados. Todo el odio de los trabajadores por la milicia surgió en estas mujeres. Comenzaron a burlarse y a gritar:

– íAcarreadores de esquiroles! íBaldwin-Felts!

Los soldados se abalanzaron sobre ellas, arreándolas. El propio general Chase los mandaba; gritaban los peores insultos. Una muchacha pequeña de dieciséis años se puso en el camino del general. Este pasó junto a ella y la pateó violentamente en el pecho. Furiosa, llena de rabia, ella le dijo que tuviera cuidado con lo que hacía. Otro soldado galopó hacia ella y la golpeó con su sable. Un quejido y un grito surgió de las mujeres. El caballo del general Chase se encabritó de repente y el general cayó al suelo. Las mujeres estallaron en una carcajadas.

– íCarguen sobre ellas! íCarguen sobre las mujeres! -gritó el general; y así lo hicieron!.

El propio general Chase le abrió la cabeza a una mujer con su espada. Los cascos herrados de los caballos golpearon a mujeres y niños, derribándolos. Empavorecida, la multitud corrió por la calle; los soldados iban entre ella, golpeando y aullando. Se bajaron de sus caballos y se arrojaron como locos al ataque, con los puños, derribando mujeres y arrastrándolas por la calle. Ese día la cárcel estuvo de bote en bote con más de un centenar de prisioneros militares.

Hacia fines de febrero, un subcomité de la Comisión de Minas y Minería del Congreso de Estados Unidos llegó a Trinidad para investigar la huelga. Entre otras cosas, los testigos hicieron los cargos más impresionantes contra la milicia. El capitán Danks, abogado por la milicia, prometió que llevaría abundantes testimonio para refutar esos cargos; pero al término de la audiencia no había recusado ni uno solo.

El último día de la investigación, el 9 de marzo, un rompehuelgas fue hallado muerto cerca de la colonia de Forbes. Al día siguiente la milicia, bajo el mando del coronel Davis, fue a Forbes y destruyó completamente la colonia de los huelguistas: derribó las carpas, destrozó los muebles y ordenó a los huelguistas que salieran del estado en un plazo de cuarenta y ocho horas. Davis dijo que tenía órdenes del general Chase de «limpiar esa colonia», pues los huelguistas de Forbes habían sido los principales testigos de la brutalidad militar ante el Comité Parlamentario. Más de cincuenta huelguistas y sus familias quedaron a la ventura del frío más duro del invierno, sin casas a donde ir y sin nada que comer. Dos bebés murieron por estar a la intemperie. 

Varios días más tarde la malicia atrapó a diez hombres de la colonia de Ludlow que habían testificado contra ellos y los hizo marchar hasta Berwind. Ahí, los golpearon y los pusieron contra un muro de piedra, les apuntaron con un cañón, les prohibieron hacer el menor movimiento y los herían con bayonetas cuandos se movían. Los tuvieron ahí, de pie, amenazando con fusilarlos, durante cuatro horas, y luego trajeron un látigo de cuero y los fustigaron a todo lo largo de la cañada, mientras lo seguían a galope. Un viejo minero llamado Fyler estaba al final tan exhausto que ya no pudo correr. Se detuvo, y cuatro soldados cayeron sobre él y lo golpearon tanto que tuvo que arrastrarse hasta Ludlow sobre sus manos y rodillas.

Evidentemente, se estaba haciendo todo lo posible para exasperar a los huelguistas. En cuatro ocasiones la milicia hizo un simulacro de pesquisar la colonia de Ludlow en busca de armas. Colocaban dos ametralladoras del otro lado de la vía del ferrocarril apuntadas hacia la colonia e irrumpían entre las tiendas, sacaban a los hombres Ios alineaban sobre la planicie abierta, a kilómetro medio, bajo otra ametralladora, mientras los soldados entraban en el campamento robando todo objeto de valor que encontraban, levantando los pisos, rompiendo puertas e insultando a las mujeres.

