1. Me encontraba en una habitación donde había un loro suelto que de pronto voló hasta el techo. Le expliqué a un compañero que estaba conmigo: “Me aterran los pájaros, al igual que a mi madre. No soporto el tacto de las plumas. No me puedo quedar aquí”. Fui en cuclillas hasta un cuartito oscuro contiguo, pero el loro se lanzó en picado tras de mí y casi me rozó la cara. Había otros animales a mi alrededor en ese cuarto, pero eran simpáticas criaturitas peludas. De pronto alguien me metió una araña grande y gorda en los pantalones y noté que se agarraba a mi pene. Eso fue peor aún que lo del loro.

2. Vivía en un cuartucho con mi amante y la policía me buscaba en relación con un robo. Había escondido algunas de las cosas robadas en el cuarto. Al mirar por la ventana, vi que la policía se reunía para una redada. Estaba decidido a no dejarme capturar, pero de pronto el cuarto se llenó de diminutos pájaros con las alas azules: volaban de un lado a otro como un cardumen de peces. Cuando empezaron a posarse en mis hombros, al principio sentí temor y repugnancia, porque siempre he tenido aversión por el tacto de un pájaro, pero luego mi temor desapareció. Sentía su roce en mi cuello, tan suave como el de un gatito. Mi estado de ánimo cambió por completo. En lugar de miedo y despecho sentí amor, y cuando irrumpió la policía no opuse resistencia. Me permitieron caminar detrás de ellos, hasta donde habían agrupado a otros presos. Nos metieron en un furgón negro y durante el trayecto uno de los detenidos atacó a un guardia con las esposas. Yo lo contuve.

3. La noche del 18 de octubre de 1964, una gatita atigrada a la que acariciaba en mi regazo presumió, con una vocecita clara, de haber matado aquel día cuatro pájaros. La reprendí con enfado fingido, porque los pájaros no me gustan. Ella contestó con cierto dramatismo: “Pero mira, conseguí cuarenta francos por ellos”.

Fuente: Graham Greene, Un mundo propio. Diario de sueños (traducción de Eugenia Vázquez Nacarino), Ediciones La uÑa RoTa, Segovia, España, 2014.