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André Pieyre de Mandiargues. El inglés descrito en un castillo cerrado Ed.

Tusquets, Barcelona, 126 pp., 1979.

El inglés descrito en un castillo cerrado es una novela inscrita en los grilletes de las imitaciones sadianas. Obra irrelevante de André Pieyre de Mandiargues, engulle el corpus del libertino francés sin alimentarse en él. Acción plancentera, con o sin Freud junto a la letrina, pero necesariamente estéril; acto que arroja sin recuperar nada.

Enclavado en las aportaciones y rupturas del Marqués de Sade, sobre todo en Los ciento veinte días de Sodoma, las elecciones literarias de Mandiargues son aquí astucias de cartón. Lo que queda es inofensivo: el Mal (con su respectiva mayúscula) no se invoca jugando con plastilina.

En la viscocidad de la novela hay algunas partes rescatables, por ejemplo la llegada -que no la venida- del narrador a la mansión que será escenario y cripta de los demás personajes. En esas primeras páginas el escritor parisino logra un clima sensual entre rocas rebaladizas, un camino acechante de peligros y una marea que puede cercar las vías del acceso al ámbito de los placeres secretos»; después de ese arranque lleno de promesas, que recuerda uno de los mejores y más acabados cuentos de Mandiargues, La Marea (1959), el texto se derrumba entre homenajes y autocelebraciones.

Novela que data de 1953, firmada con el seudónimo de Pierre Morion, El inglés descrito en un castillo cerrado es un divertimento donde Mandiargues sólo navegó en el mundo sadiano para después naufragar en la superficie. Si la obra de Sade constituye una discontinuidad, una exclusión en el discruso estético del siglo XVIII, es muy criticable que el autor de La muchacha debajo del león, La moticicleta y El Margen haya reducido su librito a un juego de genitalidad sin mayor aporte a su producción personal.

En El inglés descrito en un castillo cerrado los personajes son marionetas de Montcul (el británico que detesta su reino y se exilia en su palacio) quien establece las diferencias. Una de las mujeres que habitan ese recinto, Viola, se encarga de distinguir categorías: «El lobo es de una manera y los corderos son de otra» (p. 27). Montcul quiere saciar sus apetencias, tener la certeza de si mismo, asumir sus privilegios y poderes y llevarlos hasta las últimas consecuencias. Su satisfacción está en la claridad de sus deseos: el orgasmo sucede cuando el sufrimiento y la flagelación de los «otros» es la constante. Montcul no guarda su semen para reproducir la especie: desea eyacular de manera distinta a la de sus sirvientes (entre quienes se encuentra Baltasar, el narrador).

La aparente «igualdad» de los siervos es una trampa, un equilibrio que se destruye a capricho del amo. No se puede copular sin que esa acción sirva para incitar sus sentidos Los personajes de Mandiargues se dirigen al uso personal de un hombre que encuentra en el desglose de esos cuerpos su satisfacción. Hace «social» el placer de sus sirvientes para finalmente «capitalizarlo» de manera privada. Se apropia su erotismo como una plusvalía para preservar su goce. Los extremos se tocan para reconocerse mutuamente en una unidad que parecería inmutable: amo y esclavos. El narrador es una conciencia actuante y posible, que sometido al solaz de Montcul, se mueve sin transformar nada. El peligro es la catapulta que lo hace entrar en razón, su huida la negación a una práctica sexual -que no erótica- manipulada y controlada desde una exterioridad que le es ajena.

Todos los siervos de El inglés descrito en un castillo cerrado son figuras exteriores que en el desgarramiento confirman su pasividad: en su quietud anhelan su destrucción. En el palacio la «moral» es heterónoma, una imposición que se resguarda en la violencia: el principio de su armonía es que las reglas deben cumplirse al pie de la letra y todo conduce a las apetencias (gastronómicas y sexuales) de Montcul.

La novela de Mandiargues invoca un límite: es el umbral del sadismo. Se detiene ahí, en el tartamudeo, la imitación, el fracaso que señala Deleuze cuando afirma: «La única robinsonada es la perversión». El inglés descrito en un castillo cerrado confirma este comentario. En la última escena de la novela el libertino hace estallar su mansión, el lugar vuela con todos los personajes y la obrita queda al descubierto: esa es su dialéctica, un fuego de artificio.