UNOS SE VAN Y OTROS SE QUEDAN

No quiero decir que los huelguistas no resistieron este reino de terror; quiero decir que no cometieron ninguna violencia contra los milicianos excepto burlarse de ellos e insultarlos. No obstante, se les llevó a tal extremo de exasperación que ni siquiera sus líderes podían prometer controlarlos durante mucho tiempo. Sus casas destruidas e invadidas, sus mujeres asaltadas robadas e insultadas y golpeadas a cada rato. Decidieron que ya no se someterían más. El general Chase se rehusó a que se reconstruyera la colonia de tiendas de Forbes, y los huelguistas amenazaron con hacerlo de todas maneras; y esta vez -dijeron- estarían preparados a resistir de tal manera que la milicia no destruiría sus casas sin antes matarlos. Entonces, frenéticamente, a lo largo de los ochenta kilómetros de las colonias de tiendas, los huelguistas empezaron a comprar armas. Y, de repente, el 23 de marzo, la milicia se retiró del campamento.

Los 250 000 dólares adelantados por la Denver Clearing House para pagar a los soldados se habían agotado hacía ya tiempo. Más aún, el auditor del estado, Kenehan, había hecho una investigación y descubrió tan impresionantes peculados y deshonestidades entre oficiales y tropa que se rehusó a reconocer las letras de adeudo. Muchos soldados se amotinaban porque no habían recibido su paga. Los guardias mineros, en uniforme, andaban por todos lados contrayendo deudas y firmando cuentas que el estado les pagaría. No había la menor disciplina. Los oficiales no podían controlar a sus hombres.

Pero antes de irse dos compañías de la milicia se formaron la Compañía B en Walsenburg y la Tropa A en Trinidad. Estos cuerpos estaban compuestos casi enteramente por guardias mineros y detectives de Baldwin Felts. Les pagaban las compañías carboneras. Los rompehuelgas más curtidos de las otras compañías se alistaron en una nueva compañía – curiosamente llamada Compañía Q- que tenía su cuartel general en Ludlow. Estas tres compañías se quedaron en el campamento. Muchos de estos hombres eran rompehuelgas profesionales que iban a trabajar en las minas con uniforme militar, y dejaban sus armas en la entrada.

AMAGUE, FIESTA Y BEISBOL

El domingo 19 de abril fue la Pascua Griega y los griegos de la colonia de Ludlow celebraron. Todo mundo celebró con ellos, porque a los griegos los querían todos los huelguistas. Había cerca de cincuenta, todos jóvenes y todos sin familia. Algunos de ellos eran veteranos de la Guerra de los Balcanes. Louis Tikas, graduado de la Universidad de Atenas, era el más amable, el más valiente y el más querido de los griegos y por todo ello se convirtió también en el líder de los huelguistas…

Era un bello día, la tierra estaba seca y el sol brillaba. Al amanecer la gente de Ludlow ya estaba en pie, de fiesta por las tiendas. Los griegos empezaron a bailar a la salida del sol. Se negaron a entrar en la Gran Tienda, pero en un cuadrado de tierra bañado por el sol clavaron sus banderas; sacaron sus vestidos nacionales del fondo de los baúles y toda la mañana bailaron danzas griegas. En el diamante de beisbol se desarrollaban dos juegos, uno para las mujeres y otro para los hombres. Dos equipos de mujeres habían decidido jugar; y los griegos les dieron pantalones a las jugadoras como regalo de Pascua. Así, con risas y gritos, todo el campamento se dio a la fiesta. Los niños andaban por todos lados, jugando sobre la hierba nueva de la llanura.

