¿Y ahora qué? México ante el 2018 (Debate) recoge treinta y tres ensayos que terminan en tres propuestas puntuales de cambio frente a las problemáticas de nuestro país. El libro, en palabras de su coordinador, Héctor Aguilar Camín, busca “servir al debate de ideas y programas durante la elección de 2018”. Presentamos a continuación el prólogo.


El humor social de México es melancólico. Es un país herido por el escepticismo y, al mismo tiempo, urgido de creer en un cambio. Difícil hablar con ese estado de ánimo, suscitar su confianza, traerlo a la revisión cuidadosa, más que a la denuncia irritada, de sus males. Pero si algo demuestra la reacción de millones ante la tragedia de los sismos de septiembre es que, en medio del desencanto, hay una reserva enorme de solidaridad y fortaleza pública.

La desilusión colectiva tiene buenas razones. Viene de la historia inmediata, de las oportunidades perdidas en estos años de grandes esperanzas y pobres resultados.

En 2018 se celebrarán las cuartas elecciones presidenciales democráticas de la historia de México. Se cumplirán también cincuenta años del movimiento estudiantil de 1968, para muchos el principio del cambio en la sensibilidad social y en la legitimidad política que llevó a México a la alternancia democrática del año 2000, la primera de su historia.

En este medio siglo, México ha soñado de más y conseguido de menos. Ha intentado las fórmulas probadas en otros países para volverse un país moderno, pero esas fórmulas han sido insustanciales o insuficientes, cuando no simples remedos de soluciones, más caros a veces que los males que intentaban corregir.

México no ha tenido una década de crecimiento económico alto y sostenido desde 1970, año a partir del cual, sin embargo, duplicaría su población, trayendo al mundo 70 millones de nuevos mexicanos.

Dilapidamos en el camino dos ciclos de abundancia petrolera: uno en los años setenta del siglo pasado, otro en la primera década del siglo xxi. Las rentas de este último, coincidente con la primera década de nuestra democracia, pueden calcularse en seis veces el monto del Plan Marshall, que financió la reconstrucción de la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial.

Una revolución de terciopelo, hecha de reformas graduales y transiciones pactadas, convirtió la agotada hegemonía priista en una prometedora primavera democrática.

Descubrimos poco a poco, sin embargo, que la nuestra era una democracia sin demócratas. Del fondo de nuestras costumbres políticas, más que de las leyes vigentes, emergió paso a paso una partidocracia rentista, cuya especialidad fue gastar crecientes cantidades de dinero público legal y de dinero oculto ilegal en elecciones que cuestan cada vez más e inducen cada día mayores desvíos de recursos públicos, mayor incredulidad ciudadana y mayores cuotas de corrupción en los gobernantes.

En lugar del presidencialismo opresivo de las eras del pri, tenemos ahora un gobierno federal débil y una colección de gobiernos locales impresentables.

Nuestros gobiernos locales son los más ricos de la historia reciente, los más autónomos, los más legitimados electoralmente, y también los más corrompidos y los más irresponsables, pues no rinden cuentas, ni cobran impuestos, ni aplican la ley.

La guerra contra las drogas y el crimen organizado, que pareció cuestión de vida o muerte hace una década, lejos de contener el tráfico, la violencia o el crimen, los multiplicó, sumiendo al país en una espiral de sangre.

El acierto estratégico mayor de estos años, la integración comercial con América del Norte, no fue aprovechado para modernizar el resto de nuestra economía, y debe buena parte de su competitividad a los bajos salarios.

La economía mexicana produce billonarios de clase mundial pero no salarios dignos de una clase media decente. Nuestra riqueza, paradójicamente, multiplica nuestra desigualdad.

La cuenta de las equivocaciones colectivas del último medio siglo es notoriamente más larga que la de los aciertos. Estamos lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñamos con el advenimiento de la democracia…

La responsabilidad mayor es de los gobiernos, desde luego, pero también de sus oposiciones políticas y de la sociedad civil organizada: de la baja calidad de nuestra opinión pública y de nuestros medios, de nuestras empresas, nuestros sindicatos y nuestros empresarios, del conjunto de nuestra clase dirigente. También, de la débil pedagogía que abunda en las escuelas, de las iglesias, de la vida académica e intelectual, y de los malos hábitos y las pobres convicciones, de los usos y costumbres de la sociedad.

