El día que Nicolás dudó de Santa Claus

Como cada diciembre, el pequeño Nicolás y sus padres habían recorrido en auto los miles de kilómetros que los separaban de la casa de los abuelos y del resto de la familia. Todos los primos de Nicolasín habían sido ya amenazados con un decomiso masivo de todo juego y juguete que requiriese un flujo de electrones para funcionar si se les ocurría revelar quién era quién en verdad se aseguraba de que al pie del árbol navideño apareciera la prueba de que una vez más Santa se había hecho de la vista gorda cada que la conducta del niño había requerido la presencia de sus padres en la escuela.

Pero algo había cambiado desde la última reunión navideña, pues Nicky ahora en vez de preguntar cosas más o menos sencillas de responder como: “Mamá, ¿dónde vive Santa?” (respuesta correcta: Polo Norte; aunque hay padres despistados que lo ubican en el polo opuesto), o “¿cómo se llaman sus renos?” (no se preocupe si sólo se sabe el nombre del que tiene la nariz roja: cada año nacen nuevos renos y son bautizados al gusto de los padres, sin importar que decidan llamarlos Saltarín o Maluma).


Ilustración: Oldemar González

¡No! Este año lo que Nick en verdad quería saber era cómo lograba Santa en una noche lo que el Servicio Postal Mexicano no conseguía ni en un año, o cómo sabía del mal comportamiento de su amiga Lety, quien había roto, sin explicación lógica alguna y sin que nadie más que Nicolás la viera, la carta Pókemon MegaBlastoise del niño nuevo que se sentaba al lado de ella. Invocar a la magia ya no era suficiente. “¿Qué pasa con estos niños?”, se preguntaba la abuela, “seguro que la culpa es de internet”.

Al igual que Nicolás, millones de niños en todo el mundo creen en Santa Claus porque los adultos en quienes ellos confían (en especial sus padres, familiares y maestros) les han dicho que este rollizo personaje es tan real como el vecino de enfrente, sin importar que su existencia viole todo lo que su experiencia diaria como niños les dice del mundo que los rodea, pues nunca han visto trineos ni renos voladores ni personas de talla XXL cargando costales que trepan y bajan por los techos de las casas (aunque esto último no es imposible, tan sólo improbable, pero esta distinción, ya lo veremos, no siempre es clara para niños de diferentes edades). Y los creyentes en Santa conservan esta fantasía hasta alrededor de los ocho o nueve años, una edad en la que han descartado casi por completo muchas otras (como la del ratoncito o el hada que pagan a precio de ganga el marfil de los dientes infantiles).

Hasta hace unos años se creía que el mito de Santa perduraba en los niños durante tantos años gracias al esfuerzo sostenido de los informantes: si todos los testimonios de las personas que rodean al infante creyente en Santa coinciden, ¿por qué habría de dudar que los miles de millones de juguetes navideños provienen de un mismo saco de capacidad casi infinita? Sin embargo, en 2014 un estudio mostró que los niños dejan de creer en Santa, no porque les sea revelada la verdad por personas tan inoportunas como El Bronco o niños de mayor edad, sino por sí mismos y gracias a su natural escepticismo.1 Entre los seis y los ocho años y a medida que empiezan a diferenciar con cada vez mayor claridad entre eventos físicamente imposibles y únicamente improbables en el mundo real, las preguntas que los niños hacen sobre Santa pasan de lo puramente fáctico (aspectos mundanos de la vida y obras de Santa, por ejemplo: su aspecto, lugar de residencia y condiciones laborales de sus empleados duendes) a lo conceptual (explicaciones causales, que en las preguntas de los niños casi siempre inician con un: ¿Cómo…?, “¿cómo consigue Santa bajar por la chimenea?”).

Los autores del estudio determinaron que aquellos niños que podían distinguir entre eventos improbables, como encontrar un cocodrilo debajo de su cama, y eventos imposibles, como comerse un relámpago, eran también los que la mayoría de las veces podían proponer una explicación causal para estos últimos (“el relámpago está hecho de luz y no puedes digerir luz”). Aunque es verdad que la habilidad para diferenciar estos dos tipos de eventos aumenta a medida que crecen los niños, que éstos dejen de creer en Santa se debe sobre todo a que alcanzan un nivel de comprensión intelectual en el que la mitología del hombre del traje rojo deja de ser creíble, sin importar que todos los que los rodean continúen asegurando que “sí, Virginia (y Miguel y el nombre que el lector prefiera), sí existe Santa Claus”. No es raro que más de un niño, inclusive, diseñe experimentos para probar que lo han estado engañando todas esas Navidades, como marcar el papel de envoltura para que, si los regalos de Santa fueron forrados con éste, descubrir a los verdaderos responsables de envolverlos y, por extensión, de traerlos.

