Larga y sustanciosa es la lista de perros en la literatura. En Dejar huella. Perros de papel, de la memoria, de la imaginación (Cal y arena, 2017) —antología compilada y prologada por Anamari Gomís— se reúnen varios autores que escribieron sobre estos animales esenciales para sus vidas. Presentamos uno de los relatos que componen el volumen, en el que Ángeles Mastretta cuenta cómo su feliz y consentido perro Gioco de pronto se abisma en la profundidad del amor no correspondido. Ha enloquecido por una perra rottweiler. La autora recurre a algunos versos de don Francisco de Quevedo para entender el estado de su criatura. Mastretta nos revela cómo queda curado Gioco del “mal de amores”.


Pasada la primera juventud, uno se cree experto en el padecimiento y la contemplación de los abismos provocados por un amor no correspondido. Por eso es que hasta hace poco yo tenía la certeza de saber casi todo lo que es posible sufrir cuando se cruza por ese infierno azul que es el amor mal pagado. Mi perro me enseñó hace poco que no era así.

El Gioco parece dueño de una vida interior más intensa que la de cualquiera de quienes lo rodeamos, es capaz de aburrirse y gozar con más énfasis que María Callas y cuando implora con sus ojos tristones impone las excursiones más inusitadas. El Gioco duerme sobre las camas, ensucia los sillones de la sala con sus patas mojadas en lodo, ha desbaratado los barrotes de las bien amadas sillas que nos heredó la bisabuela, y el postre de su desayuno ha sido siempre un par de calcetines. Por las mañanas oye música y agradece fragmentos de La Bohemia o sonatas de Mozart, de dos a tres de la tarde toma una siesta sobre mi cama, luego come en el mismo lugar que la familia y el resto de la tarde ladra persiguiendo gatos sin que nadie le reproche el escándalo. En cuanto dan las ocho se acomoda contra la almohada de mi hijo para ver tele hasta las diez.

Como puede verse tiene todas las prerrogativas del más consentido miembro del clan. Por eso, cuando lo llevamos al campo fue tan insoportable verlo saltar del auto y olvidarse de nosotros para correr tras las vigorosas ancas de una perra rottweiler. No quiso en todo el fin de semana ni escuchar nuestras voces, ni dormir sobre nuestras camas, ni siquiera comer. En mitad de la noche amenazó con rayar sin piedad todas las puertas de la casa, aullaba y plañía como nunca he visto quejarse a alguien en pena de amores. Lo dejamos salir a la noche lluviosa por primera vez en su vida de conde y en la mañana lo vimos indiferente, despeinado y grasiento, siguiendo a la perra a su encierro diurno en un pequeño patio. Pasó el día con ella, hemos de suponer que repitiendo a Quevedo:

Después que te conocí,
todas las cosas me sobran:
el sol para tener día,
abril para tener rosas.

Cuando lo sacamos en la tarde para darle de comer aulló hasta que lo regresamos a su encierro. Ahí se quedó febril y displicente, sin voltear a mirarnos, preso de sus deseos como del aire. Lo buscamos en la mañana, seguros de que la oscuridad había sido atroz y de que le urgirían nuestros cuidados, pero él seguía como repitiendo a Quevedo:

Por mi bien pueden tomar
otro oficio las auroras,
que yo conozco una luz
que sabe amanecer sombras.

Tenía los ojos mustios y pequeños, estaba exhausto, pero lo dejamos quedarse con su amada hasta que las horas rodaron como quisieron y llegó el momento de regresar. Entonces, sin más piedad que la de los Montesco, lo separamos de su Julieta. Estaba tan exhausto y tan triste que ni siquiera intentó quedarse. Todo su romance había sido una sucesión de frustraciones, saltos equívocos y esfuerzos inútiles. Un desenlace así era esperado por todos, incluso por él, náufrago amante entre desdenes, que había mantenido el vigor y la audacia tan altos como le fue posible.

Volvimos a casa compartiendo su pena, pero seguros de que al llegar a sus lares encontraría la paz. Sin embargo para el anochecer seguía en un letargo raro. Su respiración era intranquila y azarosa, se había acomodado en un rincón del pasillo y de ahí no quería moverse. La veterinaria intentó calmarnos diciendo que así sufren algunos perros, pueden pasar hasta quince días prendidos al aroma de las hormonas que una perra en celo suelta al aire sin medir los daños:

¿y quién sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

El buen Quevedo es capaz de salir en auxilio de quien se lo pida. Sin embargo el Gioco estaba tan perdido que no había verso capaz de curarlo. Le pusimos el último acto de Madame Butterfly, Pavarotti le cantó “La donna é mobile”, pero todo fue en vano, el lunes no levantó el hocico del ladrillo, seguía jadeante y lastimoso: Si hija del amor mi muerte fuese… sugirió Quevedo. La familia consternada volvió a llamar al veterinario:

—Dénle un baño —dijo. Se lo dimos.

Con las pocas fuerzas que tenía, trató de huir del agua como de una madición:

Y dije quiera amor quiera mi suerte,
que nunca duerma yo si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte.

Cuando lo sacamos del agua, el pelo volvió a brillarle, los ojos encontraron su órbita, las hormonas ajenas dejaron de atormentar su cerebro y algo como el sosiego tomó sus pasos. Dio unos saltos breves, olisqueó nuestras piernas, ambicionó nuestras voces, se dejó guiar hasta un plato de comida caliente y la devoró como en sus mejores tiempos. Había vuelto. Un revuelo de plácemes tomó a la familia, nuestro perro era otra vez él, nuestro perro:

Mas desperté del dulce desconcierto,
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto

dijo Quevedo.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.