El país que irá a elecciones en 2018 es inferior al que soñaron estos años sus gobiernos y sus ciudadanos, y al que ambos hubieran podido construir equivocándose menos.

La frustración y el desencanto de estos años han echado sobre nuestros problemas una mirada crítica que impide hacerse ilusiones y obliga a encontrar respuestas, porque el solo diagnóstico no alcanza: estamos también fatigados, aburridos si no hartos de diagnósticos sin salida, de denuncias sin consecuencias y de soluciones mágicas, demagógicas o providenciales.

Los problemas de México son dolorosamente reales. Necesitan también remedios reales, complicados y largos si se quiere, pero claros y al alcance de nuestras decisiones públicas.

La convicción de los autores y editores de este libro es que el problema primero de México es la corrupción y la consiguiente debilidad de su Estado de derecho. El segundo es la gobernabilidad democrática y la baja calidad de los gobiernos. El tercero es la seguridad pública. El cuarto, la falta de crecimiento económico, la persistencia y el aumento de la pobreza y la desigualdad. El quinto, la ausencia de un Estado de bienestar digno de ese nombre. El sexto, la indefinición del lugar de México en el mundo, frente a sus vecinos incómodos, Estados Unidos y Centroamérica, y frente a los desafíos de la nueva civilización.

Éste es el orden de los capítulos del libro que el lector tiene en sus manos: ¿Y ahora qué? México ante el 2018. No es sólo un libro que revisa los problemas centrales de México en vísperas de las elecciones de 2018. Es también un llamado a la acción. Mejor: un mapa de acciones posibles, una ambiciosa pero precisa lista de decisiones públicas que están al alcance de la mano: un libro de diagnósticos con soluciones.

Dimos título a este libro a principios de 2017 en un momento de doble incertidumbre: la que venía de fuera, por el eco de rupturas globales como el Brexit y el ascenso de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos; y la que venía de dentro, por el espectáculo de un gobierno de México que parecía haber perdido las riendas de la política y de la economía.

La doble incertidumbre está lejos de haberse diluido. Por el contrario, tiende a crecer.

La presidencia de Trump puede dañar seriamente la relación entre los dos países, desfigurando o poniendo fin, por ejemplo, al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, bajo cuyas reglas funciona, desde 1994, la mayor parte de la economía moderna de México.

Internamente, no deja de ser una ironía que el gobierno de Enrique Peña Nieto, el más reformador de la era democrática del país, llegue a su término con los índices de aprobación más bajos desde que se mide la popularidad presidencial.

La disonancia interna mayor quizá sea que el gobierno de Mé- xico tiene un proyecto de país de primer mundo, una capacidad de ejecución gubernamental de tercer mundo y un rechazo público de Estado o país fallido. Sus propósitos están por encima de sus resultados y sus resultados por debajo de lo que su sociedad está dispuesta a tolerar.

Agotado el horizonte de reformas de los últimos años, el gobierno y el país, en vez de fortalecidos, parecen débiles e inciertos. La percepción no coincide necesariamente con los hechos pero la percepción es un hecho en sí misma, una realidad a menudo más potente que la propia realidad.

Nuestra pregunta no era ni es retórica: “¿Y ahora qué?” A esta pregunta responden los más de 30 autores de este libro en una exploración multidisciplinaria de los problemas enunciados antes: 1. Corrupción y Estado de derecho, 2. Democracia y gobernabilidad, 3. Inseguridad, 4. Desarrollo y combate a la pobreza, 5. Estado de bienestar, 6. México en el mundo.

Ensayo por ensayo, autor por autor, el mensaje reiterado de estos diagnósticos con soluciones es que, lejos de ser un país sin rumbo ni respuestas, México rebosa de opciones y posibilidades. Sus problemas son graves, pero las soluciones son posibles.

Es posible un país que someta a controles tecnológicos y digitales los trámites y procesos públicos que lo corrompen; que limite el uso de dinero en efectivo y legisle la “muerte civil” para funcionarios y empresas que hayan sido condenados por actos de corrupción.

Es posible una fiscalía que sirva a los ciudadanos y no al poder, que deje de ser la “procuraduría del presidente” para convertirse, efectivamente, en la Fiscalía de la Nación.

Es posible un país que revise y reordene sus leyes para dar coherencia a su Estado de derecho, para ordenar su desordenado federalismo y para profesionalizar su desarticulada administración pública.

