Madeleine de Scudéry (El Havre, 1607-París, 1701) conoció en vida una fama literaria de alcance europeo comparable a la de cualquiera de los grandes escritores de su tiempo. Aunque comenzó frecuentando el reputado cenáculo de la marquesa de Rambouillet, no tardaría en abrir un salón propio en 1652 en su residencia del barrio parisino del Marais, donde se examinaban cuestiones fundamentales como la educación de las niñas o la institución social del matrimonio, considerado una auténtica cárcel de la que las mujeres sólo podían escapar cuando el marido fallecía. Presentamos un fragmento de Sobre la mentira, el disimulo y la sinceridad (Siruela, 2017), relato en el que las conversaciones se desarrollan como un juego de espejos y se percibe una férrea defensa de la dignidad y la independencia de la mujer.


Una dama encantadora, enemiga declarada de la mentira, tenía una amiga joven, muy ingeniosa y muy alegre, que en cambio no estaba del todo convencida de rechazar por completo su utilización. Ambas acudieron juntas a visitar la residencia en el campo de uno de sus amigos; otras dos damas y dos caballeros formaban también parte del grupo, y el dueño de la casa —que lo había preparado todo para recibirlos y conocía los deseos de la dama enemiga de la mentira, a la que llamaré Belisa1 — acogió a aquel grupo encantador con sumo placer.

Al entrar en el vestíbulo, esta dama le hizo observar a la joven Climena, la que era más aficionada que ella a la mentira, una perspectiva admirablemente pintada que reproducía al lado opuesto de ese vestíbulo la vista a lo lejos de unos parterres. Luego le hizo alzar los ojos hacia la cúpula, y Climena se creyó a cielo abierto, de tan bien representadas como estaban las nubes y los rayos del sol y diversos pájaros voladores.

El delicioso grupo decidió que el tiempo era adecuado para dar un paseo y salió a los jardines, donde pudo gozar de bellas perspectivas a ambos extremos de la alameda y de numerosas figuras rústicas reproducidas a tamaño natural en diversos rincones de un bosquecillo muy agradable que se encontraba a la derecha del paseo: un pastor que tocaba la gaita con un perro a su lado, una jardinera con una cesta de frutas en las manos, un ciervo echado a la sombra y otras figuras semejantes que embellecían los lugares donde estaban colocadas. Incluso las fuentes parecían más monumentales gracias al arte, al que aquel jardín debía tanto como a la naturaleza. Todo esto llevó a Climena a afirmar, dirigiéndose a Belisa, que la mentira es a veces tan agradable como la verdad.

Madeleine de Scudéry. Grabado anónimo del siglo XVIII basado en una pintura de 1650. Bibliothèque Nationale de France

No obstante, como Belisa tenía un propósito secreto, aprovechó que el sol empezaba a aparecer entre las nubes y alegó que hacía demasiado calor y que era mejor ir a descansar a la sala, que estaba muy fresca. Se fueron pues hacia allí y, como era el comienzo de la primavera y los naranjos aún no estaban en flor, Climena se mostró sorprendida al ver la sala rodeada de naranjos y de jazmines cubiertos de flores artificiales, tan bien imitadas que engañaban a la vista; incluso se percibía un aroma a flor de naranjo que contribuía al engaño, de manera que Climena fue muy aplaudida cuando afirmó que la mentira es útil para todas las formas del placer.

De la sala pasaron a otra habitación donde una serie de espejos, colocados con arte frente a unos bellos paisajes, causaban un maravilloso efecto, pues en todas partes podían contemplarse formas tan engañosas como agradables. Después fueron al gabinete, donde el dueño de la casa poseía muchas curiosidades, y para entretenerlos les mostró algunos libros con admirables miniaturas; unas representaban los más bellos tulipanes que los aficionados a las flores han sido capaces de lograr. Otras, todas las bellas conchas de los más exquisitos gabinetes; y otras, pájaros, mariposas, orugas y escarabajos, pero todo imitado de una manera tan maravillosa que parecía la mismísima naturaleza.

