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E.M. Forster: Maurice.

Editorial Planeta, España, 1979. 218 pp.

Maurice, publicada póstumamente, fue escrita escrita cuando E.M. Forster terminó Howards End, y antes de empezar El paso a la India. En su entrevista más difundida dijo que ésta la habia comenzado en 1912, sin embargo, ese año y el siguiente los invirtió en escribir Maurice, que luego no quiso publicar por la reacción que provocaria el tema. Hasta 1978 se mantuvo inédita, y ahora acaba de aparecer en español. Forster dudó toda su vida de la validez literaria de Maurice, y la mostró a varias amistades en busca de opinión; pero hasta su muerte, estuvo inseguro al respecto.

Maurice está hecha con todos los ingredientes de la literatura de Forster, fundamentalmente el humorismo, dirigido por una inteligencia excepcional. Maurice es un típico personaje de Forster, tal vez menos listo que muchos otros pero igualmente complejo; menos irónico pero igualmentea audaz. En muchas ocasiones parece un personaje secundario que el protagonista, porque con aquellos comparte el escepticismo y el espíritu práctico, mientras que Clive, el personaje verdaderamente secundario, comparte con los héroes de Forster un espíritu de intelectualidad y de rebeldía que no existen en Maurice.

Maurice es homosexual; es Clive quien primero lo siente, lo comprende y se lo hace sentir a Maurice; es éste quien se enterca en mantenerse fiel a un amor que ya no existe y en añorar una pasión extinguida. Su audacia se ve recompensada: el libro, contrario a casi todos los libros de Forster tiene un final feliz.

Ese final feliz fue lo que hizo temer a Forter: pensaba que era un libro escandaloso para su época; tenía razón: de no ser por los mínimos cambios que ha habido, por el respeto que se ha logrado para los homosexuales, por algunos otros libros que han aparecido por ahí, sería imposible leer Maurice sin escandalizarse.

Pero es evidente que el escándalo viene por otro lado: al margen del tema principal, hay varias partes que aún resultan puntillosas, como las pláticas que sostienen los señores de alta sociedad, viendo con desconfianza que sus sirvientes también sean humanos; la indignación de un hombre cuando un sirviente se niega a aceptarle una propina; la naturalidad con que la familia de Maurice acepta la superioridad masculina; el terror con que Clive, a pesar de haberse convertido en heterosexual, tiene que sostener relaciones con su esposa («no llegó a verla desnuda nunca»). Como en todas las novelas de Forster, son pequeños golpes que el escritor deja caer como al vuelo.

El tema de la novela no es propiamente la homosexualidad, sino la aceptación de tal condición. Maurice es un adolescente que no sólo ignora todo lo que hay que saber, sino al que siempre deben decirle de qué se trata lo que está jugando: un maestro debe explicarle el misterio de la sexualidad; Alec es el que debe dar los pasos decisivos para hacerle entender que él y Clive se aman; son sus hermananas quienes le hacen comprender que su relación con Clive cambió. 

Para que Maurice acepte los cambios que le son señalados debe luchar consigo mismo más que con los demás; los acepta siempre porque lo convencen de ello, y como carece de la inteligencia de Philliph Herrington, su aceptación de la realidad es renuente, incómoda; carece del sentido trágico de Rickie o de la rusticidad de Stephen y entonces nunca pone en duda su propia condición; el momento que más le duele es cuando Clive le anuncia que ya le gustan las mujeres: no le duele por él, sino porque le voltean de cabeza el mundo.

Maurice es una novela escrita desde un punto de vista diferente al que siempre había utilizado Forster. Por eso entrega también ciertas asperezas que hacen de la lectura un ejercicio forzado; no abundan las frases brillantes -casi epigramáticas- de otro libros, ni la inteligencia deslumbrante de sus demás páginas. No por ello Maurice es una novela deslucida; por el contrario, su mérito consiste en que no resulta plana a pesar de que su personaje no es lo de los que caen bien desde el principio. Esta sensación que el lector tiene con Maurice no varía sino hasta el final, cuando por fin se decide a hacer algo por su, cuenta: el hecho de visitar a Alec sin saber que éste le habla mandado un telegrama, es el primer acto que realiza por cuenta propia y no movido por el rencor o los celos. Al final Clive pierde su espíritu de rebeldía para convertirse en juez implacable de su antiguo amado y su antiguo sirviente, pero desde antes habla mostrado que su humor progresista era juvenil y la madurez no estaba para desperdiciarla en trincheritas.

La novela transcurre parcialmente en Cambridge en un Cambridge tan real como el de El viaje más largo; Risley es tan pedante en algunas páginas como en otras lo es Ansell, sólo que no tiene espacio para mostrar su simpatía o antipatía por los personajes, los maestros tienen la misma apariencia inútil que en aquella novela y, de igual manera, los representantes de lo establecido juegan su papel central; en Maurice son un médico y un hipnotista los encargados de hacer que Maurice regrese al buen camino: cuando ambos fracasan prefieren, desde luego, desentenderse del problema que afrontarlo en la parte que les toca de responsabilidad.

Para los fanáticos de Forster (1879-1970) Maurice es por supuesto un acontecimiento literario; para los que no lo conocíamos, es un libro que se atrevió a no ser cínico y que por lo demás muestra un oficio envidiable. Eso sin hacer caso del tema y su tratamiento, inteligente y valeroso.