La caída de San Nicolás

A sus 85 años de edad don Nico ya estaba más que harto de tener que treparse al techo para colgar las luces navideñas. Como sea, cada año era lo mismo y nadie más se hacía responsable de la faena. “Ni siquiera se aparecen para detenerme la escalera. ¡Malos hijos que parió mi esposa!”. Y pensando eso mientras se estiraba desde el último peldaño de la susodicha fue como terminó ese día en el hospital. “¡Qué bueno! A ver ahora quién se disfraza de Santa mientras veo la tele todo el día en mi cama”, concluyó don Nico.

Las caídas ocurridas durante la instalación residencial de luces navideñas son bastante comunes, sobre todo en regiones de clima frío como Canadá, donde un estudio mostró que en un centro médico regional, durante la década de 2002 a 2012, fueron tratados un total de 40 pacientes que sufrieron lesiones serias al caer de escaleras (65%) o del techo (30%) mientras trataban de colocar las instalaciones luminosas de estas fiestas.2 La edad promedio de los accidentados fue de 55 años, y es mayor cuando la caída tiene lugar en su casa, a comparación de su lugar de trabajo.

Al parecer la equidad de género es desconocida cuando de cargar al hombro las luces e instalarlas en el techo se trata, pues 95% de los accidentados fueron hombres (o, si bien no lo dicen los autores, una explicación alterna es que las mujeres sean mucho más cuidadosas) en un rango de edades de 19 a… ¡86 años! Considerando el riesgo y la severidad de las posibles consecuencias —daño neurológico y torácico, 68% de los casos;  lesiones en la espalda, 43%; costillas fracturadas, 30%; hematoma subdural (acumulación de sangre entre las dos membranas que cubren el cerebro), 28%—, un octogenario no tendría nada que hacer en el techo de una casa… a menos que se trate de Santa Claus.

El fijador que salvó por los pelos al árbol de Navidad

Doña Nicolasa no sabía qué hacer: había hecho caso a su nuera y comprado un árbol natural en vez de uno de plástico (“la contaminación, el impacto de los polímeros, la huella ecológica, el desarrollo sustentable es un solo y tres pilares distintos: el económico, el social y el ambiental”, puras palabrejas de los jóvenes de este siglo), pero no sabía cómo evitar que sus ramas se secaran y algunas ya lucían un tono parduzco. Decidió enviarle un mensaje a su nuera por el celular. “De algo debe servirle ser bióloga”, pensó.

—Hola, Nicole. ¿Qué hago para que no se seque mi pino navideño? La base está en agua, pero no funciona.

—Hola, suegra. Use cerveza en vez de H20. Jajajaja. Es en serio.

—No tengo cerveza. Mi viejo no puede tomar alcohol por su enfermedad.

—Entonces rocíe las ramas con fijador para pelo. Jajajaja. Es en serio.

—¿Fijador? ¿Segura?

—Sí. Voy manejando. Luego me dice si sirvió. Saludos. :) <3

Hace unos años maestras y biólogas de Australia iniciaron el Proyecto Árbol Navideño como parte de un programa llamado Científicos en las Escuelas, en el que investigadores de este país colaboraban con maestros de asignaturas científicas para diseñar experimentos con la participación de los alumnos. El proyecto consistió en probar cinco tratamientos para conservar en buen estado, durante el mayor tiempo posible, árboles de Navidad de la especie Pinus radiata.3

Los pinos fueron sumergidos en agua (como control, para comparar con el efecto de cada uno de los otros cuatro tratamientos), agua recién hervida (para disolver la savia en el extremo cortado del tronco, de manera que no bloqueara el paso del agua hacia la parte superior del árbol), bebidas energéticas (por los carbohidratos y minerales que contienen y que proveen de energía a la planta), o cerveza (por la misma razón que las bebidas energéticas y aprovechando que su consumo es común en esta época festiva, por lo que en vez de tirar los residuos, ¿qué mejor que hacer un uso sustentable de ellos?). El quinto tratamiento consistió en rociar las ramas con fijador para pelo, para evitar así la pérdida de agua al bloquear los estomas (las células que permiten el intercambio de gases en las plantas) de las hojas.

Y sí, como sugirió Nicole a su suegra, el fijador de pelo fue el mejor tratamiento, medido por las biólogas en términos de actividad fotosintética y traducido en el verdor de las ramas del pino: luego de 27 días el pino con fijador tenía una actividad fotosintética igual al 90% de la correspondiente al primer día (recién cortado). La cerveza y las bebidas energéticas constituyeron las peores medidas para mantener la salud de los pinos, tal vez porque la alta concentración de carbohidratos en ellas impidió el paso por ósmosis del agua hacia las ramas y, como consecuencia, aceleró su deshidratación.

