Tríos. Antología de cuentos
Paola Tinoco (edición y prólogo)
Anagrama
Barcelona, 2017
184 páginas.


Presentamos un adelanto de Tríos. Antología de cuentos (Anagrama, 2017), libro en el que Paola Tinoco —escritora, editora y promotora literaria— convocó a once narradores para que dieran rienda suelta a su imaginación y eligieran abordar la tríada desde ángulos diferentes: cada uno ofrece su particular visión del trío. En este relato del ganador del Premio Herralde de Novela 2017 se narra el antes y después de una familia integrada por dos que suma a un tercero, atrapados en un video en formato Super-8.


La película apenas dura seis minutos y está un poco quemada al arrancar. Comienza con dos o tres tanteos imprecisos y luego, de pronto, tras una mesa y una vista fugaz de una estantería con libros, como una fisura, el trío. Al principio los personajes aparecen por separado: el niño en primer término, un sultán orondo, brillante y dichoso de poco más de seis meses y a los lados la pareja. Ella tiene unos veintitrés años, el pelo largo, negro, los ojos almendrados, los labios gruesos y morunos, la barbilla afilada, su belleza queda compensada con su torpeza. Su cuidado del niño tiene algo de fallido. Le intenta retener para que esté lo más erguido posible, pero el niño se vuelca constantemente hacia un lado o hacia el otro, a veces por su propio entusiasmo, otras por la propia ayuda de la madre, y otras sencillamente por el peso de la cabeza. ¿Es quizá demasiado delicada para ese niño tan poco delicado? Puede que sí. Al otro lado, y agarrando una de las manos del niño, el padre, tan apuesto como un Alain Delon español, sentado junto a los dos pero en el suelo, abandonado a su propio vacío. Lo más seguro es que intentara sentarse en el sofá pero no cupo del todo bien y acabó optando por sentarse de ese modo. Eso le da un aspecto un poco desplazado.

En un primer golpe de vista ni siquiera existe un equilibrio, sino la impresión vegetativa de una pareja común (apuestos pero, al fin y al cabo, comunes) a la que ha invadido un tercero que avanza de una manera solitaria en un arduo camino por etapas. ¿Eran felices antes del niño? Todo parece indicar que sí. Del mismo modo que toda tristeza es disfraz, toda alegría es desnudez. Con su juventud y su ingenuidad, ahí se les ve alzados en el pequeño promontorio de su bien ganada juvenil sabiduría. De momento los dos miran al niño y luego a la cámara y al niño de nuevo. No lo hacen exactamente al unísono. Podría parecer un remedo en el mundo terrestre de un ejercicio de natación sincronizada; el niño mira a cámara y luego se palmea las rodillas, la madre mira al niño, luego a cámara, a continuación al padre (que ha dicho algo), luego de nuevo al niño. La mirada del padre parece ir recorriendo los lugares que ha ido dejando vacantes la mirada de la madre, en un instante pasa de un modo involuntario de su propia mano (con la que está agarrando todavía la mano del niño) a la boca de la madre y luego a la oreja del niño y luego a la cámara, pero no frontalmente. El padre dice el nombre del niño. Por la manera en la que se mueven sus labios podría ser Álex, Albert, Andrés. A continuación señala a la cámara. Repite el nombre varias veces hasta que, por ósmosis, los labios de la madre acaban articulando el mismo movimiento.

La mirada del niño centellea, se alza hacia la cámara y la encuentra insustancial, se vuelve de nuevo hacia sus padres. Todo debe de tener para él una condición un tanto sofocante: los dos condecorados y un poco serios con ese niño que no se parece de un modo claro a ninguno de los dos. Ese niño desobediente y un poco autista que para ellos es el colmo de la dicha.

La siguiente imagen es la casa del trío. (Se reconoce el sofá casi al instante.) Es otro día, u otro momento del mismo día. También quien sostiene la cámara es otra persona, el pulso es más firme y más delicado. Es posible que sea la madre. Parece uno de esos ejercicios un poco vergonzantes que hace alguien cuando pasa muchas horas solo y aburriéndose en un lugar. No hay nadie en la casa y ella la recorre entera desde la cocina, estrecha, diminuta y blanca, hasta el cuarto de estar (con las paredes empapeladas de un papel escocés y abierto a una terraza). La grabación tiene la lógica de la coquetería (te acuerdas de cuando vivíamos en…, etcétera) y un orden previo que se adivina en la excesiva naturalidad descuidada de ciertos objetos que aparecen en la escena: un diario abierto, un cenicero con una colilla todavía humeante. Se puede suponer con cierta maldad a la madre pautando por toda la casa un tono casual de revista de decoración, pero la casa no es ninguna mansión y los muebles no son ninguna maravilla. El dormitorio a continuación. El cuarto de baño (diminuto y abigarrado). Un pequeño despacho repleto de libros con una gran mesa blanca. Durante un par de segundos la cámara se detiene en un cuaderno común, se desenfoca y se vuelve a enfocar.

