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Robert A. Rosenstone: John Reed, un revolucionario romántico.

México, Ediciones Era, Serie Claves, 1979.

Pese a sus dudas, titubeos y deseos de fuga, Reed lo enfrentó todo. Todo lo vivió y no hizo concesiones, dice Robert A. Rosenstone de su biografiado en este libro traducido por Juan Tovar, que por lo menos resulta emocionante.

El conocimiento que en México teníamos de Reed se debía particularmente a tres libros: Diez días que conmovieron al mundo, traducido al español en 1943 y publicado con un prólogo muy pobre de José Mancisidor; México insurgente, aparecido en 1954 en versión de Manuel Díaz Ramírez (que implacablemente se fusiló el DDF para su Colección Metropolitana, lesionando de paso a la editorial del PCM que tenía los derechos); y el volumen Hija de la Revolución, que tradujo el mismo Juan Tovar.

La película de Paul Leduc, Reed, México insurgente, mostró ciertas facetas del periodista estadunidense que ya contaba con cierta notoriedad en Nueva York cuando cruzó el río Bravo. Sin embargo, es el libro de Rosenstone la primera presentación global del gringo Juanito, pese a que Renato Leduc menciona en su Historia de lo inmediato una biografia de Alfredo Varela, prólogo a la edición argentina de México insurgente.

EL MUCHACHO DE ORO

John Reed, un revolucionario romántico, une la precisión de fuentes, típica de los trabajos académicos estadunidenses, con un buen manejo de los supuestos básicos del marxismo. Así, la imagen que teníamos de Reed de suyo interesante, se enriquece con facetas nuevas que llegan a desconcertar.

Reed es todo lo contrario al buen burgués conforme con las bondades de una existencia sedentaria. Un resumen muy escueto de su vida serla el siguiente: niño soñador, versátil estudiante de Harvard, poeta de algunos éxitos, apreciado narrador de ficción, radical que triunfa en Nueva York (lo llamaban el Muchacho de oro de Greenwich Village), innovador teatral que deberían conocer los brechtianos, periodista excepcional y revolucionario que muere joven, a los 33 años, con el homenaje de los bolcheviques que sepultan su cadáver en las murallas de Kremlin.

Por si hiciera falta, Reed fue el hombre deseado por las mujeres que brillaban en la bohemia neoyorkina: esa misma bohemia que lo apoyó y admiró cuando Jack dirigía la representación de un movimiento obrero en el Madison Square Garden, donde los actores eran los propios obreros huelguistas de Paterson, localidad cercana a Nueva York. Más de mil obreros actuaron su propio drama con tal espontaneidad, que el público se mantuvo en pie toda la función y entonó con ellos La Internacional y otros cantos rebeldes.

EL ACOSO Y LA OBJETIVIDAD

Reed trató, por todos los medios a su alcance, de impedir la intervención armada de Estados Unidos en la Revolución Mexicana y en la Primera Guerra Mundial. Alineado con los marxistas y anarquistas que pugnaban por la paz y sostenían que la guerra era un pleito de los imperialismos, Jack supo de cárcel y persecución por sostener estas ideas. La justicia de Estados Unidos lo acosó también, cuando era un enamorado de la revolución bolchevique. Los últimos días de su vida los pasí en prisión o en el exilio.

Acerca del manido concepto de la objetividad periodística,

hay una anécdota de Reed. Estando en Europa como corresponsal durante la primera guerra, Mike Robinson, el dibujante que lo acompañaba, comentó al leer un texto: «Pero si no ocurrió así». Reed señaló un dibujo de su compañero y dijo: «El bulto que la mujer llevaba no era tan grande y éste no tenía la barba cerrada». Robinson contestó que no le importaba la exactitud fotográfica, que su interés era plasmar su sentimiento, una impresión. «Exactamente», concluyó Reed, «eso mismo es lo que yo trato de hacer».

Pero Reed estaba lejos de ser un cronista fantasioso. En el prefacio a sus Diez días… escribió: «En la lucha yo no era neutral. Pero cuando se trataba de relatar la historia de esas grandes jornadas me esforcé por contemplar el espectáculo con los ojos de un reportero concienzudo apegado a decir la verdad».

No ser neutral ni aparentarlo, apegarse a la verdad en todos sus actos, valieron a Reed la represión en vida y, ya muerto, el silencio hipócrita y mezquino de su país. Por eso Rosenstone, su biógrafo, dice que «Estados Unidos puede inmortalizar, de mala gana, a ciertos artistas que llevaron vidas de pasión y compromiso, pero -excepto por el homenaje rendido a la generación de 1776- nunca ha sido un país que perdone o admire a sus revolucionarios».