El milagro de la cena de Navidad

Tardaron varios días, pero finalmente habían llegado a casa de don Nico y doña Nicolasa los hermanos, primos, hijos y nietos de esta pareja. Y no bien se reunieron todos cuando ya habían estallado los pleitos entre diferentes integrantes de la familia Noel: “¿Quién te dijo que hicieras romeritos, si sabes que no me gustan?”. “¡Tu madre es imposible, siempre me está criticando!”. “Mi primo se pasa todo el día con sus videojuegos y no quiere hacer nada conmigo”. “Yo no quería venir, me deprime ver a mis tíos”. “Nicolás tiene fiebre y creo que ya contagió a los otros niños”. “¡No le des ni una copa más a tu papá, ¿qué no ves que ya está borracho?”. Pero el 24 de diciembre un milagro ocurrió: doña Nicolasa convenció a su familia de que se dividieran en grupos, llevaran un poco de lo mucho que habían preparado para cenar, y se turnaran para acompañar a  lo largo del día a las personas que vivían en la Casa del Anciano y que no serían visitadas por sus familiares esta Navidad.

No se equivocó el lector que sospechaba que la Navidad podía afectar negativamente nuestro bienestar físico y mental. Estadísticas provenientes de diversos estudios señalan que las muertes por día se incrementan un 22% en la semana que antecede a la celebración navideña, con respecto al promedio anual; aumentan también en esta temporada las enfermedades respiratorias y cardiacas y, en los días inmediatamente posteriores a la Navidad, los intentos de suicidio y los comportamientos autodestructivos alcanzan un máximo.4

Los investigadores navideños (principalmente médicos, psicólogos, sociólogos y economistas) atribuyen este nada festivo escenario al clima frío, el aumento en el estrés por conflictos familiares y problemas económicos, el abuso en el consumo de alcohol, la falta de ejercicio, los excesos en las comilonas y las noches de desvelo, entre otras causas que, una vez consideradas, hacen que nos extrañemos menos de que nuestro balance sea negativo en estos días.

Pero antes de cancelar nuestra participación navideña para evitarnos tantos problemas, son los mismos investigadores los que señalan que socializar con la familia y las experiencias religiosas (como la asistencia a servicios religiosos; esto último, por supuesto, para quienes son practicantes de alguna religión relacionada con esta festividad) incrementa de manera notable el bienestar físico y mental de una persona. La principal razón radica en que ser parte de un grupo familiar o religioso aumenta la sensación de pertenecer y ser apreciado por los otros integrantes de ese grupo, y es por ello que, para estudiar los efectos que las relaciones sociales en vivo (y no vía redes sociales en internet) tienen en un festejo como la Navidad, investigadores de la Universidad de Salford, en el Reino Unido, decidieron organizar una comida navideña para un grupo de ancianos que pasarían ese día con varios estudiantes.5 Los universitarios se ofrecieron voluntariamente a pasar, en varios turnos de algunas horas, el día de Navidad conviviendo con los ancianos.

Los investigadores esperaban y confirmaron el impacto positivo que los estudiantes tuvieron sobre los ancianos, pero para ellos y para todos los participantes en el estudio fue altamente satisfactorio reconocer que dicho impacto fue recíproco, pues varios jóvenes manifestaron que sus sentimientos previos de soledad —que, por supuesto, no son exclusivos de una edad avanzada— habían disminuido o desaparecido gracias a esta convivencia. Todas estas evidencias nos permiten concluir que compartir nuestro tiempo con los otros, ser parte de una comunidad, interesarse por ella y ayudar a los demás son auténticas y comprobadas maneras de tener… ¡Una muy feliz Navidad!

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Shtulman, A. y R. InKyung-Yoo, 2015, “Children’s understanding of physical possibility constrains their belief in Santa Claus”, Cognitive Development, 34, pp. 51-62.

2 Driedger, M. R., A. Gupta, B. Wells, E. Dixon y C.G. Ball, 2016, “‘Oh the weather outside is frightful’: Sever injury secondary to falls while installing residential Christmas lights”, Injury, International Journal of the Care of the Injured, 47, pp. 277-279.

3 Akres, O., I. Cavallaro, C. Cheng, M. Dixon, D. Goddard, T. Hofbauer, S. Mahr, T. Mason, L. Miskin, C. Morgan, E. Nettleton, A. Purseglove, B. Rosenberg, L. Salgado, J. Sardi, E. Scarlis, S. Snyman, I. Spagnardi, O. Swinson-Dulhunty, L. Szentmariay, N. Zimmerman, A.T. Moles y J. Cooke, 2016, “The Christmas tree project: comparing the effects of five treatments on the health of cut Christmas trees (Pinus radiata, Pinaceae), Australian Journal of Botany, 64, pp. 15-19.

4 Mutz, M., 2015, “Christmas and subjective well-being: A research note”, Applied Research in Quality of Life, 26pp.

5 Collins, T., C. Kenney y G. Hesk, 2017, “‘It pushed me back into the humanrace’: Evaluative findings from a community Christmas event”, Health and Social Care in the Community, 25(5), pp. 1601-1606.