A la mitad de los juegos de beisbol, cuatro soldados llegaron a través de la vía del ferrocarril con rifles en mano. Ahora bien, se había hecho una costumbre que los soldados vinieran a ver jugar a los huelguistas; pero nunca antes habían traído sus armas. Caminaron hasta el diamante de los hombres y tomaron una posición entre la primera base y el plato de home, apuntando sus rifles, con insolencia, sobre la multitud. Los huelguistas no les prestaron atención por un rato, hasta que vieron que los soldados estaban precisamente en la línea donde los corredores tenían que pasar, por lo que interferían el juego. Uno de los hombres protestó y les pidió que se movieran a un lado de modo que los corredores pudieran pasar. También dijo que no había necesidad de que apuntaran sus rifles a la multitud. Los soldados respondieron insolentemente que eso «no era su maldito asunto», y que si decía una palabra más empezarían algo. Así que los hombres tranquilamente movieron su diamante y siguieron jugando. Pero los soldados andaban buscando bulla, así que fueron al juego de las mujeres. Se burlaron de los guardias, llamándolos «acarreadores de esquiroles», y Ies dijeron que no las asustaban sus armas, y que dos mujeres con una cerbatana los matarían de un susto.

– Está bien, chiquillas -contestó uno de los soldados-. Ustedes se divirtieron hoy; mañana nos divertiremos nosotros…

Poco después de esto, se fueron.

Cuando el juego de beisbol terminó, los griegos sirvieron el almuerzo para toda la colonia. La vieja tienda de reuniones no fue suficiente para ellos en su gran fiesta. Con magnificencia, enviaron a Trinidad a comprar nuevas tiendas para la ocasión; tiendas que nunca antes se habían usado. Había cerveza para los hombres y café para las mujeres: y cuando un griego bebía se levantaba y cantaba una canción griega en vez de hacer un brindis. Todos estaban muy felices, porque ese era el primer día de verdadera primavera que tenían. En la noche hubo un baile; y como a las diez, llegó un hombre y les dijo a los demás, en un susurro, que la milicia andaba a caballo, silenciosamente, por la colonia y escuchaba junto a las paredes de las tiendas.

El baile se detuvo. Durante varios días, habían llegado hasta los huelguistas rumores -y hasta amenazas- de que la milicia tenía intención de barrer con ellos. En la oscuridad, los que tenían armas se reunieron en la tienda que servía de oficina. Había cuarenta y siete hombres. Decidieron no decir nada a las mujeres y niños; en primer lugar, porque si iba a haber una pelea, la milicia no atacaría la colonia de tiendas, sino que permitiría a los huelguistas salir a la planicie abierta, como había sucedido en el otoño, y los combatiría allí; en segundo lugar, habían ya ocurrido tantas de esas amenazas y nada había sucedido… Pero de todos modos montaron guardia alrededor del campamento esa noche; y cuando llegó la mañana todo estaba tranquilo, así que regresaron a las tiendas a dormir.

«Disparen sobre cualquier cosa que se mueva»

Hacia las 8:45, los mismos soldados que habían interrumpido el juego de pelota el día anterior entraron a fanfarronear en el campamento. Iban -dijeron- por un hombre que era retenido contra su voluntad por los huelguistas. Tikas los recibió. Les aseguró que no había ningún hombre con ese nombre en la colonia; pero ellos insistieron en que Tikas mentía y que si no les entregaba al hombre de inmediato regresarían con un escuadrón y pesquisarían la colonia.

Inmediatamente después, el mayor Hamrock llamó a Tikas por teléfono y le ordenó ir al campamento de la milicia. Tikas le contestó al mayor que lo encontraría en la estación del ferrocarril, que estaba a medio camino entre los dos campamentos, y Hamrock dijo que estaba bien. Pero cuando Tikas llegó ahí advirtió que la milicia se estaba abrochando las cartucheras y tomando los rifles; que por todos lados había como una actividad guerrera, y que dos ametralladoras de las que cubrían la colonia de tiendas habían sido emplazadas en Walter Tank Hill. De repente estalló una bomba-señal en el campamento militar. Los huelguistas vieron también las ametralladoras y oyeron el sonido de la bomba; y cuando Tikas llegó a la estación del ferrocarril vio a los cuarenta y siete hombres armados dejar la colonia de tiendas y desfilar hacia el paso del ferrocarril y el arroyo.

– íDios mío, mayor! ¿Qué quiere decir esto? -exclamó Louis.

Hamrock parecía muy inquieto.

– Ustes desmovilice a sus hombres -dijo nerviosamente-, y yo desmovilizo a los míos.