Es posible un país que rehaga su sistema de seguridad, replantee su guerra contra el narcotráfico, reduzca la violencia criminal, mejore sus policías, controle sus cárceles y contenga con políticas sociales el paso de sus jóvenes al crimen.

Es posible un país que ataje la fragmentación de su vida política, contenga el malestar ciudadano, disminuya la incompetencia de sus gobiernos, reduzca su corrupción electoral y mejore la gobernabilidad de su vida democrática.

Es posible un país próspero que invierta lo necesario en infraestructura y educación, haga productivos sus impuestos, reduzca la pobreza, la desigualdad económica y la desigualdad regional.

Es posible un país con seguridad social universal, con un ingreso básico para toda la población, que erradique la pobreza extrema, con mayor calidad en sus servicios de educación y salud, con un modelo de desarrollo sustentable y una vida cultural original y distintiva en el mar uniforme de la globalización.

Es posible un México que redefina su lugar en el mundo, asuma su destino compartido con Estados Unidos y Centroamérica, así como los retos que le plantean la sociedad del conocimiento y la globalización.

Todo esto es posible y está descrito y propuesto minuciosamente, tema por tema, en las páginas de este libro, cuya virtud mayor acaso sea que dibuja con precisión un camino para cambiar a México radical pero institucionalmente.

Digo un camino pero en realidad son varios caminos, tantos como noventa. ¿Y ahora qué? México ante el 2018 recoge treinta y tres ensayos que terminan en tres propuestas puntuales de cambio. Dan, como quiere el dicho, el remedio y el trapito.

La prueba de realidad que hay en estas propuestas es que ninguna se asume como instantánea o mágica. Todas dicen la verdad en el sentido de que su formulación es clara pero su puesta en práctica y sus efectos necesitan tiempo para madurar y dar sus frutos. No es la oferta de un cambio fácil o rápido, sino de cambios complejos pero precisos y accesibles. La intención de este libro es enunciarlos con claridad y ponerlos en la mesa del año electoral que está ya entre nosotros, al alcance de partidos y ciudadanos.

Todas las incertidumbres que dieron origen a este libro siguen abiertas. Alcanzarán una tensión eléctrica durante las campañas electorales del 2018. Queremos contribuir a un 2018 rico en el debate de programas y proyectos, no sólo de partidos y personas.

Los candidatos y los partidos en campaña, como los países, como las personas, necesitan identidad y propósito. Sus campañas han de empezar por tener una narrativa clara de a dónde quieren ir, porque no hay vientos propicios para quien no sabe a dónde va.

Hay que dibujar con claridad el futuro posible, volverlo un lugar no sólo deseable sino alcanzable, práctico y utópico a la vez. Ha de haber, frente a los votantes y los ciudadanos, hojas de ruta que despierten su hambre de cambio y la ambición colectiva de mejora. Si algo hay profundamente sembrado en las mayorías de México es la simple, invencible, potente vocación de mejorar. A cualquier precio, a veces por cualquier medio.

Durante muchas décadas, las sociedades de los países en desarrollo no vieron en el futuro sino una promesa de repetición de su pasado: un horizonte melancólico de carencias, limitaciones, pobreza, desigualdad.

Las historias de éxito global del último tercio de siglo, de la España democrática de los años ochenta del siglo xx a la China capitalista de principios del siglo xxi, han demostrado a todos que el subdesarrollo no es una fatalidad, ni la prosperidad un club reservado a los prósperos.

Si algo muestra con cifras abrumadoras la historia económica de las últimas décadas es que cientos de millones de seres humanos, y muchos países, pudieron hacerse dueños de su destino y, en unos cuantos años, en el lapso de una generación, cambiaron su historia de limitaciones y carencias por un presente de logros y progreso.

México comparte con otros países lo que algunos autores llaman “la trampa de los ingresos medios”. Esa trampa consiste en que México tiene ya un nivel de desarrollo suficiente para que sus salarios sean altos y los salarios bajos dejen de ser una ventaja competitiva frente a otros países. Al mismo tiempo, no es un país suficientemente desarrollado para tener una mano de obra cara cuya productividad la haga rentable, pese a su costo, en el mercado global.