Ahora aparece la cara de la madre; un primerísimo plano que va retirándose poco a poco, un plano enamorado. En esa imagen tiene una belleza andrógina que no tenía en la primera, más que una mujer parece un adolescente guapo. Está rejuvenecida y más morena. En la cara de la madre está el trío, completo. Hace calor, se ha cortado el pelo, es una terraza nueva, de una casa distinta, tal vez de un hotel. El mar a lo lejos. Una panorámica de puerto deportivo, tres yates y barcos de vela y, casi sin solución de continuidad, la playa, y en ella el niño, de casi un año ahora, corre hasta la orilla, se desliza, cae, se esfuerza y coopera con un ritmo un tanto destartalado. Hay una soledad inevitable del trío en esas imágenes. A pesar de estar morenos y seguir saludables, parecen también más cansados; es la insistencia del trío que no les deja respirar por separado y que de alguna manera emana de ese niño que se levanta, se mira las manos con un aspecto descorazonado por que estén sucias y va de nuevo hacia el mar. La insistencia del trío es ya no poder vivir más separados. El niño vive dentro de esas coordenadas sin poderlas precisar; salta una ola y el mar rediseña un nuevo ataque diminuto contra él, una ola idéntica que el niño salta esta vez con ayuda del padre. Algo ha cambiado también en el padre; todo el susto de la primera imagen ya no está, ha desaparecido: o mejor: lo ha tragado. Mira hacia la cámara. Dice algo. Al ver la imagen proyectada (los amarillos cuajados, los naranjas densos, los rojos saturados y el azul del mar, plástico) se puede sentir que está rodada casi con negligencia y cansancio, el cansancio del descanso o tal vez lo contrario; el de la falta de descanso. La vida del trío es irremediable, por eso es un trío. El trío, ahora que ya existe, no elige ser un trío. Incluso si uno de los tres muriera no importaría, la vida del trío seguiría allí, cercenada, pero no por eso menos existente; un trío con un miembro fantasma. El padre sonríe y alza al niño en brazos.

Luego hay un cambio y se ve a la madre en una silla playera y al niño sobre sus rodillas, montando a caballito y riendo enloquecido cada vez que le agitan con rapidez. La madre ya no duda al manejar al niño, sus gestos son eficaces, seguros, y el niño se deja hacer con su cuerpo facilitando esos movimientos que sabe de una manera más o menos consciente que van a producirse. Levanta una pierna, baja un brazo. Es fácil sospechar que hay mucho ruido y agitación a su alrededor aunque no se pueda ver, pero a la madre ya no le intimida nada de eso, no teme por la salud del niño, está segura de su condición, se ha aceptado y ha aceptado al niño como es: se ve que no todo le gusta en el niño, aunque a ninguno de sus gestos le falta afecto. El niño se agita demasiado y pide más y más, y ella se lo niega con rotundidad, pero a continuación le peina el pelo empapado con mucha dulzura. Un no y un sí seguidos que se extinguen en la cara del niño, que deja de sentirse sobre un caballo mágico y se siente de pronto sobre una montaña de chatarra. Pegado a ella. Sudando su pequeño sudor infantil. Se abalanza de pronto sobre ella e intenta golpearle la cara. El movimiento de sus labios no admite lugar a duda: “A mamá no se le pega”, dice.