– Pero mis hombres nada hacen -repuso Louis-. Están asustados con esas ametralladoras sobre la colina.

– Bueno, entonces llámelos de regreso a la colonia -gritó Hamrock.

Y Louis regresó en un santiamén a las tiendas, agitando un pañuelo blanco y gritando que regresaran. Estalló una segunda bomba. El había recorrido medio camino y los huelguistas detuvieron su marcha cuando estalló la tercera bomba; y de pronto, sin aviso, las ametralladoras empezaron a repiquetear cerradamente sobre las tiendas.

Fue algo premeditado y sin piedad. Los soldados me dijeron que sus órdenes eran destruir la colonia de carpas y cualquier ser viviente que hubiera en ella. Las tres bombas fueron una señal para los guardias mineros y los detectives de Baldwin-Felts y para los rompehuelgas de las minas vecinas; irrumpieron, bajando de las colonias totalmente armados; eran cuatrocientos.

Súbitamente, la terrible tempestad de plomo de las ametralladoras hizo trizas la tela de las tiendas, y produjo el pánico más espantoso. Algunas mujeres y niños huyeron hacia la planicie para alejarse de la colonia. Fueron balaceados mientras corrían. Otros, con los hombres desarmados, buscaron refugio en el arroyo hacia el norte. La señora Fyler condujo a un grupo de mujeres y niños, bajo el fuego, al pozo profundo de la bomba del ferrocarril, hacia donde bajaron por escaleras. Otros incluso se deslizaron dentro de las guaridas a prueba de balas que habían cavado en las tiendas.

Los hombres armados, aterrados por lo que sucedía, fueron hacia la colina; pero fueron rechazados por una andanada de balas. Entonces los guardias mineros entraron en acción, disparando balas expansivas, que estallaban con el ruido de un revólver a través de las tiendas. Las ametralladoras no se callaban. Tikas había salido con los griegos; pero regresó en un intento desesperado de salvar a algunos de los que se habían quedado; y permaneció en la colonia todo el día. El y la señora Jolly, esposa de un huelguista norteamericano, Bernardo -líder de los italianos- y Domeniski -líder de los eslavos- llevaron agua, comida y vendajes a los aprisionados en los sótanos. No hubo un solo disparo desde la colonia. Ningún hombre allí tenía armas. Tikas pensó que las balas expansivas eran el sonido de disparos hechos desde las tiendas, y salió corriendo como loco a decirle al tonto que parara. Pasó una hora antes de que descubriera qué era lo que hacía el ruido.

La señora Jolly se puso un vestido blanco; Tikas y Domeniski hicieron grandes cruces rojas y las prendieron en el pecho y los brazos del vestido. La milicia las usó como blancos. El vestido fue desgarrado en una docena de lugares, y el tacón de su zapato fue alcanzado también. Tan feroz era el fuego por donde ella iba que la gente tuvo que rogarle que se mantuviera lejos de ellos. Impávidos, ella y los tres hombres hicieron sandwiches y sacaron agua para llevar a las mujeres y los niños.

Esa mañana, temprano, se enganchó un tren en Trinidad y lo abordaron 126 soldados de la Tropa A. Pero los ferrocarrileros se negaron a llevarlos; no fue sino hasta las tres de la tarde que finalmente hallaron una tripulación que condujera el tren. Llegaron a Ludlow hacia las cuatro, y agregaron sus dos ametralladoras al terrible fuego que se vomitaba incesantemente sobre la colonia de tiendas. Un destacamento sacó lentamente a los huelguistas de su posición en el arroyo, y otro intentó en vano desalojar a los del ferrocarril. El teniente Linderfelt, al mando de ocho soldados que disparaban desde las ventanas de la estación del ferrocarril, les ordenó que «dispararan sobre cualquier maldita cosa que se mueva». El capitán Carson llegó con el mayor Hamrock y le recordó respetuosamente que sólo les quedaban unas horas de luz para quemar la colonia de tiendas. 

– íQuémenlos! íLlénenlos de humo! -aullaron los oficiales.

