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José Revueltas: Cartas a María Teresa

Premiá Editora (La Nave de los Locos), México, 1979, 197 pp.

Escritas entre 194/ y 1972 las Cartas María Teresa dan cuenta de las tres fases indisolubles que definen a ese enigma -para la crítica literaria y para la izquierda mexicana- llamado José Revueltas: la del comunista religioso, la del escritor a veces fallido pero vital, y la del personaje irreductible, combinándose en ellas sus pasiones, su dogmatismo, sus errores, su vida solitaria, atormentada, y su peor o mejor enemigo: el alcohol.

Donde comienzan las cartas termina un periodo crítico, abrupto, de la vida y la obra de Revueltas. Militante sin partido comunista (fue expulsado en 1943), ciudadano sin trabajo fijo («sólo escribía guiones para el cine»), estalinista inconforme, disidente político (su salida del Partido Popular por divergencias políticas con Lombardo Toledano), novelista de reconocida fama (un premio nacional de literatura, otro en Nueva York, aplausos y prestigio por El luto humano), autor teatral, el Revueltas anterior a las cartas, joven, inquieto, sufrido, es solamente un ensayo del posterior.

EL PERSONAJE

«No, usted no se puede ir porque, mire, esta botella de whisky es virgen y se va a destapar nada más para que usted la pruebe y con este acto pierda la virginidad». La broma se la dice «Pepe» a María Teresa Retes, un día de 1946, en la casa de Ignacio, hermano de ella. Durante meses, Mariate se rie con las anécdotas, los chistes interminables, el humor fresco, de un «señor». Una noche van los dos al Leda, un cabaret de la Doctores. Lo llama José Alvarado («Revueltas, ven siéntate aquí»), con quien están Efraín Huerta, Enrique Ramírez y Ramírez, Ricardo Cortés Tamayo, Dorantes. Mariate sabe entonces que su compañero se llama José Revueltas, el hombre con el que vivirá más de 25 años y el mismo que le escribe en 1955: «Quiero salvarme y me salvaré, así me destroce las entrañas. Si es irrevocable tu decisión de abandonarme, hazlo sin remordimientos de conciencia» (P. 92). 

Mariate (doce años menor que Revueltas, potosina de familia acomodada, ajena a la dinámica del Partido Comunista Mexicano y sobre todo a las complicaciones emocionales o dramáticas de un hombre de 32 años) tal vez no imaginó que tras el Revueltas simpático, rebosante de buen humor, se encerraba otro, desemparado y obsesivo: el de las Islas Marías, las golpizas, las persecuciones policiacas, las andanzas por los barrios miserables de la ciudad de México. Años más tarde se le revela este «otro» Revueltas capaz de flagelarse: «(…) mi inmensa, mi inmensa estupidez, a la que debe añadirse el maldito, el desgraciado alcohol, del que todos, todos sin excepción -en todos los órdenes, en política, en literatura, en mis relaciones sociales, y en mis actividades profesionales -se sienten felices que padezca» (pp. 91-92.)

En la última carta, junio 3 de 1972, Revueltas se declara enfermo: desde San José California acepta que «Ha sido muy duro físicamente este viaje para mí y ya no puedo más» (p.197). Allá es atendido, alcanza a normalizar su presión arterial y se restablece de una lesión pulmonar: ha resistido una prueba más de su vida en prisión. En 1971 había salido de Lecumberri.

EL COMUNISTA RELIGIOSO

A lo largo de muchas cartas aparece nítidamente la confianza que tuvo en el triunfo del socialismo. Se trata de un comunismo que él interpretó a su manera, sustituyéndolo por otra religión. En 1957, en Trieste, Revueltas reafirma su pasión por el socialismo. Cruza la frontera yugoslavo- italiana -según relata en su carta-, y «El contraste entre el mundo socialista y el capitalismo no puede ser más patente, más palpable» (p. 151). De inmediato observa los «campos ariscos», la «tierra desordenada», que indican la presencia de un propietario. Por fortuna, le dice a Maritate, «Puedes estar segura que el socialismo ya ha vencido y que nadie podrá detenerlo jamás. Esto me ha llenado el alma de alegría».

La huella que deja el Partido Comunista Mexicano en José Revueltas es indeleble. Después de trece años de militancia constante, en los que pone en peligro su salud y su vida defendiendo al PCM que le prohibe determinadas lecturas (Proust, Mann, Gide, Joyce), le impone tareas titánicas o desorbitadas (ir al norte del país sin un peso que ofrecerle), Revueltas es condenado (expulsado) por desobediencia. Su «falta» debe pagarse con la expiación. Intenta alianzas con el PP de Lombardo, trata de estimularse escribiendo guiones para el cine, pero sigue buscando al Partido Comunista. Porque no hay Revueltas sin partido. Imaginarlo impugnando a la Unión Soviética en las décadas de 1930, 1940 y 1950, erigido en un antiestalinista, enemigo de la Internacional Comunista, abominando las consignas del socialismo, enfrentándose a sus camaradas, retando implacablemente al marxismo de la época, es totalmente ilusorio. Revueltas polemiza con el PCM, se sobrepone al dogmatismo, crea la idea de la inexistencia histórica del PCM porque jamás ha sido la vanguardia del proletariado mexicano. Pero todo bajo el signo de la Unión Soviética y guiado por la mirada de José Stalin. Vive trece años sin partido; en 1956 regresa, suplicante, a sus plantas. Acepta los errores políticos y literarios cometidos y repudia la filosofía existencialista puesta en evidencia en Los días terrenales (1949).

Un año después de haber comparecido -culpablemente- ante el PC, Revueltas le escribe a Mariate desde Budapest y justifica de este modo la intervención soviética en Hungría: «El golpe contrarrevolucionario fue realmente feroz. Los fascistas se desencadenaron asesinando, linchando y mutilando comunistas y trabajadores sin partido. Ahora se convence uno hasta qué grado fue útil e indispensable la ayuda militar de la URSS» (p. 145).

EL CAMINO DE LA REALIDAD

En una entrevista, Revueltas afirmó que él había escogido el camino realista desde un principio y que en este sentido podía considerarse un «modesto innovador». Confiesa que Los muros de agua es apenas un esbozo, pero califica a El luto humano como «algo más acabado, más auténtico», porque se aleja de la temática habitual de la novela mexicana, de la crónica y el costumbrismo típicos de la novela de la Revolución. Así, empezó a cocinar un tipo de realismo desconocido o no practicado en México, y que alcanza su cima con Los días terrenales y Los errores (1964).

Los días terrenales es la obra revueltiana más madura sólo en el sentido de que allí su autor polemiza con «su partido» y consigo mismo. En diciembre de 1963, Revueltas trabaja en su último gran desafío literario, Los errores. Anuncia -en su carta de esa fecha- que la concluirá en enero, y asume con inusitada responsabilidad el hecho de hablar, denunciar, polemizar; dice: «La conclusión de la novela es terriblemente dolorosa ante todo para mí mismo y me pregunto si tiene uno el derecho de hablar así y decir así las cosas. íNi modo! Es verdaderamente un castigo que tenga uno determinada clarividencia unida casi no a la valentía sino a la temeridad del espíritu. Pero sólo de este modo se hace la literatura de un país» (p. 188).

De diversas maneras, y con un profundo sentido autocrítico, Revueltas registró en otros escritos -como en las Cartas a María Teresa- la trensa ya señalada en esta nota: el cincelamiento de su personaje, el fervor del comunista religioso y los avatares del escritor fallido, pero vital.