Luego les hizo ver una especie de paisaje confuso representado en un lienzo extendido sobre un bastidor, que situó sobre la mesa; y, colocando en el medio un cilindro que unía todas las líneas en un punto exigido por la ciencia de la óptica, les mostró a todos un retrato del rey de admirable parecido.

—Caramba —exclamó Climena dirigiéndose a Belisa—, ¿seguiréis quejándoos de la mentira, que os ha hecho contemplar al objeto de vuestra mayor pasión?

—No me defenderé de vuestras palabras —replicó Belisa—, pues amo al rey con un amor heroico; pero, a decir verdad, él seguirá siendo amado dentro de dos mil años, igual que la admirable Artenice2, admirada por toda Francia, amaba a Alejandro, e, igual que yo, amaba a César y a Augusto antes de haber descubierto que el rey los sobrepasa. Y amo aún más a ese héroe porque sé que él ama de manera absoluta la verdad, y que tal es la razón que lo lleva a mantener de modo inviolable los tratados que ha firmado y a apoyar la religión, que es la mismísima verdad, con tanto celo. Es por eso que, de entre todas las mentiras inocentes del arte, prefiero sin duda a las que me permiten contemplar al rey, tal y como ha hecho esa ingeniosa pintura.

Una vez terminada esta agradable conversación, el dueño de la casa propuso que fuesen a tomar una colación, y condujo al grupo a la sala de los naranjos; en el centro habían colocado una mesa cubierta de cestas de admirables frutas, adornadas con hojas y flores. Al acercarse, Climena observó que eran de cera, pero tan bien hechas que nunca había visto nada semejante.

—Bien —dijo Belisa dirigiéndose a Climena—, ¿estáis en esta ocasión satisfecha con la mentira?

—Estos frutos falsos me hubieran gustado mucho si no hubiera dado el paseo —replicó ella—, y si los hubiera visto después de comer; pero en este momento podría prescindir de esta mentira.

Todos se rieron de la sinceridad de Climena, y el dueño de la casa los condujo entonces a otra sala, donde encontraron una colación tan real como maravillosa, servida con la máxima exquisitez, y que hizo exclamar a Climena que a ese respecto la verdad era más agradable que la mentira.

Durante el almuerzo, todos reprocharon a Climena su simpatía por la mentira. Uno de los hombres del grupo, de agudo ingenio, le dijo que, de tener que acomodarse a sus gustos y mentir para agradarla, se vería obligado a decirle que era fea, que no tenía ingenio y que todos la odiaban. Ella entendió la broma y se defendió afablemente. Pero como Belisa pretendía en efecto lograr que su amiga llegase a odiar la mentira, prolongó la conversación después de que se hubieran levantado de la mesa, instalándose en otra sala; y, como el dueño de la casa secundaba a Belisa, que se lo había pedido, le dijo a Climena que quería poner en sus manos el mismo remedio que él había utilizado, con buen resultado, para curarse del mismo mal; y al decirlo le entregó una Conversación contra la mentira3 admirablemente bien escrita a mano y bien encuadernada.

Le aseguró que, si la leía con atención, terminaría amando la verdad tanto como Belisa. Todos quisieron beneficiarse de la medicina, así que se leyó en voz alta la siguiente conversación, y Climena le prometió después a Belisa que ya sólo le gustaría la mentira en las perspectivas pintadas y en los cuadros. El grupo al completo estuvo de acuerdo en que aquel remedio era bueno para todo el mundo, y que lo sería para todos los siglos futuros, igual que para el nuestro.

 

Madeleine de Scudéry
Autora de enorme prestigio en el siglo XVII, fue una mujer de cultura extraordinaria y una de las primeras escritoras europeas en poder ganarse la vida con su escritura.  

Traducción de Ángeles Caso.


1 Belisa es probablemente un alter ego de la autora (N. de la T.).

2 Apodo alegórico de la marquesa de Rambouillet (N. de la T.).

3 Este es un texto extraído de Clélie, histoire romaine, obra de Madeleine de Scudéry (N. de la T.).