Como muchos otros países del orbe, México es en muchos sentidos preso de su historia. Lo atan ideas, instituciones, intereses y sentimientos públicos heredados. Tiene demasiada historia acumulada, fosilizada, en sus leyes, en sus hábitos, en sus grupos de interés, en sus prácticas públicas y en esa región etérea pero resistente que son los usos y costumbres de los pueblos.

La batalla electoral del 2018 tendrá en muchos sentidos el sello de una lucha entre la llamada del pasado y el llamado del futuro. Yo diría que los ensayos de este libro son parte del llamado del futuro.

La verdad es que México ha sacado la mitad del cuerpo de las aguas del subdesarrollo. Para sacar la otra mitad y volverse el país próspero, equitativo y democrático que queremos que sea, necesita decisiones estratégicas y liderazgo claro. Pero necesita también ideas, hojas de ruta, identificación de políticas públicas cuyos resultados puedan medirse y exigirse. Es lo que hemos tratado de aportar aquí.

Las debilidades de México están a la vista, no hay cómo ocultarlas. Pero cada debilidad mexicana puede leerse desde el ángulo de alguna fortaleza. Las instituciones democráticas no alcanzan para pactar las transformaciones que el país requiere, pero lo representan y gobiernan en todos los niveles. México es lo que no había sido en toda su historia: una democracia.

La economía muestra todavía grados inaceptables de concentración que frenan el ritmo de su conversión en una moderna economía de mercado, condición indispensable para crecer. Pero esa misma economía acudió con eficacia a la puerta abierta por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (1994) y convirtió al país en un exportador impresionante, con una planta industrial moderna de clase mundial, de quizá unos 50 millones de personas.

La sociedad mexicana, por último, es desigual. Presenta graves injusticias y marginaciones, pero en el fondo de esa sociedad desposeída hay una épica del esfuerzo y del trabajo que no sabemos ver ni estimular en toda su pujanza a través de mejores instituciones de educación y salud, y mejores oportunidades de trabajo.

Se trata de los millones de mexicanos que han migrado dentro de su país o fuera de él en busca de empleo, oportunidades, progreso para ellos y los suyos. Ésta es la epopeya silenciosa de México: la de los millones de mexicanos que van a buscar lo que necesitan donde lo hay; eso que hizo decir al economista John Kenneth Galbraith que en ninguna minoría de migrantes en los Estados Unidos había encontrado tanta disposición al trabajo y al esfuerzo como en los migrantes mexicanos, diga lo que diga el presidente Trump.

Ese pueblo que quiere más, que busca su camino por sí mismo y está dispuesto hasta el estoicismo para encontrarlo, es la fortaleza mayor de México, el verdadero fondo del paisaje sobre el que cruzan nuestros males.

¿Y ahora qué? México ante el 2018 es un libro nacido de la colaboración de la Fundación de la Universidad de Guadalajara y la revista Nexos. La conversación inicial de este libro, con Raúl Padilla, siguió en reuniones de trabajo con Héctor Raúl Solís y Mara Robles. Tomó finalmente la forma de una convocatoria de siete coordinadores editoriales especializados, en quienes pusimos la tarea de diseñar el enfoque para cada tema y convocar a los autores que debían cubrirlo.

María Amparo Casar coordinó el tema de corrupción, José Ramón Cossío el de Estado de derecho, José Woldenberg el de democracia y gobernabilidad, Eduardo Guerrero el de inseguridad, Luis de la Calle el de Prosperidad y desigualdad, Santiago Levy el de Estado de bienestar, y Jorge G. Castañeda el de México en el mundo.

Los textos fueron encargados en mayo y entregados en agosto, razón por la cual falta en ellos toda alusión a los sismos de septiembre.

Nicolás Alvarado y yo hicimos el trabajo de edición general, fundamentalmente para mantener los textos en el número acordado de palabras, para titularlos y uniformar la presentación de sus propuestas al final de cada ensayo.

Juan Carlos Ortega y Ricardo Cayuela hicieron la edición final con una mirada fresca que propició la reubicación de algunos de los ensayos para hacerlos vecinos de textos que les eran afines, y María de la Mora realizó la gestión editorial.

Este libro está pensado para servir al debate de ideas y programas durante la elección de 2018. Invitamos a usarlo libremente a candidatos, partidos, medios y ciudadanos.

16 de octubre de 2017

 

Héctor Aguilar Camín

 

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