Y sus hombres lanzaron la muerte sobre las tiendas con un furioso arrebato de sed de sangre.

LA ÚLTIMA NOCHE DE LUDLOW

Estaba oscureciendo. La milicia apretó el cerco en torno a la colonia. A las 7:30, un soldado con una cubeta de kerosén y una escoba corrió hacia la primera tienda, la empapó abundamentemente y le acercó un fósforo. Las llamas estallaron e iluminaron el campo. Otros soldados cayeron encima de otras tiendas; en un minuto toda la esquina noroeste de la colonia ardía. Un tren de carga llegó en ese momento con órdenes de pararse a un lado de la bomba de la estación; y las mujeres y los niños en el pozo aprovecharon la ventaja de la protección del tren para salir a lo largo de la valla de acero hacia el refugio del arroyo, gritando y llorando. Una docena de soldados saltó a la cabina del maquinista y le pusieron sus armas en la cara, gritándole que se moviera o lo mataban. Obedeció; y a la luz vacilante de las tiendas en llamas la milicia disparó sobre los refugiados una y otra vez. Al primer brote de las llamas los aterrorizados huelguistas dejaron de disparar; pero la milicia no. Corrían entre las tiendas, gritando con la furia de la destrucción, rompiendo baúles abiertos y saqueando.

Cuando se inició el fuego, la señora Jolly fue de tienda en tienda para sacar a mujer y niños de las guaridas y llevárselos hacia la planicie. De pronto recordó que la señora Petrucci y sus tres hijos estaban en la guarida debajo de su tienda y regresó a sacarlos.

– No -dijo Tikas-, vaya usted con ese grupo. Yo voy a regresar por los Petrucci.

Y volvió a las llamas.

Ahí lo capturó la milicia. El trató de explicar su misión; pero estaban sedientos de sangre y no quisieron escucharlo. El teniente Linderfelt rompió la culata de su rifle sobre la cabeza del griego, dejándosela abierta hasta el hueso. Cincuenta hombres consiguieron una cuerda y la echaron por encima de un cable de telégrafo para colgarlo. Pero Linderfelt cínicamente lo puso en manos de dos soldados, y les dijo que ellos eran responsables por su vida. Cinco minutos más tarde Louis Tikas caía muerto con tres balas en la espalda; y del sótano de la señora Petrucci se sacaron luego los cuerpos carbonizados de trece mujeres y niños.

A Fyler también lo capturaron y asesinaron; le dieron cincuenta y cuatro balazos. Por encima de las llamas y los gritos se oían las voces de mujeres y niños, que se quemaban hasta morir bajo los pisos de sus tiendas. Algunos fueron sacados por los soldados, golpeados, pateados y arrestados. A otros se les dejó morir sin que se hiciera el menor esfuerzo por salvarlos. Un huelguista norteamericano llamado Snyder se inclinaba estupefacto, en su tienda, sobre el cuerpo de su hijo de once años, al que le había estallado una bala expansiva en la nuca. Un soldado entró en la tienda, empapó el cuerpo con kerosén y le prendió fuego, golpeando a Snyder en la cabeza con su rifle y diciéndole que se largara. Snyder señaló el cuerpo de su muchacho; y el soldado sacó el cadáver por el cuello, lo arrojó por tierra y dijo:

– íAhí tienes! íLlévate tú mismo esa maldita cosa!

La noticia corrió de norte a sur como reguero de pólvora. En tres horas todos los huelguistas en ochenta kilómetros a la redonda sabían que la milicia y los guardias mineros habían quemado a las mujeres y los niños. La noche del lunes fueron -con todas las armas de que pudieron echar mano- a la escena de los hechos en Ludlow. Toda la noche los caminos se llenaron con multitudes enfurecidas de hombres armados que se dirigían a Black Hills. Y no sólo fueron huelguistas. En Aguilar, Walsenburg y Trinidad, empleados, taxistas, choferes, maestros de escuela y hasta banqueros tomaron sus armas y fueron al frente. Fue como si el fuego iniciado en Ludlow hubiera puesto en llamas a toda la región. A lo largo del estado los sindicatos y las ligas de ciudadanos se apasionaron, horrorizados, y abiertamente colectaron dinero para comprar armas para los huelguistas. Colorado Springs, Pueblo y otras ciudades fueron la escena de grandes mítines de ciudadanos que pedían al gobernador que solicitara al presidente las tropas federales. Mil setecientos mineros de Wyoming se armaron y telegrafiaron a los líderes de la huelga que estaban listos para marcha en su ayuda. El sindicato recibió cartas de vaqueros, ferrocarrileros y oficinas locales de la IWW que representaban a cientos de trabajadores que ofrecían marchar a través del país para ayudar. Quinientos mineros de Crupple Creek dejaron las minas y se encaminaron hacia el este, rumbo a Black Hills…