Una imagen seria, en medio del silencio de una casa nueva, otra vez el niño. Sentado sobre una silla de verano, recién bañado y peinado con una meticulosidad sorprendente. Casi se puede percibir el olor a limpio de su ropa y de su colonia fresca; un pequeño marqués veraniego con el ceño fruncido. Un poco enrojecido por el sol, alguien le graba con seriedad, puede que sea el padre. No parece agitado, no da la sensación de que haya nadie por detrás haciendo monerías para que se ría o resulte simpático, hay de hecho todo lo contrario: una contención seria también en la mirada del niño, como si estuviese aguantándole la mirada a un competidor. Su lado opuesto del trío, el lado que busca en el sobresalto, la pared inevitable. Y quien mira a ese niño lo hace abandonado y un poco despiadadamente: no lo mira, lo estudia. La grabación es científica y casi la más hermosa de todas las que se han visto hasta ahora. Tiene el encanto del Super-8 pero no su blandenguería, tiene sus virtudes y ninguno de sus vicios. Junto a la silla, que está en sombra, se ve el reflejo de una luz poderosa, cenital, el niño apenas se mueve, tiene un caballo negro de plástico en una mano y un palo en la otra. La comisura de sus labios hace una mueca y dice algo, un ruido seguramente. Al hacerlo adquiere un inmediato y furibundo parecido con el rostro de la madre; ha sido un instante nada más, pero ha sido como si la cara de la madre se hubiese alzado en la del niño y luego se hubiese sumergido como el pétalo de una flor en un vaso de leche. Es también evidente que la madre no está y que ese parecido inmediato era una defensa o un contraataque. ¿Qué busca la persona que graba al niño? Es difícil saberlo, pero, sea lo que sea, es áspero y no está en la superficie sino escondido en la carne, está escondido, oculto, lo demuestra tanto la duración de la toma como la inmovilidad del niño, que parece haber aprendido también por su parte a espiar a los adultos hasta que se manifiesten por sí solos. Hace chocar un par de veces el palo y el caballo. Una estrategia como otra cualquiera. La película adquiere un tinte violáceo y luego más blanco. Las manos del niño se mueven con más soltura. Sin llegar a estar completamente controladas son ya de pleno derecho unas pequeñas manos humanas reconocibles y voluntariosas. Y de pronto el carácter de la película cambia de nuevo: se aprecia una mano que entra en el campo visual de la cámara y le hace cosquillas al niño en la tripa hasta que se ríe, primero con timidez, luego abiertamente. Una complicidad. Sabemos que ella no está pero reímos. No se lo cuentes. No digas nada.

Y como si fuera una venganza, en contrapartida, una toma cómica. El mismo verano y la misma casa. No está el niño. Solo está el padre, dormido, con las piernas flexionadas y la boca grotescamente abierta, parece estar roncando. El niño está en otro lugar, ¿cómo saberlo? Porque esa es precisamente la manera en la que se manifiesta ahí el trío: en la naturalidad de una broma en la que se vislumbran muchas bromas parecidas antes de la vida del niño que ahora ya no son posibles. La persona que graba (casi con toda seguridad la madre, porque asoma una mano femenina) agarra un dedo del pie y el padre se despierta sobresaltado y luego tira, medio enfadado, medio en broma, un cojín a la madre.

La pequeña película de Super-8 tiene un final tan conmovedor como descriptivo, y casi abstracto. Se trata de un paisaje, una playa, unos pinos. Por el aspecto podría ser casi cualquier playa mediterránea. Italia tal vez, el norte de Italia. O Sicilia incluso. La tierra es de un color canela pálido y el sol es firme, vertical. La imagen está, ahora que uno ha visto las imágenes del trío, preñada de una emoción distante y veraniega. Por sí sola tal vez no habría dicho gran cosa, pero ahora cabe estar seguro, o casi seguro, de que ha sucedido algo en ese lugar, algo importante para la vida del trío. En realidad es solo una sospecha que podría fundarse en la meticulosidad con la que está rodado ese espacio, la mortalidad con la que está rodado: unas jaras, unos brotes de algo que parece romero silvestre, una tierra seca, los pinos y el mar al fondo, casi turquesa aquí, con una vida desencadenada, una inmensa piedra semipreciosa en cuyo interior hay… ¿qué? Tal vez solo agua. Y sin embargo dan ganas de saber qué han visto esas tres pálidas florecillas campestres, ese pino común y ese trozo de mar, qué secreto guardan de la vida del trío para que explique la inmensa delicadeza con la que se intenta preservar ese recuerdo.

 

Andrés Barba
Escritor. Ha publicado Ahora tocad música de baileVersiones de TeresaLas manos pequeñasAgosto, octubreMuerte de un caballo En presencia de un payaso, entre otros libros.

 

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