Mientras tanto, en Ludlow la milicia estaba enloquecida. Todo el día mantuvieron funcionando constantemente las ametralladoras sobre la chamuscada y ennegrecida colonia de tiendas. Todo lo vivo atraía una tempestad de disparos: pollos, caballos, ganado, gatos. Un automóvil venía por el camino vecinal. En él iban un hombre, su esposa y su hija, que viajaban de Denver a Texas. Ni siquiera sabían que había una batalla. Los soldados apuntaron una ametralladora sobre el auto durante tres kilómetros, le dispararon al techo y acribillaron el radiador. A un reportero, Linderfelt le gritó:

– Mataremos a todos los malditos y desharrapados huelguistas y nos encargaremos de cada desgraciado simpatizante del sindicato en este distrito antes de terminar.

Carretas mortuorias enviadas por el sindicato desde Trinidad para recoger los cuerpos de las mujeres y los niños fueron atacadas con tal furia que tuvieron que regresar. Se vio a los soldados arrojar cadáveres sobre las ruinas aún ardientes de las tiendas.

LOS IMPOSTORES SEGÚN CHASE

Y los huelguistas también estaban frenéticos. Los Trabajadores Mineros Unidos lanzaron un llamado a las armas. Durante el día, disparaban desde la punta de las colinas en cantidades crecientes; por la noche, cavaban trincheras: cada vez se acercaban más y más a las posiciones de la milicia. El miércoles el mayor Hamrock telefoneó a los guardias mineros de Aguilar.

– íPor Dios, hagan algo! -dijo-. Están cayendo sobre nosotros de todas las colonias de tiendas. Todos los huelguistas de Aguilar están aquí, y tienen ustedes que arreglárselas para que regresen allá.

Así que los guardias dispararon una descarga sobre las tiendas de Aguilar desde las ventanas del comedor de la Empire Mine. El efecto fue asombroso. Trescientos huelguistas furiosos y gente del pueblo salieron de la ciudad hasta llegar donde estaban los guardias mineros armados con rifles. Era imposible resistirles. En Royal y la No. 9 los guardias y los rompehuelgas volaron hacia las colinas. Los huelguistas irrumpieron y tomaron posesión: quemaron el malacate, destruyeron las casas y destrozaron la maquinaria con las culatas de sus rifles. En Empire el superintendente general de la compañía y algunos guardias buscaron refugio en la mina. Los huelguistas los encerraron ahí, volaron el mecanismo del macalate y arrasaron cincuenta casas de modo tan completo que después no podía uno decir dónde se levantaban.

A todo lo largo de la ruta ocurría lo mismo. Las casas de los huelguistas en Canyon City fueron barridas con una ametralladora. Los huelguistas tomaron las minas de Sunnyside y Jackson y fundieron la ametralladora hasta dejarla convertida en chatarra, aunque no causaron otros daños. En Rouse y en Rugby, cuatrocientos mineros atacaron las minas.

Dos días después del incendio de Ludlow Ia milicia permitió a un reportero, algunas enfermeras de la Cruz Roja y al reverendo Randolph Cook de Trinidad buscar entre las ruinas de la colonia. La batalla todavía continuaba, y los soldados se divertían disparando sobre las ruinas tan cerca como podían de los investigadores. De la guarida debajo de la tienda de la señora Petrucci -que Louis Tikas había tratado tan desesperadamente de alcanzar- sacaron los cuerpos de once niños y dos mujeres, una de las cuales dio a luz un hijo póstumo. No había evidencia de fuego en la guarida, pero muchos de los cuerpos estaban muy quemados. La verdad es que fueron quemados en sus tiendas: varios soldados me confesaron que los gritos aterrorizados de mujeres y niños continuaron todo el tiempo que ellos saqueaban la colonia. Los soldados los lanzaron dentro de ese hoyo junto con otros que habían muerto de asfixia por el humo.

Pero cuando el socorro volvió a Trinidad se les dijo que aún seguían perdidos muchos otros cuerpos, y un huelguista les informó que cerca de la esquina noreste había un sótano en el cual habían perecido dieciocho personas. Así que regresaron el sábado. En esos momentos la milicia la había regresado a su campamento, y el general Chase estaba al mando. Les dio la bienvenida cordialmente, les preguntó si tenían la autorización de la Sociedad de la Cruz Roja para llevar su bandera. Le dijeron que sí la tenían. El general Chase les pidió cortésmente que esperaran un minuto mientras se comunicaba con Denver y averiguaba. Pronto regresó.

– Está bien -dijo-. Telefoneé a Denver: pueden ustedes proceder.

Regresaron hacia la colonia de tiendas. Chase los siguió desde su tienda con binoculares de campo y cuando se acercaron al lugar donde pensaban que estaban los cuerpos, despachó dos soldados para que los trajeran de regreso. El general estaba furioso. Sin darles ninguna razón, los puso bajo arresto por dos horas, custodiados por soldados. Al término de ese tiempo, los llevaron, en fila, frente al escritorio del general.

– íTodos ustedes son unos malditos impostores! -gritó, agitando un telegrama-. Acabo de investigar en Denver que no tienen ustedes autorización para llevar la bandera de la Cruz Roja. ¿Qué demonios pretenden viniendo aquí a tratar de verme la cara?

El reverendo Cook se aventuró a protestar que ese no era lenguaje para usar frente a las damas.

– íPadrotes, predicadores y prostitutas, son todos iguales para mí! -repuso el general-. Lárguense de aquí, váyanse a Trinidad y no se vuelvan a acercar por aquí.

COLUSIÓN Y RÚBRICA

Y era verdad que la Sociedad de la Cruz Roja de Denver, por miedo a ofender a los funcionarios del carbón, telefoneó a Trinidad luego de que el grupo salió hacia Ludlow, y revocar su autorización de usar la bandera de la Cruz Roja. Esa noche, el ferrocarril desembarcó un cargamento de cal viva en el campamento de la milicia, y se abrieron varios pozos fuera de uso en el vecindario. De hecho Ios huelguistas mismos no tienen idea de cuánta gente fue asesinada en Ludlow…

El gobierno estatal de Colorado se vio incapaz de manejar la situación. En el momento de entregar esto a la imprenta, la legislatura, llamada a sesión extraordinaria por el gobernador para tratar el problema, había diferido el asunto sin hacer el menor intento por encontrar una solución. La maquinaria de las compañías carboneras en la Cámara de Diputados y en el Senado mató cualquier intento de una legislación de remedio, pero se coludieron para apoyar un decreto que autorizaba fondos por un millón de dólares para pagar a la milicia y los guardias mineros su espléndida labor matando trabajadores y quemando mujeres y niños.

Quiero añadir un solo dato significativo para beneficio de quienes piensan que Mr. Rockefeller y los funcionarios del carbón son inocentes, aunque estén equivocados. Se dice que en la triunfante conclusión de la sesión legislativa, la señora Welborn, esposa del presidente de la Compañía de Acero y Hierro de Colorado, comentó a sus amigas el «encantador telegrama» que su esposo recibiera de John D. Rockefeller, Jr. Decía, de acuerdo con la señora Welborn: «Felicitaciones de corazón por su victoria sobre la huelga. Apruebo sinceramente todas sus acciones, y alabo el espléndido trabajo de la legislatura» (1914).